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Alexandra Feodorovna: La Ejecutaron con sus 5 Hijos… y Nadie la Salvó

 No significa una madre que te cuenta cuentos por las noches y te dice que todo va a estar bien cuando truena, porque Alex pierde a su madre cuando tiene 6 años. En noviembre de 1878, la difteria entra a la casa de los jeese como una sombra. Primero se enferma una de las hijas, luego otra, luego el padre. Luego los demás, la princesa Alicia cuida a todos sus hijos personalmente, yendo de cama en cama, poniendo compresas húmedas en las frentes ardientes, susurrando palabras de consuelo.

 La más pequeña, May, de apenas 4 años, no resiste, muere en los brazos de su madre. Alicia le da la noticia a su hijo Ernesto con un beso. Ese beso le transmite la enfermedad. Semanas después, el 14 de diciembre, la princesa Alicia muere. Tiene 35 años. La casa de Darmstad se convierte en un lugar de sombras.

 El gran duque Luis se encierra en su despacho. Los sirvientes caminan en silencio por los pasillos. Las cortinas permanecen cerradas durante meses y Alex a sus 6 años deja de ser la niña que era. Su familia la llamaba Sunny, solecito por su carácter alegre, su risa fácil, su forma de iluminar cada habitación a la que entraba.

 Después de la muerte de su madre, el sol se apaga. Alix se vuelve seria, callada, retraída. desarrolla una timidez tan intensa que muchos la confunden con arrogancia. Y esa confusión entre timidez y frialdad, entre dolor interior y orgullo exterior, la va a perseguir como una maldición durante toda su vida adulta.

 Va a ser la razón por la que un imperio entero la odie sin conocerla realmente. La abuela Victoria se convierte en el centro de su mundo. Alix pasa largas temporadas en Inglaterra. En el castillo de Winsor, entre muros de piedra centenaria, rodeada de perros corgis, tomando té a las 5 en punto, aprendiendo los rituales de una monarquía que lleva siglos perfeccionando el arte de esconder las emociones detrás de la cortesía.

Victoria la adora. Ve en esta nieta huérfana algo que las otras nietas no tienen una determinación silenciosa, una fuerza interior que todavía no sabe cómo usar. Victoria le enseña la fe anglicana, le enseña el deber, le enseña que una princesa no llora en público, que una princesa no muestra debilidad, que una princesa aguanta lo que tenga que aguantar con la espalda recta y la mirada al frente.

 Alix, aprende bien esa lección. Demasiado bien. Tanto que el día que la van a matar en un sótano, ni siquiera va a gritar. A los 12 años ocurre algo que nadie previó. Alix viaja a Rusia para la boda de su hermana mayor. Ella que se casa con el gran duque Sergio Alexandrovic, tío del futuro Sar. Es junio de 1884. Alix entra al palacio de invierno de San Petersburgo, con los ojos abiertos como platos. Todo es inmenso.

 Las escaleras de mármol blanco que suben hasta perderse en techos pintados con ángeles. Los candelabros de cristal con mil velas que hacen temblar las sombras en las paredes doradas. Los uniformes de los oficiales bordados con tanto oro que pesan más que una armadura. Los vestidos de las damas cubiertos de joyas, arrastrando metros de tela por los pisos de parqué brillante.

 Y en medio de todo ese brillo, un joven de 16 años la mira desde el otro lado del salón. Se llama Nicolás Alexandrovic Romanov. Es el hijo mayor del Sar Alejandro I. es el heredero del trono ruso. Es tímido, delgado, con unos ojos azules que parecen pedir perdón por existir. Y en ese instante, según su propio diario, algo cambia dentro de él para siempre.

Esa noche, Nicolás escribe, “Me gusta mucho Alix de Hess.” Cinco palabras. Para un joven educado en la contención, en el silencio, en el terror reverencial hacia un padre que mide casi 2 met y puede doblar una herradura con las manos, esas cinco palabras son prácticamente una declaración de amor. Alex, por su parte, no dice nada, pero guarda un pequeño broche que Nicolás le regaló durante la fiesta.

 Un detalle insignificante, un gesto que cualquiera olvidaría. Ella lo guardará durante 10 años hasta el día de su boda. Y aquí comienza la historia de amor que va a encender un imperio y luego reducirlo a cenizas. ¿Desde dónde nos estás viendo? Ate, cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen.

Pasan los años. Alex crece entre los salones de la abuela Victoria y la tranquilidad provinciana de Darmstad. Se convierte en una joven alta, elegante, con una belleza que los que la conocen describen como imponente. No es la belleza dulce y accesible de las princesas de cuento. Es una belleza que corta, que intimida, que no sonríe cuando se supone que debe sonreír.

 Los pretendientes se presentan. El más importante es el príncipe Alberto Víctor, duque de Clarence, nieto mayor de Victoria. Y segundo, en la línea de sucesión al trono británico, Victoria quiere ese matrimonio. La Corte lo quiere. Sería perfecto para la política, para las alianzas, para el equilibrio de poder europeo.

 Pero Alex dice que no, sin explicaciones largas, sin drama, simplemente dice que no. Y cuando la abuela Victoria insiste, Alex la mira con esos ojos grises que heredó de su madre muerta y no cambia de opinión porque Alex ya sabe lo que quiere. Lo que quiere está a miles de kilómetros en un palacio helado, al otro lado de un continente que se prepara sin saberlo, para la guerra más sangrienta que la humanidad haya conocido.

 Nicolas y Alex se reencuentran varias veces a lo largo de esos años. Siempre en bodas reales, siempre en ceremonias donde la etiqueta impide las conversaciones sinceras, siempre bajo la mirada vigilante de docenas de familiares que tienen planes diferentes para cada uno de ellos. Nicolás está cada vez más enamorado. Le escribe cartas que guardas sin enviar.

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Habla de ella con sus hermanas, dibuja su inicial en los márgenes de sus cuadernos, pero hay un obstáculo que parece insuperable. No es político. Dos milito, es religioso. Para casarse con el heredero al trono de Rusia, Alex tiene que convertirse a la fe ortodoxa rusa. Tiene que renunciar a la religión en la que la educaron, la religión de su madre muerta, la religión de su abuela Victoria, la fe anglicana que es parte de su identidad más profunda.

 Y Alic se niega. Con la misma terquedad con la que rechazó al príncipe británico, rechaza ahora la idea de cambiar de fe. Le parece una traición, no a una institución, a su madre, a lo que su madre le dejó antes de morir. Nicolás insiste. Sus padres El Sar Alejandro Io, un gigante de casi 2 met con brazos capaces de doblar barras de hierro.

 Y la emperatriz María Feodorovna, una danesa pequeña pero feroz que domina la corte con la precisión de un relojero suizo. No quieren ese matrimonio. María piensa que Alex es rígida, demasiado seria, demasiado alemana para un pueblo que necesita calidez. Alejandro prefiere una alianza con la casa real francesa, que tendría más peso geopolítico que un ducado minúsculo del centro de Alemania.

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