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Stalin DESATÓ Operación Urano en 96h — 1,000,000 Rusos CERCARON Flancos: 250,000 Alemanes SEPULTADOS

Los generales Chukov y Basilevski habían diseñado un plan maestro. No atacarían el corazón del sexto ejército alemán directamente. Eso sería un suicidio. En cambio, lanzarían dos ofensivas masivas simultáneas contra los flancos débiles, cortando todas las rutas de escape y suministro.

 Sería como cerrar una trampa de acero sobre una bestia herida. La operación recibió el nombre en clave Urano por el dios griego del cielo, porque el ataque vendría desde arriba como un rayo divino. El 19 de noviembre de 1942, a las 7:30 de la mañana la niebla cubría las estas como un sudario. Los soldados rumanos del tercer ejército, posicionados al noroeste de Stalingrado, preparaban su desayuno de pan duro y café aguado.

 Algunos escribían cartas a sus familias en Bucarest, otros limpiaban sus rifles anticuados mientras maldecían el frío que entumecía sus dedos. Nadie esperaba lo que estaba por venir. Entonces el mundo explotó. 3,500 cañones soviéticos abrieron fuego al unísono. El rugido fue tan ensordecedor que algunos soldados rumanos quedaron sordos instantáneamente.

La tierra tembló como si un terremoto sacudiera las estepas. Proyectiles de artillería llovieron del cielo convertidos en muerte pura. Los búnkeres rumanos se desintegraban en nubes de polvo y astillas. Los cuerpos volaban por los aires despedazados. Las trincheras se convertían en tumbas colectivas, mientras toneladas de tierra sepultaban vivos a soldados que gritaban pidiendo ayuda que nunca llegaría.

 El bombardeo duró 80 minutos interminables. Cuando finalmente cesó, un silencio fantasmaló del campo de batalla. Los supervivientes rumanos salieron tambaleándose de sus refugios con los oídos sangrando y los ojos desorbitados por el terror. Algunos lloraban, otros simplemente miraban al horizonte con expresiones vacías.

Entonces escucharon un nuevo sonido, un rugido metálico y amenazador que hacía vibrar el suelo helado. Miles de tanques T34 surgieron de la niebla como monstruos prehistóricos. Sus cadenas trituraban la nieve mientras avanzaban en formación cerrada. Detrás de ellos marchaban oleadas interminables de soldados de infantería soviéticos envueltos en sus abrigos grises, con las bayonetas brillando bajo la luz pálida del amanecer invernal.

 Los rumanos intentaron disparar sus cañones antitanque, pero las armas estaban congeladas o habían sido destruidas por el bombardeo. Las ametralladoras escupían fuego desesperadamente, pero era como intentar detener el océano con las manos. Los tanques soviéticos aplastaban las posiciones enemigas sin detenerse.

 Las trincheras se convertían en zanjas de muerte. Los soldados rumanos corrían aterrorizados, abandonando sus armas y pertrechos. Algunos alzaban las manos intentando rendirse, pero las tropas soviéticas venían con órdenes específicas de Stalin. No detenerse por nada ni por nadie. El avance debía ser implacable. Los que intentaban rendirse eran barridos por ráfagas de ametralladora.

Los que intentaban huir eran perseguidos por la caballería cosaca, que los atravesaba con sus sables sin piedad. En cuestión de horas, el tercer ejército romano, había dejado de existir como fuerza de combate efectiva. 30,000 soldados muertos o heridos, otros 50,000 huyendo en pánico absoluto a través de las estas heladas.

 Los soviéticos habían roto el frente con una facilidad aterradora. Ahora nada impedía su avance hacia el sur, directamente hacia la retaguardia del sexto ejército alemán. Al día siguiente, el 20 de noviembre, se desató el segundo acto de la pesadilla. Al sur de Stalingrado, las tropas rumanas del cuarto ejército despertaron con el mismo bombardeo apocalíptico.

Esta vez eran 2000 cañones los que escupían muerte desde las posiciones soviéticas. La historia se repetía con precisión quirúrgica. Las defensas rumanas se desintegraban bajo el diluvio de acero y fuego. Los tanques T34 volvían a surgir de la nada, triturando todo a su paso. Los generales alemanes en Stalingrado finalmente comprendieron la magnitud del desastre.

 Dos enormes pinzas soviéticas estaban convergiendo hacia ellos desde el norte y el sur. Si esas dos fuerzas se encontraban, el sexto ejército quedaría completamente rodeado. Friedrich Paulus, el comandante alemán, era un hombre meticuloso y obediente, un soldado de escritorio acostumbrado a seguir órdenes. Ahora enfrentaba la decisión más importante de su vida.

 debía ordenar la retirada inmediata antes de que fuera demasiado tarde. Pero eso significaba desobedecer a Hitler, quien había ordenado explícitamente que Stalingrado debía defenderse hasta la muerte. Paulus Titubeó envió mensajes urgentes al alto mando alemán solicitando permiso para retirarse. Mientras esperaba respuestas que nunca llegaban, las columnas soviéticas avanzaban kilómetro tras kilómetro.

 Los tanques T34 rodaban implacables a través de la nieve, aplastando posiciones, arrasando pueblos, capturando depósitos de suministros. La infantería soviética marchaba día y noche sin descanso, alimentada por una rabia acumulada durante meses de sufrimiento. El 22 de noviembre, apenas 4 días después del inicio de la operación Urano, ocurrió lo inevitable.

Las doszas soviéticas se encontraron en la pequeña ciudad de Calach, a unos 60 km al oeste de Stalingrado. Los tanques del frente sudoccidental, comandados por Batutín, chocaron con los tanques del frente de Stalingrado bajo Yeremenco. Los soldados soviéticos se abrazaban llorando de alegría mientras sus oficiales confirmaban por radio que el cerco estaba completo.

 250,000 soldados alemanes, junto con miles de rumanos y croatas, quedaron atrapados dentro de una bolsa gigantesca. El sexto ejército, considerado una de las formaciones militares más poderosas del mundo, acababa de convertirse en la presa más grande de la historia militar moderna. Stalin recibió la noticia en el Kremlin con una sonrisa apenas perceptible.

 Ordenó bodka para celebrar mientras estudiaba los mapas que mostraban la trampa cerrada. Dentro del cerco, el pánico se extendía como un virus entre las tropas alemanas. Los soldados miraban los mapas intentando comprender su situación. Estaban rodeados por todas partes. Las rutas de suministro estaban cortadas. Los depósitos de comida y municiones quedaban fuera del perímetro.

 El invierno ruso estaba empezando a mostrar sus colmillos congelados y ellos no tenían ropa de abrigo adecuada. Paulus finalmente solicitó permiso formal para intentar romper el cerco. La respuesta de Hitler llegó rápida y fulminante. El furer, encerrado en su cuartel general en Prusia oriental, se negaba a aceptar la realidad.

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