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Lo que de verdad MATÓ a Pedro Armendáriz: la verdad que la industria del cine te ocultó

 Una historia que la industria del cine prefirió no contar porque viniste a ver cómo murió Pedro Armendaris, pero no de lo que te dijeron, quédate. Porque para entender ese disparo en un cuarto de hospital, hay que seguir un rastro de pistas que casi nadie ha unido. Una película, un desierto, un elenco que fue muriendo uno tras otro y un nombre que vas a reconocer de inmediato. John Wayne.

 A saber quién fue de verdad este hombre, cómo llegó a la cima del cine de dos países y qué cadena de cosas lo arrastró hasta esa cama de hospital con una pistola escondida entre las flores. Y al final vas a entender por qué lo que mató a Pedro Armendaris no es lo que dice la efeméride y por qué a alguien le convino que nunca ataras los cabot.

 Empecemos por algo que demuestra de qué madera estaba hecho este hombre. Año de 1963. Estambul, Venecia. Pedro Armendaris está filmando una película, pero no una cualquiera. Está rodando desde Rusia con amor, la segunda película de James Bond junto a Shan Connery. Es el primer mexicano en la historia en entrar a la saga de la gente 007.

 Interpreta a Kerim Bay, el jefe del servicio secreto británico en Turquía, el aliado y casi figura paterna de Bond en esa misión. Un papel grande, con peso, con escenas memorables, en la superproducción de espías más famosa del mundo, a punto de convertirse en un fenómeno global. Párate a pensar lo que eso significaba en 1963.

Un actor mexicano, hijo de la época de oro, codedándose con el James Bond original en una saga que medio planeta iba a ver. Armendaris no solo había conquistado México y Hollywood, estaba entrando a la cultura pop mundial por la puerta grande. Estaba en la cima absoluta de una carrera que ya era enorme.

 Mientras rueda, se está muriendo. El dolor en la cadera es tan fuerte que cojea. En varias escenas tiene que apoyarse en algo, en una pared, en un mueble para no caerse delante de la cámara. Lo disimula, sonríe, hace su papel. El público que vea esa película jamás va a notar que el hombre elegante que ayuda a James Bond apenas se sostiene en P.

 ¿Por qué seguía? ¿Por qué un hombre con esos dolores no paraba, no se internaba, no se rendía? Guarda esa pregunta porque la respuesta dice mucho de quién era. Armendari siguió filmando para dejarle dinero a su familia para asegurarles el futuro antes de irse. Sabía que esa película de James Bond era oro, que se vería en todo el mundo, que pagaría bien. Y apretó los dientes.

 Aguantó el dolor por ellos escena tras escena, día tras día. Imagínatelo. Un hombre que sabe que se está muriendo, maquillándose cada mañana, poniéndose el traje de Karim Bay sonriendo frente a Shan Connery, soltando sus líneas con esa voz firme y por dentro deshaciéndose de dolor. Cada toma una pequeña tortura y nadie en el público lo notaría jamás.

Ese era el nivel de orgullo y de entrega de Pedro Armendaris, morirse trabajando antes que dejara los suyos sin nada. Hacia el final del rodaje ya no podía con las escenas. El cuerpo le falló del todo. Tuvieron que doblarlo. ¿Y sabes quién hizo de doble del gran Pedro Armendaris en sus últimas tomas? El propio director de la película, Terence Jong, se puso la ropa del personaje para terminar las escenas que su actor ya no podía rodar. Así de mal estaba.

 Así de cerca del final. Murió 4 meses antes del estreno. Nunca se vio en la pantalla gran determinada. Nunca supo que su última actuación quedaría para siempre en la historia del cine, en una de las películas más famosas del planeta, pero todavía no sabes qué lo estaba matando por dentro.

 Y sobre todo, no sabes por qué. Volvamos al cuarto de hospital. A ese 18 de junio, la habitación está en el cuarto piso del hospital de la Universidad de California en Los Ángeles, ala de oncología. La familia se ha encargado de llenarla de flores, de hacerla menos fría, porque a Pedro nunca le gustaron los hospitales. Lo ponían triste, nervioso.

 Y ese mediodía de martes, rodeado de flores, el cuarto casi parecía acogedor. Su esposa Carmen Carmelita, lleva días sin separarse de él. Sus hijos lo han visitado. Hay calma aparente. El parte médico de ese mismo día, publicado en México decía que el actor iba mejorando, que estaba delicado, pero de alivio, que en un mes podría salir, mentira o esperanza ciega, porque lo que de verdad había pasado horas antes era otra cosa.

 A Pedro Armendaris le acababan de dar un segundo diagnóstico y ese segundo diagnóstico no dejaba ninguna puerta abierta. Y hay algo más en ese cuarto que no encaja con la calma de las flores. Una pistola. ¿Cómo llega una pistola cargada a la habitación de un hospital, a un ala de oncología sin que nadie la detecte? ¿Quién la metió? ¿Cuándo? Esa arma no llegó ahí por accidente.

 Llevaba un plan detrás. Y el hecho de que estuviera escondida esperando, te dice que la decisión de Pedro Armendaris no fue un arrebato de un segundo. Fue algo que él ya había resuelto en su cabeza. Guarda ese detalle de la pistola. Vamos a volver a él y cuando lo hagamos vas a entender por qué este hombre eligió ese final y no otro.

 Sostén la imagen de ese cuarto lleno de flores con un arma escondida entre ellas. Vamos a volver. Pero primero tienes que entender a quién estamos a punto de perder y de dónde venía de verdad el mal que lo trajo hasta aquí. Pedro Gregorio Armendaris Hastings nace el 9 de mayo de 1912 en la ciudad de México. Sangre mexicana de padre, sangre estadounidense de madre.

Esa mezcla, ese pie en cada país va a marcar toda su vida. Habla los dos idiomas, se mueve entre las dos culturas y por eso, años después va a poder cruzar a Hollywood cuando casi ningún mexicano podía. De joven se va a Estados Unidos, estudia y para sobrevivir hace de todo. Trabaja en lo que sale, como cualquier muchacho que se abre camino lejos de casa.

 Nada en su arranque anunciaba que iba a convertirse en una leyenda. Era un joven más fuerte, guapo, con una voz potente y una presencia que llamaba la atención, pero sin un peso y sin un plan, vuelve a México y entonces, casi por casualidad, alguien del cine se fija en él, en esa cara, en ese porte, en esa forma de pararse que parecía hecha para la pantalla.

 Lo prueban y la cámara lo confirma de inmediato. Ese hombre nació para ser visto. No hacía falta que dijera mucho. Con mirar a la cámara ya contaba una historia. Lo que viene después no tiene comparación porque Pedro Armendaris no fue un actor más. Fue junto a un solo hombre, el constructor de la imagen de México que conquistó al mundo.

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