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México NO Producía Tortillas Industrialmente en 1947 — Un Veracruzano lo Cambió Trabajando A…

Los historiadores lo llamarían después la esclavitud del metate. Y si esta historia de ingenio mexicano merece ser conocida, un like ayuda a que YouTube la recomiende a más personas. Comenta de dónde nos escuchas. Suscríbete si aún no lo has hecho. Pero ahora regresemos a 1947 porque lo que estaba por suceder cambiaría México para siempre.

El problema no era solo el tiempo, era el costo humano. La preparación y molienda del nixamal representaba el 73% del trabajo necesario para hacer una tortilla. 73%. Eso significaba que de cada 5 horas que una mujer pasaba haciendo tortillas, casi cuatro se iban solo en moler el maíz.

Las manos se deformaban, las espaldas se curvaban, las rodillas se destruían de estar hincadas frente al metate. Y mientras tanto, 5 millones de mexicanos esperaban sus tortillas cada día. Ya en 1839 los censos registraban esa cifra. Para 1947, la población había crecido exponencialmente, pero el método seguía siendo el mismo. El mundo industrializado miraba a México con curiosidad cómo era posible que un país que había nacionalizado su petróleo, que construía carreteras y presas, que soñaba con la modernidad, siguiera dependiendo de un sistema de producción

de alimentos que no había cambiado desde antes de la llegada de los españoles. Algunos intentos se habían hecho. En 1904, dos inventores llamados Rodríguez Arce y Romero habían creado una máquina que producía tortillas, pero había un problema devastador. Las tortillas salían cuadradas, cuadradas. El pueblo mexicano las rechazó inmediatamente.

La tortilla tenía que ser redonda, no era negociable. era parte de la identidad nacional, de la cultura, de lo que significaba ser mexicano. Una tortilla cuadrada era una aberración, un insulto. Los molinos de Nick Tamal existían desde el siglo XIX. Motores de gas y eléctricos se habían instalado en los años 40, pero ninguno de estos avances resolvía el problema central.

Alguien tenía que tomar la masa y convertirla en tortilla. Alguien tenía que formar cada disco perfecto, coserlo en el comal, voltearlo en el momento exacto. Y ese alguien siempre era una mujer. La tecnología mundial no tenía respuesta. Las grandes corporaciones americanas no estaban interesadas. ¿Por qué invertir millones en resolver un problema que solo afectaba a México? ¿Por qué desarrollar una máquina para un alimento que el resto del mundo no consumía? México estaba solo en esto, sin tecnología extranjera que copiar, sin

corporaciones interesadas en ayudar, sin solución a la vista. Pero en Córdoba, Veracruz, un hombre tenía otros planes. ¿Qué pasaba realmente en México? La tortilla no era simplemente un alimento, era el icono de la cultura alimentaria mexicana. El 94% de los mexicanos comían tortillas todos los días, no algunas veces, no ocasionalmente, todos los días.

75 kg de tortillas por persona por año. Ningún otro país en el mundo dependía tanto de un solo alimento y México no tenía forma de producirlo industrialmente. Las estadísticas eran devastadoras. Cada tortillería tradicional podía alimentar solo a unas cuantas familias del vecindario. Para abastecer a una ciudad como la capital se necesitaban miles de mujeres trabajando simultáneamente.

Miles de metates, miles de comales, miles de madrugadas comenzando a las 4 de la mañana. El costo económico era incalculable, el costo humano invisible. Nadie hablaba de las mujeres que perdían la vista de tanto acercarse al humo del comal. Nadie mencionaba las deformidades en las manos después de décadas de moler maíz.

Nadie contaba las historias de niñas que a los 8 años ya estaban aprendiendo el oficio que las encadenaría el resto de sus vidas. La dependencia era absoluta. México importaba maquinaria industrial de Estados Unidos y Europa. Importaba tractores, camiones, motores. Pero para su alimento más básico, más esencial, más mexicano, no existía solución tecnológica, ni mexicana ni extranjera.

Algunos economistas de la época calculaban que si se pudiera mecanizar la producción de tortillas, millones de horas de trabajo se liberarían. Millones de mujeres podrían estudiar, trabajar en otras industrias, desarrollar otras habilidades. El impacto en la economía nacional sería transformador, pero la tradición pesaba más que la lógica.

Los defensores del Metate argumentaban que la tortilla hecha a máquina nunca sabría igual, que el proceso ancestral era sagrado, que me la tortilla era destruir la cultura mexicana y en parte tenían razón. Cada intento anterior había fracasado precisamente por eso. Las máquinas producían algo que parecía tortilla, pero no lo era.

Demasiado gruesa, demasiado delgada, mal cocida, con textura equivocada, cuadrada. El problema técnico era tan complejo que nadie sabía ni siquiera por dónde empezar. Cómo automatizar algo que había tomado 5000 años perfeccionar. ¿Cómo enseñarle a una máquina lo que las abuelas mexicanas habían aprendido de sus abuelas, quienes lo habían aprendido de las suyas? Era, en todos los sentidos prácticos, imposible.

O al menos eso creía todo el mundo, porque mientras los expertos debatían si era posible o no, mientras los tradicionalistas defendían el metate y los modernizadores soñaban con fábricas, un hombre en Veracruz había dejado de debatir. Fausto Celorio ya estaba construyendo. Fausto Celorio Mendoza nació en 1909 en Córdoba, Veracruz.

No en la ciudad de México, no en Monterrey, no en ninguna de las grandes urbes industriales del país. Córdoba, una ciudad de provincia rodeada de cafetales y caña de azúcar, donde el ritmo de vida seguía dictado por las cosechas y las lluvias. No hay registros de que Fausto tuviera educación universitaria. No hay diplomas famosos colgados en las paredes de su historia.

Lo que sí hay son descripciones que pintan un retrato claro. Un buen mexicano y amante de las costumbres y hábitos del país. Esa frase lo dice todo. Fausto no era un ingeniero tratando de resolver un problema técnico, era un mexicano tratando de resolver un problema mexicano. La diferencia es fundamental.

Veracruz, su tierra natal, era un estado donde la tortilla no era solo alimento, era ritual, era familia, era el aroma que salía de cada casa al amanecer. Fausto creció viendo a las mujeres de su comunidad levantarse antes del sol, inclinarse sobre el metate, trabajar hasta que el cuerpo dolía. Era lo normal, era lo que siempre había sido.

Pero algo en Fausto no aceptaba que tuviera que ser así para siempre. Los años de su juventud coincidieron con la transformación de México. La revolución había terminado. El país se industrializaba, se construían carreteras, se electrificaban ciudades, todo parecía posible. Y sin embargo, en cada cocina, en cada tortillería, el metate seguía siendo rey.

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