Posted in

ANEL NOREÑA expone el SECRETO OSCURO: JOSÉ JOSÉ ocultó un HIJO PERDIDO antes de casarse

Tu voz buena, pero lo que tienes no es técnica, es algo más profundo. Dolor tal vez o necesidad, no estoy segura. José, acostumbrado a las Grupis que lo buscaban por razones más superficiales, se sintió inmediatamente atraído por esta mujer que lo veía de verdad, pues que escuchaba más allá de las notas. Comenzaron a hablar esa noche y siguieron hablando durante semanas.

Mariana iba a El Kidaba. se quedaba hasta tarde. Bebían café que se volvía frío mientras conversaban sobre arte, sobre vida, sobre los sueños que ambos tenían de trascender sus circunstancias. La primera vez que José y Mariana hicieron el amor fue después de una noche particularmente intensa en El Kid.

Era marzo de 1968 y la ciudad estaba cargada con una energía extraña. Esa sensación de que algo grande estaba por suceder en el mundo y en México. Los estudiantes hablaban de revolución, de cambio, de romper con las viejas estructuras. Y en ese pequeño bar de la zona rosa, José y Mariana sentían que ellos también estaban rompiendo con algo, aunque no supieran exactamente qué.

José había cantado Sabor a mí esa noche, y algo en la forma en que sus ojos habían encontrado los de Mariana durante el estribillo, había creado una electricidad que ninguno de los dos pudo ignorar. Cuando terminó su set, cerca de la medianoche, Mariana esperó mientras José guardaba su guitarra y se despedía del dueño del bar.

¿Quieres caminar?, le preguntó ella. Y José asintió sin palabras. Caminaron por las calles de la zona rosa, pasando por otros bares de donde salía música de rock and roll, por galerías de arte que mantenían sus luces encendidas hasta tarde, por parejas besándose en las esquinas. La noche olía a lluvia reciente y a posibilidad. Llegaron al departamento de Mariana sin haberlo planeado conscientemente.

Ella abrió la puerta y él entró. Y de repente estaban besándose contra la pared. Me con una urgencia que había estado construyéndose durante semanas. No fue suave ni romántico como en las películas. Fue desesperado, fue necesario. Fue dos personas solitarias encontrando conexión en el único lenguaje que parecía hacer sentido en ese momento.

Después, acostados en la cama estrecha de Mariana, con las sábanas revueltas y sus cuerpos aún entrelazados, hablaron hasta el amanecer. José le contó sobre su padre, sobre el alcoholismo que había destruido su familia, sobre la vergüenza de ser pobre en una ciudad que se burlaba de la pobreza. le habló de cómo la música era su única forma de sentirse valioso, de sentir que existía para algo más que sobrevivir.

Mariana le habló de sus padres, sobrevivientes del holocausto que habían llegado a México sin nada más que trauma y determinación. Le habló de crecer sintiéndose ni de aquí ni de allá. Demasiado judía para ser completamente mexicana. Demasiado mexicana para ser completamente judía. le habló de cómo el teatro le había dado una identidad que podía elegir en lugar de una que le habían impuesto.

“Somos iguales”, dijo José en algún momento de esa larga noche. Ambos tratando de ser algo más que lo que el mundo dice que debemos ser. “Somos iguales,”, acordó Mariana. “Pero el mundo no nos va a dejar estar juntos.” “Tú lo sabes, ¿verdad?” José lo sabía. En el México de 1968, un cantante católico de bar, sin un peso en el bolsillo, una actriz judía de familia conservadora, no tenían futuro juntos.

Pero en ese momento, en esa madrugada, con el sol empezando a filtrarse por las cortinas baratas del departamento, decidieron ignorar esa realidad y vivir en el presente tanto como pudieran. Los siguientes 6 meses fueron una montaña rusa emocional. Había noches de pasión intensa, de hacer el amor al ritmo de la lluvia contra las ventanas, de susurrar promesas que ambos sabían que probablemente no podrían cumplir.

Pero también había días de tensión, de realidad presionando contra su burbuja. La familia de Mariana comenzó a sospechar que algo pasaba. Su madre, una mujer perceptiva moldeada por años de supervivencia, donde el instinto era la diferencia entre la vida y la muerte, notó como su hija llegaba tarde a casa.

¿Cómo tenía esa mirada distante de alguien enamorado? Comenzaron las preguntas, luego las acusaciones veladas, luego las demandas directas. “¿Estás viendo a alguien? Un goy”, preguntó su madre un domingo durante la cena familiar, ir usando el término y jidish para no judío con todo el peso de generaciones de advertencias. Mariana no respondió, pero su silencio fue respuesta suficiente.

Su padre, un hombre que había sobrevivido a Auschwitz y construido una vida nueva en México a base de disciplina y control, dio un ultimátum. O dejaba a ese hombre, quien quiera que fuera, o la familia la desedaría. No porque fueran crueles, explicó su madre entre lágrimas, sino porque habían perdido demasiado ya. No podían perder también su herencia, su identidad, su conexión con lo que quedaba de su mundo destruido.

José, por su parte, también enfrentaba presiones. Su madre, doña Margarita, una mujer que había criado a sus hijos con las uñas después de que su esposo los abandonara al alcoholismo, esperaba que José finalmente trajera esta habilidad económica a la familia. Cada peso que él ganaba cantando era un peso menos de hambre, un peso más cerca de salir de esa vecindad que olía humedad y desesperanza.

¿Quién es esa muchacha que te tiene tan distraído?, le preguntó su madre una mañana cuando José llegó a casa al amanecer por tercera vez esa semana. Nadie, mamá, solo una amiga. Las amigas no te hacen llegar con esa cara, hijo. Esa cara es de alguien enamorado o de alguien que está por tener el corazón roto. No sé cuál es peor.

Doña Margarita tenía razón en ambos casos. José estaba enamorado y estaba por tener el corazón roto. La oferta de la gira europea había llegado a Mariana a finales de julio. Era una oportunidad que no podía rechazar. 6 meses recorriendo teatros experimentales en París, Berlín, Ámsterdam, trabajando con directores de vanguardia, bus siendo parte de algo más grande que las producciones pequeñas y mal pagadas de Ciudad de México.

Pero significaba dejar a José y ninguno de los dos tenía el valor de pedir al otro que sacrificara sus sueños. La noche antes de que Mariana partiera a Europa fue una de las más dolorosas de la vida de José. Se encontraron en el departamento de ella por última vez. Las maletas ya estaban hechas, apiladas junto a la puerta como soldados esperando la orden de marchar.

El cuarto olía incienso de sándalo que Mariana quemaba constantemente, mezclado con el aroma de café recién hecho que ninguno de los dos tenía ánimo de beber. “¿Podrías venir conmigo?”, dijo Mariana sin mucha convicción, sabiendo que era imposible. José no tenía pasaporte, no tenía dinero para el vuelo, no hablaba francés ni alemán y sobre todo os estaba justo en el momento en que su carrera comenzaba a despegar en México.

Read More