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Silvia Pinal Rompió El Silencio Sobre Pedro Infante Antes de Morir

Porque la verdad es que antes de convertirse en ese símbolo de respeto mutuo y elegancia, estos dos estuvieron a un pelito de rena de mandarse a volar y romperse por completo. Tuvieron que pasar muchísimos años, fíjate bien, días antes de dejarnos y que pasara mejor vida, doña Silvia Penal decidió abrir el baúl de los recuerdos.

Ya no habló con esa pose diplomática de la gran diva, del cine, de la señora copetuda de la televisión. No habló de la franqueza con las agallas de alguien que ya vivió todo, que ya no le debe nada a nadie y que no le tiene miedo a soltar la verdad. Nos contó lo que nadie en su sano juicio se hubiera imaginado. Que detrás de ese éxito arrollador que tuvo con Pedro Infante había un montón de miedo, un chorro de lágrimas de impotencia y una confesión que nos iba a voltear la cabeza en la forma en que recordamos a nuestro adorado charro de

oro. Fue ese encuentro de dos personas, bueno, de un hombre y de una mujer, que se toparon en el momento exacto de la vida en que uno ya no podía con su alma y necesitaba que alguien lo guiara de regreso a la tierra y el otro necesitaba volver a creer en el arte, en sí misma, lo que empezó como la típica historia de la fan y el ídolo, se volvió un rollo muy complejo, profundo y bastante cabrón.

Hoy, después de tantas décadas, la verdad salió a tomar el sol. Mujer de Sonora, la de la máscara de hierro, Silvia Pinal. Para entender la magnitud de este choque, tenemos que irnos para atrás. Hablemos de ella. Silvia Pinal no fue nada más una cara bonita que tuvo suerte, para nada. La mujer nació allá en 1931 en Guaimas, Sonoras. se convirtió en el puente de oro entre las dos épocas de México.

Fue la mujer que vio cómo nacían los grandes ídolos en la época de oro y la señora que con el tiempo nos tocó ver cómo los despedían todos con lágrimas en los ojos. Para poder avanzar en la historia nos tenemos que poner en sus zapatos. En esos años la industria del cine era como un club de Toby. Puros hombres mandando, dirigiendo y a las mujeres les querían n más para salir de bonitas, llorar en escenas y no dar rata. Pero Silvia no era de esas.

Ella emergió con el mundo de lobos con una mezcla un poco extraña. Tenía una disciplina que parecía militar, un magnetismo que se dejaba hipnotizar y una voz que según los que pidieran el según lo que pidiera el libreto podía ser la más dulce del mundo o te podía dar un latigazo que te ponía firme. Pero esa fortaleza no salió de la nada.

Las heridas te curan, te curten. Desde muy pequeña, Silvia entendió que buscar la cima y el éxito te cobraba un peaje carísimo y casi nunca viene acompañado de apapachos. Venía de una casa donde la exigencia era el pan de cada día. Tenía una mamá que soñaba a través de ella, que la traía cortita soñando en verla triunfar y acomodiera el lugar.

Y por el otro lado traía el hueco de un padre ausente, el que casi ni recordaba, y que la dejó con ese vacío que cala hondo, esa combinación de abandono y de que le exigieran la perfección. La volvió una mujer de hierro por fuera, pero con unas inseguridades brutales por dentro. Mientras las personas la veían subir como la espuma en los carteles, su vida personal era un campo minado.

Los chismes de la prensa, los rumores de que andaba con fulano o mengano, la presión asfixiante por salir siempre inmaculada en las fotos, todo eso se le iba acumulando en el pecho. Pero ella aprendió a tragarse todo ese veneno, a disimular el dolor con una sonrisa y una elegancia envidiable.

Era una maestra en esconder su tristeza. Ahora hablemos de Pedro Infante, el ídolo fundido y la soledad de los aplausos. Del otro lado tenemos la moneda, tenemos al gigante. Cuando Silvia cruzó Caminos con Pedro Infante, él ya no era un cantante famoso, era el dueño de México. El hombre había filmado más de 60 películas, había vendido millones de discos, no podía asomarse por la ventana sin que se le juntaran 100 gentes gritando su nombre.

Él era el ídolo nacional, el mero mero ranchero, como decimos en aquella época. Pero cuando se apagaban las luces de la cámara y los flashes de los fotógrafos dejaban de deslumbrar, la historia era otra. Detrás de todo ese mito de superhéroe del pueblo, había un hombre con la batería en el 1%. Pedro estaba agotado, era un perfeccionista obsesivo, pero traía un complejo escondido.

No tenía formación académica, no había ido a escuelas fifí de actuación. Era un talento nato, de barrio, de pueblo, y eso mismo siempre andaba dudando de si de verdad andaba el ancho, de si se sentía en algunas ocasiones él mismo como un fraude. Pedro conocía la soledad mejor que nadie. Era una soledad rarísima, una soledad de esas envueltas en aplausos rodeadas de multitudes que lo adoraban, pero que no le tenían ni la menor idea de quién era realmente ese hombre que estaba debajo del sombrero.

La fama, dicen, es una jaula de oro y a Pedro ya le estaba faltando el aire. Y en medio de ese cansancio que se cargaban los dos allá en el año de 1956, los juntaron para grabar en Inocente en los legendarios estudios Churubusco. Silvia que iba llegando a la cima, veía todo ese torbellino mediático que rodeaba a Pedro con una mezcla de admiración tremenda, pero también con un miedo que le congelaba la sangre.

Él era intocable y ella sentía que tenía que demostrar que no solo era un adorno en la pantalla. Ahora vamos a pasar al primer día de grabación. En el set estaba reventado de tensión y de egos. La película se suponía que iba a ser una comedia ligera de esas para reírse el fin de semana, pero ese set se convirtió rápido en un campo de batalla y de elecciones de vida.

Pedro, como era su costumbre, enseñaba con sus gestos, con la forma de moverse, él llegaba montando en su motocicleta una chamarra de cuero riéndose a carcajadas, saludando al barrendero, al técnico de luces y al director por igual. Era el sol del estudio. Silvia era un poco más callada desde su esquina, no le quitaba el ojo de encima. Era una esponja.

A diferencia de otras mujeres que nás querían brillar un ratito con la sombra del Pedro, Silvia quería desarmar el reloj para ver cómo funcionaba. Se fijaba cómo agarraba el aire, como este hombre, antes de decir una línea triste, cómo modulaba el tono de voz desde la garganta para que una lágrima se viera como la cosa más real del mundo.

Digo, tener de maestro a Pedro Infante no debió haber sido cualquier cosa. Ese actuar mi hija le dijo Pedro un día así de la nada mientras se descansaban entre tomas. hacer que la gente se crea lo que tú misma por dentro estás dudando que es verdad. Esa frase que parecía que se le soltó al aire se le quedó tatuada a Silvia como una brújula para todo lo que le venía en la vida.

Pero al principio, no creas que fueron los grandes cuates para nada. La forma de trabajar era como el agua y el aceite. Silvia era la alumna de 10, disciplinada, cuadrada. Se aprendía el guion a letra y puño, punto y coma. Quería demostrar, digamos, su valía. Pedro, al contrario, era puro fuego y espontanead. Se pasaba el libreto por el arco del triunfo, improvisaba, se movía libre, llegaba rodeado de músicos, de fotógrafos y eso a Silvia le sacaba de balance, la intimidaba, digamos, un poco y a Pedro le sacaba de onda. Ella estaba

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