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Pancho Villa: La Vida PRIVADA del hombre que tuvo 23 Esposas y prohibió el Alcohol

 Se dice que se casó por la iglesia y por el civil al menos 23 veces. Sí, has oído bien. 23 bodas legítimas engañando a jueces, curas y mujeres con una encanto sociópata, llegando a tener, según algunos cálculos, más de 70 hijos repartidos por todo el norte de México. Era un romántico empedernido que se enamoraba perdidamente cada semana o un coleccionista de mujeres que las usaba como trofeos de guerra, pero su excentricidad no terminaba en el dormitorio.

 Veremos como este bandolero analfabeto, que aprendió a leer yaciendo un adulto en la cárcel, se convirtió en un fanático obsesivo de la educación, construyendo escuelas con la misma rapidez con la que fusilaba traidores. Analizaremos su extraña ley seca personal, que lo llevaba a amenazar de muerte a sus propios generales si los veía borrachos, convencido de que el alcohol era el verdadero veneno de la raza.

 Este es el Pancho Villa que no sale en los monumentos. El padre amoroso, el esposo infiel compulsivo, el abstemio violento y el soñador utópico. Olvida al general, hoy vamos a conocer a Doroteo Arango. Para entender la sí que la veríntica de este hombre, primero debemos de moler el estereotipo más persistente que lo rodea, el del bandolero borracho.

 En la imaginación popular forjada por décadas de películas de serie B y corridos mal interpretados, Pancho Villa es el alma de la fiesta, un hombre que celebra cada batalla vaciando botellas de tequila y disparando al aire con la mirada perdida por el alcohol. La realidad, sin embargo, es mucho más fascinante y extraña.

 Pancho Villa no solo no bebía, odiaba el alcohol con la intensidad de un fanático religioso. Para él, el licor no era un vicio recreativo, sino el veneno de la raza, la herramienta que los ascendados y los opresores habían utilizado durante siglos para mantener al peón mexicano estúpido, endeudado y sumiso. En su lógica brutal y pragmática, un hombre borracho era un hombre inútil, un esclavo de sus instintos que no servía ni para trabajar la tierra ni para liberar a la patria.

 Esta convicción no era retórica vacía. Cuando la división del norte tomaba una ciudad, mientras los soldados rasos soñaban con saquear las cantinas, la primera orden estricta que daba el general Villa era la destrucción absoluta de todo el alcohol disponible. Imagina la escena. Ciudad Juárez o Torreón recién conquistadas y en lugar de fiesta se organizan pelotones de ejecución contra barriles de brandy, whisky y sotol.

 Los villistas, bajo la mirada severa de su jefe, sacaban miles de litros a las calles y los rompían a culatazos contra el empedrado. Los testigos de la época narran que las calles se convertían en ríos de licor cuyo vapor emborrachaba a los perros callejeros. Mientras Villa observaba la destrucción, con una satisfacción puritana, llegó al extremo de amenazar con la pena de muerte a cualquier oficial, sin importar su rango, que fuera sorprendido, borracho en servicio.

 Para Villa, la disciplina era la diferencia entre un ejército revolucionario y una banda de forajidos, y el alcohol era el disolvente de esa disciplina. Entonces, si el hombre más macho de México no bebía tequila, ¿qué bebía? Aquí es donde la historia da un giro casi cómico. El terror de los terratenientes. El Atila del sur, según la prensa estadounidense, era un adicto confeso al azúcar.

 Pancho Villa tenía una debilidad infantil y absoluta por las malteadas de fresa, el helado de vainilla y las palanquetas de cacahuate. Durante su exilio y sus visitas a la frontera en El Paso, Texas, era común verlo entrar en las confiterías y fuentes de sodas de moda, no en los salones del salvaje oeste. Mientras los agentes del servicio secreto estadounidense y los traficantes de armas pedían whisky en la barra, Villa se sentaba en una mesa con su sombrero puesto y su pistola al cinto y pedía un strawberry milkshake o una bola de

helado, consumiéndolos con la alegría de un niño. Esa imagen, la del asesino implacable con bigote de manubrio sorbiendo una bebida rosa, resume perfectamente la dualidad imposible de su carácter, una mezcla de inocencia primitiva y violencia extrema. Esta abstinencia también tenía una raíz táctica y de supervivencia.

 Pancho Villa o mejor dicho Doroteo Arango había vivido a salto de mata desde los 16 años, huyendo de la justicia por haber disparado al asendado que intentó violar a su hermana en la vida del fugitivo, en la soledad de la sierra. Quedarse dormido o perder los reflejos por culpa del alcohol significaba la muerte. Villa desarrolló una paranoia funcional que lo mantenía vivo.

 Nunca dormía en el mismo lugar dos noches seguidas. Nunca decía la verdad sobre sus rutas de escape y, por supuesto, nunca nublaba su juicio con bebida. Incluso cuando era el hombre más poderoso del país y se sentaba en la silla presidencial metafóricamente o en la foto con zapata, mantenía los hábitos del animal de presa.

 En los banquetes oficiales, cuando se servía champaña y vinos finos franceses para brindar, Villa pedía agua o refresco, mirando con desconfianza a los políticos de la capital que se desinhibían con la copa. El vino empaña la mente y yo necesito mis ojos bien abiertos para ver a los traidores. Solía decir su obsesión contra el vicio llegó a convertirse en política de estado durante el breve mes en que fue gobernador de Chihuahua en un acto que prefiguraba la ley seca de Estados Unidos.

 Villa decretó la prohibición total de la venta y consumo de alcohol en el estado bajo pena de fusilamiento y no bromeaba. clausuró cantinas, expulsó a los productores de Sotol y trató de instaurar una moralidad espartana en una región conocida por sus excesos. Por supuesto, sus propios hombres encontraban formas de beber a escondidas y generales cercanos como Tomás Urbina eran borrachos con suetudinarios, a los que Villa perdonaba a regañadientes por su lealtad en combate.

 Pero la tensión siempre estaba ahí. Villa veía en la sobriedad la única vía para la superación personal. Él, que había aprendido a leer Ya Grande, creía que el tiempo que un hombre pasaba en la cantina era tiempo robado a la educación y al trabajo. Esta faceta de reformador moral con pistola es esencial para entender por qué, a pesar de su brutalidad, tantos campesinos lo veían no como un delincuente, sino como un padre estricto y justo que quería limpiar a la sociedad de sus males, empezando por la botella.

 Si su odio alcohol nos muestra a un hombre de una disciplina espartana, su vida amorosa nos revela el extremo opuesto, un caos pasional, burocrático y emocional que desafía cualquier lógica moderna. Pancho Villa no fue simplemente un mujeriego al estilo clásico de la don Juan que seduce y abandona.

 Fue un acumulador compulsivo de esposas. Los historiadores han logrado documentar con actas en mano que el centauro del norte se casó. legítimamente, tanto por el registro civil como por la Iglesia, al menos 23 veces. Algunas fuentes elevan la cifra a 27. No estamos hablando de amantes furtivas o aventuras de una noche en el campamento, sino de bodas formales con fiesta, juez, sacerdote y firma de documentos.

 ¿Cómo era posible que un hombre pudiera cometer vigamia, trigamia y poligamia masiva a la vista de todos, sin que la ley o la iglesia intervinieran? La respuesta es simple. Cuando tienes 30,000 hombres armados detrás de ti, tú eres la ley. El modus operandi de villa para el romance era tan directo y arrollador como sus cargas de caballería.

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