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Una familia desapareció en Disneyland en 1981 — décadas después empleados hallaron una sala oculta…

“Claro, mijo, pero primero vamos a tomarnos una foto aquí en la entrada”, respondió Rogelio, buscando a alguien que pudiera fotografiar a toda la familia junta. Luis Cervantes, un guardia de seguridad de 45 años que llevaba trabajando en Disneyland desde su apertura en 1955 observaba el flujo constante de visitantes desde su puesto cerca de las taquillas principales.

Con su uniforme azul marino impecablemente planchado y su radio crepitando ocasionalmente con reportes de rutina. Luis había visto pasar a millones de familias a lo largo de los años. Pero algo en la familia Pineda le llamó la atención esa mañana. Tal vez fue la manera en que Rogelio revisaba constantemente su bolsillo trasero, donde guardaba su billetera o cómo Adriana mantenía su bolso fuertemente presionado contra su costado.

Eran gestos pequeños, pero Luis había aprendido a reconocer a las familias que habían gastado sus últimos ahorros para estar allí. Había una mezcla de alegría y nerviosismo en sus movimientos, una determinación de aprovechar cada segundo de esa experiencia única. Disculpe, ¿podría tomarnos una fotografía?, le preguntó Rogelio a Luis en un español entrecortado con palabras en inglés.

Luis sonrió cálidamente y tomó la cámara. Por supuesto, pónganse aquí con el castillo de fondo. La familia se acomodó frente a las famosas torres rosas del castillo. Adriana alisó el vestido amarillo de Claudia y se aseguró de que el cabello de Esteban estuviera en su lugar. Rogelio puso su brazo alrededor de los hombros de su esposa mientras los niños se colocaron al frente sonriendo con una mezcla de timidez y emoción. Muy bien.

En tres, dos, 1, Luis presionó el botón y el flash iluminó por un instante los rostros felices de la familia Pineda. Esa sería la última fotografía que se tomaría de ellos. Los registros de entrada de Disneyland de ese día muestran que la familia Pineda ingresó al parque a las 9:47 de la mañana. habían comprado pases de un día completo y según el recibo encontrado posteriormente habían pagado en efectivo cuatro boletos de entrada, dos para adultos y dos para niños por un total de $2.

El plan era simple, pasar todo el día en el parque, disfrutar de las atracciones, ver el desfile de la tarde y quedarse para el espectáculo de fuegos artificiales antes de regresar a su casa en East Los Ángeles. Rogelio había pedido el día libre en la fábrica, algo que rara vez hacía, y Adriana había preparado una pequeña mochila con bocadillos y una botella de agua para ahorrar dinero en comida.

Durante las primeras horas, todo transcurrió con normalidad. Varios empleados del parque recordarían más tarde haber visto a la familia. María González, que trabajaba en el puesto de churros cerca de Fantasyand, recordó específicamente a Claudia porque la niña había señalado los churros con ojos suplicantes hasta que su padre finalmente compró uno para compartir entre los dos hermanos.

La niñita tenía unos ojos muy grandes y brillantes, recordaría María años después. Me dio mucha ternura porque se veía que la familia no tenía mucho dinero, pero el papá hizo el esfuerzo de comprarles el churro. Se notaba que los quería mucho. Roberto Chen, operador de la atracción It’s a Small World, también lo recordó.

La familia había esperado en la fila durante casi una hora bajo el sol californiano y cuando finalmente abordaron uno de los coloridos botes, Esteban no paraba de hacer preguntas sobre cómo funcionaban los muñequitos animados. El papá me preguntó si podía tomar fotos durante el recorrido recordó Roberto. Le dije que sí, siempre y cuando no usara Flash.

se veía muy emocionado de documentar todo para sus hijos, pero fue después del almuerzo cuando las cosas comenzaron a volverse extrañas. Alrededor de la 1:30 de la tarde, la familia se dirigió hacia Tumorrowand. Varios testigos los vieron caminando por el área, pero sus relatos comenzaron a volverse confusos y contradictorios.

Algunos empleados juraron haberlos visto subir a Space Mountain, mientras otros insistían en que los habían visto dirigiéndose hacia el área de construcción donde se estaba ampliando el parque. Lo que sí estaba claro era que alrededor de las 12 de la tarde la familia había desaparecido por completo. El primer indicio de que algo andaba mal llegó cerca de las 6 de la tarde, cuando un niño de aproximadamente 5 años fue encontrado llorando cerca de los baños públicos de Fantasy Land.

El niño, confundido y asustado, le dijo a los empleados que no podía encontrar a su familia. Cuando le preguntaron cómo se llamaba, el niño respondió algo que sonaba como Esteban, pero su descripción no coincidía exactamente con la del hijo mayor de los Pineda. Luis Cervantes fue uno de los primeros en responder a la llamada de radio sobre el niño perdido.

Cuando llegó al lugar, encontró a un grupo de empleados tratando de calmar al pequeño, que seguía llorando y pidiendo por su mamá en español. ¿Cómo te llamas, mi hijo? le preguntó Luis en español, arrodillándose para quedar a la altura del niño. Esteban a mi mamá. ¿Dónde está mi papá? Solloosó el niño.

Pero cuando Luis observó más detenidamente al pequeño, algo no encajaba. El niño que tenía frente a él parecía más joven que los 9 años que debería tener Esteban Pineda. Además, llevaba puesta una camiseta roja, mientras que varios empleados recordaban que Esteban vestía una camiseta azul con rayas blancas. Durante las siguientes dos horas, el equipo de seguridad de Disneyland realizó una búsqueda exhaustiva por todo el parque.

Revisaron cada atracción, cada baño, cada tienda de recuerdos. Hicieron anuncios por el sistema de altavoces pidiendo que la familia Pineda se dirigiera al punto de información principal. Incluso revisaron el estacionamiento pensando que tal vez habían salido del parque sin que nadie se diera cuenta, pero no encontraron rastro alguno de Rogelio, Adriana, Claudia o Esteban Pineda.

El niño perdido que habían encontrado resultó ser parte de otra familia que había estado visitando el parque ese mismo día. Sus padres lo habían estado buscando desesperadamente y cuando finalmente se reencontraron cerca de las 8:30 de la noche, el alivio fue evidente para todos. Pero esto solo profundizó el misterio.

Si ese niño no era Esteban Pineda, entonces, ¿dónde estaba la familia? A las 900 de la noche, mientras los fuegos artificiales iluminaban el cielo de Anaheim, el jefe de seguridad de Disneyland, Frank Morrison, tomó una decisión que marcaría el rumbo de todo lo que vendría después. En lugar de contactar inmediatamente a la policía de Anaheim, decidió manejar la situación internamente, al menos hasta tener más información.

No queremos crear pánico innecesario”, le dijo Morrison a Luis Cervantes mientras revisaban los registros de entrada una vez más. Probablemente la familia salió por alguna de las salidas secundarias y simplemente no los vimos. Mañana aparecerán, ya verás. Pero Luis no estaba convencido. Había algo en sus entrañas, una sensación que había desarrollado después de 26 años trabajando en el parque, que le decía que esta situación era diferente.

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