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CASO QUE CONGELÓ A ARGENTINA: 3 HERMANOS, UNA DESAPARICIÓN Y UNA PISTA INESPERADA EN UN BAR NOCTURNO

 Yo le contesté que todos teníamos obligaciones, que eso no era excusa. Lucía nos pidió que nos calmáramos, que no habíamos ido ahí para pelear otra vez. La conversación fue subiendo de tono, las cervezas se terminaban y pedían más. A las 12:15 de la madrugada ya llevaban dos rondas. El ruido del bar aumentaba conforme avanzaba la noche.

 La rocola sonaba más fuerte. La gente hablaba a los gritos para hacerse escuchar. Algunos parroquianos cantaban fragmentos de canciones con voces desafinadas por el alcohol. El calor era sofocante, los ventiladores no daban abasto. Lucía se quitó la campera de Jin que llevaba y la colgó en el respaldo de su silla. Ezequiel recuerda, en un momento dado, Lucía se levantó y dijo que iba al baño.

 Yo seguía discutiendo con Tomás sobre la casa, sobre si debíamos venderla o alquilarla. Él insistía en vender. Yo pensaba que mamá no iba a soportar perder la casa donde vivió 40 años. La discusión nos absorbió completamente. No sé cuánto tiempo pasó exactamente, tal vez 10 minutos, 15. Cuando levantamos la vista, Lucía no había vuelto.

 Tomás agrega, “Al principio no le di importancia.” Pensé que se había encontrado con alguna conocida que estaba en la puerta fumando un cigarrillo que había ido a comprar algo a un kiosco cercano. Pero Ezequiel me hizo notar que su campera seguía colgada en la silla, que su cartera estaba debajo de la mesa. Lucía nunca dejaría su cartera sola.

 Ahí empecé a preocuparme. Se levantaron a buscarla. Primero fueron hacia los baños. Había una fila de cuatro mujeres esperando para entrar al único baño de damas del local. Le preguntaron a cada una si habían visto a Lucía. Describieron su aspecto físico 160 de altura, cabello castaño largo recogido en cola de caballo, remera negra lisa, jein azul oscuro, zapatillas blancas toper.

Ninguna la había visto. Tocaron la puerta del baño. Una mujer de unos 40 años salió molesta por el apuro. No había nadie más adentro. Fueron hasta la barra. Mario Santini, el dueño, estaba sirviendo copas de fernet con Coca-Cola, la bebida favorita de los rosarinos. Le preguntaron si había visto salir a Lucía.

 El hombre, con el delantal manchado de cerveza y la frente sudorosa, negó con la cabeza. tenía demasiado trabajo como para fijarse en cada cliente que entraba o salía. Le sugirió que preguntaran a Damián, el mozo que atendía las mesas. Damián Quiroga, de 22 años, estudiante de comunicación social que trabajaba de noche para pagarse la facultad, tampoco recordaba haberla visto levantarse.

Damián, declaró después, esa noche estaba desbordado de trabajo. Éramos solo dos mozos para todo el bar y teníamos todas las mesas ocupadas. La gente pedía sin parar. Algunos se enojaban porque tardábamos en traer las cosas. Yo me movía de un lado a otro como robot. Podían haber pasado 1 cosas frente a mí y no me hubiera dado cuenta.

Los hermanos revisaron la vereda de afuera. La calle Rioja estaba iluminada por faroles públicos de luz amarillenta que creaban charcos de claridad entre sombras. Había gente caminando, parejas de novios abrazadas, grupos de amigos saliendo de otros bares. Le preguntaron a un vendedor de flores que estaba en la esquina si había visto a una mujer de las características de Lucía.

 El hombre, un boliviano de unos 50 años llamado Ramiro, que llevaba 20 años vendiendo rosas en esa esquina, dijo que había visto pasar mucha gente, pero no podía asegurar nada. Le preguntaron al encargado del kiosco de la otra vereda. Tampoco tenía información. Tomás cuenta. Volvimos al bar y empezamos a preguntar mesa por mesa.

 Le mostrábamos la foto de Lucía que teníamos en el celular. Algunos nos miraban con fastidio, otros con preocupación genuina, pero nadie la había visto. Era como si se la hubiera tragado la tierra. Ezequiel estaba pálido. Yo sentía que el corazón se me salía del pecho. Llamamos a su celular. Sonaba apagado. Eran las 12:50 de la madrugada.

 Habían pasado aproximadamente 30 minutos desde que Lucía se levantó de la mesa. Tomás tomó la decisión de llamar a la policía. Marcó el 911 desde su celular. La operadora le pidió calma y le explicó que en casos de adultos desaparecidos había que esperar 24 horas para hacer la denuncia formal. Tomás perdió los estribos. Le gritó que su hermana había desaparecido de un bar lleno de gente, que algo malo había pasado, que necesitaban ayuda inmediata.

La operadora, ante la insistencia y la descripción de las circunstancias inusuales, prometió enviar un móvil policial al lugar. A la 1:15 de la madrugada llegó un patrullero de la comisaría octava. Dos oficiales descendieron del vehículo. El cabo primero, Gustavo Romero, de 38 años con 23 años de servicio, y el agente Jorge Molina de 26 años con apenas 2 años en la fuerza.

 Romero era un policía veterano de estatura media, barriga pronunciada, bigotes grises y mirada cansada de quien ha visto demasiado. Molina era delgado, nervioso, todavía con ganas de demostrar que podía hacer bien su trabajo. Romero entró al bar con autoridad, pidió hablar con el encargado. Mario Santini salió de detrás de la barra secándose las manos en el delantal.

 El oficial le pidió que bajara la música. La rocola quedó en silencio. Todas las conversaciones se detuvieron. Decenas de ojos se clavaron en los policías. Romero explicó la situación con voz fuerte. Una mujer de 28 años había desaparecido del local hacía aproximadamente una hora. Pidió que quien tuviera información se acercara. El silencio fue absoluto.

 Nadie se movió. El cabo Romero declaró posteriormente, “Mi primera impresión fue de incredulidad. En mis 23 años de carrera había visto desapariciones en parques, en calles oscuras, en zonas peligrosas, pero nunca dentro de un bar repleto de testigos. Era absurdo. Alguien tenía que haber visto algo.

 Los policías comenzaron a tomar declaraciones. Hablaron con Mario Santini, con Damián Quiroga el mozo, con el otro mozo de turno, Claudio Benítez, de 35 años. Preguntaron si el bar tenía salidas alternativas. Santini confirmó que había tres. La puerta principal quedaba a calle Rioja, una puerta lateral que conectaba con un pasillo estrecho que desembocaba en calle alta y una puerta trasera en la cocina que daba a un patio interno compartido con el edificio de departamentos de al lado.

Las tres puertas estaban siempre abiertas durante el horario de funcionamiento por razones de seguridad y ventilación. Ezequiel dice, “Cuando escuché que había tres salidas, me invadió el pánico. Lucía podría haber salido por cualquiera de ellas. Podría estar en cualquier lugar.” Pregunté si había cámaras de seguridad.

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