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Barbara Hutton: Se Casó 7 Veces… y Murió Sola con Solo 3.500$

Nunca regresó. Franklin Hton, su padre, no tenía la menor idea de qué hacer con una niña de 4 años que acababa de perder a su madre. Y la verdad es que tampoco quería saberlo. La dejó al cuidado de una sucesión de niñeras, institutrices y parientes lejanos que rotaban con la frecuencia de las estaciones.

Bárbara no tuvo una figura materna estable, no tuvo una casa fija, no tuvo rutinas, lo que tuvo fue mansiones enormes, habitaciones frías, sirvientes uniformados que le hablaban de usted y un silencio pesado que llenaba cada rincón. Hay una imagen que aparece una y otra vez en los testimonios de quienes la conocieron de niña.

Bárbara, sola, sentada en un comedor gigantesco comiendo en silencio frente a una mesa puesta para 20 personas, una niña pequeña, un plato, un tenedor y alrededor 20 sillas vacías. Si esa imagen no te dice todo lo que necesitas saber sobre la infancia de Barbara Hutton, entonces nada lo hará. A medida que crecía, Barbara fue pasando de una mansión a otra, de Nueva York a Long Island, de Long Island, a residencias de parientes en Europa.

Cada mudanza significaba nuevas habitaciones, nuevas niñeras, nuevos rostros que desaparecían al cabo de unos meses. No había constancia, no había rutina, no había esa cosa simple y fundamental que todo niño necesita. la certeza de que mañana el mundo va a seguir siendo el mismo. Franklin aparecía de vez en cuando.

Llegaba con regalos caros, muñecas importadas de París, vestidos de seda en miniatura, cajas de chocolates suizos y se marchaba antes de que Bárbara terminara de abrir el último paquete. Según relatos de personas cercanas a la familia, Bárbara aprendió muy temprano que el amor de su padre se expresaba en objetos, nunca en presencia.

Un cheque era más fácil que un abrazo, un regalo era más cómodo que una conversación. Y Bárbara, con esa inteligencia silenciosa que tienen los niños heridos, internalizó esa lección. Aprendió que las cosas reemplazan a las personas, que si no puedes tener cariño, al menos puedes tener cosas bonitas. Esa lección la destruyó lentamente durante 60 años.

En el colegio, Bárbara era la niña callada del fondo. No tenía amigas cercanas. Las otras chicas la miraban con una mezcla de curiosidad y distancia. Sabían que era rica, inmensamente rica, y eso creaba una barrera invisible que ninguna de ellas sabía cómo cruzar. Bárbara tampoco sabía, nunca aprendió a hacer amigos, nunca aprendió a confiar.

Cada vez que alguien se acercaba, una vocecita interior le preguntaba, “¿Me quiere a mí o quiere mi dinero?” Esa pregunta la acompañó hasta su último día. La mandaban a los mejores colegios privados. Institutriz tras institutriz, intentó educarla en idiomas, en arte, en música, en todo lo que una joven de su clase social debía saber.

Bárbara aprendía rápido, era inteligente, tenía una memoria notable. y una sensibilidad que sus profesores reconocían. Pero detrás de esa fachada educada y correcta había una niña que se despertaba por las noches llamando a una madre que no iba a responder. Su abuelo, Frank Woolworth, murió en 1919, 2 años después de Edna.

Con su muerte, la fortuna familiar quedó en manos de fide comisarios y abogados que administraban el dinero mientras Bárbara crecía. A los 5 años, Barbara ya era una de las herederas más ricas de los Estados Unidos. A los 12, su fondo fiduciario crecía cada día con los rendimientos del Imperio Wolworth. Y a los 21, el 14 de noviembre de 1933, el día de su cumpleaños, Bárbara recibió el control total de su herencia, casi 50 millones de dólares de la época, ajustados a hoy, más de 700 millones.

Pero Bárbara ya estaba rota mucho antes de tocar ese dinero. La niña que esperó junto a la ventana se convirtió en una adolescente frágil, callada, con una inseguridad profunda que ningún vestido caro podía disimular. Y fue en esa adolescencia cuando apareció algo que la perseguiría hasta la tumba, su relación con la comida.

Bárbara comía poco, a veces no comía nada durante días. Los médicos de la familia lo notaban, la veían adelgazar, pero nadie actuaba con la urgencia necesaria. En esa época, la anorexia ni siquiera tenía un nombre clínico reconocido. Era simplemente una chica delgada, una heredera con poco apetito, nada de qué preocuparse.

Lo que nadie entendió entonces y que hoy resulta dolorosamente obvio es que Bárbara no controlaba su comida por vanidad ni por estética. Lo hacía porque era lo único que podía controlar. En un mundo donde todo estaba decidido por abogados, fide y comisarios, tutores y parientes interesados en el dinero, su propio cuerpo era el único territorio que verdaderamente le pertenecía, el único lugar donde su palabra era ley.

¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. Y así, con apenas 20 años, una fortuna inimaginable y un vacío emocional que ningún cheque podía llenar, Barbara Hutton salió al mundo y el mundo estaba esperándola, pero no para protegerla, para devorarla.

En 1933, el año en que Bárbara recibió su herencia, Estados Unidos estaba hundido en la gran depresión. Millones de personas sin empleo, familias enteras haciendo fila para recibir un plato de sopa, bancos cerrando, fábricas vacías. Y en medio de ese desastre, los asesores de Franklin Hudden organizaron la fiesta de presentación en sociedad de Bárbara en el hotel Ritz Carlton de Nueva York.

1000 invitados, cuatro orquestas, champán importado de Francia, flores traídas en avión desde Sudamérica. Un espectáculo de lujo tan obsceno, tan descaradamente opulento, que los periódicos de la mañana siguiente estallaron de indignación. Bárbara no organizó esa fiesta. Su padre y sus asesores lo hicieron.

Ella solo apareció con un vestido blanco y una sonrisa nerviosa en un salón lleno de personas que no conocía. Pero el odio no cayó sobre Franklin, cayó sobre ella. Los titulares la destrozaron, la llamaron insensible. caprichosa, ajena al sufrimiento del pueblo americano y le dieron un apodo que la seguiría como una sombra el resto de su vida.

Poor little rich, la pobre niña rica. Lo decían con sarcasmo, con crueldad, sin saber que estaban describiendo algo real. Bárbara tenía 21 años y ya era la mujer más odiada de América. Y lo más doloroso es que ella misma sentía la vergüenza. No era una persona insensible. No disfrutaba del lujo mientras otros sufrían, pero no tenía las herramientas ni la guía para manejarlo.

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