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Mike Tyson vs. el Chico de Oro de América | La Paliza de 1987

Lo que vas a ver esta noche es qué pasa cuando todo ese cartón, todo ese humo que la prensa infló durante años se topa de frente con un hombre de verdad. Un hombre que no tenía medalla, que no tenía portada, que nunca fue el consentido de nadie, pero que llevaba 3 años masticando una humillación y esperando el día de cobrársela.

Y te lo digo sin rodeos, todo lo que le habían prometido a Big se hizo pedazos en siete rounds. Siete. En menos de 21 minutos de pelea, el oro olímpico, la comparación con Ali, las bendiciones de las leyendas, todo eso quedó regado en la lona del Convention Hall junto con la sangre de su ceja abierta. Esta es la historia de esa noche, la noche en que Mike Tyson le recordó a América que a los reyes no los corona la prensa, a los reyes los corona lo que pasa cuando suena la campana. Vámonos.

Para que entiendas bien esta pelea, raza, primero tienes que entender quién era este Mike Tyson de 1987, porque no era el Tyson de los últimos años, el de los tatuajes en la cara y las entrevistas raras. Este era el Tyson joven hambriento, en su punto más letal. El muchacho venía de Brownsville, uno de esos barrios de Brooklyn, donde creces o te comen.

De niño era gordito, seaba al hablar y por eso se lo vivían molestando en la calle. Robaba carteras, se metía en broncas, entró y salió de correccionales siendo apenas un chamaco. Ese era el punto de partida de Mike Tyson, el fondo del pozo, un niño que no le importaba a nadie y al que el mundo ya había dado por perdido. Hasta que un viejo lobo del boxeo llamado Kus Damato lo vio pegar en un gimnasio y vio algo que nadie más veía.

Kus ya era un hombre grande. Había entrenado campeones décadas atrás y sabía distinguir el diamante en la piedra. agarró a ese muchacho problemático, se lo llevó a su casa allá en Katskill, se convirtió en su tutor legal, en su padre, en su maestro de vida y le metió en la cabeza dos cosas. Una, el estilo, ese picabó tan suyo, con las manos pegadas a la cara, la cabeza en movimiento constante, metiéndose por debajo de los golpes para salir disparado desde abajo con esos ganchos que rompían mandíbulas y dos, la mentalidad.

Cus le repetía a quien quisiera escuchar que ese chico iba a ser el campeón de peso pesado más joven de la historia. Se lo decía a Tyson todos los días hasta que Tyson se lo creyó tan hondo que se le volvió verdad. Pero la vida es cruel, raza. Kuzdamato murió en 1985 antes de ver a su muchacho llegar a la cima, se fue sin ver la profecía cumplida y ese dolor, esa deuda con el viejo que lo salvó de la calle, se le convirtió a Tyson en un motor más.

Kevin Rooney, discípulo de Cus, se quedó en la esquina cargando el legado y Tyson siguió creciendo. Pero creciendo no es la palabra, arrasando es la palabra. Mira nada más lo que había hecho antes de subir contra Big. En noviembre de 1986 agarró a Trevor Bervik y lo mandó a saludar la lona en el segundo round. Y no fue una caída normal, fue una de esas caídas que se quedan en la historia con Bervik tratando de levantarse tres veces con un solo golp, las piernas convertidas en gelatina cayéndose otra vez cada que intentaba pararse como

borracho buscando la puerta. Con esa pelea, Tyson se convirtió en el campeón de peso pesado más joven de la historia. 20 años tenía 20. Después vino James Bond Crusher Smith y le ganó. Después Tony Tuacker y también le ganó y con esa unificó los tres cinturones para convertirse en campeón indiscutido, dueño y señor de la división.

Todo eso apenas dos meses antes de la noche que te estoy contando. Entonces, para el momento en que se para frente a Big, este hombre es una máquina, el pegador más letal de su generación, con la cabeza fría y los puños calientes, con la mirada de los que ya lo han visto todo, aunque solo tuviera 21 años. Pero había algo más.

Y aquí está la cosa, mi gente. Aquí está el corazón de toda esta historia. Tyson tenía una herida que nadie veía. En 1984, cuando era todavía un adolescente peleando por hacerse un nombre, quiso ir a las olimpiadas, se rompió el alma en las eliminatorias y perdió. Dos veces perdió contra un tal Henry Tilman y se quedó fuera del equipo olímpico sin medalla, sin marcha triunfal, sin nada.

Y adivina quién sí fue a esas olimpiadas. Adivina quién sí se colgó el oro y desfiló como héroe nacional Tyrel Bigs. Y no solo eso, porque cuando Tyson con toda la nobleza del mundo se acercó a felicitar a Vix por haber hecho el equipo, ese hombre se le rió en la cara. Se burló de él, de su ceseo, de su forma de hablar y le dio a entender que un tipo como Tyson jamás iba a estar a su nivel.

Se dice que hasta comentó delante de otros que Tyson ni siquiera se iba a subir a ese avión rumbo a los juegos. Tyson guardó esa humillación 3 años. 3 años enteros. Y ahora la vida se la ponía enfrente con guantes en el centro del ring delante del mismo mundo que había coronado a Big. No te voy a mentir, raza. Hay peleas que son por un cinturón y hay peleas que son por algo mucho más profundo.

Esta era de las segundas. Ahora déjame hablarte del otro hombre porque si te lo pinto chiquito, le quito todo el valor a lo que pasó. Y Tyrel Big en el papel era enorme. Óiganlo bien, porque esto es importante. Empecemos por lo físico. 1,96 de estatura. 6 pulgadas más alto que Tyson, con los brazos más largos, con más alcance, con esa figura de peso pesado clásico que a los promotores se les hace agua la boca nada más de verla.

Cuando lo ponías al lado de Tyson, parecía que el pleito no tenía sentido, que el grandote se lo iba a comer al chaparro. Y no era solo el tamaño, Vix venía invicto. 15 peleas, 15 victorias, ni una sola mancha en el récord. Pero lo que de verdad lo hacía especial, lo que lo separaba de cualquier otro peso pesado que subía en esa época era el oro.

En Los Ángeles 1984, Bigs se colgó la medalla de oro olímpica en Superpesados. Fue el primer campeón olímpico de superpesados de la historia porque esa categoría apenas se estrenaba. Imagínate lo que eso significaba. El mejor amater pesado del mundo entero. Y para que dimensiones el nivel del que hablamos, mi buen, ese equipo olímpico americano del 84 fue quizá el más talentoso que ha juntado Estados Unidos en toda su historia.

Se trajeron un montón de medallas, seis de oro y los compañeros de Big en ese equipo eran cosa seria. Ahí estaba Evander Hoollyfield, que años después sería campeón indiscutido del peso pesado y le daría a Tyson dos de las peleas más famosas de la historia. Ahí estaban Pernel Whhtaker y Meldrick Taylor, futuros campeones que se volverían leyenda.

Ahí estaba Mark Brellant, puro nombre grande. Y en medio de todos esos  monstruos, el que cargaba con la etiqueta de gran esperanza del peso pesado. El más pesado y aparatoso de todos era Tyrel Bigs. Ese era el peso de la corona que le habían puesto. Pero fíjate qué curioso, raza, porque desde el principio hubo señales.

Cuando Vix debutó como profesional nada menos que en el Madison Square Garden, la catedral del boxeo, ganó su pelea, pero el público lo abucheó, lo chifló. Había algo en ese muchacho que no terminaba de conectar con la afición, algo que olía producto de laboratorio más que a peleador de verdad. Y esas cosas tarde o temprano se notan arriba del ring.

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