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Rocío Dúrcal: Lo que Juan Gabriel y su Familia Jamás Quisieron Revelar

 Lo que Rocío perdió en este capítulo de su vida no fue solo la salud, fue una amistad de 18 años con el hombre que le dio su mayor éxito musical. fue la ilusión de un matrim. No era solo una colaboración artística, era una alianza entre dos personas que se habían elegido mutuamente en un mundo donde nadie regala nada.

 Rocío era ya una estrella consolidada cuando llegó a México por primera vez a principios de los años 70. Tenía 15 películas en su haber. Tenía una voz que cualquier productor del continente habría pagado por escuchar. No necesitaba a nadie para ser grande. Había llenado teatros en España. Había protagonizado películas que hacían llorar a la gente en los cines de Barcelona y Sevilla y había construido una reputación tan sólida que cruzar el Atlántico era para ella una aventura de placer y no una necesidad de supervivencia.

Pero cuando conoció a aquel joven compositor de Ciudad Juárez, que llevaba la música en la sangre y el hambre en los ojos, algo cambió en ella. Lo reconoció de inmediato, no como aún igual en fama, porque Juan Gabriel aún estaba construyendo la suya. Lo reconoció como aún igual en talento. Y eso para Rocío Durcal era lo único que importaba.

 Hay que imaginarse aquel primer encuentro con la distancia de 50 años. Una mujer española de 30 años, acostumbrada a los focos desde los 16, con una carrera construida ladrillo a ladrillo, con una disciplina que muy pocos artistas de su generación tuvieron. Y un joven mexicano que había salido de la pobreza más absoluta, que había dormido en las calles de Ciudad Juárez antes de que alguien escuchara lo que era capaz de hacer con una melodía.

Dos historias completamente distintas que se encontraron en el mismo punto. La certeza de que la música era lo único que de verdad importaba. Esa certeza compartida fue el cimiento de todo lo que vino después. En 1977 grabaron juntos el primer disco de la serie que cambiaría la historia de la música ranchera.

 Se llamó Canta a Juan Gabriel. era Rocío interpretando las canciones de un compositor que todavía muchos en España no conocían. Pero el resultado fue tan brutal, tan arrollador en su verdad emocional, que el disco se convirtió en un fenómeno que ninguno de los dos había anticipado del todo. Las canciones de Juan Gabriel en la voz de Rocío tenían una dimensión diferente.

 Él escribía con la herida abierta. Con esa capacidad de los grandes compositores para convertir el dolor propio en algo que millones de personas reconocen como suyo. Ella cantaba desde la misma herida, sin adornos innecesarios. Sin la distancia actoral que otros intérpretes ponían entre ellos y la letra, Rocío cantaba como si cada canción fuera un diario propio, como si las palabras que Juan Gabriel había escrito en una habitación de hotel en Ciudad de México hubieran estado esperando su voz específicamente.

Y el público latinoamericano, que conoce bien esa herida, los reconoció como propios de una manera casi instintiva. Aquella alianza no era comercial, era algo más parecido a una necesidad mutua. Durante casi dos décadas se sostuvieron el uno al otro. Grabaron seis volúmenes de la serie Canta a Juan Gabriel.

Llenaron el Auditorio Nacional de México en noches que la gente que estuvo allí todavía recuerda como algo irrepetible. El 22 de noviembre de 1991, Rocío llenó el Auditorio Nacional por primera vez. 10,000 personas de pie en Ciudad de México en un auditorio que en aquella época era el templo máximo de la música latina, cantando cada letra con ella.

 Ese concierto que sus hijas acaban de relanzar en cines con el título 20 años sin ti fue posible porque Juan Gabriel había construido el puente, porque las canciones que él había escrito y que ella había grabado habían convertido a una española de Madrid en la mexicana más española, que es como El Cariño latinoamericano, bautiza a los que adopta de verdad.

 Juan Gabriel le cedió canciones que nunca había dado a nadie. Rocío las interpretó con una entrega que pocas veces se ve en el escenario y entre bastidores, según quienes los conocieron de cerca, se querían con esa lealtad difícil de explicar que solo existe entre dos personas que han compartido algo muy verdadero.

 Pero todo lo que se construye en silencio también puede romperse en silencio. Y lo que pasó entre Juan Gabriel y Rocío Durcal a mediados de los 90 ocurrió sin que ninguno de los dos pusiera jamás las palabras exactas en público. La primera grieta, según la versión que más peso tiene entre quienes los conocieron, apareció durante la grabación del videoclip de la Guirnalda en Puerto Vallarta, en ese méxico costero y luminoso donde ambos se sentían en casa.

 Se dice que Juan Gabriel envió un equipo de televisión a filmar parte del rodaje sin avisarle a Rocío, sin pedirle permiso, sin consultarle nada. Para una mujer que había construido su carrera con una disciplina y un control sobre su imagen que pocos artistas de su época tenían, aquello fue una invasión que no estaba dispuesta a tolerar.

 Le llamó, le reclamó con la franqueza directa que la caracterizaba. Y ninguno de los dos se dio. Ninguno pidió disculpas. Y esa llamada, que debió durar quizás 10 minutos, cerró una puerta que ninguno de los dos volvería a abrir. Pero eso es solo la versión más aceptable, porque hay otra que también circuló durante años y que el productor musical Gustavo Farías, que trabajó con ambos, fue uno de los pocos en desmentir con nombre y apellido.

 El ex manager de Juan Gabriel, Joaquín Muñoz, publicó en 2008 un libro en el que afirmaba que el verdadero motivo de la ruptura fue una relación sentimental entre Juan Gabriel y Antonio Morales Jor, el marido de Rocío. una acusación que Farías llamó directamente amarillismo y que la familia nunca confirmó, pero que existió, que circuló, que obligó a Rocío, incluso después de muerta, a compartir su historia con una sombra que ella nunca eligió, una sombra que dice más sobre el morvo de los que la generaron que sobre la verdad de lo que pasó entre dos artistas, que

simplemente dejaron de ser capaces de resolver sus diferencias. Lo que sí es documentado, lo que nadie en la familia desmiente, es lo siguiente. Desde 1996 hasta el 25 de marzo de 2006, Juan Gabriel y Rocío Durcal no volvieron a hablar 10 años. Una década entera en la que dos personas que se habían elegido mutuamente, que habían construido juntas algunas de las canciones más escuchadas del continente, vivieron en el mismo mundo artístico sin cruzarse ni una sola vez.

 En 1997 intentaron un reencuentro, grabaron el disco juntos otra vez. El propio Gustavo Farías reveló después que la portada del álbum era un montaje fotográfico, porque no habían podido conseguir que los dos estuvieran en el mismo lugar al mismo tiempo con disposición para posar. En la rueda de prensa que siguió al lanzamiento, Juan Gabriel llegó primero y se sentó en la mesa.

 Rocío no salía, él esperaba. Y cuando por fin apareció, se sentaron en los extremos opuestos del escenario. Sonrieron ante las cámaras, cantaron juntos con esa profesionalidad que solo tienen los grandes cáncer de útero. Tenía 57 años. Estaba en el mejor momento de su carrera tardía con discos que seguían vendiendo, con públicos que seguían llenando auditorios, con una presencia escénica que pocos artistas de su generación habían conservado con esa intensidad.

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