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Ranchero desaparece al dar comida al ganado en Coahuila — 5 años después hallazgo terrorífico

Sin embargo, Miguel era un hombre terco y orgulloso de esos que creen que trabajando honestamente y manteniendo la cabeza baja pueden evitar los problemas. “Ten cuidado, mi amor”, le dijo Rosa mientras le entregaba el termo con café. Si ves algo raro, regrégate de inmediato. Miguel asintió y le dio un beso en la frente.

Tranquila mujer, en dos horas estoy de vuelta para el desayuno. Fueron las últimas palabras que Rosa escucharía de su esposo. El rancho El Milagro se extendía por 150 hectáreas de terreno semiárido, donde Miguel criaba ganado bovino desde que heredó las tierras de su padre en 1999. Era un terreno irregular, con pequeñas colinas y barrancos que hacían que algunas secciones quedaran ocultas desde la casa principal.

La zona donde guardaba el alimento para el ganado se encontraba aproximadamente a 1,m y5 de la vivienda. cerca del límite noreste de su propiedad. Miguel subió a su camioneta Ford F150 azul Marino, modelo 2008, y condujo por el sendero de terracería que conocía de memoria. El viento matutino del desierto traía consigo el aroma de la hierba seca y el sonido distante del mugido de las vacas que ya esperaban su comida.

Mientras manejaba, Miguel pensaba en la conversación que había tenido la noche anterior con su compadre Aurelio, quien le había contado sobre las extorsiones que estaban sufriendo otros rancheros de municipios vecinos. Al llegar al área de alimentación, Miguel bajó de la camioneta y comenzó su rutina habitual.

abrió la parte trasera del vehículo donde llevaba los sacos de alimento balanceado y empezó a llenar los comederos de concreto que él mismo había construido años atrás. Las vacas se acercaron lentamente, como siempre lo hacían, reconociendo el sonido característico del alimento al caer en los recipientes. Era aproximadamente las 7:15 de la mañana cuando Miguel terminó de alimentar al primer grupo de ganado.

Según su rutina, debía dirigirse hacia la zona sur de su propiedad para alimentar al segundo grupo compuesto por unas 30 cabezas de ganado más. Sin embargo, algo lo detuvo en seco. A lo lejos, hacia el norte de su terreno, Miguel distinguió el reflejo del sol en lo que parecían ser vehículos metálicos. Se acercó a la cerca de alambre de púas, que delimitaba su propiedad, y entrecerró los ojos para ver mejor.

Efectivamente, había dos camionetas estacionadas del otro lado de su cerca en terrenos que supuestamente pertenecían al ejido vecino, pero que habían estado abandonados durante años. Miguel sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el viento matutino. Su instinto le decía que debía regresar inmediatamente a casa, pero su curiosidad y su naturaleza protectiva hacia su propiedad lo impulsaron a investigar un poco más.

se acercó caminando hacia la cerca, manteniendo cierta distancia prudente. Desde su posición pudo ver que una de las camionetas tenía las placas tapadas con lodo y que había varios hombres moviéndose alrededor de los vehículos. Algunos parecían estar descargando algo, aunque desde su distancia no lograba distinguir qué era.

Miguel tomó su teléfono celular para llamar a Rosa y contarle lo que estaba viendo, pero cuando revisó la pantalla se dio cuenta de que no tenía señal. Esta parte de su rancho siempre había tenido problemas de cobertura. La decisión que tomó Miguel en ese momento cambiaría para siempre la vida de su familia. En lugar de regresar inmediatamente a casa, como Rosa le había pedido, decidió acercarse un poco más para intentar identificar a las personas y poder dar un mejor reporte a las autoridades.

Caminó pegado a la línea de mezquites que crecían a lo largo de la cerca, utilizándolos como cobertura natural. Mientras se acercaba, Miguel pudo escuchar voces, aunque no lograba distinguir las palabras por la distancia y el viento. Lo que sí notó es que los movimientos de los hombres parecían urgentes, como si estuvieran tratando de terminar rápidamente cualquier actividad que estuvieran realizando.

Uno de ellos constantemente volteaba hacia diferentes direcciones, aparentemente haciendo guardia. Miguel se encontraba aproximadamente a unos 50 metros de la cerca cuando ocurrió lo impensable. Pisó una rama seca de mezquite que se quebró con un sonido que en el silencio matutino del desierto resonó como un disparo.

Inmediatamente todos los hombres que estaban junto a las camionetas voltearon hacia su dirección. Por un momento que se sintió eterno, Miguel se quedó completamente inmóvil, esperando que quizás no lo hubieran visto entre la vegetación. Sin embargo, uno de los hombres señaló directamente hacia donde él se encontraba y gritó algo a los demás.

Miguel supo en ese instante que había cometido un error fatal. Sin pensarlo dos veces, Miguel comenzó a correr hacia su camioneta. Escuchó gritos a sus espaldas y el sonido inconfundible de puertas de vehículos azotándose. Sabía que tenían que saltar la cerca para alcanzarlo, lo cual le daba unos segundos preciosos de ventaja.

Corrió, como no lo había hecho en años, sintiendo el aire del desierto quemar sus pulmones y el corazón latirle tan fuerte que pensó que se le saldría del pecho. Llegó a su camioneta y con manos temblorosas buscó las llaves en sus bolsillos. Las encontró justo cuando escuchó el sonido de alguien cortando el alambre de púas con pinzas.

Subió a la camioneta, encendió el motor y pisó el acelerador a fondo, haciendo que las llantas traseras derraparan en la tierra suelta antes de encontrar tracción. Miguel manejó como poseído por el sendero de terracería, levantando una nube de polvo detrás de él. constantemente revisaba por el espejo retrovisor, esperando ver las camionetas de sus perseguidores apareciendo en cualquier momento.

Su plan era llegar a la casa, tomar a Rosa y dirigirse inmediatamente al pueblo para reportar lo sucedido a las autoridades. Sin embargo, cuando estaba aproximadamente a medio kilómetro de su casa, Miguel notó algo que lo llenó de pánico total. Por el sendero principal que llevaba a su rancho, venía acercándose una tercera camioneta, bloqueando efectivamente su ruta de escape hacia la carretera principal.

se dio cuenta de que lo habían coordinado, que no era una coincidencia que él los hubiera descubierto, sino que posiblemente lo habían estado vigilando y esperando el momento perfecto para actuar. Miguel frenó bruscamente y evaluó sus opciones. Podía intentar llegar a su casa y atrincherarse allí con rosa, pero eso solo los pondría a ambos en peligro.

También podía intentar escapar por el sendero que llevaba hacia el rancho de su vecino, don Sebastián, pero tendría que cruzar un arroyo que en esta época del año podría estar demasiado profundo para su camioneta. Tomó la decisión más difícil de su vida. agarró su teléfono celular, aunque seguía sin tener señal, y grabó un mensaje de voz esperando que de alguna manera llegara a Rosa.

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