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NATALIE WOOD: 40 años DESPUÉS, REVELAN lo que pasó esa noche en el yate

 Wagner se mueve por el barco de una manera que Der no sabe cómo describir. No es urgencia, no es desesperación, es algo anterior a eso, algo más quieto, más controlado. Da mira a Wagner. Wagner no mira el agua. Su mujer no está. lleva horas sin estar y él no ha dado ninguna orden. Lo que pasó en ese barco esa noche nunca tuvo una explicación completa, porque hay algo en esa historia que nadie terminó de contar del todo.

 La mujer que no estaba en el barco se llamaba Natalie Wood, 43 años, 40 años de cine. La niña de milagro en la calle 34, la María de West Side Story, la chica de rebelde sin causa que hizo que una generación entera se sintiera entendida. Tenía terror al agua desde los 11 años. Wagner lo sabía. Llevaba 30 años sabiéndolo.

Natalie Wood's Drowning Was Not an Accident”: A New Book's Shocking Findings | Vanity Fair

Hay cosas que no se pueden no ver cuando llevas tres décadas mirando a alguien. Esa era una de ellas. Daern lo vio todo esa noche. Lo vio y no supo cómo leerlo. Hay que empezar mucho antes que esa madrugada con una madre, una profecía y una niña que nunca pudo elegir nada. Si creciste en una familia donde alguien tomó decisiones sobre tu vida antes de que pudieras tomarlas tú y las llamaron amor y tú aprendiste a no cuestionar eso porque cuestionar era más caro que callarse.

Esta historia no te va a sonar ajena, te va a sonar como tu propia casa. Antes de Natalie Wood estaba Natasha Gurdin. Natasha era la hija pequeña de María Stepanovna, una inmigrante rusa que llegó a California con los sueños que Europa no le había dejado tener. Había querido ser actriz o bailarina, algo que tuviera que ver con que la gente te mirara.

 No había podido y eso con los años se había convertido en algo más denso que la decepción, en algo que buscaba una salida. se casó con un hombre tranquilo que americanizó su apellido de Sacarenko a Gurdin, porque Sacarenko sonaba demasiado extranjero en las listas de trabajo de los años 30, un hombre que trabajaba mucho y hablaba poco.

 Al lado de María cualquiera quedaba en segundo plano. Hay una fotografía de María y Natalie cuando Natalie tiene 7 años. María tiene la mano en el hombro de su hija. Las dos miran a la cámara, pero María no mira a su hija. Es el tipo de detalle que no ves la primera vez. Lo ves cuando ya sabes la historia, cuando ya sabes lo que pasó después.

 Entonces vuelves a esa foto y lo ves inmediatamente. María tiene la mano en el hombro de su hija de la manera en que se tiene la mano sobre algo que te pertenece. No de la manera en que una madre tiene la mano sobre su hija. Mira algo que le pertenece. María hablaba, todo el mundo escuchaba. Cuando entraba en una reunión con un productor, el productor terminaba firmando lo que ella quería.

 Cuando entraba en el plató, los técnicos miraban a ver qué humor traía. Esa energía en la dirección correcta movía cosas en la dirección de una niña que no puede protegerse, las rompía. María no quería una hija, quería una segunda oportunidad. Antes de que Natasha naciera, cuando María estaba todavía embarazada, una anciana en una calle de San Francisco le ofreció leerle la mano.

 La anciana miró las líneas de su palma, le dijo que su hija sería una gran estrella, que enamoraría al mundo entero. Hizo una pausa y luego añadió que debía tener mucho cuidado con las aguas oscuras. Una mujer razonable habría sonreído y habría seguido caminando. María no siguió caminando, se quedó, le hizo repetir a la anciana lo que había dicho, lo repasó sola en el camino de vuelta a casa.

 Lo siguió repasando durante semanas y tomó una decisión que nunca llegó a nombrar como tal. iba a proteger a su hija de las aguas oscuras. Aunque para eso tuviera que ponerle el miedo dentro, antes de que el agua pudiera hacer nada, María lo convirtió en destino. No le enseñó a nadar nunca. Desde que Natalie era un bebé, le habló del agua como se le habla a un niño de algo que puede matarle.

 No una vez, constantemente, con la regularidad con que se enseña algo que es verdad. El agua es peligrosa para ti. Las aguas oscuras. Cuidado, siempre cuidado. El miedo que te planta alguien que quieres antes de que tengas palabras para cuestionarlo no es un miedo, es una certeza. Natalie creció con esa certeza dentro, no como algo que le habían contado, como algo que era verdad sobre el mundo, como algo que ella misma había comprobado de alguna manera, sin recordar cuándo ni cómo.

 A los 4 años, casi por accidente, Natasha apareció delante de una cámara. Un director llamado Irving Pichel rodaba en Santa Rosa. La niña tiró un helado, lloró. Pichel la vio, quedó prendado de una criatura que lloraba como si cada lágrima costara algo real. María vio su oportunidad y no la soltó nunca. María también controlaba todo lo demás.

 Los amigos, las lecturas, las conversaciones. Cualquier voz que no fuera la suya era una interferencia. Las amistades de Natalie durante la infancia fueron todas superficiales de plató. Nadie que la conociera de verdad, nadie con quien pudiera ser Natasha en vez de Natalie Wood. Lo que vino después fue una infancia frente a una cámara.

 María firmaba los contratos, organizaba los horarios, la niña hacía lo que le decían, se ponía la ropa que le decían, sonreía cuando le decían que sonriera, lloraba cuando le decían que llorara, no porque fuera obediente, porque nunca había conocido otra cosa. Los fines de semana en que otros niños jugaban, Natalie ensayaba.

 Las conversaciones sobre lo que quería ser de mayor que nunca ocurrieron porque María ya lo había decidido. La infancia que no tuvo porque María había decidido que la infancia era tiempo perdido. No era una madre que empujaba a su hija. Era una madre que había convertido a su hija en su proyecto, su revancha. Y Natasha nunca eligió eso. Nadie le preguntó.

Cuando la pequeña Natalie tenía que llorar en una escena y no le salían las lágrimas, María cogía una mariposa, le arrancaba las alas delante de ella. Las lágrimas llegaban. El director estaba contento, María estaba contenta. Natalie miraba las alas en el suelo. Aprendía y Natalie aprendió ese día algo que no debería haber aprendido nunca, que su dolor era útil para otros, que lo que sentía dentro no le pertenecía.

que podía usarse, que era una herramienta. Si alguna vez alguien tomó una decisión sobre tu vida sin preguntarte y lo llamó amor, suscríbete. Porque lo que le hicieron a Natalie de niña llegó hasta esa noche en el Pacífico, y lo que pasó en ese barco tiene el nombre de alguien. A los 8 años, Natalie Wood era coprotagonista de milagro en la calle 34.

La niña que no creía en nada bonito y que al final aprende a creer. El mundo la adoró. Las revistas la ponían en portada y Natasha Gurdin desapareció. En su lugar existía un producto, un nombre que Hollywood había elegido porque sonaba mejor en los carteles, Natalie Wood. Dos palabras que no eran las suyas.

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