Nadie en aquellos años de ascenso habría imaginado que a los dos, marido y mujer, les quedaba tan poco tiempo, que el año 1994 se los llevaría a los dos con apenas 8 meses de diferencia. Se enamoraron, se casaron en el año 1984 y empezaron a construir una vida que parecía sacada de un guion perfecto. Tuvieron a su primer hijo, Luis Donaldo, en 1985 y años después, tras esperar mucho, llegó su segunda hija, Mariana, en 1993.
Guarda esos dos nombres. Luis Donaldo, hijo, y Mariana, porque estos dos niños, uno de 9 años, la otra de apenas uno, son las víctimas más silenciosas de toda esta historia. dos criaturas que iban a perder a su padre y a su madre en el mismo año. Pero antes de seguir con la tragedia, déjame contarte quién era él de verdad, porque la imagen que quedó de Colosio es la del mártir y era mucho más que eso.
Luis Donaldo venía de Magdalena de Quino, un pueblo de Sonora, tierra de desierto y de gente recia. No venía de Cunar Rica, era hijo de un comerciante. Estudió, se preparó, se formó como economista y completó estudios en el extranjero. Era de esos hombres que escalaron a base de disciplina, no de apellido, tranquilo, trabajador, de los que escuchan más de lo que hablan.
Dentro del partido, Colosio fue subiendo escalón por escalón. fue diputado, fue senador, llegó a presidir el propio PRI, el partido en el poder, y después tuvo a su cargo una de las secretarías más importantes del gobierno de Salinas, la que manejaba los programas sociales, el famoso programa de solidaridad que llevaba obras y apoyos a los pueblos más pobres del país.
Eso le dio algo que pocos políticos tienen. Conocía la pobreza de México de cerca. Había estado en las comunidades, en los pueblos olvidados, en las colonias sin agua. Por eso, cuando habló de un México con hambre y sed de justicia, no era una frase de discurso vacío, era algo que había visto con sus propios ojos.
Y a su lado siempre Diana Laura. tenía un papel mucho más hondo que el de acompañante. Era economista igual que él, inteligente, de carácter, con opiniones propias. De las mujeres que entienden de política tanto como sus maridos, aunque en aquella época el reflector siempre fuera para ellos. Quienes los conocieron decían que ella era su consejera, su sostén, su brújula, que Colosio confiaba en su criterio como en el de nadie.
Eran, en el sentido más real de la palabra un equipo y ese equipo estaba a un paso de llegar a la cima del poder en México. Mientras la familia crecía, la carrera de Colosio despegaba. Y tienes que entender cómo funcionaba el poder en México en aquellos años, porque sin eso nada de esto tiene sentido. En aquella época gobernaba un solo partido.
El PRI llevaba más de seis décadas ininterrumpidas en el poder y había una regla no escrita que todo el país conocía. El presidente en turno señalaba con el dedo a su sucesor. Le decían el dedazo. El que era elegido candidato del PRI tenía prácticamente la presidencia asegurada porque ese partido ganaba todas las elecciones. Así que cuando el presidente Carlos Salinas de Gortari eligió a Colosio como candidato en los hechos lo estaba señalando como el próximo presidente de México.
Y aquí viene algo que quiero que entiendas porque es el corazón de toda esta historia. En ese sistema, el candidato no era un hombre libre, era una pieza de una maquinaria enorme, antigua y poderosa. Y en esa maquinaria, cuando una pieza se salía del lugar que le tocaba, podía ser reemplazada. Recuerda esto.
Lo vas a necesitar para entender por qué tanta gente, incluida su propia esposa, nunca creyó que un solo hombre, actuando solo hubiera matado a Colosio. Porque 17 días antes de los disparos pasó algo. El 6 de marzo de 1994, frente al monumento a la revolución ante decenas de miles de personas, Colosio dio un discurso que cambió su destino.
Un discurso donde se atrevió a criticar al propio sistema que lo había encumbrado, donde habló de los errores del partido, de la corrupción, de la necesidad de cambiar y donde dijo una frase que pasaría a la historia. Yo veo un México con hambre y con sed de justicia. Recuerda esa frase, repítela en tu mente, un México con hambre y sed de justicia.
Porque 17 días después de decirla lo mataron. Porque la justicia que él pidió nunca llegó. y porque su esposa moriría 8 meses más tarde, exigiendo esa misma justicia con el último aliento que le quedaba. Esa frase va a volver y cada vez que vuelva va a pesar más. Porque aquel discurso del 6 de marzo fue mucho más que una frase bonita.
Fue el momento en que Colosio se atrevió a hablarle al sistema de frente. Ante decenas de miles de personas, criticó las viejas prácticas del partido, la corrupción, la necesidad de un cambio real. Y eso en aquel México era casi una herejía. Un candidato del partido en el poder no critica al partido en el poder.

No se muerde la mano que lo encumbró. Pero Colosio lo hizo y mucha gente que estaba ahí y mucha gente que lo vio por televisión sintió algo raro, un escalofrío, la sensación de que aquel hombre acababa de cruzar una línea peligrosa. De hecho, con los años se volvió casi una creencia popular que aquel discurso firmó su sentencia, que al marcar distancia del presidente, al hablar de cambio, Colosio se convirtió en un estorbo para los intereses del viejo poder.
Otra vez, querida audiencia, te lo marco. Eso es interpretación, es la lectura que hizo el país, no una verdad probada en un juzgado. Pero el dato frío es escalofriante por sí solo, 17 días. Eso fue lo que pasó entre el discurso más valiente de su vida y los dos disparos de lomas taurinas. 17 días entre hablar de un México con hambre y sed de justicia y morir sin alcanzar a ver ni un gramo de esa justicia.
Lo que pasó dentro del matrimonio Colosio en esas semanas, el secreto que cargaban mientras el país los veía como la pareja presidencial perfecta, es lo primero que te prometí y está a punto de llegar. Pero antes necesito que sepas algo que casi nadie cuenta. Que mientras Colosio subía al escenario aquel 23 de marzo, en su casa había una mujer que ya sabía que se estaba muriendo y que esa mujer le había pedido a su esposo una sola cosa, que no se detuviera.
Aquí viene lo primero que te prometí, el secreto que Diana Laura ocultó durante la campaña. En marzo de aquel año, el médico de la familia, Misael Uribe, le dio a Diana Laura una noticia demoledora. Tenía cáncer de páncreas. Y si tú o alguien de tu familia ha pasado por esto, sabes lo que significa. El cáncer de páncreas es de los más crueles, de los que casi no avisan, de los que cuando se detectan ya suelen estar avanzados, de los que dejan poco margen.
Diana Laura tenía 36 años, dos hijos pequeños, un esposo a punto de convertirse en presidente y una sentencia escrita en su propio cuerpo. piensa en el momento exacto en que recibe esa noticia. Su esposo está en plena campaña presidencial, la más importante de su vida. El país entero los mira, las cámaras los siguen a todas partes y ella en una consulta médica, lejos del ruido, escucha la palabra que nadie quiere escuchar. Cáncer.
y no cualquiera, sino uno de los más letales. En ese instante, Diana Laura tuvo que tomar una decisión que define quién era. Se lo dice a su esposo y le arruina el momento más importante de su carrera o se lo guarda y carga sola con el horror para no frenarlo? Al final, Colosio se enteró. Era su esposa.
Era imposible esconderlo del todo y su reacción dice todo sobre el hombre que era. Pensó seriamente en renunciar, en dejar la candidatura, en soltar el sueño de la presidencia para acompañar a su esposa en lo que le quedara de vida. El hombre que estaba a un paso del poder absoluto estuvo dispuesto a cambiarlo todo por estar al lado de la mujer que se moría.
¿Cuántos políticos de los que tú conoces harían eso? ¿Cuántos renunciarían al poder por amor? Pero Diana Laura no se lo permitió. Ella conocía el sueño de su esposo, sabía lo que significaba para él, para el país, para la familia y le pidió que siguiera. Le dijo en esencia que ella se ocuparía del bienestar de la familia.
que él no se detuviera. Así que tomaron juntos la decisión más dura, seguir adelante con la campaña, sonreír ante las cámaras, ser la pareja presidencial perfecta, mientras los dos cargaban en secreto el peso de una enfermedad terminal. Y aquí está la primera gran injusticia de esta historia. Esta pareja ya estaba viviendo una tragedia privada, en silencio, con una dignidad que parte el alma.
Y cuando apenas empezaban a hacerse a la idea de que la perderían a ella por el cáncer, llegó la segunda tragedia, la que nadie esperaba, a quitarles también a él. Cuando Colosio se enteró, se planteó algo que dice todo sobre el hombre que era. Pensó en dejarlo todo, en abandonar la candidatura a la presidencia de México para quedarse al lado de su esposa enferma.
Piénsalo. Estaba a un paso del cargo más poderoso del país, el sueño de cualquier político, y estuvo dispuesto a soltarlo todo por amor. Pero Diana Laura no lo dejó. Y aquí quiero hablarte a ti, a ti que quizá has callado tu propio dolor para no ser una carga. A ti que te has tragado tus lágrimas para que los demás no sufran, para que tus hijos no se preocupen, para que la vida de los que amas no se detenga por ti.
Porque eso es exactamente lo que hizo Diana Laura. le pidió a su esposo que siguiera adelante. Le aseguró que ella haría todo lo posible por el bienestar de su familia y se guardó su enfermedad para que no le robara el sueño a él. Así que la campaña siguió y el país veía a la pareja perfecta, el candidato joven, fuerte, con futuro, la esposa elegante, inteligente, la próxima primera dama.
Nadie sabía que detrás de esa imagen había una mujer apretando los dientes contra el dolor, sonriendo en los actos públicos, mientras por dentro la consumía una enfermedad que no perdona. Esa es la clase de mujer que era Diana Laura, de las que cargan en silencio, de las que se sacrifican sin hacer ruido, de las que tú conoces porque probablemente hay una en tu propia familia.
Y quiero que te detengas en esa imagen, porque es de las que no salen en los libros de historia. Imagínate a Diana Laura en un acto de campaña. Música, banderas, miles de personas gritando el nombre de su esposo. Ella ahí de pie, sonriendo, saludando, vestida impecable, la imagen de la futura primera dama. Y por dentro el dolor del cáncer, el cansancio, el secreto que no podía contarle a nadie.
Cada sonrisa de aquellas era un acto de voluntad sobrehumana. Cada aplauso que recibía lo recibía una mujer que sabía que se estaba muriendo y que había decidido que su enfermedad no le iba a robar el momento a su esposo. ¿Cuántas mujeres así conoces tú? Mujeres que se tragan su propio dolor para que los demás no sufran.
Madres que están enfermas y no lo dicen para no preocupar a los hijos. Esposas que cargan la casa, la familia, el miedo y aún así se levantan cada mañana con una sonrisa. Diana Laura era una de ellas, solo que su sacrificio lo hizo delante de todo un país sin que nadie supiera el precio que estaba pagando. Ahora, para entender lo que vino después, tienes que entender el año.
1994 fue uno de los años más violentos y convulsos de la historia moderna de México. El primero de enero estalló un levantamiento armado en Chiapas. El movimiento zapatista. Indígenas alzados en armas exigiendo justicia. El país amaneció el primer día del año con una guerra en el sureste. Había tensión, había nerviosismo, había una sensación de que algo se estaba quebrando en el sistema que había gobernado por décadas.
Y en medio de todo eso, dentro del propio partido había fricciones. Y aquí tienes que conocer un nombre, Manuel Camacho Solís. Camacho era un hombre poderoso dentro del gobierno de Salinas, regente de la Ciudad de México, cercanísimo al presidente. Y muchos creían que el dedazo, ese señalamiento mágico que decidía al próximo presidente iba a caer sobre él.
Camacho se sentía con derecho a la candidatura, pero el dedo de Salinas no lo señaló a él, señaló a Colosio. Y eso en el lenguaje no escrito de aquel sistema era una herida profunda. Camacho no lo tomó bien. Paracolmo, cuando estalló lo de Chiapas, a Camacho lo nombraron comisionado para la Paz y de pronto el hombre que había perdido la candidatura volvía a estar en todas las portadas opacando al propio candidato.
La atención entre los dos hombres se volvió comidilla nacional y por encima de todos ellos estaba el presidente Carlos Salinas de Gortari y su hombre más cercano, su jefe de asesores, un personaje de bajo perfil pero de enorme poder, José Córdoba Montoya. Toda esa maquinaria, todos esos egos, todas esas ambiciones se movían alrededor del candidato como sombras.
Imagínate la presión sobre Colosio, un país en llamas, un rival herido que no se resignaba, un presidente al que acababa de criticar en público y en casa una esposa muriéndose de cáncer que nadie sabía que estaba enferma. piénsalo bien. Este hombre cargaba al mismo tiempo el peso de un país y el peso de una tragedia privada.
Por fuera, el candidato fuerte que iba a ser presidente. Por dentro, un esposo que veía morir a la mujer de su vida y que tenía que fingir que todo estaba bien. Pocos seres humanos han cargado tanto en tan poco tiempo y le quedaban apenas semanas de vida. Porque no todos en el PRI estaban contentos con que Colosio fuera el elegido.
Hubo tensiones con otras figuras poderosas del partido que parecían no resignarse a haber perdido la carrera por la presidencia. Y el discurso del 6 de marzo, ese donde Colosio criticó al sistema, encendió todavía más las cosas. A partir de ese momento, en el ambiente político empezó a flotar una sensación rara, un desasiego, una idea de que algo le podía pasar al candidato.
Mucha gente que vivió aquellos días lo recuerda igual. Había miedo en el aire. Y ahora piénsalo tú, un candidato que se atreve a criticar al sistema que lo puso ahí, un partido con fracturas internas, un país en llamas y una esposa que sabiéndose enferma miraba todo esto con una intuición que luego resultaría terriblemente certera.
Porque Diana Laura, cuando ocurrió lo que ocurrió, jamás creyó que fuera obra de un solo hombre. Y ella conocía a su esposo, conocía el medio, conocía el poder por dentro. Llegó el 23 de marzo. Colosio viajó a Tijuana para un acto de campaña. Su avión aterrizó en el aeropuerto de la ciudad alrededor de las 4 de la tarde.
En Lomas Taurinas lo esperaba una multitud. Se calcula que unas 4,000 personas, el doble de lo que los organizadores y la seguridad habían previsto. Ese detalle importa. El doble de gente de la esperada, una colonia popular de calles de tierra, de terreno irregular, difícil de controlar. un mar de personas apretadas alrededor del candidato.
Colosio bajó de la camioneta, caminó entre la gente con sus guardaespaldas alrededor rumbo al templete. Lo apretaban, lo tocaban, lo querían cerca. Sonaba música, había euforia y en medio de ese caos festivo alguien se acercó lo suficiente. A las 4:30 aproximadamente sonaron los disparos. El primero en la cabeza, el segundo en el abdomen.
Colosio se desplomó. La multitud estalló en gritos. El caos se volvió absoluto. Y aquí hay un detalle que tienes que tener muy presente porque está en el centro de todas las dudas que vinieron después. Aqueling quedó grabado, había cámaras. Existen las imágenes del momento exacto en que Colosio camina entre la gente y de pronto cae.
Ese video que México vio una y mil veces se convirtió en el documento más analizado de la historia política del país, cuadro por cuadro, segundo por segundo, buscando en cada gesto, en cada movimiento de la multitud respuesta, porque fíjate en lo que la propia necropsia reveló. Colosio recibió dos disparos, uno en la cabeza a quemarropa y otro en el abdomen.
Y aquí empezó la primera gran pregunta. Para muchos especialistas, la posición de esas dos heridas, los ángulos, resultaban difíciles de explicar si un solo hombre parado en un solo punto hubiera disparado las dos veces. ¿Cómo le das a alguien en la cabeza y luego en el abdomen en medio de un tumulto en cuestión de segundos desde una sola posición? Esa duda, la de los dos disparos, fue la semilla de la teoría que durante 30 años no ha dejado de crecer, la de que Mario Aburto no actuó solo.
Al joven que disparó lo detuvieron ahí mismo en el acto, sometido por la propia gente y por la seguridad. Mario Aburto Martínez, un muchacho de origen humilde, obrero, con ideas confusas que después se usarían para pintarlo como un fanático solitario. Lo subieron, lo trasladaron, lo encerraron y desde el primer instante su figura empezó a llenarse de sombras y contradicciones que llegan hasta el día de hoy.
Lo trasladaron de urgencia a un hospital. Los médicos lucharon por salvarlo, pero las heridas, sobre todo la de la cabeza, eran demasiado. Esa misma noche, Luis Donaldo Colosio Murrieta fue declarado muerto. Tenía 44 años. El hombre que iba a ser presidente de México, el que había hablado de un país con hambre y sed de justicia, estaba muerto en una plancha de Tijuana.
Y el país, querida audiencia, se paralizó. Tú que viviste aquel día lo recuerdas, dónde estabas, qué hacías cuando interrumpieron la programación para dar la noticia, porque fue uno de esos momentos en que México entero se quedó sin aliento al mismo tiempo, como cuando muere alguien que parecía que no podía morir.
La gente no lo creía. Se quedaban frente al televisor esperando que dijeran que era un error, que estaba grave, pero vivo, que se salvaría. Pero no, Colosio estaba muerto y con él se moría también una idea, la idea de que México podía cambiar de manera pacífica desde dentro sin sangre. Porque eso fue lo que de verdad se enterró en Tijuana.
No solo a un hombre se enterró una esperanza. Colosio representaba para millones la posibilidad de que las cosas se hicieran distinto. Había criticado al sistema desde dentro del sistema. Había hablado de los pobres, de la justicia, del cambio y lo callaron con dos balazos en una colonia de tierra. El mensaje que muchos leyeron fue brutal y claro.
En este país, el que se sale del molde paga. Y sabes qué es lo más cruel? Que mientras todo esto pasaba, mientras el país lloraba a su candidato, había una mujer que cargaba un dolor doble y secreto, Diana Laura. Porque ella no solo perdía a su esposo, ella sabía que se estaba muriendo también. Y ahora sus dos hijos en cuestión de meses se iban a quedar sin padre y sin madre.
Esa tarde en Tijuana no se rompió una familia, se condenó a dos niños a la orfandad total. Los días siguientes fueron de luto nacional. El cuerpo de Colosio fue trasladado, velado, llorado por multitudes. Miles de personas salieron a las calles. Gente común que sentía que le habían matado no solo a un político, sino a una esperanza.
Y en medio de ese mar de gente, de coronas, de discursos, estaba ella, Diana Laura, vestida de luto, sosteniéndose de pie con una fuerza que nadie entendía de dónde sacaba, despidiendo a su esposo delante de todo un país. Lo que casi nadie sabía es que esa mujer que enterraba a su marido también se estaba enterrando a sí misma, que el cáncer le marcaba los meses, que ese funeral era en cierto modo un ensayo del suyo propio que llegaría apenas 8 meses después.
Y aún en ese momento, en el más oscuro de su vida, Diana Laura ya estaba decidida. No iba a aceptar la primera explicación que le dieran. No iba a permitir que el asesinato de su esposo se cerrara con prisa y a conveniencia. Lo que le quedaba de vida fuera lo que fuera, lo iba a dedicar a la verdad. Esa decisión tomada junto a un ataúdna de toda esta historia.
Y a kilómetros de ahí, una mujer enferma de cáncer estaba a punto de recibir la noticia. ¿Cómo se enteró Diana Laura? ¿Quién estaba con ella en ese momento? Y la maquinaria que se activó esa misma tarde para controlar la historia. Es lo segundo que te prometí y es donde esto se vuelve todavía más oscuro. Aquí viene lo segundo que te prometí.
¿Cómo se enteró Diana Laura y la maquinaria que se activó esa tarde? Hay pocas cosas tan crueles como la forma en que las malas noticias viajan en la era de la televisión. En cuestión de minutos, la noticia de los disparos en Tijuana ya corría por todo el país. Boletines de última hora, caras de conductores que no sabían cómo decirlo, imágenes repetidas del candidato cayendo y en algún lugar lejos de Tijuana esa noticia tuvo que llegarle a una mujer que ya cargaba con su propia sentencia.
No hay manera suave de recibir algo así. No hay forma de prepararte para que te digan que al hombre con el que has construido tu vida, al padre de tus hijos, acaban de matarlo a tiros frente a una multitud. Y piensa en el detalle más amargo de todos. Diana Laura ya se estaba haciendo a la idea de dejar a sus hijos por el cáncer.
ya cargaba con la certeza de que ellos crecerían sin madre, pero al menos pensaba les quedaría su padre. Colosio sería presidente, los cuidaría, los vería crecer. Esa era la única certeza que le daba algo de paz en medio de su enfermedad. Y esa certeza, ese último consuelo, se la arrancaron de tajo.
Aquella tarde de marzo. En un instante, sus hijos pasaron de tener un futuro asegurado a quedar completamente solos en el mundo. Hay un detalle que conecta esta historia con otra que quizá ya conoces. Aquel día en Tijuana, cubriendo en exclusiva el asesinato para la televisión mexicana, estaba una de las periodistas más conocidas del país, Talina Fernández, la misma mujer que años después perdería a su propia hija Mariana Levi, en otra tragedia que también partió a México en dos.
Dos madres marcadas por la pérdida cruzadas por el destino en aquel mismo día de marzo del 94. Talina narró para las cámaras lo que ocurría mientras el país entero se enteraba atónito, de que al futuro presidente lo habían matado a tiros en una colonia de tierra. Ahora imagina la otra escena, la de la esposa, una mujer enferma de cáncer que apenas semanas antes ha sabido que se va a morir, recibiendo la noticia de que a su esposo lo acaban de asesinar frente a miles de personas.
el mundo entero derrumbándose sobre ella en cuestión de segundos. Lo poco que se quedó para ella ya estaba contado. Y aún así esta mujer iba a usar ese poco para algo que nadie esperaba. Y mientras esa mujer se quebraba por dentro, afuera ya se movía otra cosa, la maquinaria del poder. Porque un magnicidio así, el asesinato del hombre que iba a ser presidente no es solo una tragedia familiar, es un terremoto político.
Y en un sistema como el de aquel México, lo primero que se activó no fue solo la búsqueda de la verdad, fue el control de la historia. el control de qué se iba a decir, cómo y hasta dónde se iba a investigar, porque mira lo que pasó casi de inmediato. Muerto Colosio, el partido necesitaba un nuevo candidato a toda prisa.
Faltaban pocos meses para la elección y por las reglas de aquel momento no cualquiera podía hacerlo. El elegido fue Ernesto Cedillo, que había sido el coordinador de la campaña del propio Colosio. En cuestión de días, el hombre que organizaba la campaña del muerto se convirtió en el candidato y meses después en el presidente de México.
Detente a pensar en eso sin acusar a nadie. solo mirando los hechos. Un crimen que deja un vacío de poder enorme y ese vacío se llena rapidísimo con un hombre que ya estaba cerca, listo, en posición. En cualquier historia, cuando alguien muere y otro ocupa su lugar de inmediato, la primera pregunta que surge es la más vieja del mundo.
¿A quién benefició? Esa pregunta en el caso Colosio lleva 32 años sin una respuesta que deje tranquilo a nadie. Y te lo digo otra vez porque importa que la pregunta exista no significa que haya culpables probados. Cedillo gobernó, terminó su sexenio y nunca fue señalado por la justicia en relación con el crimen.
Pero la pregunta esa sigue viva en la memoria del país. Detuvieron casi de inmediato a un hombre, Mario Aburto Martínez, lo señalaron como el autor de los disparos. Y aquí empieza una de las historias más enredadas de la justicia mexicana. Porque al principio el primer fiscal especial del caso, un hombre llamado Miguel Montes, declaró con total seguridad ante todos los medios que a Colosio le habían tendido una emboscada, que había sido una acción concertada, es decir, varias personas, un complot, un plan.
Lo dijo con firmeza. El país lo escuchó. Y Montes no solo lo dijo, actuó. Bajo la hipótesis de la acción concertada. detuvo a varias personas que estaban alrededor de Colosio en el momento del crimen, gente de los grupos de seguridad y de orden del miting. Los acusó de asociación delictuosa. Por un momento, parecía que México iba a conocer la verdad de un complot, que se iba a destapar todo.
Y entonces, de repente, el giro. Apenas unos meses después, Montes dio marcha atrás. Dijo que no había encontrado pruebas del complot, que Aburto había actuado solo. Los detenidos quedaron libres y el fiscal desacreditado salió de cena. Pero el caso no se cerró ahí. Apenas empezaba un desfile de fiscales que parecía no tener fin.
Después de montes llegó Olga Islas, una mujer que conocía a fondo los entramados judiciales. Ella descartó por completo la teoría del complot y selló la versión del asesino solitario con una condena de 45 años para Mario Burto y con eso terminó el sexenio de Salinas. Pero entonces llegó al poder Ernesto Cedillo, el hombre que había tomado la candidatura tras la muerte de Colosio y que quería despegarse de su antecesor.
Cedillo prometió que no quedaría duda alguna en la sociedad. creó una nueva fiscalía especial y nombró a un tercer fiscal que reabriría todo, Pablo Chapa Besanilla. Y aquí, querida audiencia, es donde esto se vuelve una novela negra. Porque Chapa Besanilla resucitó la teoría del segundo tirador. Señaló a Otón Cortés, un hombre ligado al equipo de Colosio como el autor de un segundo disparo.
Lo detuvieron, lo encarcelaron y después, por falta de pruebas, lo liberaron. Pero ese mismo fiscal, Chapa Besanilla terminó envuelto en uno de los escándalos más bizarros de la justicia mexicana. En el caso de otro asesinato político, el de Ruis Maot usó a una vidente apodada la paca que supuestamente adivinó dónde había unos restos humanos enterrados en el rancho del hermano del expresidente Salinas.
Resultó que esos huesos habían sido plantados. Un montaje. Chapa Besanilla acabó prófugo, detenido en España, señalado por sembrar pruebas. ¿Te das cuenta del nivel de lo que estamos hablando? Los propios fiscales encargados de encontrar la verdad sobre el asesinato de Colosio acabaron desacreditados, contradiciéndose unos a otros y uno de ellos acusado de inventar pruebas.
¿Cómo le crees a una investigación así? ¿Cómo no iban a quedar dudas para siempre? Para que dimensiones el tamaño de este expediente, déjame darte unos números. Con los años, en el caso Colosio declararon 150 actores políticos entre expresidentes, secretarios de Estado y gobernadores. El expediente llegó a tener decenas de miles de páginas repartidas en cientos de tomos, miles de declaraciones.
Y a pesar de todo eso, de toda esa montaña de papel y de testimonios, la conclusión oficial siguió siendo la misma. un hombre actuando solo. Te dejo a ti la pregunta, toda esa maquinaria, todos esos fiscales, todos esos años para concluir que fue obra de un solo muchacho. Y te lo repito, porque es mi compromiso contigo.
Que un fiscal haya hablado de complot, que otro haya señalado a un segundo tirador, no convierte el complot en un hecho probado. Sigue siendo una versión. El único condenado por la justicia es Mario Aburto. Todo lo demás son hipótesis que han ido y venido durante tres décadas. Pero el hecho de que las propias autoridades se contradijeran tanto, eso sí es real.
Y eso por sí solo basta para entender por qué Diana Laura y media nación con ella nunca quedaron tranquilas. Y entonces, apenas tres meses y medio después, el mismo hombre apareció de nuevo y dijo exactamente lo contrario, que no había encontrado pruebas de la acción concertada, que Mario Aburto había actuado solo, que fue el único planeador y autor del crimen.
Pasó de fue una emboscada a fue un asesino solitario en cuestión de semanas y poco después, desacreditado en medio de las críticas y la incredulidad de todo un país, ese fiscal presentó su renuncia. Y aquí quiero que te hagas las preguntas que Diana Laura se hizo. ¿Cómo pasas de fue una emboscada a actuó solo en tres meses? ¿Qué apareció o qué desapareció? En ese tiempo, ¿quién ganaba con que la historia se cerrara cuanto antes? Con un solo culpable, sin mirar hacia arriba.
Estas no son invenciones mías, son las dudas que quedaron grabadas en la historia de este país, las dudas que la propia viuda gritó hasta el último día de su vida. Y déjame ponerte un ejemplo de por qué la gente desconfió tanto. Uno de los argumentos que se usaron para sostener que Aburto disparó las dos veces, él solo fue que el cuerpo de Colosio habría girado en el aire al caer y que por eso una bala entró por la cabeza y la otra por el abdomen desde la misma arma.
El cuerpo girando 90 gr en una fracción de segundo. Para mucha gente y para muchos expertos esa explicación nunca cerró. Sonaba a lo que era, a un intento de que las piezas encajaran a la fuerza en la versión cómoda. Y luego estaba el propio aburto. El hombre tardó horas en recrear el crimen ante las autoridades paso a paso, explicando dónde tenía el arma, cómo disparó, pero siempre negó haber disparado la segunda vez.
Siempre sostuvo que él disparó una sola vez. a la cabeza. Y si Aburto solo disparó una vez, entonces, ¿quién disparó la otra? Esa pregunta simple, terrible, lleva 32 años sin una respuesta que convenza a nadie. Y es la misma pregunta que hoy, en estos años, ha hecho que la fiscalía vuelva a buscar a un segundo tirador.
Porque Diana Laura nunca creyó la versión del asesino solitario. Nunca. Ella, que conocía el poder por dentro, que veía cómo se movían las piezas, estaba convencida de que la orden había venido de más arriba. Y aquí tengo que volver a ser honesto contigo. Eso hasta el día de hoy sigue siendo una versión, no un hecho probado.
La justicia condenó a Mario Aburto como autor material, el que disparó, pero ningún autor intelectual, ninguna mano detrás ha sido condenada jamás. Lo que sí es un hecho es que durante años hubo dudas sobre un segundo tirador. Incluso llegaron a detener a otro hombre, un tijuanense llamado Otón Cortés, acusado de haber disparado el segundo tiro, pero después lo liberaron por falta de pruebas.
Y para que entiendas por qué Medio País creía en un complot, tienes que ver lo que pasó en los meses siguientes, porque la muerte de Colosio no fue el único golpe de aquel año maldito. En septiembre de 1994, apenas 6 meses después, asesinaron a otro hombre poderoso del PRI. José Francisco Ruiz Macio, secretario general del partido, exconcuño del presidente Salinas, le dispararon en plena calle de la Ciudad de México.
Dos magnicidios en un mismo año dentro del mismo partido en el poder. El país sintió que el sistema se estaba devorando a sí mismo. Y hay un dato que conecta los dos crímenes de una forma escalofriante. El confeso asesino de Ruis Mair, un hombre llamado Daniel Aguilar Treviño, envió una carta a un noticiero después de su captura.
En ella, aseguró que Ruis Maer sabía que la orden de asesinar a Colosio se había fraguado en Los Pinos. En Los Pinos, la casa presidencial. Acuérdate de lo que te he dicho. Esto es una versión dicha por un asesino confeso, no un hecho probado en tribunales. Pero una acusación de ese tamaño en cualquier país del mundo obligaría a una investigación implacable.
En México no la hubo. Por eso las sospechas de la gente, lo que se decía en las calles y en las casas apuntaron siempre hacia arriba. hacia el rival herido Camacho Solís y sobre todo hacia el propio presidente Carlos Salinas de Gortari, a quien la voz popular acusaba de haber ordenado el crimen desde el poder.
Y otra vez te lo digo con todas sus letras, eso nunca se probó. Salinas siempre lo negó. Lo que sí ocurrió, como hecho documentado, es que el hermano del expresidente Raúl Salinas fue encarcelado y sentenciado como autor intelectual del asesinato de Ruis Macier. El apellido Salinas quedó manchado por uno de los dos crímenes.
Del otro, el de Colosio, jamás se señaló a nadie de arriba. Y la cereza de aquel año terrible llegó en diciembre. Salinas entregó el poder a Cedillo y a las pocas semanas el país se hundió en una de las peores crisis económicas de su historia. El peso se desplomó. Miles de familias perdieron sus casas, sus ahorros, sus negocios.
A ese desastre lo llamaron el error de diciembre y Cedillo le echó la culpa a Salinas. El que había sido el presidente todopoderoso pasó. en cuestión de meses a ser el villano de la nación y terminó marchándose del país. Así de rápido cambian las cosas cuando el poder se vuelve contra los suyos. Y en medio de todo ese derrumbe nacional, ¿quién se acordaba ya de una viuda enferma que pedía justicia? Y aquí es donde esta historia se vuelve la tuya también, porque quizá tú has sentido alguna vez que te mintieron desde arriba.
que te dieron una versión cómoda para que te callaras, que pediste justicia y te topaste con un muro, con silencio, con expedientes que se guardaban y puertas que se cerraban. Eso es lo que vivió Diana Laura, pero multiplicado por el peso de todo un estado encima. una mujer enferma, sola, contra la maquinaria más poderosa del país.
y el expediente del caso, esos documentos que debían contener la verdad, terminó guardado bajo reserva durante años, 22 años, según se ha documentado en que la investigación no se cerró del todo, pero tampoco avanzó hacia arriba, como si el país hubiera decidido que era mejor no saber, que era mejor quedarse con el asesino solitario y no preguntar qué había detrás.
Pero hubo alguien que no aceptó ese silencio. Una sola persona, enferma, contrarreloj, que decidió que la verdad importaba más que su propia comodidad en sus últimos meses de vida. Esa persona era Diana Laura y lo que hizo con el tiempo que le quedaba, la promesa que le hizo a sus hijos y la fundación que creó para no dejar morir la investigación.
Es lo tercero que te prometí y es la parte que más duele. Aquí viene lo tercero que te prometí. Los 8 meses finales de Diana Laura. Después del asesinato, la salud de Diana Laura se desplomó. El cáncer ya la estaba matando, pero el golpe de perder a su esposo aceleró todo. El dolor también enferma. El dolor también mata.
Y sin embargo, en lugar de apagarse en silencio, esta mujer hizo algo extraordinario. Convirtió sus últimos meses en una carrera contra dos relojes al mismo tiempo. El reloj del cáncer que avanzaba dentro de su cuerpo y el reloj de la verdad que se le escapaba mientras el sistema cerraba el caso. Diana Laura creó la Fundación Colosio, una organización que, entre otras cosas buscaba mantener viva la investigación sobre el asesinato de su esposo.
No quería que la historia se cerrara con un solo culpable y un expediente guardado. Quería respuestas. Quería que sus hijos algún día supieran la verdad de lo que le pasó a su padre. Imagínate la fuerza de voluntad que eso requiere. Estás muriéndote de cáncer, te duele todo el cuerpo. Sabes que te quedan semanas y aún así te levantas a pelear por la verdad, por tus hijos, por la memoria de tu esposo.
Y quiero que te detengas en el cuadro completo porque es de una crudeza que cuesta sostener. El día que mataron a Colosio, Diana Laura ya estaba enferma. Su cuerpo ya libraba una guerra perdida contra el cáncer y encima de eso le cayó la viudez de la forma más brutal posible. Una mujer normal se habría derrumbado, se habría encerrado a llorar lo que le quedaba de vida.
Nadie la habría culpado. Ella hizo lo contrario. Sacó fuerzas de donde ya no había para no dejar que la muerte de su esposo se barriera bajo la alfombra. En aquellos meses finales, su salud se fue apagando rápido. El cáncer de páncreas avanza sin piedad y el dolor de la pérdida, dicen quienes la acompañaron, le quitó las últimas reservas.

Aún así, viajó, se movió, buscó apoyos. Hay quien cuenta que en uno de esos viajes, ya muy enferma, fue recibida en privado por el Papa Juan Pablo II, una mujer al borde de la muerte buscando quizá lo único que ya nadie en la tierra podía darle, consuelo y fuerza para soltar. Te lo cuento como lo que es una versión publicada, no un hecho que yo pueda documentarte con certeza absoluta, pero encaja con todo lo que sabemos de ella, con esa mujer que hasta el último día buscó algo más grande que su propio dolor.
Hay un detalle que meriza la piel. Meses antes de morir, ya muy enferma, Diana Laura hizo un viaje a Europa y según se ha contado, en ese viaje tuvo un encuentro privado con el Papa Juan Pablo II. Una mujer enferma de cáncer, viuda, madre de dos niños pequeños, buscando consuelo en el lugar más alto al que se puede acudir cuando ya no queda nada humano por hacer.
No sabemos qué le pidió, pero no es difícil imaginarlo. Fuerza para sus últimos días, protección para sus hijos, quizá también justicia. Y aquí necesito que te detengas conmigo, porque esto es lo más duro de toda la historia. Diana Laura sabía que no iba a ver crecer a sus hijos. lo sabía y en lugar de negarlo, en lugar de huir de esa verdad, se sentó a organizar el futuro de sus niños para cuando ella ya no estuviera.
¿Te imaginas eso? ¿Te imaginas tener que decidir en vida quién va a cuidar a tus hijos cuando tú te mueras? Tener que despedirte de un hijo de 9 años y de una bebé de uno, sabiendo que no los vas a ver convertirse en adultos. Eso es lo que hizo Diana Laura. Con la dignidad de las mujeres que cargan lo imposible sin romperse en público, afinó con su familia los últimos detalles sobre el destino de sus hijos.
Decidió que quedarían al cuidado de su hermana Elisa, y del esposo de Elisa, Fernando. Preparó el terreno para una orfandad que ella no podía evitar, pero que sí podía ser un poco menos dura. Y cuando todo estuvo dispuesto, cuando ya había hecho todo lo que una madre puede hacer desde una cama de hospital, se dejó ir. El 14 de octubre de 1994, Diana Laura fue hospitalizada.
Su cuerpo ya no daba más. Y poco más de un mes después, el 18 de noviembre de 1994, murió. tenía 36 años, 8 meses después del asesinato de su esposo, días antes de que terminara aquel sexenio y se entregara el poder, dos hijos quedaron huérfanos de padre y madre en el mismo año. Y quiero que te quedes con la imagen de esos últimos días, porque es de las más dignas y desgarradoras que vas a escuchar.
una mujer de 36 años en una cama de hospital sabiendo que se va, no llorando por ella, sino organizando, decidiendo quién cuidaría a sus hijos, dejando todo en orden, asegurándose de que Luis Donaldo y Mariana, los dos pequeños, quedaran en manos de su hermana Elisa y de su esposo Fernando. Una madre que en lugar de aferrarse a sus últimas horas para sí misma, las usó para proteger a sus hijos del vacío que venía.
Piensa en eso. Tú que eres madre, tú que eres abuela, hay algo más difícil que despedirte de tus hijos, sabiendo que no los verás crecer, que no estarás en su primer día de escuela, ni en su graduación, ni en su boda, ni cuando te necesiten a medianoche. Diana Laura tuvo que hacer las paces con eso.
tuvo que soltar a sus hijos en vida, confiarlos a otros y cerrar los ojos sabiendo que crecerían sin ella. Y aún en medio de eso, no soltó lo otro. La verdad, la fundación, la exigencia de que el crimen de su esposo no quedara enterrado bajo una versión cómoda. Murió peleando en dos frentes al mismo tiempo, contra el cáncer que le ganaba la batalla del cuerpo y contra un sistema que le ganaba la batalla de la verdad.
perdió las dos, pero las dio hasta el último aliento. Y ahora vuelve conmigo a aquella frase. Colosio había dicho, semanas antes de morir, yo veo un México con hambre y con sed de justicia. Pues bien, su esposa murió con esa misma sed. Murió pidiendo la justicia que él había invocado y que a él le negaron con dos balazos.
La justicia que ella persiguió hasta el último aliento, enferma, sola, contra todo y que tampoco le llegó. ¿Quién pagó por la muerte de Colosio? Mario aburto, condenado como el que disparó. Y por todo lo demás, por las dudas, por el segundo tirador, por la posible mano de arriba, por el expediente guardado 22 años.
Nadie. ¿Quién respondió por una viuda enferma que murió buscando respuestas que nunca le dieron? Nadie. ¿Quién se hizo cargo del dolor de dos niños que perdieron a sus dos padres en 12 meses? su tía, su familia, no el sistema que los dejó huérfanos. Y aquí quiero hablarte a ti directo al corazón, porque quizá tú también has pedido justicia alguna vez y te has topado con un muro.
Quizá has ido a una oficina a exigir lo que es tuyo, lo que es justo y te han mareado, te han cansado, te han hecho sentir que tú eres el problema. Quizás visto como los poderosos se protegen entre ellos mientras a la gente común la dejan sola. Eso, exactamente eso es lo que vivió Diana Laura, pero en la escala más brutal posible.
Una mujer enferma, sin poder, contra todo el aparato de un estado que prefería no saber. Y esa es la verdadera tragedia del caso Colosio. Va mucho más allá de un hombre asesinado. El sistema entero se organizó con sus fiscales que se contradecían, con sus expedientes guardados, con sus versiones cambiantes para que la verdad completa nunca saliera.
Y la única persona que tuvo el valor y la dignidad de no rendirse fue justamente la que menos fuerzas tenía. Una mujer muriéndose de cáncer. Mientras los hombres poderosos callaban o mentían, fue una viuda enferma la que cargó sola con la exigencia de justicia. Y si eso no te dice todo sobre cómo funciona el poder en este país, no sé qué podría decírtelo.
Lo que quedó de todo esto fue un país marcado para siempre, una herida que no cerró y dos niños que crecieron lejos de los reflectores, criados por sus tíos, cargando un apellido que para México significaba tragedia. ¿Qué fue de esos dos hijos? ¿Y por qué este caso 32 años después volvió a abrirse y hoy podría dar un giro que nadie esperaba? Es lo último que te prometí. Y te va a sorprender.
Aquí viene lo cuarto y último que te prometí. ¿Qué fue de sus hijos y por qué el caso volvió a abrirse? Empecemos por los niños. Luis Donaldo Colosio Riojas, el hijo mayor, tenía 9 años cuando perdió a su padre y poco después a su madre. Creció junto con su hermana Mariana al cuidado de su tía Elisa y de su esposo Fernando.
Y hay un detalle que parte el corazón. La hija menor Mariana, que apenas tenía un año cuando murieron sus padres, ha reconocido que no tiene una imagen propia de ellos. que todo lo que sabe de su papá y de su mamá lo escuchó de sus familiares, que para recordarlos recurre a las fotografías donde aparece de bebé en sus brazos.
Una niña que tuvo que aprender a sus padres por fotos, igual que tantos huérfanos que esta historia mexicana ha dejado. Y aquí, querida audiencia, quiero que conectes algo, porque esta es la marca que dejan los crímenes del poder. No solo se llevan a la víctima, dejan huérfanos, dejan niños que crecen con un hueco.
Luis Donaldo, hijo, con 9 años, alcanzó a tener recuerdos de su papá, de los abrazos, de la voz, pero su hermana Mariana con apenas un año no tuvo ni eso. Creció sabiendo que su padre era una figura que el país entero recordaba, una calle, un busto, un nombre en los libros, pero sin tener un solo recuerdo propio de él, sentándola en sus piernas.
Imagina crecer así, que tu papá le pertenezca más a la historia de México que a ti, que tengas que pedirle a tus tíos que te cuenten cómo era el hombre que todos los demás creen conocer. Esos dos niños fueron criados por la hermana de Diana, Laura, Elisa, y su esposo Fernando. Crecieron lejos de los reflectores, protegidos, en silencio, cargando un apellido que para México significaba tragedia y misterio.
Y el mayor, Luis Donaldo hijo, hizo algo que pocos esperaban. Se metió a la política, justo el terreno que le arrebató a su padre. Con los años se volvió alcalde y después llegó al Senado. Ya no por el viejo partido de su padre, sino por una fuerza distinta, como si quisiera demostrar que se puede hacer política sin pertenecer a la maquinaria que devoró a Colosio y ha hablado del caso de su padre con un cuidado que dice mucho.
ha descrito el atentado como algo cometido bajo circunstancias inciertas, desesperadas y posiblemente obligadas. Detente en esas tres palabras, posiblemente obligadas. Es el propio hijo dejando abierta la puerta a que el hombre que disparó no haya actuado por su libre voluntad y al mismo tiempo ha pedido algo que conmueve, que dejen de usar el asesinato de su papá como herramienta política.
como bandera de campaña. Porque para el resto del país Colosio es un símbolo. Para él es simplemente el papá que le quitaron cuando tenía 9 años. Luis Donaldo, hijo, en cambio, tomó un camino que pocos esperaban. Se metió a la política, el mismo terreno que le arrebató a su padre. Con los años llegó a ser una figura pública y hoy ocupa un cargo en el Senado y ha hablado del caso de su padre con palabras medidas pero contundentes.
Ha dicho que el atentado se cometió bajo circunstancias inciertas, desesperadas y posiblemente obligadas. Fíjate en esas palabras posiblemente obligadas. es el propio hijo de Colosio, dejando abierta la puerta a que el asesino no haya actuado por voluntad propia y al mismo tiempo ha pedido que el caso de su padre deje de usarse como bandera política, porque para él no es un tema de campaña, es su papá.
Y ahora lo que casi nadie esperaba. 32 años después de los disparos, este caso está más vivo que nunca. En el año 2022, la Fiscalía General de la República reabrió la investigación. Se formó un equipo especial y un fiscal empezó a revisar el voluminoso expediente que se había iniciado en marzo de 1994 y encontró cosas, evidencias que en el pasado habían sido desechadas.
y decidió retomar una línea que se había cerrado años atrás, la del segundo tirador. En el año 2025 ocurrió algo que sacudió todo. Fue detenido un hombre llamado Jorge Antonio Sánchez Ortega, un exagente de los servicios de inteligencia del Estado, señalado como el presunto segundo tirador. Recuérdalo bien, un exagente del aparato de inteligencia del gobierno señalado por la propia fiscalía como posible segundo tirador en el asesinato del candidato.
La teoría que durante décadas se descartó como rumor hoy es una línea oficial de investigación y hay un detalle de esa hipótesis que te va a poner los pelos de punta, aunque tienes que tomarlo como lo que es parte de lo que sostiene la fiscalía, no una sentencia. Según esa línea de investigación, ese presunto segundo tirador, el exagente de inteligencia, habría sido sacado de la escena del crimen aquel día.
¿Y sabes quién, según esa misma hipótesis lo habría ayudado a salir? Un hombre que años después se volvería el todopoderoso secretario de seguridad de México, Genaro García Luna, el mismo que hoy está preso en Estados Unidos. condenado por sus vínculos con el narcotráfico. Imagina las implicaciones de eso. Si algún día se probara, conectaría el asesinato de Colosio con uno de los hombres más oscuros del poder mexicano de las últimas décadas, pero insisto y no me cansaré de hacerlo.
Todo esto es una hipótesis que sostiene la fiscalía, una línea de investigación que sigue abierta. Ningún juez la ha dado todavía por probada. ¿Y qué hay del único condenado de Mario Aburt? Su historia también dio un vuelco. Resulta que su condena de 45 años pudo basarse en un criterio equivocado, porque la pena máxima que correspondía en Baja California para ese delito era de 30 años.
y 30 años contados desde 1994 ya se cumplieron. A principios del año 2026, la Suprema Corte de Justicia atrajo el caso para decidir si su condena debe reducirse, lo que abriría una puerta impensable, que el hombre que disparó contra Colosio quede en libertad. A eso se suman las denuncias de que Aburto fue torturado tras su captura.
y la vieja sospecha, nunca aclarada del todo de si el hombre que encerraron era realmente el mismo que aparece en los videos del miting. Otra vez en revisión, pero versiones que hoy, 32 años después están sobre la mesa de la justicia y al mismo tiempo está el destino del único condenado, Mario aburto, porque resulta que su condena de 45 años pudo haberse basado en un criterio incorrecto.
En aquel entonces, la pena máxima en Baja California para ese delito era de 30 años, no 45. Y 30 años contados desde 1994 se cumplieron el 23 de marzo del año 2024. Es decir, según ese criterio, Mario Aburto ya habría cumplido su condena. A principios del año 2026, la Suprema Corte de Justicia de la Nación atrajo el caso para decidir de manera definitiva si su condena debe reducirse, lo que podría significar que el hombre condenado por matar a Colosio salga libre.
Además, hay denuncias de que Aburto fue torturado tras su detención y de que lo obligaron a hacerse pasar por el homicida. Otra vez te lo digo con claridad. Eso es una versión que sigue en revisión judicial, no un hecho cerrado, pero está sobre la mesa hoy mientras tú escuchas esto. Y ahora piénsalo. 32 años después, el caso que nos dijeron que estaba resuelto se está abriendo de nuevo.
El único condenado podría salir libre. Y por primera vez, la fiscalía persigue oficialmente a un segundo tirador y a los autores intelectuales. Todo lo que Diana Laura gritó hasta su último aliento. Todo lo que nadie quiso escuchar en aquel entonces, hoy vuelve a estar sobre la mesa. Ella no alcanzó a verlo, pero tenía razón en no creer la versión fácil.
Y aquí, déjame cerrar donde empezamos. Es 18 de noviembre de 1994. Una mujer de 36 años está en sus últimas horas en un hospital de la Ciudad de México. 8 meses atrás mataron a su esposo a tiros en Tijuana frente a miles de personas. Ella nunca creyó la versión que le contaron. Peleó por la verdad con el cuerpo deshecho por el cáncer.
organizó el futuro de sus dos hijos, sabiendo que no los vería crecer y ahora se está despidiendo. Alcanzó a abrazar a sus niños una última vez y se fue, llevándose su sed de justicia a la tumba. Ahora ya sabes la historia completa, la que no cabe en una frase de libro de texto.
Colosio no fue solo un candidato asesinado. Fue un hombre que dejó una viuda enferma y dos huérfanos. Una mujer que en sus últimos meses fue más valiente que todo el aparato del estado junto. Él dijo que veía a un México con hambre y sed de justicia. 32 años después, con el caso reabierto y sin culpables de arriba, ese México sigue teniendo la misma sed y sigue esperando que alguien por fin se la calme.
Y queda flotando una pregunta que duele más que ninguna otra. ¿Qué habría pasado si Colosio hubiera vivido? ¿Qué México sería este si aquel hombre que hablaba de cambio de los pobres, de la justicia hubiera llegado a la presidencia? No lo sabremos jamás. Esa es otra de las cosas que aquellas dos balas se llevaron.
No solo una vida, un camino entero que el país pudo haber tomado y que se cerró para siempre en una colonia de tierra de Tijuana. A veces los pueblos no solo lloran a sus muertos, lloran también al futuro que se fue con ellos. Y mientras tanto, mientras los políticos discuten y los expedientes se reabren y se vuelven a cerrar, en algún lugar quedan dos hijos ya adultos, que nunca tuvieron a sus padres.
Un hombre y una mujer que crecieron con un apellido convertido en símbolo nacional, pero con un hueco en el pecho que ningún homenaje, ninguna calle, ningún busto puede llenar. Porque al final, detrás de la política, detrás del magnicidio, detrás de las teorías, lo que de verdad quedó fue eso. Dos niños sin papá y sin mamá y una sed de justicia que ya cumplió tres décadas sin saciarse.
A ti que llegaste hasta aquí, gracias. Gracias por escuchar la historia completa, no la versión de media hoja que nos contaron. A ti en México que viviste aquel año terrible y quizás recuerdas dónde estabas el día que mataron a Colosio. A ti en Estados Unidos, en Colombia, en Argentina, en donde sea que estés.
Cuéntame en los comentarios dónde estabas tú el 23 de marzo de 1994. ¿Te acuerdas de aquel discurso? ¿Crees tú que Mario Aburto actuó solo? Escríbelo, porque mientras nosotros sigamos hablando de esto, la sed de justicia de Diana Laura no se apaga. Y antes de irme te dejo algo, porque aquel año 1994 hubo otro asesinato político que cambió a México para siempre y que está conectado con este de una forma que pocos se atreven a contar.
Pero esa esa historia te la cuento la próxima vez.