Karina, su hermana le susurraba últimos consejos. Javier, por favor, no te pelees con nadie esta noche. Es un evento cultural, no político. Karina, vine a disfrutar de la música, respondió Miley con una sonrisa. A menos que alguien me busque, no voy a hacer nada. Pero alguien sí lo estaba buscando. En los camerinos del teatro, Rodolfo Páez, conocido artísticamente como Fito Páez, repasaba mentalmente lo que iba a decir cuando subiera al escenario.
A sus 62 años, Fito era una leyenda viviente del rock nacional argentino. Canciones como 11 y 6, El amor después del amor y dar es dar, habían marcado generaciones. Pero también era conocido por su activismo político de izquierda y su apoyo incondicional al kirchnerismo durante más de dos décadas. Esta noche, Fito recibiría el premio Gardel de Oro por trayectoria y había decidido que su discurso de agradecimiento sería un ataque directo contra mi ley y sus políticas culturales.

¿Estás seguro de esto?, le preguntó su manager preocupado. Mi ley está en el teatro. ¿Puede responderte? que responda, dijo Fito con determinación. Alguien tiene que decirle las verdades en la cara. Este gobierno está destruyendo la cultura argentina. Lo que Fito no sabía era que mi ley tenía información, información muy específica sobre los subsidios culturales que Fito había recibido durante los gobiernos kirchneristas y si era provocado, no dudaría en usarla.
La ceremonia arrancó con una explosión de música y luces. Los primeros premios se entregaron sin incidentes. Mejor álbum de rock, mejor canción pop, revelación del año. Los ganadores agradecían emocionados. Algunos aprovechaban para hacer comentarios sutilmente políticos. Este premio es para todos los argentinos que resisten, pero nada demasiado directo.
Mi ley observaba desde su palco con genuino interés. A diferencia de lo que muchos pensaban. Él apreciaba la música. Había estudiado piano cuando era joven y consideraba a la cultura argentina como uno de los mayores tesoros del país. Aplaudía a cada ganador, sonreía en los momentos divertidos y parecía realmente disfrutar de la velada.
A las 22:30 llegó el momento cumbre. El conductor de la ceremonia, Marley, anunció con voz emocionada. Y ahora el momento más esperado de la noche, el premio Gardel de Oro a la trayectoria, un reconocimiento a décadas de música que definieron a Argentina. El ganador de este año es Fito Páez. El teatro estalló en aplausos.
Fito subió al escenario lentamente, saludando a conocidos, abrazando a colegas. Vestía un traje oscuro, camisa abierta, su característico estilo despreocupado pero elegante. Cuando tomó el micrófono, el aplauso continuó por casi 2 minutos. Miley, en su palco, aplaudía de pie. No importaba la política de Fito. El hombre había contribuido inmensamente a la cultura argentina y merecía reconocimiento.
Cuando el aplauso finalmente cesó, Fito comenzó su discurso. Los primeros minutos fueron emotivos. Agradeció a su familia, a sus músicos, a los productores, a los fans que lo habían seguido durante cuatro décadas. Muchos en el teatro tenían lágrimas en los ojos y entonces el tono cambió. “Pero no puedo recibir este premio”, dijo Fito, su voz volviéndose más dura.
Sin hablar de lo que está pasando en Argentina. No puedo celebrar mientras este gobierno está destruyendo todo lo que construimos. El teatro se tensó inmediatamente. Las cámaras enfocaron a Miley, cuya expresión pasó de sorpresa a atención absoluta. Fito continuó. Su voz subiendo de volumen. En los últimos 10 meses, este gobierno ha recortado el presupuesto cultural en un 73%.
El Instituto Nacional de Música prácticamente dejó de existir. El inamu que apoyaba a artistas emergentes fue desmantelado. Y todo eso lo hizo un presidente que dice que el Estado no debe subsidiar vagos. Los aplausos fueron polarizados. La mitad del teatro aplaudía fervientemente. La otra mitad estaba en silencio, mirando nerviosamente hacia el palco presidencial.
Yo tuve la suerte de construir mi carrera cuando el Estado argentino apoyaba la cultura”, continuó Fito. Cuando había políticas públicas que permitían que un pibe de rosario como yo pudiera grabar discos, hacer giras, llegar al público. Pero ahora, ¿qué futuro tienen los jóvenes músicos con este gobierno? ¿Qué esperanza tienen? Mi ley en su palco no se movía.
Su rostro era una máscara de control absoluto. Karina le puso una mano en el brazo, susurrando, “Javier, no.” Pero Fito no había terminado. “Y lo peor”, dijo mirando directamente hacia el palco presidencial. Lo peor es que tenemos un presidente que llama parásitos a los artistas, que dice que la cultura debe autofinanciarse o morir, que no entiende que la cultura no es un negocio, es el alma de un país.
El silencio en el teatro era absoluto. Todos miraban a mi ley su reacción. Fito alzó su premio. Así que dedico este premio a todos los artistas que están resistiendo, a todos los que no se venden, a todos los que entienden que la cultura es un derecho, no un privilegio. El aplauso que siguió fue ensordecedor, pero solo de la mitad del público.
La otra mitad miraba incómoda, sabiendo que esto podía terminar muy mal. Mi ley se puso de pie lentamente. El teatro se quedó en silencio total. Fito, en el escenario lo miraba desafiante, esperando que el presidente se fuera ofendido, pero mi ley no se fue. En cambio, comenzó a aplaudir lentamente. Cada aplauso resonaba en el silencio.
El aplauso lento de mi ley confundió a todos. Era sarcástico, genuino. ¿Qué estaba haciendo? Las cámaras capturaban cada detalle. Su expresión era serena, casi tranquila, pero había algo en sus ojos que los que lo conocían reconocían como peligro inminente. Después de 10 aplausos lentos, Miley dejó de aplaudir y habló.
Su voz no necesitaba micrófono para escucharse en todo el teatro. Fito, ¿puedo responder? El teatro se congeló. Marley, el conductor, no sabía qué hacer. Los productores del evento se miraban desesperados. Esto no estaba en el guion, pero rechazar al presidente de la nación en vivo frente a millones de personas era imposible.
Fito, en el escenario, después de un momento de sorpresa, asintió. Claro, presidente. La libertad de expresión es para todos. Exacto, respondió mi ley caminando hacia las escaleras del palco. La libertad de expresión es para todos. Por eso te escuché respetuosamente. Ahora te pido que me escuches voz. Karina intentó detenerlo, pero era inútil.
Mi ley bajando hacia el escenario. El equipo de seguridad se movió rápidamente para escoltarlo, pero él les hizo una seña de que se quedaran atrás. Cuando mi ley subió al escenario, el contraste era visual. Fito, el artista bohemio de pelo largo y actitud relajada. Mi ley, el presidente formal con su traje impecable y mirada penetrante.
