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Cinco turistas desaparecen en desierto de Atacama — un satélite capta algo 15 años después

 A las 7:45 el grupo se reunió en la casa de Alejandra. Los vecinos del sector los vieron cargando equipamiento en el vehículo, mochilas de montaña, bolsas de dormir, una carpa para cinco personas, contenedores de agua y cajas con instrumentos científicos. Dolores Fuentes, la vecina del primer piso, les ofreció café y termos adicionales.

 Se veían tan profesionales, declararía después, como esos científicos que salen en documentales. A las 8:30 en punto, el Toyota Blanco con patente CG4829 salió de Santiago por la ruta 5 Norte. El último registro urbano de su paso fue a las 9:15 cuando pagaron el peaje de Lampa. La cajera, Norma Gallardo, recordó el grupo porque Esperanza había preguntado por la historia del pueblito, manteniendo una breve pero animada conversación sobre la época colonial, mientras Patricio buscaba cambio para el peaje. El viaje transcurrió sin

incidentes. A las 14:30 se detuvieron en Vallenar para almorzar en el restaurante El Minero, un local conocido por servir comida casera a viajeros y trabajadores de la minería. El propietario urbano Tapia los atendió personalmente. En su declaración posterior a la policía recordó que habían pedido cazuela de cordero y que la joven española había tomado fotografías del interior decorado con herramientas mineras antiguas.

Parecían estudiantes serios, declaró el joven que parecía ser el líder del grupo. Preguntó específicamente por las condiciones de los caminos hacia Antofagasta. Llegaron a Antofagasta cerca de las 19 horas, cuando el sol del invierno ya comenzaba a declinar sobre el Pacífico. Se registraron en el hotel Terrado un establecimiento de categoría media ubicado en el centro de la ciudad.

La recepcionista de turno, Marisol Cortés, anotó sus datos en el libro de registro que posteriormente se convertiría en evidencia crucial. Habían reservado tres habitaciones, una doble para Alejandra y Esperanza, una individual para Patricio y otra doble para Mauricio y Leticia. Esa noche cenaron en el restaurante del hotel.

 El mesero Emilio Rojas los recordó porque habían extendido mapas topográficos sobre la mesa mientras comían. planificando la ruta del día siguiente. Esperanza había pedido información sobre sitios arqueológicos de la zona y él les había recomendado contactar al museo local. “La chica española tomó notas de todo lo que le dije”, declararía después.

 A las 22:30 se retiraron a sus habitaciones. Alejandra llamó a sus padres desde el teléfono del hotel, una conversación que quedó registrada en la factura telefónica y que duró 8 minutos. Su madre, Teresa Palacios, recordó cada palabra de esa llamada. Mami, llegamos perfectos. Mañana temprano vamos al desierto.

 Todo está saliendo tal como lo planeamos. Te llamo el martes cuando volvamos. El sábado 17 de agosto amaneció con una temperatura de descokotos y cielo completamente despejado. A las 6 de la mañana el grupo desayunó en el hotel Café, huevos revueltos y pan tostado, según el registro de la cuenta que pagó Patricio. A las 7:30 cargaron el vehículo y se dirigieron a una estación de servicios.

En la salida norte de la ciudad, el empleado de la estación, Claudio Herrero, recordó claramente el encuentro. Habían llenado el tanque completamente y comprado dos bidones adicionales de 20 L cada uno, además de snacks y más agua embotellada. El que manejaba revisó la presión de los neumáticos otra vez, declaró.

 Me dijo que conocía el desierto porque su papá era minero. Se veía que sabía lo que hacía. A las 8:15, el Toyota Land Cruiser tomó la ruta B355 hacia el sureste, internándose en el desierto de Atakama. Esta fue la última vez que alguien los vio con vida. Según el plan original, debían haber llegado a su primer campamento alrededor de las 11 de la mañana.

 El sitio elegido estaba ubicado a 47 km de la ruta principal, siguiendo un camino minero abandonado que Patricio conocía desde su adolescencia. Las coordenadas exactas anotadas en el cuaderno de campo de Alejandra eran 23047S 6915O en una zona de formaciones salinas cerca de un antiguo yacimiento de bórax. Cuando el martes 20 de agosto no regresaron como estaba planificado, las familias inicialmente asumieron que habían extendido su estadía.

 Sin embargo, cuando Alejandra no se presentó a una importante reunión académica el miércoles 21, sus padres llamaron al hotel en Antofagasta. La recepcionista confirmó que el grupo había partido el sábado por la mañana y no había regresado. El jueves 22 de agosto, Teresa Palacios presentó la primera denuncia por personas desaparecidas en la comisaría de Providencia.

 Ese mismo día, la policía de Antofagasta inició las primeras búsquedas en la zona donde supuestamente se dirigían los jóvenes. El capitán Rogelio Serrano, que dirigió la operación de búsqueda inicial, desplegó cuatro vehículos y un helicóptero de la Fuerza Aérea. Durante 5 días rastrearon sistemáticamente la ruta B355 y todos los caminos secundarios en un radio de 100 km.

 encontraron huellas de neumáticos compatibles con el vehículo desaparecido, pero las pistas se perdían en las zonas rocosas donde el viento del desierto borra cualquier rastro en cuestión de horas. El 30 de agosto, la búsqueda se intensificó con la llegada de voluntarios desde Santiago, incluyendo compañeros universitarios de los desaparecidos y familiares.

 Humberto Esquivel, padre de Mauricio, había tomado vacaciones en su trabajo en Codelco para unirse personalmente a las búsquedas. “Mi hijo conocía el desierto”, declaró a los medios. Algo tuvo que haber pasado. Mauricio jamás se habría arriesgado innecesariamente. Durante septiembre las búsquedas continuaron de manera esporádica.

 Se revisaron minas abandonadas, quebradas profundas y se establecieron puestos de observación en puntos estratégicos del desierto. La policía investigó la posibilidad de que hubieran cambiado de ruta o que hubieran tenido problemas mecánicos en zonas remotas. La teoría más aceptada en ese momento era que el vehículo había sufrido una avería en una zona extremadamente aislada del desierto, donde las comunicaciones por radio eran imposibles debido a las formaciones montañosas.

 En el Atacama, una falla mecánica en el lugar equivocado puede ser mortal. Las temperaturas diurnas superan los 30 Toyis, incluso en invierno, mientras que por las noches pueden descender bajo cero. Sin agua suficiente y sin posibilidad de comunicación, una persona puede morir de deshidratación en menos de 3 días.

 Sin embargo, había elementos que no encajaban con esta teoría. El grupo había llevado suficiente agua para una semana, equipamiento de supervivencia y más importante aún. Patricio tenía experiencia suficiente para no aventurarse a zonas donde la radio de comunicación no funcionara sin informar previamente su posición exacta. El misterio se profundizó cuando en octubre de 1996 un piloto comercial que volaba la ruta, Santiago Antofagasta, reportó haber visto reflejos metálicos en una zona del desierto aproximadamente a 60 km al sureste, de donde se habían dirigido los

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