Posted in

Mario Moreno: Ex Chofer REVELA quien era “Cantinflas” detrás del personaje

Y un día llegó él, Mario Moreno, Cantinflas, con su cadilac negro del 57, que necesitaba ajuste en la transmisión. Mi padre trabajó en ese coche durante tr días. Cantinflas venía cada tarde a supervisar, no porque desconfiara, sino porque genuinamente le fascinaban los motores. Hablaba con mi padre sobre carburadores y pistones como si fueran viejos amigos.

Y ahí fue donde me vio por primera vez. Yo estaba ayudando a mi padre, pasándole herramientas, limpiando piezas. “¿Ese es tu hijo?”, le preguntó Cantinflas a mi padre señalándome. “Se ve aplicado, trabajador.” Mi padre asintió con orgullo. “Es buen muchacho, don Mario. Quiere estudiar mecánica automotriz como profesión.

” Cantinfla se acercó a mí, me extendió la mano. “Mucho gusto, joven. ¿Cómo te llamas?” Esteban, señor”, respondí con voz temblorosa. Estaba frente a Cantinflas. El Cantinflas, el hombre cuyas películas había visto decenas de veces en el cine del barrio. “Nada de señor”, dijo con esa sonrisa que iluminaba todo. “Dime, Mario o Cantinflas, como prefieras”.

Esa simple interacción cambió mi vida. Dos semanas después, mi padre llegó a casa con noticia que parecía imposible. Don Mario necesita chóer personal”, anunció alguien joven, confiable, que sepa de mecánica por si hay problemas en carretera. Me preguntó si tú estarías interesado. Mi madre gritó de emoción. Mis hermanos menores me miraron con envidia y admiración.

Yo sentí que el mundo entero acababa de abrirse delante de mí. Chóer de Cantinflas. Era cómo ganarme la lotería sin comprar boleto. Empecé a trabajar para él en diciembre de 1958. Tenía 21 años y no tenía idea de que ese trabajo me daría el privilegio y la maldición de conocer al hombre detrás del personaje, de ver lo que nadie más veía, de descubrir que la risa más grande de México escondía la soledad más profunda.

Me llamo Esteban Morales, como ya dije, y nací en 1937 aquí en la Ciudad de México. Crecí en la colonia obrera, en una vecindad donde todos se conocían y se ayudaban. Mi padre Tomás trabajaba como mecánico. Mi madre refugio lavaba ropa ajena para ayudar con los gastos. Éramos cinco hermanos, yo el mayor, y vivíamos con lo justo, pero con dignidad.

Estudié hasta la secundaria, no porque no quisiera seguir, sino porque la familia necesitaba que trabajara. A los 15 años ya estaba ayudando a mi padre en el taller los fines de semana. A los 18 trabajaba tiempo completo. Aprendí cada tuerca, cada cable, cada secreto de los motores. Los coches eran mi pasión. En los años 50 conocimiento de mecánica era tener un oficio respetable, una manera de ganarse la vida decentemente.

Tenía novia Guadalupe, una muchacha del barrio que trabajaba en una tortillería. Planeábamos casarnos cuando yo tuviera suficiente dinero ahorrado. Tenía amigos con quienes jugaba fútbol los domingos. Iba al cine cuando podía pagar el boleto. Era vida sencilla, normal, sin sobresaltos.

Y entonces llegó Cantinflas a mi vida y todo cambió. Quiero que entiendan algo antes de seguir. Los hechos que voy a contarles pasaron hace más de 60 años. Mi memoria ya no es perfecta. Algunos detalles están borrosos, pero hay cosas que recuerdo con una claridad que todavía me quita el sueño. Recuerdo perfectamente mi primer día de trabajo oficial como chóer de Cantinflas.

Era 2 de diciembre de 1958, un martes. Llegué a su casa en Lomas de Chapultepec a las 6 de la mañana, como me había indicado. La residencia era imponente, nada ostentoso, pero elegante, con jardines perfectamente cuidados. El portón se abrió automáticamente. Un empleado me llevó al garaje donde esperaban tres automóviles, el Cadilac negro del 57, un Lincoln continental blanco y un Chevrolet azul más discreto.

“Don Mario prefiere el Cadilac para eventos importantes”, me explicó el empleado, un hombre mayor llamado refugio que llevaba años con la familia, el Lincoln para paseos con doña Valentina, el Chevrolet para cuando quiere pasar desapercibido, aunque eso rara vez funciona. Antinflas bajó a las 7 en punto.

Vestía traje gris impecable, pelo perfectamente peinado, ese bigotito característico. Me saludó con genuina calidez. Buenos días, Esteban. ¿Listo para tu primer día? Listo, don Mario. Respondí tratando de controlar los nervios. Excelente. Hoy iremos a los estudios Churubusco. Tengo reunión con productores. El camino te lo voy indicando, pero imagino que conoces la ciudad mejor que yo.

Durante ese primer trayecto, Cantinflas iba en el asiento trasero revisando papeles. Yo conducía concentrado, queriendo hacer todo perfecto. A mitad del camino me habló. Esteban, tengo que pedirte algo importante. Lo que usted necesite, don Mario. Discreción absoluta. Lo que veas, lo que escuches, lo que pase dentro de este coche o en mi presencia se queda entre nosotros.

No es desconfianza hacia ti, es protección para ambos. La fama es bendición y maldición. La gente cree que te conoce porque te ve en pantalla, pero no saben nada. Y es mejor así, ¿entiendes? Perfectamente, don Mario, tiene mi palabra. Asintió satisfecho. Tu padre me dijo que eres hombre de palabra, por eso estás aquí.

Ese primer día estableció la dinámica que duraría años. Yo manejaba, él trabajaba o pensaba en silencio. A veces hablábamos conversaciones ligeras sobre mecánica, sobre la ciudad, sobre fútbol. Cantinflas era fanático del América. Yo del Necaxa bromeábamos sobre eso. Los primeros meses trabajando para Cantinflas fueron reveladores.

Yo había imaginado que la vida de una estrella de cine era glamur constante, fiestas interminables, adoración permanente. Y sí, había mucho de eso, pero también había trabajo agotador, presión inmensa, responsabilidades que pesaban como montañas. Cantinflas trabajaba todos los días, todos.

Filmaciones que empezaban a las 5 de la mañana. Reuniones con productores hasta las 11 de la noche, eventos de caridad los fines de semana, giras promocionales que duraban semanas. Lo llevaba a todos lados. Estudios de cine, teatros, estaciones de radio, periódicos, hospitales donde visitaba niños enfermos sin avisar a la prensa. “La fama es trabajo, Esteban”, me dijo una tarde mientras manejábamos de regreso de una filmación particularmente larga.

La gente cree que es solo pararse frente a cámaras y recibir aplausos, pero es levantarte cuando tu cuerpo pide descanso, sonreír cuando tu alma está cansada, ser perfecto cuando eres humano. Yo asentía sin entender completamente. Tenía 21 años. Para mí, tener su vida era el sueño máximo. Dinero, fama, respeto, la capacidad de hacer reír a millones.

Read More