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PAGANINI: El genio maldito que cambió la música para siempre

octubre de 1782. La República de Genova todavía existe como entidad política independiente, aunque sus días están contados. Napoleón Bonaparte  tiene 13 años y estudia en la academia militar de Brienne. El mundo está a punto de sacudirse, pero en el barrio del Po, en una casa modesta, una mujer llamada Teresa Boquiardo acaba de dar a luz a su tercer hijo.

 Lo bautizan al día siguiente en la iglesia de San Salvador de la Piazza Sarzano. Le ponen Nicoló. Su padre, Antonio Paganini, trabaja en el  puerto como intermediario comercial, aunque con escaso éxito. Lo que Antonio tiene en abundancia no es dinero, sino pasión por la música. Toca la mandolina, es aficionado al violín y cuando ve que su pequeño Nicoló tiene un oído extraordinario, algo se enciende en él.

El entierro de Paganini, el violinista cuya genialidad se atribuía a un pacto con el diablo, no fue autorizado por el papa hasta 36 años después de su muerte

 Algo que mezcla el orgullo paternal con el cálculo del  hombre pobre que ve en su hijo una salida. A los 5 años, el niño ya está aprendiendo mandolina con su padre. A los siete, el violín. Y aquí empieza la parte oscura,  la que los biógrafos suelen edulcorar. Antonio Paganini es capaz de hacer practicar a su hijo durante 15 horas seguidas.

 Si considera que el niño no ha trabajado lo suficiente, le retiene la comida. No es una metáfora. Es la realidad documentada de una infancia que transcurre entre cuerdas, arcos y hambres castigadoras. Nicoló no juega, Nicoló toca. Pero el genio no se puede fabricar solo a base de disciplina y lo que emerge de esa prisión doméstica es algo que sus profesores no saben muy bien cómo definir.

 A los 8 años ya compone. A los nueve actúa en público interpretando sus propias variaciones sobre la Carmañola, la canción revolucionaria francesa que en esos años se tararea por toda Europa. El público de Génova aplaude al niño prodigio sin saber que está aplaudiendo al futuro. Su primer maestro formal de violín es Giovanni Serveto, del teatro de la ciudad.

Luego llega Y como Costa, que es quien lo lleva a tocar en las iglesias genovesas. El 26 de mayo de 1794 tiene lugar su primera actuación pública documentada en la iglesia de San Felipe  Nerí. Nicoló tiene 11 años. La crónica local que recoge el evento habla de un agradable niño de 12 años. Lo redondean hacia arriba como para que el milagro suene más razonable, que concluye el concierto con admiración y aplauso universales.

 Su profesor Costa queda registredo para la historia como el hombre que tuvo en clase al  violinista más grande del mundo y que presumiblemente no lo supo del todo. Porque lo que Nicolòya hace en esa época con el instrumento va más allá de lo que sus profesores pueden enseñarle. Imita sonidos de animales, de instrumentos de viento, de campanas.

  hace con el violín cosas que no están escritas en ningún método y cuando su padre, siempre atento al siguiente escalón, decide llevarlo a Parma para que estudie con  el gran Alesandro Roya, el más célebre violinista y director de orquesta italiano del momento, ocurre una escena que se ha contado tantas veces que ya forma  parte de la leyenda, aunque los biógrafos más rigurosos la consideran esencialmente verdadera.

Llegan a casa de Roya, el maestro está enfermo en cama. Los Paganini esperan en la sala. Sobre una mesa hay un violín y una partitura, un concierto que Roya acaba de componer y que todavía no ha tocado nadie más que él. Nicoló lo toma, lo lee  y lo toca. Roya desde la habitación escucha algo que no puede creer.

 Sale como puede, apoyándose en las paredes. Mira al muchacho y dice, “No tengo nada que enseñarte.” Le da algunos meses de lecciones de todos modos, porque la humildad de  los grandes a veces convive con la generosidad. Pero lo que Roya hace sobre todo es señalarle el camino hacia Gasparo Guiretti y Ferdinando Paer, maestros de composición y contrapunto con los que Nicoló pasa varios meses trabajando en Parma y Colorno.

 Compone, aprende, gana dinero en conciertos y vuelve a Génova con su padre que para entonces lo controla como un empresario a su activo más valioso. Falta poco para que todo eso cambie. La libertad llega en septiembre de 1801 y llega disfrazada de festival religioso. Nicoló tiene 18 años y consigue convencer a su padre de que le deje ir a Luca para actuar en la festividad de la Santa Croche.

 Antonio acepta, pero con condición, que su hermano mayor lo acompañe. Los dos hermanos salen de Génova, llegan a Luca. El festival es un éxito y cuando termina  en diciembre Nicoló hace algo que lleva años deseando. Le dice a su hermano que regrese solo a casa. Él se queda. Lo que sigue son tr años de vida libre,  caótica, brillante y autodestructiva que moldean al artista tanto como los 15 años de disciplina paterna.

 En Luca,  Nicoló descubre el juego, las cartas, los dados, las mesas donde el dinero cambia de manos en cuestión de minutos. gana un concierto, pierde lo ganado esa misma noche, vuelve a tocar para  ganar más. Es un ciclo que se repite con la puntualidad de un metrónomo. Hay un momento documentado y no inventado en que Paganini llega a una ciudad  para dar un concierto y ya no tiene violín.

 Lo ha empeñado para pagar una deuda de juego. Es entonces cuando ocurre algo que cambiará no solo su vida, sino la historia del violín. Un comerciante francés, hombre de fortuna y aficionado a la música, se entera de la situación del joven virtuoso. Le presta uno de sus propios violines, un guarner del Jesús, para que pueda actuar.

 Paganini toca y el hombre, al terminar el concierto le dice que el instrumento ya no tiene otro dueño posible. Se lo regala. El violín, que Nicoló llamará más tarde il canone. El cañón, por la potencia y la profundidad de su sonido, lo acompañará hasta el último concierto de su vida. Hoy se conserva en el palazo Tursi de Génova, encerrado en una vitrina de cristal y una vez al año un violinista seleccionado tiene el privilegio de tocarlo.

 Pero en estos años de juventud salvaje hay algo más que el juego y los violines regalados. Hay también una retirada. Entre 1801 y 1804, Paganini desaparece de los escenarios italianos. Las teorías sobre qué ocurrió durante ese tiempo han alimentado dos siglos de especulaciones. Una relación amorosa con una noble toscana, una crisis nerviosa, una enfermedad.

Lo que sí se sabe es que durante ese periodo, lejos del violín, Paganini se vuelca en la guitarra, compone para ella. La estudia con una seriedad que sorprende a quienes lo conocen. Y cuando regresa a los escenarios en 180, lleva consigo algo diferente, una comprensión del color tonal, de la intimidad, de lo que puede hacer una melodía cuando respira sin la  presión de la técnica virtuosística.

 La guitarra le enseña a Paganini lo que el violín no podía, la vulnerabilidad. El regreso coincide con un cambio político de enorme relevancia. Napoleón Bonaparte, que ya es emperador de Francia, ha puesto a su hermana Elisa a gobernar el principado de Luca y Piombino. Elisa Bonaparte Basioki es una mujer culta, ambiciosa y absolutamente apasionada por la música.

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