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REVELAN LO QUE HIZO BUKELE HIZO CUANDO LA FAMILIA DEL VIEJO LIN LO LLORABA EN SU FUNERAL

La muerte del viejo Elí no es una noticia más. Es el cierre simbólico de una era, una era de 30 años en la que un solo hombre, encerrado primero en Mariona y después en el penal de máxima seguridad de Zacatecolca, logró acumular sobre su nombre un historial de violencia que hasta los propios investigadores les costaba poner por escrito.

Y los detalles concretos de los crímenes personales que se le atribuyen son los que de verdad explican por qué tantas familias salvadoreñas recibieron esta noticia con un alivio que casi no pueden expresar en público. Empecemos por el principio porque para entender el final hay que entender quién era este hombre.

Carlos Ernesto Mojica Lechuga nació en El Salvador, pasó parte de su juventud en Estados Unidos y fue deportado en la década de los 90. Según los reportes que han documentado su trayectoria criminal, medios como Diario Cronio, SBC e Inside Crime, al volver al país, según esas mismas fuentes, no tardó en convertirse en figura clave de lo que entonces empezaba a consolidarse, como la pandilla barrio 18 en territorio salvadoreño.

Importó desde Los Ángeles las estrategias, la cultura marera, las jerarquías y desde muy temprano dejó claro de qué pasta estaba hecho. Yo le voy a ser sincero, hay hombres que se ven empujados al crimen por las circunstancias y eso no los justifica, pero al menos los explica. Y hay otros que parecen haber nacido buscando hacer daño.

Las versiones que se conocen sobre los primeros años del viejo Lin lo sitúan, según los reportes, en el segundo grupo, pero el caso que de verdad lo marcó para siempre dentro de los expedientes salvadoreños es uno que muy pocos medios mencionan y conviene contarlo despacio. A inicios del siglo XXI, según los reportes de medios salvadoreños y de la investigación pública de Inside Crime sobre su perfil, el nombre del viejo Lin empezó a aparecer vinculado a una serie de crímenes que rompieron incluso los códigos internos de la propia pandilla.

El más documentado, el que aún hoy sigue mencionándose en los archivos sobre su trayectoria, es el caso de una joven de apenas 16 años, un adolescente, una chica que apenas estaba empezando a vivir. Según los reportes que se han publicado, esa joven fue torturada antes de ser asesinada en circunstancias que los propios investigadores describieron como especialmente atroces.

Yo no le voy a dar más detalles de los que conviene dar en un video. Hay cosas que se cuentan con respeto a la memoria de la víctima, pero le pido que se quede con esa imagen unos segundos. ¿Usted se imagina lo que es para una madre, para un padre? enterrar a una hija de 16 años en esas condiciones y saber que el hombre que dio la orden seguía dirigiendo su pandilla desde una celda con celular, con visitas y con el respeto de un gobierno que lo trataba como interlocutor político.

Y ese, fíjese usted, no fue un caso aislado. Según los expedientes que han trascendido y los reportes que medios como la prensa gráfica, Diario El Mundo y la cobertura internacional de Riters y F, recogieron tras su fallecimiento, al viejo Lin se le atribuyen al menos 10 homicidios directos, 10 muertes en su cuenta personal.

Y dentro de esos 10, tres de las víctimas fueron mujeres. Las versiones que en su momento publicaron los medios salvadoreños hablaron de mutilaciones, de cuerpos encontrados en condiciones que los propios oficiales describieron como difíciles de procesar. Hablamos de tres mujeres, tres vidas, tres familias destrozadas.

Y lo más fuerte de todo es que esto no era el episodio de un pandillero callejero de bajo rango. Esto eran órdenes y ejecuciones atribuidas al cabecilla histórico de toda una facción, al hombre al que los gobiernos de aquel entonces invitaban a mesas de negociación y la cifra real de muertes que probablemente ordenó desde su celda durante los 23 años que pasó encerrado es algo que muy pocos están comentando estos días, pero se lo voy a contar más adelante.

Y usted disfrutó tanto como yo en estricto sentido moral, viendo cóo este personaje terminó sus últimos días encerrado, consumido por su propio cuerpo, sin ninguno de los privilegios que durante años creyó tener garantizados, suscríbase. Aquí vamos a cubrir cada caída de los que antes mandaban, a matar desde las sombras.

Y ahora no pueden ni mandarle un mensaje a su propia familia. Pero antes de seguir hay que dejar algo claro, porque mucha gente no lo sabe. El viejo Lin no era un pandillero más, era uno de los fundadores de la pandilla barrio 18 en territorio salvadoreño, es decir, no se encontró con la estructura ya formada y se subió al carro.

Él fue uno de los hombres que construyó la estructura desde abajo, importando códigos, ritos y métodos desde las calles de Los Ángeles. Y la responsabilidad histórica por todo lo que esa pandilla hizo durante 30 años en El Salvador recae en buena parte sobre los hombros del hombre que acabamos de despedir.

Su captura inicial ocurrió en el año 2003, 23 años antes de morir. Para que se haga una idea de lo que significa eso, el viejo Lin pasó las últimas dos décadas de su vida dentro del sistema penitenciario salvadoreño y sin embargo, según los reportes que han documentado su trayectoria, no dejó de mandar en ningún momento durante esos años.

Primero desde el penal de Mariona, después a partir de 2005 desde el penal de máxima seguridad de Zacatecoluca, conocido por los salvadoreños simplemente como Sacatr, uno de los recintos más duros del sistema penitenciario centroamericano. Y aún así, según las versiones que han ido saliendo a lo largo de los años, este hombre se las arregló para seguir coordinando finanzas, ordenando homicidios, decidiendo quién vivía y quién moría en las colonias del Gran San Salvador.

Yo lo digo claro porque hay que decirlo, que esto haya sido posible durante tantos años no es solo culpa de la pandilla, es también responsabilidad de los gobiernos que miraron para otro lado. Imagínese usted lo que es enterarse de que mientras una madre lloraba el cuerpo de su hijo, en una funeraria humilde, el hombre que ordenó esa muerte estaba comiendo tranquilamente en su celda con privilegios firmados por el gobierno.

Esa imagen mental es la que conviene retener porque explica buena parte de la rabia acumulada que la audiencia salvadoreña arrastra desde hace décadas. Durante los años en que el viejo Lin coordinaba muertes desde Zacatecolca en las colonias humildes del país, pasaba lo mismo todos los días, madres pagando la renta semanal con monedas que sacaban del fondo de la lata de la cocina.

comerciantes que abrían su negocio con la mano temblando porque sabían que esa semana podían no llegar a fin de mes después de pagar la cuota. Familias enteras que tuvieron que vender la casa por y subirse a un autobús rumbo a la frontera dejándolo todo porque la clica les había dado plazo de 48 horas para desocupar.

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