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Se reían de México por pelear en las divisiones chicas — así les CERRARON LA BOCA

 Apenas 105 libras de músculo, hueso y voluntad. es la planta baja del edificio entero del boxeo. Y aquí, justo aquí,  en el peldaño más bajo de toda la escalera, México no tiene un campeón. México tiene a uno de los hombres más perfectos que jamás se ha calzado un par de guantes. Su nombre es Ricardo López, pero el mundo entero lo conoció por un apodo que lo decía todo finito, porque era fino, era pulcro, era una máquina de precisión nacida en Cuernavaca, en el estado de Morelos, que convirtió el arte de pegar

sin ser tocado en algo parecido a la música. Déjame darte un número y quiero que lo dejes asentarse un momento porque es de esos números que detienen el tiempo. Ricardo Finito López terminó su carrera profesional con 51 victorias, cero derrotas y un solo empate. 5100 1 38 de esas victorias por la vía del knockout se retiró sin que ningún hombre en ninguna parte del mundo levantara la mano en señal de derrota. Jamás.

 Y presta atención a ese empate porque ahí hay una historia y vamos a volver a ella porque ese empate estuvo a punto de manchar lo inmanchable. López conquistó el título del Consejo Mundial de Boxeo del peso mínimo en octubre de 1990, cuando subió al ring contra el japonés Hideyuki Ohashi y lo detuvo en el quinto asalto.

 Y a partir de ahí comenzó una de las dictaduras más largas y silenciosas de la historia del boxeo. Defendió ese cinturón verde y oro durante 8 años. Lo defendió 21 veces. 21.  Piensa en lo que significa eso. 21 hombres. Los mejores del planeta en su peso subieron a quitarle la corona y 21 veces bajaron con las manos vacías y casi siempre dormidos sobre la lona.

Pero el boxeo, que es cruel y poético al mismo tiempo, le tenía reservado un momento de pánico. En marzo de 1998, López enfrentó al nicaragüense Rosendo Álvarez, un hombre  duro, fibroso, que no le tenía miedo a nadie y por primera vez en su carrera Finito, olió el abismo. Un choque de cabezas accidental abrió una herida.

 La pelea tuvo que detenerse y el resultado fue un empate técnico. Ahí estaba la única mancha, el único renglón que no decía victoria en todo su expediente. Y aquí viene lo que separa a los grandes de los inmortales. López no dejó que esa mancha se quedara como una duda. Volvió a buscar a Álvarez, lo enfrentó de nuevo y esta vez no hubo accidentes ni excusas.

Lo venció por decisión. cerró el círculo, borró el asterisco con la única tinta que vale en el boxeo, la del triunfo dentro del ring, y cuando ya no le quedaron rivales que vencer en el peso mínimo, cuando había vaciado por completo la división de retadores. Ricardo López hizo lo que hacen los grandes, subió,  se mudó al peso Minimosca a las 108 libras y volvió a conquistar esta vez la corona de la Federación Internacional de Boxeo, y cerró su carrera de la forma más limpia que un boxeador puede soñar. En

septiembre de 2001 noqueó en ocho asaltos a Solán y Petelo, colgó los guantes y se fue a casa sin que nadie en dos divisiones distintas le hubiera ganado jamás una pelea. Se retiró por decisión propia, intacto, con la frente en alto, mientras el resto del mundo todavía buscaba la forma de tocarlo. Pocos hombres en la historia de este deporte han tenido el lujo de irse así en sus propios términos, sin una sola derrota, persiguiéndolos en los recuerdos.

 ¿Y sabes cuál es el dato que pone la piel de gallina? Ricardo López encadenó 26 peleas de campeonato mundial sin perder una sola. 26 es un número que en toda la historia del boxeo solo comparte con nombres como Joe Lewis y Floyd Mayweather. Detente a pensarlo. 26 veces los mejores del mundo prepararon meses enteros.

 Estudiaron horas de video. Soñaron con ser el hombre que destronara al intocable finito y 26 veces fracasaron. Estamos hablando del peldaño más bajo de la escalera, el sótano de toda la báscula, el lugar que el resto del planeta del boxeo despreciaba por considerarlo cosa menor. Y México ya puso ahí a uno de los cinco o seis boxeadores más perfectos que han existido en cualquier división y en cualquier época.

 Si así empieza el imperio en el sótano con un hombre que se fue invicto de dos divisiones, imagínate lo que viene subiendo. Imagínate la profundidad de una nación que pone a un genio así en el escalón que nadie más quería mirar. Pero antes de subir, quédate con esta pregunta clavada en la cabeza porque la vamos a necesitar más tarde.

 Si México es capaz de dominar de esta forma tan brutal en el fondo de la báscula, ¿qué tan arriba puede llegar antes de encontrar su techo? Subamos un escalón, 108 libras. Peso Minimosca, Peso Mosca Junior. Y aquí México no solo tiene a un campeón, tiene a un hombre que cambió para siempre la economía de las divisiones pequeñas.

  Se llamaba Humberto González, pero el mundo entero lo bautizó como chiquita. Nacido en Ciudad Nesaualcoyot en el corazón del Estado de México, en uno de esos lugares donde la vida no regala nada y todo se pelea, Chiquita González terminó su carrera con 43 triunfos, 30 de ellos por knockout contra apenas tres derrotas. Pero la grandeza de Chiquita no se mide solo en su récord, se mide en una rivalidad, una de esas rivalidades que trascienden el deporte y se convierten en leyenda.

 Del otro lado del cuadrilátero estaba un estadounidense de raíces mexicanas, un hombre llamado Michael Carvajal que pegaba como una mula y tenía un corazón del tamaño de un estadio. González y Carvajal se enfrentaron tres veces y esas tres guerras pusieron a las 108 libras en un lugar donde nunca habían estado.

 En marzo de 1993, cuando se encontraron por primera vez, pasó algo que la división jamás había visto. Fue el primer combate de millón de dólares en la historia del peso mini mosca. millón de dólares por dos hombres que apenas pasaban las 100 libras. Déjame que entiendas la magnitud de eso. Durante décadas, las divisiones pequeñas fueron las invisibles del boxeo.

 Las que abrían las funciones cuando todavía no llegaba nadie a las gradas. Las que nunca salían por televisión en horario estelar. Los promotores las trataban como relleno, como el aperitivo antes del plato fuerte de los pesados. Y de pronto dos hombres pequeños, uno mexicano y uno mexicoamericano, hicieron que el mundo entero pagara millón de por verlos partirse el alma.

 El mundo, que despreciaba a las divisiones chicas, tuvo que tragarse su soberbia y voltear a verlas con respeto. Y aunque en aquella primera batalla Carvajal logró imponerse en una guerra durísima, González no se quedó callado, no aceptó esa derrota como su última palabra. regresó con hambre, con orgullo herido, con esa terquedad que no sabe rendirse y en las revanchas le dio la vuelta completa a la historia y se llevó las victorias que lo confirmaron como amo y señor de su peso.

 Unificó cinturones, reinó sobre las 108 libras, demostró que las manos pequeñas mexicanas también podían generar fortunas, vaciar arenas y poner al planeta de pie. Carvajal fue un rival inmenso, valiente, peligroso y precisamente por eso la victoria de Chiquita brilla  más. No le ganó a cualquiera, le ganó a una leyenda.

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