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Churubusco y Chapultepec: Así se desplegó el brutal ataque estadounidense contra México

Rafael Medina no era soldado de nacimiento.

Eso lo decía siempre su madre, Jacinta, cuando alguien intentaba consolarla con frases grandes.

—Mi hijo no nació para cargar fusil. Nació para cargar tipos de imprenta.

Y era verdad.

Rafael trabajaba en una pequeña imprenta cerca de la calle de Tacuba, en la Ciudad de México. Aprendía a componer letras, a corregir pruebas, a mancharse los dedos con tinta y a discutir con clientes que querían proclamas patrióticas sin pagar por adelantado. Le gustaban las palabras. No porque fuera poeta, sino porque las palabras, bien puestas, podían ordenar un poco el caos.

Su padre, Julián Medina, había combatido de joven en tiempos convulsos y luego había muerto de fiebre sin gloria, sin pensión y sin estatua. Dejó una viuda, dos hijos y una hija. Dejó también una frase que Jacinta repetía cuando la vida se ponía fea:

—Los poderosos empiezan las guerras; los pobres ponen los muertos.

A Rafael le molestaba oírla de niño. Le parecía amarga. Luego creció y entendió que algunas frases no son amargas: son exactas.

En 1847, México llevaba meses viviendo con la sensación de estar retrocediendo hacia una puerta cerrada. La guerra con Estados Unidos había empezado lejos para muchos habitantes de la capital, en mapas, periódicos, conversaciones de cafés y partes militares que nadie terminaba de creer. Pero poco a poco dejó de ser noticia y se convirtió en ruido cercano.

Veracruz había caído. El general Winfield Scott avanzaba hacia el centro del país. Las derrotas se acumulaban con nombres que parecían golpes en la mesa: Cerro Gordo, Padierna, Churubusco, Molino del Rey, Chapultepec. Desde principios de 1847, las tropas de Scott habían desembarcado en Veracruz con el objetivo de llegar a la capital mexicana, y tras varias victorias fueron acercándose al último corazón político del país. (inah.gob.mx)

En la imprenta, Rafael componía panfletos que llamaban a resistir.

“Mexicanos: la patria os necesita.”

“Defended vuestros hogares.”

“Antes morir que ver hollado el suelo nacional.”

Frases fuertes. Hermosas incluso. Pero cuando las colocaba letra por letra, Rafael sentía una incomodidad que no decía en voz alta. Era fácil pedir a otros que murieran cuando uno escribía desde una mesa. Más difícil era sostener esa frase con el cuerpo.

No tardó en tocarle.

Una tarde de agosto, un oficial de la Guardia Nacional entró en la imprenta buscando voluntarios, listas y hombres útiles. Rafael levantó la vista. El oficial miró sus manos manchadas de tinta.

—¿Edad?

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