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SILVIA PINAL: La quitó del TESTAMENTO Antes de MORIR… y así DESTRUYÓ a SU HIJA para SIEMPRE

Para la hija que no pude salvar. Piensa en la última imagen que tienes de Silvia Pinal. Quizás es la de sus películas con Buñuel, la mujer de belleza extraordinaria que protagonizó Viridiana y el ángel exterminador y que el mundo del cine reconoció con la palma de oro en Canes en 1961. Quizás es la de la conductora de mujer casos de la vida real, la que durante 22 años se sentó frente a las cámaras cada semana a presentar tragedias domésticas con una emoción que iba más allá de la actuación, porque no estaba actuando,

estaba reviviendo. Quizás es la de sus últimas apariciones públicas. la mujer de 90 años en silla de ruedas, que cuando se encendían las cámaras algo en ella se activaba, que sonreía y saludaba y pronunciaba algunas palabras y lloraba de emoción cuando el público le aplaudía de pie. La actriz hasta el último aliento.

Cualquiera de esas imágenes es real. Ninguna cuenta la historia completa. La historia completa empieza antes de todas esas imágenes. Empieza en Guaimas, Sonora, en 1931, con una niña que nació sin apellido, cuyo padre existía, trabajaba, vivía a pocos kilómetros de distancia, pero había decidido que esa niña no era su responsabilidad y que esa decisión tomada por un hombre en 1931 viajó intacta durante 93 años.

se instaló en la manera en que Silvia Pinal se relacionó con el amor, con el éxito, con sus hijas, con la culpa, con la imposibilidad de perdonarse, con la única persona que al final la conocía de verdad y con el testamento que su familia tardará años en terminar de procesar. ¿Desde dónde nos estás viendo en este momento? Escríbelo en los comentarios ahora mismo.

 No importa si es de día o de madrugada si estás en México o al otro lado del mundo. Solo escribe desde dónde, porque esta historia merece ser escuchada acompañada y queremos saber que estás ahí. El 12 de septiembre de 1931, Guaimas, Sonora. Su madre era María Luisa Hidalgo, una mujer joven que trabajaba como podía, que cocinaba, que lavaba, que hacía lo que fuera necesario para mantener a una niña que acababa de nacer y que no tenía padre.

 No tenía padre en el sentido que importa. El hombre que la engendró existía. Se llamaba Moisés Pasquel. Era director de orquesta en la XW, la radio más importante de México. Tenía trabajo, dinero, prestigio, pero no tenía interés. No había visitas, no había dinero para la crianza, no había cartas ni regalos de cumpleaños, ni ningún tipo de reconocimiento.

Solo el silencio de un hombre que había dado vida a una niña y luego había desaparecido como si eso no hubiera ocurrido. Imagina a crecer sabiendo que tu padre existe, que trabaja en la radio más famosa del país, que dirige orquestas, que tiene una vida completa a pocos kilómetros, pero que para él tú no existes.

Los psicólogos tienen un nombre para lo que eso le hace a un niño. Herida de abandono primario. la certeza instalada antes del lenguaje de que no eres suficiente, de que tu llegada al mundo fue una inconveniencia que otros deben administrar, de que tendrás que ganarte el derecho a ser amada, porque el amor no te pertenece por defecto.

Silvia Pinal cargó esa certeza durante 93 años y lo que hizo con ella explica absolutamente todo lo que vino después. Apareció un periodista llamado Luis Pinal. vio a María Luisa con una niña sin apellido y tomó una decisión que cambiaría todo. No la adoptó oficialmente, no se casó con su madre, solo dijo, “Esa niña se va a llamar Silvia Pinal, un apellido prestado, una identidad construida sobre la ausencia de un padre que nunca quiso reconocerla.

Y Silvia creció sabiendo que incluso su nombre era una cortesía de alguien que no tenía obligación de ofrecerla, que el apellido con el que el mundo la conocería no le pertenecía realmente, que nada le pertenecía realmente, excepto lo que pudiera construir con sus propias manos. La familia se mudó de Guaimas a Querétaro, de Querétaro a Acapulco, de Acapulco a Cuernavaca, de Cuernavaca a la Ciudad de México.

 Su madre siempre buscando trabajo, siempre buscando estabilidad, siempre buscando algo que no terminaba de encontrar. No había casa propia, no había habitación fija, no había escuela donde Silvia pudiera quedarse más de un año, cuartos rentados, casas de familiares que las acogían por lástima, noches en que María Luisa lloraba pensando que no podía más.

Y en medio de ese caos, Silvia descubrió algo que podía hacer reír a la gente, que podía hacer que se detuvieran y prestaran atención, que podía montar pequeñas obras de teatro en el patio de su abuela Jovita y cobrar la entrada un centavo, dos centavos, lo que hubiera disponible. Desde los 6 años, Silvia Pinal ya entendía algo que la mayoría de los adultos tarda décadas en comprender o nunca comprende.

 El talento puede convertirse en dinero y el dinero es lo que te separa del lugar de donde vienes. Pero había algo más que ese entendimiento práctico. Había una promesa silenciosa que se fue instalando en el corazón de esa niña durante los veranos polvorientos de Cuernavaca. Si soy lo suficientemente talentosa, si soy lo suficientemente famosa, si soy lo suficientemente importante, entonces mi padre no podrá ignorarme.

 Entonces los hombres no me abandonarán, entonces nunca más seré invisible. Esa promesa la persiguió durante 93 años. Se repitió en su cabeza cada vez que subió a un escenario, cada vez que un hombre la abandonó. cada vez que miró a sus hijas y vio en ellas el reflejo de su propio abandono. Y nunca se cumplió, nunca, porque las promesas que nos hacemos para curar heridas de infancia no se cumplen con éxito, ni con fama, ni con dinero, solo se curan de una manera.

 Y Silvia Pinal nunca encontró esa manera. Suscríbete si crees que las historias que explican por qué las personas son como son. merecen contarse con la honestidad que requieren. Este canal lo hace. A los 14 años, Silvia decidió que quería ser actriz. Su madre le dijo que no. le dijo que el espectáculo era para mujeres sin moral, que terminaban abandonadas y solas, que estudiara algo útil, que no dependiera de su cara o su cuerpo.

Silvia hizo un trato. Estudiaría mecanografía, trabajaría como secretaria, pero al mismo tiempo estudiaría actuación. A los 14 años trabajaba de secretaria en una empresa de películas fotográficas durante el día. En las noches estudiaba canto. Los fines de semana hacía audiciones en bellas artes. Dormía 4 horas.

 comía lo que sobraba, usaba la misma ropa toda la semana y observaba algo que nadie le había explicado, pero que su cuerpo entendía perfectamente. La belleza es poder y si eres suficientemente hermosa, puedes escapar de todo esto. A los 16 años ganó el título de princesa estudiantil de México en un concurso de belleza.

No fue el primer lugar, pero fue suficiente para que los productores la anotaran, para que su nombre empezara a circular y para que Rafael Backels, un actor de 35 años, famoso, establecido, con dinero y conexiones, la viera y decidiera que ella sería su esposa. Silvia tenía 16 años, él tenía 35. Ella era una secretaria que hacía audiciones los fines de semana.

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