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NINÓN Sevilla: 90 AÑOS de un SECRETO ASQUEROSO… lo que NADIE se ATREVIÓ a CONTAR de su MUERTE

2015 después de una vida larguísima, rodeada de versiones contradictorias incluso sobre su edad, como si hasta el calendario hubiera aceptado que con ella nada era sencillo. Unas notas dijeron 93, otras hablaron de 91, algunas registraron otro número, pero lo que nadie pudo discutir fue esto. Cuando se fue, se llevó consigo una parte del cine mexicano que nunca quiso confesarse completa.

 Hoy vas a descubrir cuatro cosas. Primero, como una muchacha llegada de La Habana se convirtió en la mujer que hizo temblar la moral pública sin pedir permiso. Segundo, como la industria usó su sensualidad como arma comercial mientras la obligaba a pagar el precio de esa misma libertad. Tercero, porque su vida privada fue una muralla casi imposible de atravesar, llena de amores mencionados a medias, ausencias, pérdidas y silencios que nadie logró comprar.

 Y cuarto, ¿qué significa realmente su adiós? No solo la muerte de una actriz, sino el cierre de una puerta que quizá nunca volverá a abrirse sobre la época de oro. Suscríbete ahora si quieres entrar en las historias ocultas de mujeres que no fueron solamente actrices o cantantes, sino sobrevivientes de sistemas enteros. Lo de Ninón no es solo cine antiguo.

 Es la historia de una mujer que aprendió a usar la mirada de los hombres sin entregarles el control de su alma. Pero antes necesitas saber de dónde vino esta mujer, porque ahí empieza todo. Empieza antes de que México la llamara Ninón Sevilla, antes de que su nombre sonara marquesina, escándalo y pecado tropical, hubo una niña cubana con otro nombre, Emelia Pérez Castellanos.

 Nació en La Habana, aunque las fechas publicadas alrededor de su vida han bailado casi tanto como ella. En algunos registros aparece 1921, en otros 1923, en otros 1929. Y quizá esa confusión, lejos de ser un simple error de archivo, terminó alimentando el mito. Porque Ninono no fue una mujer que siempre pareció estar un paso fuera del documento.

 La biografía intentaba atraparla y ella se escapaba por el borde. La prensa quería encasillarla y ella respondía con una sonrisa. Los curiosos querían una confesión definitiva y ella les daba un gesto, una anécdota, una frase que decía algo sin decirlo todo. La habana que la vio crecer no era una postal quieta, era una ciudad de música viva, de solares, de teatros, de calles donde el ritmo no era adorno, sino lenguaje.

 En ese mundo, una muchacha podía aprender antes con el cuerpo que con los libros lo que significaba ser observada, juzgada y deseada. Y eso para una niña que terminaría convertida en símbolo de una sensualidad explosiva fue una escuela dura. Porque bailar no era solamente mover los pies. Bailar era negociar con los ojos ajenos.

 Era entender cuándo una mirada quería admirar, cuándo quería poseer y cuándo quería castigar. Ninón aprendió esa gramática antes de que los estudios mexicanos la descubrieran. La aprendió en un Caribe donde la música podía ser fiesta, pero también destino. La aprendió en los escenarios nocturnos, en el ensayo repetido, en la disciplina que el público jamás ve, en el cansancio que se esconde detrás de una sonrisa perfecta.

 Hay una versión muy repetida de su juventud que dice que de niña pensó en la vida religiosa. Y aunque suene imposible para quien solo recuerda a la rumbera encendida, esa contradicción tiene algo profundamente revelador. Una muchacha imaginando la clausura, la pureza, el silencio y luego una mujer conquistando el cine con personajes que la moral oficial llamaba perdidas, aventureras, tentaciones pecadoras.

 Cómo no ver ahí una de las grandes ironías de su vida. México no se escandalizó solo porque Ninón bailara. México se escandalizó porque ella parecía conocer el pecado desde adentro y aún así no pedía perdón. Esa era la diferencia. Muchas figuras femeninas de la época eran filmadas para ser bellas, frágiles, correctas, salvables.

 Ninona parecía como una fuerza de la naturaleza. No parecía pedir rescate, parecía mirar al rescatador y preguntarle quién lo había autorizado a sentirse superior. A mediados de los años 40, cuando se instala en México y empieza de abrirse paso en el cine, el país estaba viviendo una contradicción brutal.

 Por un lado, presumía modernidad. Había estudios, estrellas, productores, salas llenas, público continental. El cine mexicano exportaba canciones, rostros, melodramas, charros, madres sufridas y mujeres fatales. Por otro lado, seguía atrapado en una moral pública que castigaba a la mujer que se salía del molde.

 A una actriz se le podía exigir belleza, sensualidad, disponibilidad emocional, presencia, sacrificio y disciplina, pero después se le juzgaba por cumplir demasiado bien con aquello que el negocio le pedía. Ese era el juego tramposo y Ninon entró justo en medio de esa trampa. Cuando llegó desde Cuba, no llegó sola en sentido simbólico.

 Llegó con una tradición de rumberas que ya venía conquistando espacios. Mujeres caribeñas que llevaron al cine mexicano un tipo de energía que no podía fabricarse desde un escritorio. María Antonieta Pon Meche Barba, Amalia Aguilar, Rosa Carmina y otras figuras formaron parte de ese universo. Pero Ninon tenía algo distinto, una manera de ocupar el encuadre como si el encuadre le quedara chico.

 No era solo la técnica del baile, era el temperamento. Había en ella una especie de desafío permanente, como si cada número musical dijera, “Mírenme si quieren, pero no crean que por mirar me entienden.” El cine de Rumberas encontró en ella una cara perfecta para sus contradicciones. Esas películas se vendían con pecado, cabaret, crimen, deseo, noche, mujeres explotadas, hombres violentos, madres ausentes, jóvenes engañadas, destinos torcidos, pero casi siempre terminaban intentando restaurar una moral.

 La mujer que bailaba debía sufrir. La mujer que deseaba debía pagar. La mujer que sobrevivía debía quedar marcada. Y ahí aparece lo macabro del sistema. El público llenaba las alas para verla moverse con libertad, pero la historia escrita por hombres le exigía a su personaje una penitencia. Ninon era deseada por lo mismo que después el guion fingía condenar.

 Y eso sinceramente no era una casualidad, era el negocio perfecto de la hipocresía. El espectador conservador podía comprar boletos, sentarse en la oscuridad, mirar piernas, hombros, sudor, brillo, cabaret y al salir decir que la película era una advertencia moral, qué conveniente, el deseo quedaba lavado por el castigo final.

 El pecado se consumía con permiso porque venía envuelto en melodrama. Y Ninon, consciente o no de toda la operación cultural que cargaba sobre su cuerpo, se convirtió en el rostro más potente de esa contradicción. Por eso, verla era para muchos un pecado necesario. Las señoras podían decir que esas películas eran demasiado fuertes. Los señores podían fingir que iban por la música.

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