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¡Ni Brujería ni TYSON lo Salvaron! Chávez le da Brutal PALIZA a Boricua Engreído

Esas fueron sus palabras exactas. Y si crees que eso fue lo más fuerte que pasó esa noche del 21 de noviembre de 1987, quédate porque lo que ocurrió dentro de esas cuerdas fue mucho, muchísimo más brutal que cualquier amenaza. Lo que Julio César Chávez le hizo a Edwin Rosario aquella noche en Las Vegas fue tan salvaje, tan perfecto, tan despiadado, que la revista The Ring Magazine describió la pelea como un reporte policial de una golpiza callejera.

 Y cuando todo terminó, cuando la sangre se secó y los reflectores se apagaron, la vida de ambos peleadores tomó un camino tan oscuro y tan trágico que ni la peor telenovela mexicana se habría atrevido a escribirlo. Pero eso lo vas a descubrir al final. Ahora, déjame llevarte al principio de todo. Vamos a 1987. Para que entiendas lo que significaba esta pelea, tienes que entender primero quiénes eran estos dos hombres y por qué el mundo entero estaba pendiente de lo que iba a pasar en el desierto de Nevada. Julio César Chávez había nacido

en un vagón de tren abandonado en Ciudad Obregón, Sonora. No es metáfora, no es exageración literaria. Su familia literalmente vivía dentro de un vagón de ferrocarril que ya no servía. Oxidado, sin ventanas, sin agua corriente, sin nada que se pareciera a una vida digna. Eran tantos hermanos que a veces no había comida para todos.

 El hambre era una presencia constante en esa casa que no era casa. Y de ahí, de ese vagón miserable, de esa pobreza que te muerde los huesos, salió un niño flaco que descubrió que sabía pelear. No que le gustaba pelear, que sabía que tenía algo adentro, un instinto animal, una capacidad sobrenatural para esquivar golpes y meter los suyos con una precisión que sus entrenadores no podían explicar.

 A los 17 años debutó como profesional. A los 25 ya había ganado 56 peleas sin conocer la derrota. 56. Ni un empate, ni una decisión perdida, ni un round en el que el referie hubiera contado sobre él. 46 de esas victorias habían terminado antes de la campana final porque sus rivales no podían seguir de pie. era campeón super pluma del Consejo Mundial de Boxeo con nueve defensas exitosas y nombres como Roger Mayweather, Rocky Logrge y Juan La Porte ya estaban en su lista de víctimas, pero fuera de México poca gente sabía quién era. Para los gringos, para los

europeos, para el resto del mundo, Chávez era un misterio, un tipo que peleaba en ciudades fronterizas, en arenas pequeñas, contra rivales que los expertos no terminaban de reconocer. La prensa estadounidense lo trataba con una mezcla de curiosidad y desdén. Sí, tiene un récord perfecto, pero ¿contra quién ha peleado de verdad? Esa pregunta estaba a punto de ser respondida de la manera más brutal posible.

 Del otro lado estaba Edwin Rosario, el [música] Chapo, un puertorriqueño nacido en Toa Baja, que era todo lo contrario de Chávez en términos de reconocimiento. Rosario ya era una estrella. Había sido campeón ligero de la Asociación Mundial de Boxeo a los 20 años, noqueando a José Luis Ramírez en Puerto Rico.

 Había perdido el título y lo había reconquistado demoliendo a Livingstone Bramble en apenas dos asaltos en una actuación que dejó al mundo del boxeo con la boca abierta. Su récord era de 31 ganadas, dos perdidas, 27 por knockout. Solo cuatro de sus 31 víctimas habían logrado sobrevivir los 12 rounds completos contra él.

 The Ring Magazine eventualmente lo clasificaría como el pegador número 36 más fuerte en toda la historia del boxeo. Estamos hablando de un hombre con dinamita en ambas manos, un asesino natural dentro del ring que podía apagar las luces de cualquier rival con un solo golpe bien colocado. Y aquí es donde la historia se pone verdaderamente interesante, porque esta no era solo una pelea entre dos campeones, era México contra Puerto Rico.

 Si no conoces la rivalidad entre México y Puerto Rico en el boxeo, déjame explicarte algo. Es la rivalidad más intensa, más visceral, más cargada de pasión nacionalista en toda la historia del deporte de los puños. [música] No es como otras rivalidades deportivas donde los jugadores se dan la mano al final y se van a cenar juntos. Esto es otra cosa.

 Cuando un mexicano pelea contra un puertorriqueño, no están peleando solo por un cinturón o por dinero. Están peleando por el orgullo de millones de personas, por la bandera, por la sangre, por la historia. Y en noviembre de 1987 esa rivalidad estaba en su punto más caliente. La promoción de la pelea fue un incendio desde el primer momento.

 Don King, el promotor con el pelo eléctrico y la sonrisa de tiburón, sabía exactamente lo que tenía entre manos. juntó a Chávez y Rosario en conferencias de prensa que se transformaron en campos de batalla verbales y Rosario no decepcionó. Desde la primera vez que se pararon frente a frente ante las cámaras, Rosario atacó sin piedad.

 No atacó el cuerpo de Chávez ni su técnica. Atacó su legitimidad. Atacó todo lo que Chávez había construido en 6 años de carrera invicta. le dijo que su récord de 56 victorias era una gran mentira, que había peleado contra tipos sacados del bar, que su equipo lo había llevado de la mano como a un niño, escogiendo rivales fáciles para inflar sus números.

que Chávez nunca había enfrentado a un peleador de verdad en toda su vida y que él, Edwin Rosario, iba a ser el primero en demostrar que el emperador mexicano estaba desnudo. Chávez escuchaba, no gritaba, no se alteraba, lo miraba con esos ojos oscuros que parecían dos pozos sin fondo, con esa expresión impenetrable que sus rivales habían aprendido a temer más que sus puños.

 Y cuando le tocaba hablar, respondía con la frialdad de un hombre que sabe exactamente lo que va a hacer. No hubiera firmado para esta pelea si le tuviera miedo”, dijo simplemente y luego añadió una provocación que sabía exactamente dónde iba a doler. “Los boxeadores puertorriqueños hablan más de lo que pelean.

 La sala explotó y en medio del caos, Rosario soltó la frase que convertiría esta pelea de un evento deportivo a una guerra personal. Te voy a mandar de regreso a México en un ataú.” Un ataú le dijo a un mexicano frente a cámaras de televisión que lo iba a matar en el ring y lo iba a devolver a su país dentro de una caja de muerto.

 En 1987, esto no era marketing, no era un guion ensayado, no era la pantomima que veríamos décadas después con peleadores fingiendo odio para vender boletos de pay-per-view. Esto era odio real. Esto era un hombre amenazando de muerte a otro hombre frente al mundo entero. Y según Chávez lo ha relatado en múltiples entrevistas a lo largo de los años, las provocaciones no se quedaron en las conferencias de prensa oficiales.

 En cada encuentro casual, en cada cruce en los pasillos del hotel, en cada coincidencia en el lobby, Rosario encontraba la manera de meter el dedo en la llaga. Y lo peor de todo, se metió con la familia de Chávez, se metió con su gente y si conoces la cultura mexicana, sabes que eso es cruzar una línea de la que no hay regreso.

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