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Cuando derribaron la pared en la iglesia de San Luis, los albañiles escucharon coros de monjas

Miguel se vistió apresuradamente. La lluvia había arreciado y las calles del centro histórico estaban prácticamente desiertas cuando llegó a la iglesia de San Luis. Para su sorpresa, la puerta lateral estaba entreabierta. Una débil luz amarillenta se filtraba desde el interior. Tomás llamó mientras entraba, pero solo el eco de su propia voz le respondió.

Avanzó por la nave principal, iluminándose con la linterna de su celular. El az de luz bailaba sobre los bancos vacíos y los santos de madera que parecían observarlo desde sus nichos. Al acercarse al muro norte, notó que la abertura que habían hecho era ahora mucho más grande. Alguien había seguido trabajando durante la noche.

“Tomás, ¿estás ahí?”, volvió a llamar acercándose al hueco en la pared. Fue entonces cuando lo escuchó claramente, un coro de voces femeninas entonando lo que parecía ser un requiem en latín. El canto provenía del interior del pasadizo, pero ahora sonaba mucho más claro, como si las cantoras estuvieran a pocos metros de distancia. Miguel sintió que el bello de su nuca se erizaba.

El canto era hermoso, pero había algo profundamente perturbador en esas voces etéreas que emergían de un lugar que había estado sellado por más de un siglo. Tomás llamó una vez más con voz quebrada mientras dirigía su linterna hacia la oscuridad del pasadizo. La luz reveló una figura al final del corredor. No era Tomás, sino lo que parecía ser una mujer vestida con un hábito blanco y negro dándole la espalda.

“Señora, no debería estar aquí”, dijo Miguel con voz temblorosa. “Este lugar es peligroso.” La figura no respondió ni se movió. Miguel tragó saliva y armándose de valor, comenzó a avanzar por el corredor. El espacio era tan angosto que apenas cabían sus hombros y tenía que caminar ligeramente de lado. El aire se volvía más denso y frío conforme avanzaba, con ese persistente aroma a incienso viejo, mezclado ahora con algo que le recordaba a tierra húmeda.

“¿Has visto a un muchacho joven?” ¿Se llama Tomás? Preguntó mientras se acercaba cautelosamente. Cuando estaba a unos 5 metros de la figura, esta comenzó a girarse lentamente. Miguel dirigió el as de luz hacia el rostro de la mujer y lo que vio le heló la sangre. Bajo la toca blanca no había un rostro humano reconocible, sino una masa de piel arrugada, amarillenta como pergamino viejo, estirada sobre huesos prominentes.

Donde deberían estar los ojos, solo había cuencas vacías y oscuras. Miguel retrocedió horrorizado, tropezando en el estrecho pasillo. La linterna cayó de sus manos rodando por el suelo de piedra. En la penumbra creyó ver que la figura avanzaba hacia él con movimientos espasmódicos. Desesperado, Miguel se dio la vuelta y corrió hacia la salida del pasadizo.

Al emerger nuevamente en la nave de la iglesia, chocó contra alguien. Un grito escapó de su garganta antes de reconocer al padre Sebastián, quien lo miraba con expresión de alarma. “Miguel, ¿qué hace aquí a estas horas?”, preguntó el sacerdote sosteniendo una lámpara de aceite anticuada. “Padre, ¿hay alguien ahí dentro?”, exclamó Miguel señalando hacia el pasadizo.

“Y Tomás también entró. Tenemos que encontrarlo.” El padre Sebastián miró hacia la abertura en el muro con expresión grave. “Cálmese, Miguel. Explíqueme qué ha visto. Entre jadeos, Miguel le contó sobre la llamada de Raúl, su llegada a la iglesia, los cantos que había escuchado y la figura del hábito con el rostro desfigurado.

El sacerdote lo escuchó en silencio, con una expresión cada vez más sombría. “Sígame”, dijo finalmente el padre Sebastián. “Hay algo que debe ver. El sacerdote lo condujo hasta la sacristía, una habitación austera con antiguos armarios de madera oscura donde se guardaban los ornamentos litúrgicos.

De uno de ellos, el padre extrajo un libro de cuero desgastado. Este es el diario del padre Antonio Jiménez, quien fue párroco de San Luis entre 1865 y 1872, explicó abriendo el volumen en una página marcada. Cuando las leyes de reforma ordenaron la exclaustración de las órdenes religiosas, algunas monjas concepcionistas se negaron a abandonar su vida de clausura.

Miguel observó el manuscrito amarillento con su caligrafía elegante, pero difícil de descifrar. Según este diario, ocho monjas y la madre superiora se ocultaron en un área secreta del convento. El padre Jiménez les llevaba alimentos y lo necesario para sobrevivir. Pero después del invierno de 1868, cuando fue a visitarlas, las encontró a todas muertas.

“Muertas”, repitió Miguel, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda. Aparentemente murieron de hambre y frío. El padre Jiménez no pudo visitarlas durante meses debido a una enfermedad. Cuando regresó, encontró sus cuerpos, pero decidió no reportarlo a las autoridades. En lugar de eso, selló la entrada al área donde se ocultaban y ofreció misas por sus almas.

Miguel sintió que le faltaba el aire y cree que ese pasadizo conduce a donde ellas. Es posible. asintió el sacerdote. El padre Jiménez menciona en su diario que las monjas cantaban el oficio divino cada día, incluso en sus últimos momentos. Un ruido proveniente de la iglesia interrumpió su conversación. Ambos hombres regresaron apresuradamente a la nave principal.

Junto al muro abierto estaba Tomás, cubierto de polvo y con una expresión de absoluto terror en el rostro. Tomás, ¿qué pasó? ¿Dónde estabas? Preguntó Miguel, ayudándolo a sentarse en uno de los bancos de la iglesia. El joven albañil tardó varios segundos en responder. Sus labios estaban azules y sus manos heladas, como si hubiera estado expuesto a temperaturas gélidas.

“Las vi, jefe”, murmuró finalmente Tomás con voz quebrada. A las monjas. Están ahí abajo, siguen cantando. El padre Sebastián se acercó con un vaso de agua que había traído apresuradamente de la sacristía. Tomás bebió con dificultad, derramando parte del líquido sobre su camisa polvorienta. “Hijo, cuéntanos exactamente qué ocurrió”, pidió el sacerdote con tono firme pero amable.

Tomás respiró profundamente intentando calmarse. Después del trabajo no podía dejar de pensar en esas voces. Mi abuela siempre decía que las almas que quedan atrapadas necesitan ayuda para encontrar su camino. Su voz se quebró nuevamente. Pensé que podría rezar por ellas, tal vez ayudarlas. Miguel y el padre Sebastián intercambiaron una mirada de preocupación.

Entré por la puerta lateral. Estaba abierta, continuó Tomás. Amplié un poco el agujero en el muro y me metí en el pasadizo. Al principio solo veía oscuridad, pero luego encontré unas escaleras que bajaban. El pasillo se hacía más ancho abajo, como una cripta. Tomás se estremeció visiblemente al recordar.

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