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Adriana Flores desapareció en Veracruz — su celular fue hallado 6 años después

Adriana trabajaba en una pequeña clínica comunitaria cerca del mercado Hidalgo. No era médica. Era auxiliar administrativa, aunque hacía de todo: recibía pacientes, calmaba a niños, llenaba expedientes, acompañaba a mujeres mayores a tomar el autobús, traducía recetas a gente que no entendía la letra de los doctores. Tenía esa manera suya de estar en el mundo como si cada persona cargara algo invisible y ella pudiera verlo.

Yo era distinta. Más seca. Más desconfiada. Mi madre decía que Adriana había nacido con el corazón por fuera y yo con los puños cerrados.

A veces me molestaba que la quisieran tanto. Lo digo con vergüenza, pero lo digo porque es verdad. Cuando íbamos juntas a cualquier sitio, siempre terminaban preguntando por ella. “¿Y Adriana?”, “¿cómo está Adri?”, “qué linda tu hermana”, “qué paciencia tiene”. Yo estaba allí, al lado, como un mueble con ojos.

Pero también era la persona a la que llamaba cuando me pasaba algo. Si me peleaba con mi novio, si no tenía dinero, si quería llorar sin que me dijeran exagerada. Adriana siempre contestaba. Incluso si estaba ocupada. Incluso si estaba cansada.

Por eso, la noche que no contestó, yo supe antes que todos que algo se había roto.

Era 14 de octubre. Llovía con esa lluvia de Veracruz que no cae: embiste. El agua golpeaba los techos como si alguien lanzara puñados de piedras. Adriana había salido tarde de la clínica porque una chica embarazada llegó llorando y no quería irse sola. Mi hermana me mandó un mensaje a las 22:11:

“Voy a pasar por la terminal y luego a casa. No te duermas, te llevo pan.”

Yo respondí con un audio burlándome de ella porque siempre compraba pan aunque no hiciera falta. Nunca lo escuchó.

A las 23:38 me llamó.

—Luci —dijo.

Su voz sonaba rara. No asustada exactamente. Más bien contenida. Como cuando alguien intenta hablar normal delante de una persona que no debe saber que está hablando.

—¿Dónde estás?

—En un taxi.

—¿Ya vienes?

Hubo silencio. Un ruido de agua contra el cristal.

—Si llego tarde, dile a mamá que no se preocupe.

—¿Por qué vas a llegar tarde?

—Nada. Es que… —bajó la voz—. Creo que alguien me siguió desde la clínica.

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