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Edith Piaf: La Voz Más Famosa del Mundo… y el Amor que la Destruyó para Siempre

 Y esta contradicción brutal, esta mezcla imposible de gloria absoluta y de dolor absoluto, no fue un accidente de una sola noche. Fue el patrón de toda su vida. Fue quien fue. La voz que hizo llorar de amor a millones de personas en todo el planeta pertenecía a una mujer que casi nunca conoció el amor sin castigo.

 La artista que cantaba No me arrepiento de nada se estaba destruyendo a sí misma un poco más cada día. La niña que nació, según cuenta la leyenda, sobre la acera de una calle de París, terminó despidiéndose del mundo entre multitudes que paralizaron una ciudad entera. Hoy vamos a contar esa vida completa, no la postal bonita, no la canción bonita que todos conocen.

 Vamos a contar la verdad detrás de la voz. ¿De dónde salió esa mujer? ¿Qué le arrancó la vida antes de darle la fama? ¿A quién amó? ¿Y a quién perdió? Y por qué más de 60 años después de su muerte seguimos escuchándola como si nos estuviera hablando al oído a cada uno de nosotros. Porque para entender por qué Edit Piavf canta como si le doliera el alma, primero hay que entender todo lo que le dolió.

 Y para eso tenemos que volver muy atrás hasta el principio, hasta una calle fría de París en diciembre de 1915, cuando el mundo estaba en guerra y nadie esperaba nada de la niña que estaba por nacer. Se llamó Edit Giovan Gong. Vino al mundo el 19 de diciembre de 1915 en el barrio de Bellville, uno de los rincones más pobres y más populares de París.

 La leyenda, esa que ella misma ayudó a construir durante toda su vida, dice que nació directamente sobre la acera, en plena calle, envuelta en la capa de un policía que pasaba por ahí. La verdad probablemente fue menos poética y más triste. Nació en un hospital como casi todo el mundo. Pero que ella prefiriera contar que había nacido en la calle, nos dice algo importante sobre quién fue.

 Porque la calle fue su verdadera cuna. La calle la crió, la alimentó, la marcó y al final también la salvó. Sus padres no eran gente de casa cálida ni de mesa servida. Su madre, Aneta, era cantante de café, una mujer que soñaba con los escenarios y que cantaba bajo el nombre artístico de Line Marsa.

 Su padre, Louis Gion, era acróbata callejero, contorsionista, un artista de circo que se ganaba la vida haciendo trucos en las plazas a cambio de las monedas que la gente quisiera lanzarle. Dos artistas pobres, dos vidas inestables, dos personas que nunca debieron formar una familia y no la formaron. La madre de Edit la abandonó siendo apenas un bebé.

 Se marchó a buscar su propia carrera, sus propios sueños y dejó a su hija atrás sin mirar demasiado hacia atrás. Hay un detalle en su nombre que resulta casi profético. La bautizaron Edith en honor a una mujer que había muerto poco antes de que la niña naciera. Edith Cavel, una enfermera británica fusilada por los alemanes durante la Primera Guerra Mundial por haber ayudado a escapar a soldados aliados, una mujer condenada a muerte por salvar a otros.

 Es curioso porque décadas más tarde la propia Edit Piaf arriesgaría su vida, ayudando a escapar a prisioneros durante otra guerra, como si el nombre le hubiera marcado un destino desde la cuna. De su madre, Edith heredó la voz y poco más. Line Marshalla, aquella cantante de café que la abandonó, nunca logró la fama que perseguía.

 Terminó sus días en la miseria y el olvido, consumida por sus propios demonios. muriendo pobre y sola mientras su hija se convertía en la cantante más famosa de Francia. Es una de las ironías más amargas de esta historia. La madre que soñaba con los escenarios murió en la sombra. La hija que ella abandonó llenó los teatros del mundo entero.

Isina Stario. Y Sina, la madre que soñaba con los escenarios, murió en la sombra. La hija que ella abandonó. La madre que soñaba con los escenarios murió en la sombra, la hija que ella abandonó. Y en la voz de esa hija, en cada canción sobre madres ausentes y amores rotos, resonaba, quizás sin que ella misma lo supiera del todo, el eco de aquel primer abandono.

 Al principio, la pequeña Edit terminó al cuidado de su abuela materna, una mujer que, según se contó después, la descuidó de una forma que hoy nos parecería imposible. Se dice que la alimentaba con vino en el biberón para que se durmiera y no molestara. Cuando el padre de Edit volvió de la guerra y vio en qué estado se encontraba su hija, tomó una decisión desesperada.

Se la llevó con su propia madre, con la otra abuela. Y aquí la historia da un giro que parece sacado de una novela, pero que es completamente real. La abuela paterna de Edit regentaba un burdel en Normandía, en una pequeña ciudad de provincia, un prostíbulo. Y allí, entre las mujeres que trabajaban en esa casa, creció Edit Piaf durante varios años de su infancia.

 Una niña pequeña se criaba en un lugar así en los años 20, rodeada de prostitutas que, contra todo pronóstico, se convirtieron en algo parecido a una familia para ella, porque aquí está lo inesperado. Esas mujeres que la sociedad despreciaba, cuidaron de esa niña con una ternura que su propia madre nunca le dio.

 La bañaban, la vestían, la mimaban, le daban el cariño que le faltaba por todos lados. Edith recordaría a esas mujeres toda su vida con un afecto enorme. Fueron, a su manera, sus primeras madres verdaderas. Es difícil siquiera de imaginar. En aquella casa había reglas extrañas, horarios al revés, hombres que iban y venían por las noches.

 Y en medio de todo eso, una niña pequeña que jugaba en los pasillos, que se sentaba en el regazo de aquellas mujeres, que las veía maquillarse y arreglarse. Para Edit, aquello no era un lugar de vergüenza, era su hogar. Era el único hogar que conoció de niña. Y aquellas mujeres a las que la gente decente cruzaba la calle para no saludar.

 fueron las que le enseñaron lo que era la ternura. Le peinaban el cabello, le cosían la ropa, le guardaban lo mejor de la comida, la protegían del frío y del mundo. Cuando la niña lloraba, había siempre unos brazos dispuestos a consolarla. Edith aprendió allí entre mujeres marcadas por la vida que el cariño verdadero no entiende de reputaciones ni de clases sociales.

 Esa lección la llevaría siempre grabada en el corazón y explicaría por qué durante toda su vida sintió una compasión tan por los caídos, los despreciados, los que viven en los márgenes, porque ella había sido una de ellos, porque los que el mundo consideraba basura habían sido su familia.

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