Tres turnos de trabajadores, las 24 horas. El gobierno quería que el nuevo hospital estuviera listo lo antes posible, porque cada día que pasaba sin él era un día que los pacientes seguían sufriendo en condiciones inaceptables. Francisca siguió trabajando durante toda la construcción, limpiando las áreas del hospital que seguían funcionando mientras el resto se transformaba.
Era como vivir en una casa mientras la remodelaban. incómodo, ruidoso, caótico, pero emocionante. Veía el nuevo hospital tomar forma día a día. Dos niveles subterráneos, cuatro pisos, una azotea con el ipuerto, unidades especializadas en nefrología, cardiología, hematología, oncología. tecnología que Francisca no conocía ni de nombre, pero que sabía que significaba algo bueno para los pacientes que ella había visto sufrir durante 19 años.
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Y entonces llegó el día, el día en que Francisca entró al nuevo hospital Rosales por primera vez. Lo primero que notó fue el piso liso, brillante, sin grietas, sin huecos, sin baldosas faltantes. Un piso que cuando lo trapeaba realmente brillaba. Un piso que valía la pena limpiar. Luego notó las paredes blancas, lisas, sin manchas, sin humedad, sin las huellas de décadas de abandono que ella había intentado borrar con desinfectante barato durante 19 años.
Los baños tenían puertas, tenían agua caliente, tenían jabón en dispensadores automáticos, tenían secadores de manos eléctricos, tenían pisos antideslizantes, tenían todo lo que un baño de hospital debería tener y que el Rosales Viejo nunca tuvo. Las habitaciones de los pacientes tenían camas individuales. Cada paciente en su propia cama, con sábanas limpias, con monitores de signos vitales, con cortinas de privacidad, con ventanas que dejaban entrar luz natural.
Francisca caminó por los pasillos del nuevo hospital tocando las paredes, igual que Marta tocó las paredes de su apartamento nuevo, igual que Isabel tocó los estantes de su biblioteca nueva, con la incredulidad de alguien que durante 19 años limpió algo que estaba roto y que ahora finalmente estaba arreglado.
Entró a uno de los baños nuevos para pacientes, cerró la puerta, se miró en el espejo limpio y lloró, no por tristeza, [música] por alivio, por justicia, por los miles de pacientes que ella había visto sufrir en baño sin puerta, en camas compartidas, en pisos que no se podían limpiar.
“Ya no van a sufrir así”, susurró mirándose al espejo. “Ya no. Hoy Francisca tiene 51 años. Sigue limpiando el hospital Rosales, pero ahora limpia un hospital que vale la pena limpiar. Su salario subió a $350 mensuales. Tiene uniforme nuevo, tiene productos de limpieza de calidad profesional, tiene un carrito de limpieza con todo lo necesario, no el balde viejo de plástico con el que trabajó durante casi dos décadas.
Karina, su hija mayor, se graduó de enfermera y trabaja en el mismo hospital que su madre limpia. A veces se cruzan en los pasillos y se sonríen. Valentina estudia medicina en la universidad, inspirada por los doctores que vio desde niña cuando visitaba a su madre en el trabajo. “Mis hijas van a curar a la gente en el hospital que yo limpio”, dice Francisca con un orgullo que le sale por los poros.

Eso es más de lo que jamás soñé. El nuevo Hospital Rosales atiende a más de 15 pacientes diarios. Es el hospital público más moderno de Centroamérica. tiene equipos que antes solo existían en hospitales privados de otros países y tiene los pisos más limpios de El Salvador porque Francisca se asegura de eso personalmente.
Antes limpiaba con vergüenza, dice Francisca enderezando su uniforme nuevo. Ahora limpio con orgullo, porque ahora sí vale la pena. Y cada mañana cuando llega al hospital y ve la fachada nueva brillando bajo el sol de San Salvador, Francisca recuerda los pisos rotos, las goteras, los baños sin puerta, las paredes manchadas y sonríe porque sabe que eso ya quedó atrás para siempre. M.