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Los Gringos Robaron 12 Locomotoras de México — Pancho Villa Mandó a Un Solo Hombre a Recuperarlas

Para ellos, México era un país de burros y polvo, un lugar donde los hombres se vendían por 75avos al día, mientras que un americano ganaba $2.50 por el mismo trabajo. Más comida, más respeto, un lugar donde las compañías americanas se negaban a entrenar mecánicos mexicanos para el puesto de conductor, porque según ellos no tenían la capacidad.

José Vasconcelos lo había denunciado. Los gerentes ferroviarios se rehusaban a promover mexicanos. Las hermandades americanas exigían que al menos la mitad de los empleados fueran extranjeros y los funcionarios de las compañías habían declarado sin vergüenza alguna que la mano de obra mexicana era más conveniente que la China, porque a los mexicanos se les podía mandar a casa cuando ya no se necesitaran.

Así pensaban, así hablaban y ahora estaban robando. 12 locomotoras, 12 máquinas que pesaban más que la iglesia del pueblo, 12 bestias de hierro y vapor que podían mover ejércitos enteros, cargar municiones, transportar heridos, cruzar un país en días en lugar de semanas. 6 horas hasta la frontera dijo Crafford trazando la ruta con el dedo.

Salimos mañana antes del amanecer. Cuando Villa se entere, ya estaremos en el paso tomando whisky. Se recargó en su silla, encendió un cigarro. Estos estúpidos mexicanos ni saben operar las máquinas sin nosotros. Lo que Crafford no sabía era que afuera de su oficina, pegado a la pared como una sombra, un viejo con un solo ojo escuchaba cada palabra.

Le decían el tuerto, 63 años, 30 de ellos trabajando en los rieles. Había perdido el ojo izquierdo en un accidente con una caldera en 1898 y la compañía americana no le pagó un centavo, ni un centavo, pero el ojo que le quedaba funcionaba perfectamente. El tuerto corrió no a su casa, no a esconderse. Corrió hacia el sur, hacia el campamento de Villa, 3 km por el desierto, con las piernas viejas ardiendo y el corazón golpeándole las costillas como un pistón.

Llegó cubierto de polvo y sin aliento. Necesito ver al general. Francisco Villa estaba limpiando un rifle cuando le trajeron la noticia. El mensajero no terminó la segunda oración. Villa se levantó de golpe. La silla cayó. La mesa tembló. El rifle quedó olvidado. Hijos de su chingada madre. El grito cruzó el campamento como un disparo.

Los soldados que dormían se despertaron. Los que comían dejaron los platos. Los que limpiaban armas las apretaron. Villa caminaba de un lado a otro, los ojos negros brillando con esa furia que sus hombres conocían bien. La furia que había tomado Torreón, la furia que había capturado Ciudad Juárez con 2000 hombres escondidos en un tren de carbón.

Esas locomotoras son México”, [música] dijo con la voz ronca. “Las construimos con sangre mexicana, con manos mexicanas, cada riel, cada durmiente, cada maldito clavo.” Se detuvo, miró a sus capitanes. Sin esos trenes, la división del norte muere. ¿Entienden? 30,000 hombres varados en el desierto, sin municiones, sin comida, sin movimiento.

Huerta nos aplasta en una semana. Silencio. Villa tenía razón. Todos lo sabían. La división del norte no era un ejército que marchaba, era un ejército que rodaba. Trenes hospitales, trenes de municiones, trenes de caballería. Sin locomotoras, 30,000 hombres se convertían en 30,000 blancos fáciles. ¿Cuándo salen?, preguntó Villa. Mañana antes del amanecer, mi general.

48 horas y cruzan a Texas. Guardias, 35 americanos armados, mercenarios. Villa se pasó la mano por el bigote, calculando. Sus ojos se movieron al mapa clavado en la pared de la tienda. No podemos atacar con el ejército. Somos demasiados. Nos verían venir desde 20 km. Los gringos aceleran, cruzan la frontera y los Estados Unidos mandan a sus marines a protegerlos.

Entonces, ¿qué hacemos, mi general?, preguntó uno de sus oficiales. Necesitamos algo quirúrgico. Pocos hombres, rápido, silencioso. ¿Y quién lidera eso? Villa miró a sus generales, a sus capitanes, a sus coroneles. Todos eran soldados, hombres de bala y caballo, hombres valientes. Pero ninguno conocía esas máquinas.

Ninguno sabía cómo detener una locomotora sin destruirla. Ninguno sabía dónde se enfriaba el vapor, dónde fallaban las válvulas, dónde latía el corazón de hierro de esos monstruos de acero. Villa necesitaba a alguien más, alguien que los gringos nunca verían venir. A 30 km del campamento de Villa, en un patio de maniobras que apestaba a grasa quemada y carbón mojado, un hombre de 28 años alimentaba una caldera.

Se llamaba Catarino Mendoza. Nadie lo sabía. Los ingenieros americanos lo llamaban Hey o tú o cuando estaban de mal humor, burro. 3 años trabajando en ese patio y ninguno había aprendido su nombre, ni uno. Para ellos, Catarino era una función, no una persona. Un par de brazos que metía carbón en una boca de hierro, 75 centavos al día, sin comida, sin descanso garantizado, sin derecho a quejarse.

A su lado, el ingeniero americano ganaba $2.50 con 50 centavos, más comida, más respeto y hacía la mitad del trabajo. Catarino no se quejaba, no porque no sintiera la injusticia, la sentía en cada palada, en cada gota de sudor que caía al piso de metal caliente, en cada vez que un gringo pasaba junto a él sin mirarlo, como si fuera parte de la máquina.

No se quejaba porque no servía de nada. En 1901, los fogoneros habían formado su propio sindicato, la Unión de Fogoneros del ferrocarril nacional [música] y las compañías americanas los habían ignorado. Las hermandades gringas exigían que la mitad de los puestos siguieran en manos extranjeras. Los gerentes se rehusaban a entrenar mexicanos para conductor.

La puerta estaba cerrada con llave, con candado, con cadena. Así que Catarino metía carbón y callaba. Pero escuchaba, cada locomotora tiene una voz. La número siete silvaba cuando la presión pasaba de 120. La número 3 vibraba del lado izquierdo cuando los cojinetes necesitaban grasa. La número 11, la más vieja del patio, toscía vapor por una junta que los ingenieros americanos nunca pudieron sellar.

Catarino podía sellarla con los ojos cerrados. 3 años parado junto a esas máquinas. Y Catarino conocía cada tornillo, cada válvula, cada suspiro de metal. Los americanos leían manuales. Catarino leía las máquinas. No sabía leer libros. Había dejado la escuela a los 11 años para ayudar a su padre en las minas, pero sabía leer el sonido de un motor a punto de fallar.

Sabía cuando una caldera iba a reventar. Sabía dónde poner las manos para que una locomotora muerta volviera a respirar. Los gringos tenían diplomas. Catarino tenía las manos quemadas y tres años de conversaciones silenciosas con máquinas que nadie más entendía. Su casa estaba a 40 minutos caminando del patio, adobe, un cuarto, piso de tierra, un petate en la esquina donde dormían los tres, él, María y Pablito.

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