Posted in

Capturados por los alemanes, dos pilotos estadounidenses escaparon a casa en un P-51 de un solo asiento

Antes de ser prisioneros, Danny Whitaker y Sam Ortega no se soportaban.

Eso conviene decirlo desde el principio, porque las historias de guerra suelen convertir la amistad en algo instantáneo, limpio, casi sagrado. Dos hombres se conocen, comparten peligro y de pronto son hermanos. A veces pasa. Muchas otras, primero se irritan, se juzgan, se equivocan, se necesitan a la fuerza y solo después aprenden a quererse.

Danny venía de Dayton, Ohio. Hijo de un mecánico ferroviario y una maestra de primaria. Había crecido entre humo de locomotoras, motores abiertos y tardes enteras mirando aviones civiles pasar como promesas. Era serio, metódico, de esos hombres que limpiaban sus botas aunque supieran que volverían a embarrarse en diez minutos. Le gustaban las reglas porque las reglas, bien hechas, evitaban funerales.

Sam Ortega era de Nuevo México. Hijo de padre mexicano y madre tejana, criado entre inglés, español, polvo, rezos, música de radio y hambre bien disimulada. Había aprendido a arreglar radios antes de aprender a pedir ayuda. Tenía una sonrisa rápida, una lengua peligrosa y una habilidad irritante para sobrevivir con medio plan y demasiada confianza.

Danny pilotaba cazas.

Sam había sido navegante y copiloto de bombardero.

Se conocieron en Inglaterra, en una base donde el barro parecía parte del uniforme. Danny pensó que Sam hablaba demasiado. Sam pensó que Danny era un palo vestido de oficial.

—Tú debes de dormir en posición de firmes —le dijo Sam una noche.

Danny ni levantó la vista de su café.

—Y tú debes de hablar hasta en coma.

—Solo si hay público.

No se hicieron amigos.

Se hicieron conocidos.

Luego, la guerra los juntó de la forma más brutal.

En marzo de 1944, durante una misión sobre territorio ocupado, el caza de Danny fue alcanzado mientras escoltaba bombarderos. Saltó en paracaídas cerca de un bosque francés. Pasó dos días escondido en una granja hasta que una patrulla alemana lo encontró.

Sam cayó una semana después. Su bombardero regresaba dañado cuando fue rematado por cazas enemigos. Saltó con quemaduras leves, una costilla rota y un sentido del humor milagrosamente intacto. Lo llevaron al mismo centro de interrogatorio que Danny.

La primera vez que se vieron como prisioneros, Sam estaba sentado en el suelo, con la cara hinchada.

—Vaya —dijo—. El capitán perfecto también se cae.

Read More