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🏆 EL MATADOR: de HÉROE a la MISERIA… El oscuro SECRETO que lo dejó en la CALLE

Dos goles para darle vuelta al marcador. México ganó 3 a 1. El hombre que había llegado sin cinturones de garantía fue el que le dio forma al inicio del mundial mexicano. [música] Vino el partido contra Bélgica, un empate que México necesitaba controlar. Vino la clasificación y vino el 25 de junio de 1998. Curriré en el estadio Jofrey Guichard de Santien contra Holanda, los Países Bajos.

El equipo del que se esperaba que aplastara a México sin mayores complicaciones. Partido de grupos, jornada 3. México perdía 2 a 1 en el minuto 94. El árbitro tenía el silvato casi en los labios y Ricardo Peláez lanzó un pelotazo largo, absurdo, desesperado hacia el área holandesa. Ya Tapstam, uno de los mejores defensas del mundo en esa época, no midió el bote.

Edwin Vanersar salió a achicar y Luis Hernández se barrió con la zurda desde la media luna del área, llegando antes que el portero y mandó el balón al fondo de la red. El gol más icónico de su carrera, el gol que hizo que el perro Bermúdez, el narrador legendario de Televisa, e gritara matador con una entonación que quedó en la memoria colectiva de México como uno de los sonidos más emocionantes de la historia deportiva del país.

El gol que le daba a México el pase a los octavos de final, el gol que lo convertía en un instante en un héroe de dimensiones que van más allá del fútbol y luego Alemania. Los octavos de final. La historia que tiene ese detalle que los mexicanos nunca podrán olvidar ni perdonar del todo. México iba ganando 1 a0 en el estadio de France.

El matador tenía la pelota en los pies solo frente al portero alemán con la posibilidad del 2 a0 que hubiera cambiado el partido y quizás la historia del quinto partido maldito que México lleva décadas persiguiendo y falló. El remate se fue a las manos del arquero. Eret Alemania remontó con dos goles en el tramo final y México cayó 2 a 1 [música] afuera del Mundial.

Hernández metió un gol en ese partido también, cuatro en total en el torneo. Bota de bronce del campeonato. Máximo goleador mexicano en una sola edición mundialista. Un récord que comparte hoy con Javier Chicharito Hernández, pero que ninguno de los dos superó en un solo torneo. Fue el primer mexicano en superar los dos goles en una sola [música] Copa del Mundo.

Todo eso fue verdad. Todo eso ocurrió en el verano de 1998 y todo eso construyó una expectativa sobre el futuro de Luis Hernández, que Luis Hernández real, el que existía fuera de los estadios de Francia, no iba a poder sostener [música] porque la caída del matador no vino de fuera. No fue un accidente, no fue una lesión que lo detuvo [música] en su momento más alto, no fue la traición de un dirigente ni el capricho de un técnico que no lo quiso.

La caída del matador fue la lenta erosión de un hombre que nunca aprendió a administrar la gloria, que confundió el privilegio de ser famoso con el privilegio de ser intocable, que llegó al nivel más alto del fútbol con un talento brutal para hacer goles y con una indisciplina igual de brutal para todo lo demás. Los primeros signos vinieron rápido en Tigres, al que llegó en el invierno de 1998 después del Mundial con el aura de estrella consagrada, marcó 39 goles en 65 partidos.

Una cifra impresionante, pero el equipo nunca alcanzó la liguilla pese a llegar cerca en tres torneos consecutivos y la relación con los directivos de los Tigres empezó a deteriorarse con la misma velocidad que los goles llegaban. El matador tenía la capacidad de marcar y la incapacidad aparente de entender que el fútbol es también un trabajo colectivo que exige disciplina fuera de la cancha.

En el año 2000, con 31 años recién cumplidos, llegó al la Galaxy. Llegó como estrella. La ML quería conectar con la Audiencia Latina de Los Ángeles y el nombre del matador era el tipo de imán que buscaban. [música] 15 goles en 40 partidos entre liga y playoffs en dos temporadas. La UCE Open Cup de 2001, números decentes, [música] no espectaculares para la categoría, pero decentes.

Pero en Los Ángeles, la vida del matador fuera de la cancha fue el verdadero titular. Y aquí llega uno de los datos verificados de esta historia que habla con claridad sobre quién era Luis Hernández en esa época y cuáles eran sus prioridades. En Los Ángeles, Hernández tuvo [música] un hijo con una mujer que no era su esposa, su cuarto hijo producto de una relación extramarital.

[música] Eso en sí no es noticia de deporte, es la vida privada de un adulto. Lo que sí tuvo consecuencias concretas y verificables fue lo que vino después. La madre del niño presentó una demanda por incumplimiento de pensión alimenticia. La demanda exigía el pago de $6,000 mensuales, $2,000 al año.

Una cantidad que la prensa de la época comparó con lo que [música] gana más del 15% de la población de Los Ángeles. El incumplimiento del pago podía llevar a Hernández a prisión. Según la ley [música] californiana. Esn reportó el caso en su momento. El matador, [música] el héroe del gol del minuto 94 contra Holanda, estaba al borde de terminar en una celda californiana no por fútbol, sino por no pagarle la pensión a su propio hijo.

Esa imagen la del goleador más celebrado del mundial de 1998. Enfrentando un proceso legal por abandono de obligaciones familiares en Los Ángeles, es más reveladora sobre quién era Luis Hernández fuera de las canchas que cualquier estadística de goles. No se trata de juicio moral, se trata de un patrón que se repetía. El talento para el gol coexistía con una ligereza para las consecuencias que comenzabas a pasarle facturas cada vez más caras.

Regresó a México en 2002 al Club América, el club más popular del país, el que con más razón podía capitalizar el nombre del héroe de Francia 98 para llenar el estadio. Y con el América, Luis Hernández anotó 10 goles en 54 partidos. 10 goles en 54 partidos. Para contextualizar, en el Necax había anotado a un promedio de un gol cada tres partidos y medio.

Con el América fue uno cada cinco partidos y cuarto. El matador que había deslumbrado a Europa 3 años antes estaba apagándose. No de golpe, gol a gol, partido a partido, con la lentitud de quien pierde el filo, pero no quiere verlo. Después del América vino lo que los cronistas del fútbol mexicano llaman con eufemismo el ocaso de la carrera.

Veracruz en 2003. Una temporada razonable en los tiburones rojos de su tierra natal. Llegó a las semifinales del Clausura 2003 antes de que los problemas con la directiva lo dejaran sin equipo, sin preguntar, sin aviso. Las diferencias con los dirigentes del club de Veracruz terminaron con Hernández mirando el calendario y sin contrato.

Seo Jaguares de Chiapas en 2004, un año en la selva chiapaneca. [música] No colaboró, dice la crónica. No se le vio en el campo con la consistencia mínima que un club de primera división necesita de su delantero estrella y se quedó 6 meses más sin actividad después. 6 meses sin jugar al fútbol profesional con 35 años, con el nombre del matador todavía en la memoria colectiva del país, pero con el cuerpo y la mente de un hombre que había llegado al límite de lo que su talento podía sostener sin disciplina que lo acompañara. [música]

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