1980, Porto Alegre, Brasil, una favela donde las casas eran de madera y el agua llegaba cuando llegaba. Allí nació Ronaldo, el menor de tres hermanos. Su padre Joaun trabajaba en los astilleros. Ronaldinho tenía 7 años cuando su hermano Roberto llegó a gremio, el equipo grande de Porto Alegre.
Roberto era delantero, rápido, inteligente. Todos decían que llegaría lejos. Ronaldinho iba a todos los entrenamientos, se colaba por los huecos de la reja, se sentaba en las gradas vacías, miraba, aprendía. Un día uno de los entrenadores lo vio con el balón. ¿Quién es ese niño? El hermano de Roberto.
Que se quede, que juegue con los otros. Tenía 8 años. Jugaba contra niños de 12 y les ganaba. Pero hay algo que tienes que entender, algo que marcó toda su vida. A los 8 años, Ronaldinho perdió a su padre. Juan estaba en la piscina del club. Un día cualquiera se metió al agua. Tuvo un infarto masivo.
Murió ahí mismo. Ronaldinho no estaba. Cuando le dijeron no lloró. Se quedó en silencio. Agarró el balón. se fue a jugar solo. “Nunca lo vi llorar”, confesó años después su madre, miguelina lloraba por dentro, pero afuera siempre estaba sonriendo. “Grábate eso, esa sonrisa que nunca se borra, va a aparecer toda la vida.
” Con su padre muerto, la familia no tenía casi nada. Miguelina trabajaba como enfermera. Roberto jugaba en gremio, pero todavía no ganaba lo suficiente. Ronaldinho seguía en las inferiores. Comían arroz, frijoles, lo que hubiera. Pero el niño seguía jugando y sonriendo. A los 13 años, Ronaldinho ya era una leyenda en Porto Alegre.
No en el fútbol profesional, en las canchas de playa, en los torneos de futsal. Futsal. Cinco contra cinco, cancha pequeña, ritmo rápido. Ahí es donde Ronaldinho aprendió todo. Los regates imposibles, las fintas que dejaban a tres rivales tirados, el control perfecto.
Todo salió del futsal. Existe un video diño con 14 años, un torneo intitaron a hablar de él. El niño que juega sonriendo, el hermano menor de Roberto, que puede llegado primero, el que iba a salvar a la familia, tuvo una lesión en la rodilla, una lesión grave. Nunca volvió a ser el mismo. Su carrera terminó antes de empezar.
De verdad, toda la presión cayó sobre Ronaldinho. Ya no era el hermano de Roberto. Roberto ahora era el hermano de Ronaldinho y el niño tenía 15 años. A los 17, Ronaldinho debutó en el primer equipo de gremio. 1998, un partido contra un equipo del interior. Entró en el segundo tiempo.
Primer toque, un caño a un defensor de 30 años. Segundo toque, un pase de espaldas que dejó solo al delantero. Tercer toque, un gol de chilena que voló el estadio. Los hinchas enloquecieron. Los periodistas no sabían qué escribir. Los ojeadores europeos sacaron sus teléfonos.
Pero todavía vivía en la favela, todavía su madre hasta que llegó la primera oferta. No de un club europeo, de un empresario brasileño. Se llamaba Luis Antonio de Jesús. Todo el mundo lo conocía como Gaucho, un tipo con conexiones en el fútbol brasileño. Representaba a varios jugadores.
Le ofreció a Ronaldinho un contrato. Yo te llevo a Europa. Yo te consigo los contratos. Tú solo juega. Ronaldinho tenía 18 años. Su madre le dijo, “Le antes de firmar, mamá. Él sabe. Él me va a ayudar.” Firmó sin leer. “Guarda eso, ese momento. Lo vas a necesitar después. Europa llegó en el 2001.
Paris Saint-Germain. Francia, el primer grande de verdad. Ronaldinho llegó con 22 años. Una maleta, una sonrisa y un contrato que no entendía. En París, Ronaldinho se convirtió en estrella. No por los goles, por la magia. Hacía cosas que nadie más podía hacer. Regates con el talón, tiros de rabona, pases de espaldas que parecían imposibles.
Los franceses lo amaban. Le magicien le decían, el mago. Pero había un problema. Un problema que nadie veía todavía. Ronaldinho no sabía decir que no. Fiestas hasta las 5 de la mañana, amigos que aparecían de la nada, gente que le pedía favores, firmar esto, avalar aquello, aparecer en esta foto, decir que sí a esto otro.
Siempre tenía una sonrisa, siempre decía que sí, dijo un compañero de equipo años después. Era imposible negarle algo, pero también era imposible que él le negara algo a alguien. En el 2002, Ronaldinho ganó su primer mundial con Brasil, Corea y Japón. 23 años.
El gol de tiro libre contra Inglaterra que lo hizo leyenda, el pase para Rivaldo en la final, Brasil campeón, Ronaldinho figura. Y entonces llegó la llamada. Barcelona, el club más grande del mundo en ese momento. Joan Laaporta, el presidente recién elegido, lo quería como su gran fichaje. 30 millones de dólares, un contrato de 5 años, el número 10.
Ronaldinho llegó a Barcelona en el 2003 y lo que vino después fue gloria absoluta. Pero antes de hablar de Barcelona, necesitas saber algo. En el 2002, mientras Ronaldinho triunfaba en Francia, hubo una investigación en Brasil, un caso de lavado de dinero relacionado con el fútbol.
Empresarios que usaban transferencias de jugadores para mover dinero ilegal. El nombre de uno de esos empresarios apareció en los documentos Luis Antonio de Jesús Gaucho, el mismo que representaba a Ronaldinho. La investigación no llegó a nada, se cerró por falta de pruebas, pero el nombre quedó ahí en los archivos esperando.
Ronaldinho nunca fue acusado de nada, ni siquiera investigado, pero su nombre estaba conectado por su representante, por los contratos que firmó sin leer. Esto es importante. Guárdalo. La Gloria Barcelona 2003 a 2008. Los 5 años donde Ronaldinho fue el mejor jugador del planeta. No el más efectivo, no el que más goles metía.
El mejor, el que hacía cosas que nadie más podía hacer, el que hacía que 90,000 personas se levantaran de sus asientos solo para ver qué iba a hacer después. Esta es la primera revelación que te prometí al principio, la conexión entre Ronaldinho y empresarios ligados al lavado de dinero.
En 2004, Ronaldinho firmó un contrato publicitario con una empresa brasileña de inversiones. Se llamaba BMG, una firma que ofrecía préstamos y servicios financieros. El contrato era por 5 millones de dólares al año, solo por aparecer en comerciales. Parecía normal. Un jugador exitoso, una empresa grande, un contrato millonario.
Lo que no se supo hasta años después que BMG estaba siendo investigada por la Policía Federal Brasileña por lavado de dinero, por conexiones con organizaciones criminales en Sao Paulo y Río de Janeiro. Ronaldo, lo sabía. No, casi seguro que no. Firmó sin leer. Sí. Como siempre, le importó a alguien cuando salió a la luz, no, porque en ese momento era intocable.
El contrato con BMG se canceló silenciosamente dos años después, sin explicaciones públicas, sin acusaciones, sin nada. Pero el patrón estaba claro. Ronaldinho confiaba en la gente equivocada. Firmaba lo que le ponían enfrente y seguía sonriendo. 2004, Camp, 98,000 personas, Real Madrid visitando Barcelona.
Ronaldinho destruyó al Madrid ese día. Dos goles, tres asistencias, regates que hicieron que los hinchas del Madrid se levantaran a aplaudirlo. Piensa en eso un momento. Los hinchas del Real Madrid, el rival histórico, aplaudiendo a un jugador del Barcelona. Solo le pasó a Ronaldinho y a Maradona.
Nadie más. Ese año ganó su primer Balón de Oro. El mejor jugador del mundo, 25 años. La sonrisa más grande de la ceremonia. Esto es por mi padre”, dijo con el trofeo en la mano. Él me enseñó a jugar con alegría. Al año siguiente ganó otro balón de oro, dos seguidos. Solo seis jugadores en la historia lo habían logrado.
Barcelona ganó dos ligas, una Champions. Ronaldinho era el rey del fútbol y entonces empezó a desmoronarse. Lo que nadie te cuenta es que en 2006, en plena gloria, Ronaldinho ya estaba perdiendo el control. Las fiestas dejaron de ser ocasionales, se volvieron rutinarias tres, cuatro veces por semana.
Discotecas en Barcelona, viajes a Brasil cada vez que había un descanso, amigos que llegaban sin avisar y se quedaban meses. Frank Richard, su entrenador, empezó a preocuparse. Está llegando tarde a los entrenamientos, le dijo a la directiva. Está subiendo de peso, pero Ronaldinho seguía jugando bien, seguía siendo mágico.
¿Para qué decirle algo? En 2007 llegó un jugador nuevo al Barcelona. Tenía 20 años. Era argentino. Se llamaba Lionel Messi. Messi vivía para el fútbol. Entrenaba doble, comía perfecto. Dormía 8 horas. No salía de fiesta, no tenía vicios. Ronaldinho era todo lo contrario y la diferencia se empezó a notar.
“Ronald enseñó todo sobre Barcelona”, dijo Messi años después. Pero yo no podía vivir como él vivía. 2008, Pep Guardiola llegó como nuevo entrenador del Barcelona. Su primera decisión fue llamar a Ronaldinho a su oficina. Necesitas decidir o vives como profesional o te vas. Ronaldinho no discutió, no se enojó, sonríó.
Entiendo. Dos semanas después, el Barcelona lo vendió al Milan. 5 millones de dólares, menos de lo que habían pagado por él 5 años antes. Ronaldinho tenía 28 años, todavía podía ser el mejor, pero ya no quería hacerlo. El problema fue que dejó de disfrutarlo dijo Ronaldinho años después en una entrevista.
El fútbol se volvió trabajo y yo no juego por trabajo, juego porque me gusta. Pero había algo más. Algo que no dijo en esa entrevista. Ronaldinho estaba rodeado de gente que no le convenía, empresarios que le hacían firmar contratos, amigos que le pedían dinero, familiares que dependían de él y él no sabía decir que no.
Ronaldinho es buena persona dijo Zlatan Ibrahimovic, que jugó con él en Barcelona. Demasiado buena persona. La gente se aprovecha de eso. Milan 2008 a 2011, 3 años donde Ronaldinho intentó recuperar la magia. Hubo momentos, destellos, pero ya no era el mismo. Llegaba con sobrepeso, faltaba entrenamientos, pedía permisos para ir a Brasil y volvía peor.
En 2011, el Milan lo dejó ir gratis sin traspaso, solo querían sacárselo de encima. Ronaldinho volvió a Brasil, Flamengo primero, Atlético Mineiro después. Ganó una Copa Libertadores con Mineiro en 2013. 33 años, su último gran logro, pero ya no era el Ronaldinho de Barcelona, era una sombra, un recuerdo caminando por la cancha.
En 2015, con 35 años, se retiró sin despedida, sin partido especial, solo dejó de jugar. Y entonces empezó la parte oscura, la parte que nadie esperaba. Esta es la segunda revelación que te prometí al principio, el momento donde Ronaldinho perdió el control de su propia vida.
2015, Ronaldinho retirado, sin equipo de sin estructura, sin disciplina y con 30 personas dependiendo de él. Su hermano Roberto era su manager. Su madre vivía en una mansión que él pagaba. tenía empleados, guardaespaldas, chóeres, amigos que vivían en su casa, conocidos que le pedían préstamos que nunca devolvían. Llegó un momento donde Ronaldinho no sabía cuánta gente trabajaba para él”, confesó un abogado cercano años después.
Firmaba cheques sin preguntar para qué eran. Entre 2015 y 2019, Ronaldinho perdió casi toda su fortuna. Había ganado más de 100 millones de dólares en su carrera. 100 millones. A los 39 años tenía deudas por 11 millones con el gobierno brasileño. 11 millones en impuestos no pagados. Las autoridades le confiscaron 57 propiedades.
Bloquearon sus cuentas bancarias, le quitaron el pasaporte. Ronaldinho no podía salir de Brasil. No podía viajar, no podía trabajar en el extranjero y entonces apareció alguien con una solución. Wilmondes Souza Lira, empresario brasileño, Conexiones en Paraguay, le ofreció a Ronaldinho un proyecto en Asunción.
“Vamos a abrir una fundación para niños”, le dijo. Necesitamos tu imagen. Te pagamos bien y te ayudamos con lo del pasaporte. Ronaldinho, desesperado por salir de Brasil, por trabajar, por ganar dinero, dijo que sí. Solo firma esto, yo me encargo de todo. Y Ronaldinho firmó sin leer.
Como siempre, lo que firmó era una solicitud de residencia paraguaya. Para conseguirla necesitaba un pasaporte paraguayo. Willes se encargó de conseguirlo. El pasaporte era falso, los documentos eran falsos, todo era falso, pero Ronaldinho no lo sabía o no quiso saberlo o decidió no preguntar. Yo confié en las personas equivocadas, confesó meses después.
Firmé papeles sin leer. Eso fue mi error. Ese fue su error. Pero no fue el único. La caída 4 de marzo de 2020. Aeropuerto internacional. Silvio Petirosi. Asunción, Paraguay. Ronaldinho y su hermano Roberto llegaron en un vuelo privado desde Sao Paulo. Pasaron por migración. Mostraron sus pasaportes paraguayos recién emitidos.
El oficial de migración revisó los documentos, frunció el seño, llamó a su supervisor. Algo estaba mal. Los pasaportes tenían sellos oficiales, tenían fotografías, tenían toda la información correcta, pero los números de serie no coincidían con la base de datos. Alguien había falsificado los documentos usando sellos robados de la oficina de migraciones.
Ronaldinho y Roberto fueron detenidos en el aeropuerto. 3 horas de interrogatorio, llamadas a Brasil, llamadas a abogados. “No sabíamos que eran falsos,” dijeron. Nos los dieron así. La Fiscalía Paraguaya no les creyó. Ustedes son personas inteligentes, personas con recursos.
No pueden decir que no sabían. 5 de marzo, Ronaldinho y Roberto fueron trasladados a la agrupación especializada de la Policía Nacional, una cárcel de máxima seguridad en las afueras de Asunción. La noticia estalló en el mundo. Ronaldinho arrestado en Paraguay. La leyenda del fútbol enfrenta cargos por documentos falsos.
Nadie podía creerlo. El hombre que había sido el mejor del mundo, el que había ganado todo, encerrado en una cárcel paraguaya. Y lo peor todavía no había pasado. Esta es la tercera revelación que te prometí al principio. Lo que pasó adentro de esa cárcel. La agrupación especializada no es una cárcel común.
Es donde guardan a los criminales más peligrosos de Paraguay, narcotraficantes, secuestradores, asesinos y Ronaldinho. La primera noche, Ronaldinho no durmió, se quedó sentado en el catre con la espalda contra la pared, mirando la puerta, escuchando gritos en guaraní que no entendía.
Pensé que me iban a matar, confesó meses después. No sabía qué iba a pasar, pero algo raro sucedió, algo que nadie esperaba. Los otros presos lo reconocieron y en lugar de atacarlo lo protegieron. Es Ronaldinho se pasaban la voz. Es el mago. Nadie lo toca. Un preso brasileño se le acercó la segunda noche. Tranquilo, hermano.
Aquí nadie te va a hacer nada. Eres leyenda. Ronaldinho empezó a llorar. Por primera vez en su vida adulta, alguien vio al hombre detrás de la sonrisa. No quiero estar aquí, dijo. No hice nada malo. Lo sé, le dijo el brasileño. Pero estás aquí y tienes que sobrevivir. Las primeras dos semanas fueron las más duras.
Ronaldinho y Roberto compartían Zelda. 6 m², una litera, un baño sin puerta, olor a humedad y mo. La comida era arroz, frijoles, un pedazo de carne que no sabías que era, agua que sabía a cloro, nada más. Roberto vomitaba todos los días, dijo un guardia después. No podía comer. Ronaldinho lo obligaba.
Tienes que comer, hermano. Tienes que aguantar. Los abogados intentaban sacarlos. Pagaron una fianza de un millón y medio de dólares. Las autoridades la aceptaron, pero los dejaron en prisión domiciliaria en un hotel mejor que la cárcel, pero seguían presos días, semanas, meses, esperando, sin saber cuándo podrían salir.
Y entonces Ronaldinho hizo algo que nadie esperaba. organizó un torneo de fútbol dentro de la cárcel. Sí, un torneo de fútbol en la cárcel con arcos, asesinos y secuestradores jugando contra Ronaldinho. Dos equipos 10 contra 10, una cancha improvisada en el patio. Los guardias como árbitros, los presos como espectadores.
Ronaldinho jugaba con la sonrisa de siempre. Hacía caños, hacía rabones. Los presos gritaban como si estuvieran en el Camp now. Fue lo más surreal que vi en mi vida dijo un guardia. Ronaldinho, el mejor jugador del mundo, haciendo magia en una cárcel paraguaya. El equipo de Ronaldinho ganó el torneo.
El premio fue un cerdo asado. Ronaldinho lo compartió con todos. Presos, guardias, abogados. Todo el mundo comió. Esa es la clase de persona que es. dijo el preso brasileño después. Podría haber estado amargado, enojado, pero decidió hacernos felices. ¿Por qué lo hizo? Porque Ronaldinho entiende algo que la mayoría no entiende.
La felicidad no viene de afuera, viene de adentro y nadie te la puede quitar, ni siquiera una cárcel. Pero mientras Ronaldinho jugaba fútbol en la cárcel, afuera todo se estaba cayendo. Su imagen destruida. Las marcas cancelaron contratos. Los patrocinadores se alejaron.
Los clubes que querían contratarlo para eventos se echaron para atrás. “Ronaldinho es un criminal”, decían en las redes sociales. “Se lo merece por idiota, decían otros. Así terminan los que no cuidan su dinero. Nadie preguntaba qué había pasado realmente. Nadie investigaba, solo juzgaban. Su madre, Miguelina dio una entrevista llorando. Mi hijo no es un criminal.
Mi hijo confió en las personas equivocadas. Eso no es un crimen. Tenía razón, pero a nadie le importaba. Wilmond Souza Lira, el empresario que le había conseguido el pasaporte falso, desapareció. Las autoridades lo buscaron. Tenía una orden de captura, pero nunca lo encontraron.
Los documentos mostraban que Wilmondes había pagado $000 a un funcionario corrupto de la Oficina de Migraciones Paraguaya. El funcionario admitió todo, fue arrestado, pero Ronaldinho seguía preso porque aunque no había falsificado los documentos, él mismo los había usado. “La ignorancia no es excusa”, dijo el fiscal.
Usted es responsable de los documentos que presenta. Técnicamente tenía razón, legalmente tenía razón, pero había algo más, algo que nadie decía públicamente. Paraguay quería hacer un ejemplo de Ronaldinho, mostrar que nadie estaba por encima de la ley, ni siquiera una leyenda del fútbol. 25 de agosto de 2020, 173 días después de su arresto, Ronaldinho y Roberto fueron liberados.
Pagaron una multa de 90,000 cada uno, hicieron un acuerdo con la fiscalía. A cambio, los cargos se redujeron. No fueron declarados culpables de falsificación. Fueron declarados culpables de uso de documentos falsos con ignorancia. una figura legal más suave. Ronaldinho salió del hotel donde estaba en prisión domiciliaria.
Cientos de periodistas esperando, cámaras, micrófonos, preguntas gritadas en español, portugués, inglés. Ronaldinho se detuvo, miró a las cámaras y dijo, “Quiero pedir disculpas a todos. Cometí un error. Confié en las personas equivocadas. Eso no volverá a pasar.” Y sonríó. Esa sonrisa, la misma de siempre, regresó a Brasil, a su casa en Porto Alegre, a la favela donde creció.
Bueno, no a la favela, a una mansión cerca de la favela. Los periodistas lo siguieron durante semanas. Querían la historia, querían la exclusiva. Ronaldinho no daba entrevistas, no hablaba, solo publicaba fotos en Instagram jugando con amigos en la playa sonriendo. Es como si nada hubiera pasado decían los comentaristas.
¿Cómo puede estar tan tranquilo después de todo eso? Porque Ronaldinho entiende algo. Algo que aprendió de su padre, algo que aprendió en el futsal. algo que aprendió en la cárcel. La vida sigue, puedes estar amargado o puedes seguir jugando, pero la verdad es más complicada. En 2021, Ronaldinho dio una entrevista larga, una de las pocas donde habló en serio, sin prensa, sin publicidad, solo él y un periodista brasileño de confianza.
¿Te arrepientes de algo?, le preguntaron. de muchas cosas, de confiar sin preguntar, de firmar sin leer, de creer que la gente me quería por mí, no por mi dinero, de haber ido a Paraguay, no, porque si no hubiera ido, no hubiera aprendido. ¿Qué aprendiste? Que la libertad es lo único que importa.
El dinero va y viene, la fama va y viene, pero la libertad cuando te la quitan, entiendes que sin ella no eres nada. La frase, “El dinero va y viene.” La había dicho toda su vida cuando ganaba millones, cuando los perdía, cuando no le importaba. Pero en la cárcel entendió algo más. El dinero va y viene, pero hay cosas que no vuelven.
¿Qué pasó con los 11 millones de deudas con el gobierno brasileño? Ronaldinho llegó a un acuerdo. Está pagando en cuotas. vendió propiedades, aceptó contratos que antes hubiera rechazado, comerciales, eventos, apariciones. Ya no es el Ronaldinho que rechazaba millones porque no le apetecía trabajar.
Es el Ronaldinho que necesita trabajar. Cambió. Depende a quién le preguntes. Sus amigos dicen que sí. Ahora lee los contratos. Ahora pregunta. Ahora desconfía. Otros dicen que no. Sigue siendo el mismo. Demasiado bueno, demasiado confiado. Probablemente los dos tienen razón. Hay una foto de Ronaldinho en la cárcel paraguaya.
Una foto que se filtró meses después. Está sentado en el patio, solo con el balón en las manos, mirando al cielo. No está sonriendo. Es la única foto de su vida adulta donde no está sonriendo. Esa foto te dice todo lo que necesitas saber sobre lo que pasó realmente en Paraguay. No fue una anécdota graciosa, no fue un error menor, fue el momento donde Ronaldinho tocó fondo, el momento donde el hombre más feliz del fútbol entendió que su felicidad tenía un precio y que había estado pagándolo sin saberlo durante años. El desenlace,
esta es la cuarta revelación que te prometí al principio. ¿Por qué Ronaldinño sigue sonriendo? 2024. Ronaldinho tiene 44 años. Vive entre Brasil, España y Estados Unidos. Trabaja como embajador de varias marcas. Aparece en eventos. Juega a partidos amistosos. Su fortuna se recuperó.
No como antes, pero tiene dinero, tiene trabajo, tiene estabilidad. Su madre, Miguelina tiene 78 años. Vive en Porto Alegre. Ronaldinho la visita cada mes. Se sientan juntos, toman café, hablan de la familia Roberto, su hermano, trabaja con él. Ya no es su manager principal. Ronaldinho contrató a profesionales para eso, pero Roberto está cerca, siempre está cerca.
Pasamos por el infierno juntos”, dijo Ronaldinho en una entrevista reciente. Eso nos unió más que cualquier cosa. Su hijo Joan tiene 19 años. Juega fútbol, no profesional, solo por diversión. Mi hijo entiende algo que yo tardé 40 años en entender”, dijo Ronaldinho. “El fútbol es solo un juego, pero hay algo más profundo, algo que explica toda su vida, algo que explica por qué sigue sonriendo después de todo.
En 2022, Ronaldinho volvió a Paraguay. Sí, volvió al mismo país donde estuvo preso, al mismo lugar que le quitó 6 meses de su vida. fue invitado a un evento benéfico, una fundación para niños de la calle. Le ofrecieron dinero. Podría haber dicho que no. Podría haber mandado un representante. Nadie lo hubiera juzgado. Pero fue.
Llegó a Asunción. Pasó por el mismo aeropuerto donde fue arrestado, esta vez con su pasaporte brasileño. Todo legal, todo correcto. Visitó la fundación, jugó con los niños, les firmó autógrafos, les dio consejos, estudien, jueguen, sonrían. Y después hizo algo que nadie esperaba. Pidió visitar la cárcel.
Volvió a la agrupación especializada, la misma cárcel donde pasó 32 días. donde organizó el torneo de fútbol, donde lloró esa primera noche. Los guardias no podían creerlo. ¿Por qué quiere volver aquí? Para decir gracias, entró al patio. Los presos lo rodearon. Algunos de los mismos que habían estado con él dos años antes, otros nuevos que sabían su historia.
Ustedes me enseñaron algo, les dijo. Me enseñaron que sin importar dónde estés, sin importar que hayas hecho, siempre puedes elegir cómo vivir ese momento. Puedes estar amargado o puedes buscar la felicidad. jugó fútbol con ellos otra vez como dos años antes y cuando se fue les dejó algo.
Balones, camisetas y una frase escrita en la pared del patio. La libertad está en la mente, nadie te la puede quitar. ¿Por qué hizo eso? Porque Ronaldinho entendió algo en esa cárcel, algo que la mayoría de la gente nunca entiende. Su padre murió cuando tenía 8 años. En ese momento, Ronaldinho pudo elegir amargarse, llorar para siempre, rendirse.
Eligió sonreír, eligió seguir jugando. Cuando perdió todo su dinero, cuando lo arrestaron, cuando su imagen se destruyó, pudo elegir amargarse, rendirse, esconderse. Eligió sonreír, eligió seguir jugando. La sonrisa no es porque todo está bien”, confesó en esa entrevista de 2021.
La sonrisa es porque decidí que todo va a estar bien. No importa que pase, esa es la respuesta. Ese es el secreto. Ronaldinho no sonríe porque es ingenuo. No sonríe porque no entiende, no sonríe porque no le duele. Sonríe porque decidió sonreír y nadie, ni siquiera una cárcel paraguaya, se lo puede quitar. El dinero va y viene.
La frase que repitió toda su vida. Cuando ganaba millones, el dinero va y viene. Cuando los perdía, el dinero va y viene. Cuando no tenía nada, el dinero va y viene. En la cárcel entendió el final de esa frase. El dinero va y viene, pero lo que eres como persona, eso se queda. Ronaldinho fue el mejor jugador del mundo. Ganó todo lo que se podía ganar.
Dos balones de oro, un mundial, una Champions, el respeto de los mejores del mundo. Pero también perdió todo, su dinero, su reputación, su libertad. Y lo que quedó fue el hombre, el niño de la favela, que aprendió a jugar con una sonrisa, el hijo que prometió hacer feliz a su padre, el hermano que nunca abandonó a Roberto, el preso que organizó un torneo de fútbol en el infierno.
Ese es Ronaldinho, no el jugador, el hombre. Hoy Ronaldinho vive tranquilo, sin la presión de ser el mejor, sin la carga de tener que demostrar algo. “Ya no juego para demostrar nada”, dijo. “Juego porque me gusta, como cuando tenía 5 años en la favela.” Aprendió la lección. Sus abogados dicen que sí.
Ahora revisa todo, firma solo lo que entiende, pregunta todo. Sigue confiando en la gente, menos que antes, pero no puedo vivir desconfiando de todo el mundo. Prefiero que me engañen otra vez a vivir sin confiar en nadie. Esa es la paradoja de Ronaldinho. Aprendió, pero no cambió, porque si cambiara, dejaría de ser él.
En 2023, la FIFA lo nombró embajador global del fútbol. Un reconocimiento, un perdón implícito, una forma de decir lo que pasó en Paraguay no define tu legado. Ronaldinho aceptó, pero dijo algo en el discurso que pocos entendieron. Mi legado no son los goles, no son los trofeos, no son los regates.
Mi legado es la sonrisa. Porque si un niño en cualquier parte del mundo me ve jugar y decide que el fútbol es alegría, no trabajo. Entonces gané. 90,000 personas en el Camnou aplaudiéndolo, 132,000 en el Azteca gritando su nombre, pero también presos en Paraguay protegiéndolo, niños de la calle en Asunción abrazándolo.
Ese es el verdadero legado de Ronaldinho. No las medallas, la humanidad. Existe una grabación de Ronaldinho en la cárcel paraguaya. Nunca se publicó oficialmente, pero circula en internet. Es un video de 40 segundos. Ronaldinho está sentado en su celda solo. La cámara está escondida.
No sabe que lo están grabando. No está sonriendo. Tiene la cabeza entre las manos, los hombros caídos. Respira profundo, una vez, dos veces, tres veces y entonces se levanta, se mira en el espejo roto que tiene en la pared, se arregla el pelo, se endereza y sonríe.
No para las cámaras, no para los presos, no para los guardias, para él mismo. Eso es lo que nadie entiende. Ronaldinho no sonríe para engañar al mundo, sonríe para recordarse a sí mismo quién es. La verdad sobre Ronaldinho es simple y complicada. Confió en las personas equivocadas. Firmó lo que no debía.
Aceptó un pasaporte que no debió aceptar. Pero no es un criminal, es un hombre que cometió errores. Como todos, la diferencia es que sus errores se pagaron con una cárcel paraguaya, con su imagen destruida, con seis meses de su vida perdidos. ¿Fue justo? Probablemente no fue legal. Técnicamente sí aprendió algo absolutamente.
Si no hubiera pasado por Paraguay, seguiría siendo el mismo idiota que firma sin leer. Dijo, “Esa cárcel me salvó de algo peor que podría haber venido después. Ronaldinho Gaucho, el niño de la favela, el mago de Barcelona, el preso de Paraguay. Tiene 44 años, todavía juega fútbol, todavía sonríe, todavía hace magia con el balón, pero ahora entiende algo que no entendía antes.
La magia no está en el balón, está en la decisión de seguir jugando cuando todo se derrumba. Su padre le enseñó a jugar con alegría. Paraguay le enseñó porque esa alegría es lo único que nadie te puede quitar. El dinero va y viene, la fama va y viene, los trofeos quedan en vitrinas, pero la forma en que vives, la forma en que tratas a la gente, la sonrisa que decides tener cada mañana, eso se queda para siempre.

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