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Los Gringos Vendían Armas para Matar a los Hombres de Pancho Villa — Un Contrabandista Se Las Robó

Modelo 1895, 7 mm, 50,000 cartuchos. Entrega en Zamalayuca en 48 horas. Al otro lado del escritorio, un oficial federal asintió. Uniforme gris, manos sudando sobre las rodillas. El general Huerta estará agradecido. Price levantó la mirada. Sonrió. El general Huerta está pagando. Eso es lo que importa. Se estrecharon las manos.

El oficial se fue y el asistente de Price, que llevaba tr meses en la frontera y todavía creía que las cosas tenían que tener sentido, preguntó, “Señor Price, la semana pasada vendimos rifles a villa.” Correcto. “Y esta semana vendemos a Huerta también.” ¿Correcto? ¿No es eso rentable? Sí. Mientras más tiempo se maten entre ellos, más compran.

Si un lado gana, le vendo al ganador, no pierdo. Esa era la verdad, la que el Congreso en Washington prefería ignorar, la que el presidente TAFT había resumido en una sola frase. Tenemos 2,000 millones de dólares de capital americano en México. 2000 millones. Eso era México para los gringos. No un país, no un pueblo, un número.

Y Price era apenas uno de muchos. La Shelton Pain Arms Company, a dos cuadras en la misma calle El Paso, había facturado ,300,000 en un solo año, vendiendo rifles, pistolas y cartuchos a cualquiera que pagara. Villistas, huertistas, no importaba. Crackower, Sork and Moe, la ferretería más grande del suroeste, hizo algo que definía a la frontera mejor que cualquier discurso político.

Vendió 1 rollos de alambre de púas al ejército federal para acercar Ciudad Juárez. y al día siguiente vendió a los constitucionalistas todo su inventario de cortadores de alambre, los dos bandos, el mismo mostrador. Para los comerciantes del suroeste americano, la Revolución Mexicana era la gran bonanza de sus vidas.

Cada mexicano muerto era una venta futura. Cada batalla significaba más pedidos. Cada año de guerra era otro año de ganancias. Y esa noche 500 rifles nuevos iban a cruzar la frontera rumbo a las manos que los usarían para matar villistas. A 130 km al sur, Pancho Villa escuchaba. Padre Joaquín había llegado a caballo solo de noche con un mensaje que le quemaba la boca.

500 Mauser, 50,000 cartuchos cruzan mañana por la noche. Ruta secreta al este de Juárez. Destino Samayuca. Villa no gritó. No golpeó la mesa, no maldijo. Eso era lo que hacía cuando estaba furioso de verdad. Se quedaba quieto. Sus oficiales conocían ese silencio. Lo temían más que los gritos. “Los mismos gringos que me venden rifles viejos”, dijo Villa con una voz que parecía arena raspando metal.

“Le venden rifles nuevos a huerta. Silencio en la tienda. Me sonríen en la cara, me dan la mano y por la espalda arman a los hombres que van a matar a mis soldados. Un oficial carraspeó. Mi general, no conocemos la ruta exacta. La frontera tiene 100 cruces. Necesitamos a alguien que conozca las rutas de contrabando. Dijo otro. Silencio.

Villa miró a sus hombres. Todos miraron al suelo. Hay un hombre, dijo alguien desde el fondo, pero no le va a gustar. ¿Quién? Severíano Durán, el mosco. El rostro de Villa se endureció. El traidor conoce cada cruce de la frontera desde Juárez hasta Ojinaga. Ha pasado armas, gente, licor. Ha trabajado para nosotros, para los federales, para los gringos.

Entonces no tiene lealtad, no tiene patria, mi general, pero conoce cada piedra de ese desierto. Villa se levantó, caminó hacia el mapa que colgaba en la pared de la tienda, tocó con el dedo el punto donde Juárez y el paso se besaban sobre el río. Tráiganlo. Villa necesitaba al único hombre que conocía cada ruta secreta de la frontera.

El problema era que ese hombre había trabajado para todos, incluyendo al enemigo. Lo encontraron esa misma noche, desierto al noreste de Juárez, una mula cargada con cajas de whisky americano, un hombre pequeño, delgado, con la cara olvidable de alguien que ha sobrevivido precisamente porque nadie lo recuerda.

Severiano Durán, 36 años, le decían el mosco, el mosquito, porque era pequeño, molesto e imposible de atrapar. Hasta ahora seis villistas lo rodearon entre los matorrales, rifles apuntando, linternas encendidas. La mula rebusnó. El mosco dijo el líder de la partida. El general quiere hablar contigo. Severiano no corrió, no levantó las manos, solo miró a los seis hombres con esos ojos que no expresaban nada.

Ojos de frontera, ojos que habían visto todo y no se sorprendían de nada. ¿Cuál general?, preguntó. He molestado a varios. Villa, una sola palabra. Y con esa palabra, Severiano supo que la noche podía terminar en una conversación o contra una pared. Le ataron las manos, lo subieron a un caballo, lo llevaron al sur.

¿Quién era Severiano Durán? Esa era una pregunta que ni él mismo podía responder con certeza. Nacido en Juárez, hijo de una lavandera y un carpintero que murió cuando Severiano tenía 11 años. La frontera fue su escuela, el río fue su patio y aprendió desde joven que ese hilo de agua separaba dos mundos que necesitaban cosas el uno del otro.

Los gringos querían mano de obra barata, los mexicanos querían productos americanos y entre esos dos deseos, un hombre con pies ligeros y boca cerrada podía ganarse la vida. Empezó a los 15 años. Licor, después tabaco, después ropa, después medicinas, [música] después armas. A los 20 ya conocía cada arroyo, cada cañón, cada rincón del desierto desde Juárez hasta Ojinaga.

400 km de frontera grabados en su memoria como las líneas de su propia mano. Hablaba inglés sin acento. Podía cruzar a el paso vestido de americano y nadie lo miraba. Dos veces podía cruzar de vuelta con 20 kg escondidos bajo la ropa y los aduaneros ni lo olían. El mosco, el que entra, pica y se va.

Y fue esa habilidad la que lo hizo valioso para todos. Había pasado rifles para Villa en 1912, los mismos Winchester 3030 que los villistas usaban en cada batalla. Severiano los cruzó de noche en grupos de 20 envueltos en mantas de lana. Había pasado oro para Huerta en 1913. Lingotes pequeños cocidos dentro de sacos de frijol rumbo a una cuenta bancaria en San Antonio que nadie debía conocer.

Había pasado información para los americanos, nombres, rutas, posiciones de tropas a cambio de dólares y la promesa de que lo dejarían en paz. Trabajaba para quien pagara, no porque fuera malvado, porque era la única forma de sobrevivir en un lugar donde cada bando te exigía lealtad y ninguno te ofrecía protección. Sin patria, le decían, sin país, sin bandera, sin lado.

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