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Los Oficiales Imperiales Celebraron Capturar Al General Más Peligroso De México, Su Guardia Húnga…

Los generales republicanos se rendían o morían en combates cada vez más desesperados. Y ahora días, el último obstáculo serio en el sur estaba preso. En París, el emperador Napoleón Tercero celebró la noticia con un brindis durante una cena de estado. La aventura mexicana que tantas críticas había recibido en la Asamblea Nacional finalmente mostraba resultados concretos.

Maximiliano de Absburgo reinaba en el castillo de Chapultepec. El comercio florecía bajo protección francesa. Los bonos mexicanos recuperaban valor en las bolsas europeas. Díaz era el único que todavía causaba problemas”, comentó el ministro de guerra a los invitados. Con él neutralizado, la pacificación del sur será cuestión de semanas.

Los generales franceses en México compartían ese optimismo. Habían estudiado la carrera militar de Díaz con la curiosidad con descendiente de profesionales europeos examinando a un aficionado colonial. Reconocían su valentía, incluso su astucia táctica, pero lo consideraban un producto de circunstancias excepcionales más que un verdadero genio militar.

sin acceso a academias formales, sin conocimiento de los tratados clásicos de estrategia, sin experiencia en los campos de batalla de Europa. Díaz era simplemente un guerrillero con suerte que había sobrevivido más tiempo que sus compañeros. El coronel austríaco Erst von Kevin Hler, comandante de las fuerzas de voluntarios del Imperio Absburgo en México, expresó la opinión general durante una reunión de Estado Mayor.

Díaz es valiente, no lo niego, pero la valentía sin recursos es inútil. Le hemos quitado Oaxaca, su base de operaciones. Le hemos quitado su ejército. Le hemos quitado su libertad. ¿Qué puede hacer un hombre solo encerrado entre muros de piedra, vigilado día y noche por soldados europeos? La pregunta era retórica. Todos sabían la respuesta.

Nada, absolutamente nada. El primero de marzo de 1865, Porfirio Díaz llegó a Puebla escoltado por un destacamento de caballería francesa. Lo habían trasladado desde Oaxaca en un convoy fuertemente armado, como si temieran que sus partidarios intentaran rescatarlo en el camino. Pero los caminos estaban vacíos. Los republicanos del sur habían sido dispersados, sus líderes muertos o capturados, sus armas confiscadas.

No hubo ningún intento de liberación. Lo encerraron primero en el fuerte de Loreto, la misma fortificación que Díaz había ayudado a defender durante la gloriosa batalla del 5 de mayo, 3 años antes. La ironía no escapaba a nadie. Los franceses disfrutaban especialmente de ese detalle. El héroe de Puebla convertido en prisionero de Puebla.

Durante esos primeros meses, varios emisarios imperialistas visitaron a Díaz en su celda. Le ofrecieron lo mismo que habían ofrecido a otros generales republicanos. Amnistía completa, restauración de su rango militar, tierras, dinero, una posición de honor en el nuevo orden imperial. Solo tenía que jurar lealtad a Maximiliano y renunciar a la causa republicana.

Díaz rechazó cada oferta sin vacilar. Prefiero morir en esta celda antes que traicionara mi país, respondió a uno de los emisarios, un antiguo conocido que había cambiado de bando. Ustedes pueden tener mi cuerpo prisionero, pero mi lealtad no está en venta. Los franceses interpretaron esta terquedad como orgullo herido, la última resistencia de un hombre derrotado que se aferraba a principios obsoletos.

No comprendían que para días la rendición no era simplemente una opción que rechazaba, sino una posibilidad que no existía en su vocabulario mental. Llevaba peleando desde los 17 años. Había sobrevivido a la guerra de Reforma, a la primera intervención francesa, a decenas de batallas donde hombres mejores que él habían caído.

La derrota no significaba el final, solo significaba que todavía no había encontrado la manera de ganar. En mayo lo trasladaron al exconvento de Santa Catalina, donde las condiciones eran ligeramente mejores, pero la vigilancia igual de estricta. Un mes después, nuevo traslado, esta vez al colegio Carolino, un edificio colonial masivo que las autoridades militares habían convertido en prisión para oficiales republicanos de alto rango.

Fue allí donde conoció al teniente Cismadia. El húngaro había llegado a México como parte del contingente de voluntarios austriacos que el emperador Francisco José envió para apoyar a su hermano Maximiliano. A diferencia de muchos de sus compatriotas que veían la expedición mexicana como una aventura exótica o una oportunidad de ascenso rápido, Sismadia era un soldado profesional que cumplía órdenes sin entusiasmo particular.

No odiaba a los mexicanos, no los despreciaba, simplemente hacía su trabajo y esperaba el día en que pudiera regresar a casa. Le asignaron la custodia del prisionero más importante del colegio Carolino, el general Porfirio Díaz. Sus superiores le dieron instrucciones precisas. Díaz debía ser tratado con la cortesía debida a un oficial de su rango, pero vigilado constantemente.

No podía recibir visitas sin autorización. No podía enviar correspondencia sin censura, no podía salir de su celda, excepto para las actividades permitidas por el reglamento. Y sobre todo, bajo ninguna circunstancia debía escapar. El mariscal Bazin había sido muy claro al respecto. Si Díaz lograba fugarse, los responsables de su custodia pagarían con sus carreras y posiblemente con sus vidas.

Xismadia aceptó la misión con la misma profesionalidad que había mostrado en todas sus asignaciones anteriores. Un prisionero era un prisionero, un general enemigo era un enemigo. Las reglas eran claras y él las seguiría al pie de la letra. O eso creía. Lo que el teniente húngaro no sabía, lo que nadie en el alto mando imperial sospechaba, era que acababan de asignarle la tarea que cambiaría el curso de la guerra, no porque fracasara en su deber, sino porque en los meses siguientes descubriría algo que sus superiores europeos nunca comprendieron, que el

hombre encerrado en esa celda no era un bandido derrotado ni un rebelde terco, sino un líder cuya determinación superaba cualquier muro, cualquier guardia, cualquier imperio. Y cuando llegara el momento de elegir entre su juramento militar y su conciencia, Cismadia tomaría una decisión que ningún manual austríaco contemplaba.

Pero eso vendría después. Por ahora, en la primavera de 1865, el imperio celebraba su victoria y Porfirio Díaz contaba los ladrillos de su celda, esperando el momento adecuado para demostrar que los franceses habían cometido el peor error de toda la intervención, no ejecutarlo cuando tuvieron la oportunidad. Colegio Carolino, Puebla, mayo de 1865.

El colegio Carolino había sido fundado en 1578 como seminario jesuita y sus muros de cantera rosa guardaban casi tres siglos de historia eclesiástica antes de que los franceses lo convirtieran en prisión militar. Los corredores donde generaciones de seminaristas habían caminado en silencio meditando sobre las escrituras, ahora resonaban con el paso de botas militares y el tintineo de sables contra los muros.

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