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A los 77 años, Indio Solari nombra a los cinco responsables de la tragedia de Olavarría

 Las multitudes rabiosas no van a escuchar un concierto. Asisten a una Eucaristía pagana. La bautizan como la misa ricotera. Cientos de miles de almas desposeídas huérfanas de figuras paternas y líderes políticos honestos elevan al indio solar y a la categoría de deidad absoluta, el Mesías intocable de los olvidados.

 Pero la física implacable del espectáculo dicta una sentencia inquebrantable. Mientras más brillante y segadora es la luz del escenario, más negra, espesa y venenosa es la sombra que cae sobre tu espalda. La coronación masiva trajo consigo un veneno letal e imperceptible. El poder absoluto engendró un confinamiento absoluto.

 La adoración fanática mutó rápidamente en una jaula de asfixia crónica. Sus propios seguidores, cegados por un amor extremadamente tóxico, y una devoción patológica, le arrancaron sin piedad su último derecho humano, la libertad civil. Lo obligaron a cargar perpetuamente con el peso de los sueños rotos de toda una generación.

 Un dios de carne y hueso no tiene permiso para ser vulnerable. La disección psiquiátrica de esta etapa revela el inicio de un colapso clínico devastador. Se desarrolla una agorafobia severa, un terror irracional físico y paralizante a los espacios abiertos. Visualicen la ironía más perversa y cruel del destino. El líder supremo, el brujo, capaz de manipular las mentes de 300,000 personas, con un solo movimiento de sus manos, estaba biológicamente aterrorizado de pisar la acera de su propia casa en plena luz del día. No

podía beber un café. No podía respirar aire libre. Sabía que si cruzaba la puerta la horda fanática, lo iba a despedazar vivo, intentando arrancar un pedazo de su dios en nombre del amor absoluto. El ídolo fue devorado por su propio mito. Se vio forzado a atrincherarse de manera militar. Se encerró herméticamente detrás de inmensos muros de seguridad, perros entrenados y cámaras de vigilancia.

 El mundo exterior se volvió un campo minado radiactivo. Su astronómica riqueza y su estatus legendario jamás le compraron la paz. Simplemente financiaron la construcción de su propia penitenciaría de máxima seguridad. El máximo símbolo de la rebeldía independiente terminó convertido en un prisionero sin cadenas, un fantasma pálido y acorralado que deambulaba en silencio por los fríos pasillos de su fortaleza, gobernando de manera dictatorial un reino monstruoso en el que él mismo ya no tenía permiso para existir. El año 2001 trae consigo

el colapso absoluto. El imperio inquebrantable se fractura violentamente desde sus cimientos más profundos. La legendaria banda Patricio Rey y sus redonditos de ricota se desintegra en medio de un silencio hostil y venenoso. El final de esta utopía musical es poético, es sórdido frío y despiadadamente calculador.

 La hermandad casi mística con Scate Bailingson, su socio vitalicio y hermano de armas sonoras, es asesinada a sangre fría. Fuertes rumores y especulaciones mediáticas apuntan hacia una traición vil detrás de las puertas cerradas. Una guerra fría encarnizada y secreta por el control absoluto de los derechos de autor y la custodia legal de cintas de video inéditas celosamente guardadas bajo llave en la bóveda de un banco.

 El semidió del anticapitalismo es arrastrado bruscamente al fango asfixiante de la codicia humana, el orgullo y el ego desmedido. Tras la ruptura, las pesadas puertas de hierro se cierran con un estruendo definitivo. Indio Solari se exilia de la humanidad. Se atrinchera herméticamente en su inmensa y oscura mansión en Parque Leluar.

 Visualicen el aire opresivo de esa escena. Un búnker fortificado de máxima seguridad. Altísimos muros de concreto perimetral bloqueando cualquier mirada. Dobermans feroces y perros de guardia con los dientes afilados patrullando febrilmente en la más absoluta oscuridad. La prensa sensacionalista devoró rápidamente esta imagen, vendiendo la narrativa de un millonario arrogante, un misántropo caprichoso que observaba con profundo desprecio a los plebellos desde la seguridad de su castillo de cristal.

Pero el análisis clínico de la psiquiatría forense dicta una sentencia infinitamente más cruel y desoladora. Esta reclusión extrema y militarizada jamás fue un lujo de Rockstar. Es la manifestación física, el síntoma más puro y destructivo de la paranoia clínica en su fase terminal. Deténganse a examinar la respiración agitada del artista encerrado en su sala.

Argentine football bids farewell to Indio Solari: AFA minute's silence | OneFootball

El terror asfixiante que contamina el oxígeno de esa inmensa casa. Solari no está construyendo barricadas para defenderse de sicarios asaltantes o persecuciones gubernamentales. El monstruo invisible que le arrebata el sueño por las madrugadas tiene el rostro exacto de sus propios feligreces. Su cerebro ha llegado a una aterradora conclusión matemática.

 El amor masivo ha mutado en una patología caníbal. Él sabe perfectamente que lo veneran con una devoción tan fanática, tan enferma, ciega y violenta, que teme seriamente por su integridad física. Si se atreve a caminar por la acera sin su ejército de seguridad, está convencido de que la horda lo despedazaría vivo. Lo aplastarían contra el asfalto intentando tocarlo.

 Le arrancarían la ropa y la piel a girones en un frenecí religioso, simplemente para llevarse un pedazo biológico de su diosa casa. Su encierro perpetuo en Parque Leloar no es un acto de soberbia divina, es puro instinto primitivo de conservación. El líder supremo está temblando de terror en la penumbra, convertido trágicamente en el reen más rico y asustado del mundo prisionero de la monstruosa bestia de 300,000 cabezas que él mismo se encargó de engordar.

 El tiempo no perdona a los falsos dioses. La tragedia definitiva no entra pateando la puerta principal de su mansión. No llega disfrazada de sicario contratado ni como un elaborado complot político. La verdadera sentencia de muerte se infiltra silenciosamente arrastrándose a través de su propio torrente sanguíneo, escondida en los recobecos más oscuros y biológicos de su neurología. Llega el año 2016.

Ante una inmensa multitud enardecida en la ciudad de Tandil, el profeta impenetrable baja su escudo por una fracción de segundo. Exhala un aliento gélido sobre el micrófono y confiesa públicamente con una crudeza que congela la sangre de todos sus fanáticos. El señor Parkinson me está pisando los talones.

 La medicina forense dicta aquí la condena más sádica y humillante para un artista. Visualicen el asfixiante horror clínico de este diagnóstico degenerativo. Un cerebro prodigioso, una máquina intelectual capaz de articular las metáforas más afiladas, complejas y poéticas de toda la contracultura latinoamericana convertida trágicamente en el prisionero absoluto de un cuerpo en franca y violenta rebelión.

 El sistema nervioso ha iniciado un motín irreversible. Las neuronas mueren lentamente en silencio. Los músculos se tensan y se endurecen como bloques de cemento frío. La ironía sociológica es brutal y despiadada. El líder absoluto, el Dios terrenal que posee el poder telepático para hacer saltar, gritar y sangrar a cientos de miles de almas simultáneamente con solo levantar un brazo, descubre que es patéticamente impotente frente a su propia biología.

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