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Bukele Recibió un Video de un Niño Moribundo y Lo Que Hizo Conmocionó al Mundo

” Diego guardaba una foto arrugada de su padre en el bolsillo de su único pantalón. Bueno, la sacaba cada vez que sentía miedo o tristeza y últimamente la sacaba cada vez más seguido. Fue en el mercado donde todo se vino abajo. Diego estaba ayudando a cargar un canasto de tomates cuando de repente se detuvo.

Su cara se puso pálida como la luna. sus labios azules y cayó al suelo como si alguien le hubiera arrancado el alma. “Diego, mi hijo!”, gritó Rosa lanzándose sobre él. La gente del mercado se arremolinó. Un señor que tenía un pickup viejo se ofreció a llevarlos al hospital de San Miguel. Rosa subió a la parte trasera, sosteniendo a su hijo inconsciente, rezando todas las oraciones que conocía.

En el Hospital Nacional de San Miguel, después de horas de espera en pasillos abarrotados, un médico joven llamó a Rosa a su consultorio. Su expresión decía más que 1000 palabras. “Señora, su hijo tiene una cardiopatía congénita severa”, explicó el Dr. Martínez. señalando unas imágenes en la pantalla. Es una malformación en el corazón que probablemente ha tenido desde que nació.

[música] Ha empeorado con el tiempo. Rosa no entendía las palabras técnicas, pero entendía perfectamente el tono. Era el mismo tono que usó el policía cuando le informó sobre Manuel. Se va a morir mi hijo, doctor. El médico suspiró. Sin cirugía. Le damos 6 meses, tal vez menos.

Su corazón está trabajando al doble para compensar el defecto. Es como un motor que funciona forzado. Eventualmente va a fallar. Las lágrimas corrían por el rostro de Rosa, pero su voz se mantuvo firme. Y con la cirugía. Con la cirugía tiene un 80% de probabilidades de llevar una vida completamente normal. Pero el doctor hizo una pausa incómoda.

Es una operación muy especializada. Solo se puede hacer en el hospital Bloom en San Salvador. Y el costo, ¿cuánto? Entre 15 y $,000. Sin contar los medicamentos posteriores, las consultas de seguimiento. $20,000. Rosa no había visto tanto dinero junto en toda su vida. Ella ganaba $ al día vendiendo pupusas.

Necesitaría trabajar más de 18 años sin comer, sin dormir, sin gastar un centavo para juntar esa cantidad. Hay programas de ayuda, continuó el doctor viendo la desesperación en sus ojos. Pero la lista de espera es de 2 años y su hijo no tiene tanto tiempo. Rosa salió del consultorio con el mundo derrumbándose sobre ella.

En la sala de espera, Diego ya había despertado y la miraba con esos ojos grandes que heredó de su padre. Mami, ¿qué tengo? Rosa se arrodilló frente a él y tomó sus manos. Tenés un corazoncito muy especial, mijo, tan especial que necesita una ayudita para funcionar mejor. Pero no te preocupes, tu mami va a encontrar la manera.

Esa noche, mientras Diego dormía en la cama del hospital, Rosa llamó a todos los números que conocía, familiares lejanos, antiguos compañeros de trabajo de Manuel, hasta el cura del pueblo. La respuesta era siempre la misma. [música] Lo siento, Rosa, no tenemos. Ya sabes cómo está la situación. La abuela Esperanza llegó al día siguiente con un sobre arrugado.

Adentro había 200, todos sus ahorros de una vida entera. Es todo lo que tengo, mija. Dijo con lágrimas en los ojos. Ojalá fuera más. Rosa la abrazó sin poder hablar. $200. Les faltaban 19,800. La maestra de Diego, una mujer llamada Carmen, que había conocido a Manuel, vino a visitarlos al hospital. Al ver la situación, una idea cruzó por su mente.

Rosa, he visto videos en internet [música] de gente que pide ayuda para casos como este. A veces se hacen virales y llegan donaciones de todo [música] el mundo. Virales, no entiendo. Es cuando un video se comparte mucho, miles, millones de personas lo ven. Podríamos grabar a Diego contando su historia.

Tal vez alguien con recursos lo vea y decida ayudar. Rosa dudaba. No le [música] gustaba exponer a su hijo así, pero ¿qué otra opción tenía? Y si le mandamos el video directamente al presidente, sugirió la abuela Esperanza. Dicen que ese buquele sí ayuda a la gente pobre, que no es como los otros. Carmen asintió. Podemos hacer ambas cosas, subirlo a las redes y mandarlo a casa presidencial.

No perdemos nada intentando. Esa tarde, con un teléfono prestado y la luz del atardecer filtrándose por la ventana del hospital, grabaron el video que cambiaría sus vidas para siempre. Diego se sentó en la cama del hospital con su pijama celeste desgastado y la foto de su padre apretada contra el pecho.

La maestra Carmen sostenía el teléfono mientras Rosa le daba ánimos desde un costado. Solo decí lo que sentís, mijo. Hablale al presidente como si fuera un amigo. Diego miró a la cámara. Sus ojos, enormes y brillantes, reflejaban una mezcla de miedo e inocencia que partiría el corazón del más duro. “Hola, señor presidente”, comenzó con voz temblorosa.

“Me llamo Diego [música] y tengo 10 años. Los doctores dicen que mi corazón está malito y que necesito una operación, pero mi mami no tiene dinero porque [música] mi papi ya no está con nosotros.” hizo una pausa como si buscara las palabras correctas. “Mi mami trabaja mucho vendiendo pupusas, pero dice que no alcanza.

Yo no quiero morirme, señor presidente. Quiero crecer y ser doctor para curar a otros niños como yo. Quiero cuidar a mi mami y a mi abuelita, porque ellas me cuidan mucho a mí.” Las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas, pero siguió hablando. Mi papi [música] me decía que usted es un presidente diferente que ayuda a la gente pobre.

Por eso le pido, si [música] puede, que me ayude. No quiero que mi mami siga llorando por las noches cuando cree que estoy dormido. Levantó la foto arrugada de Manuel. Este es mi papi, está en el cielo, pero yo sé que desde allá también le está pidiendo que me ayude. Gracias por escucharme, señor presidente. Que Diosito lo bendiga. El video terminó.

Carmen tenía los ojos rojos, Rosa, soyaba en silencio. Hasta las enfermeras que pasaban por el pasillo se habían detenido a escuchar. Es perfecto, susurró Carmen. Esto va a funcionar. Lo sé. Esa misma noche el video fue subido a Facebook, Twitter e Instagram con el hashtag número ayuda para Diego. Carmen lo envió también al correo oficial de casa presidencial y a todos los medios de comunicación que encontró.

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