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Leila Pahlavi: Lo Tenía Todo… y Murió Sola en un Hotel de Londres

 La pérdida de un país, la pérdida de un padre, la pérdida de un mundo entero que se desvaneció de la noche a la mañana y al final la pérdida de sí misma. Para entender cómo una princesa que lo tuvo todo terminó sin nada, hay que volver al principio. Hay que volver a un Irán que ya no existe, a un palacio que hoy es un museo y a una niña que nació rodeada de un esplendor que el mundo no volvería a ver.

 Leila Plavi nació el 27 de marzo de 1970 en Teerán, la capital de Irán. Era la cuarta y más joven de los hijos del Shah Mohamad, rea Pahlavi y de su tercera esposa, la emperatriz Fara Diva. Por encima de ella estaban sus hermanos. Reza el príncipe heredero destinado a ocupar algún día el trono. Faranas, su hermana mayor, y Ali Resa, su otro hermano.

 Tenía además una media hermana, Shanas, hija del primer matrimonio de su padre. Leila llegó al mundo como la pequeña de la familia imperial, la consentida, la última flor de una dinastía que en ese momento parecía absolutamente indestructible. Para comprender el mundo en el que nació Leila, hay que entender quién era su padre.

 Mohamad, reapazví, no era simplemente un rey, era el Shahan Shah, el rey de reyes, el monarca de un Irán que él soñaba con convertir en una de las grandes potencias del planeta. Bajo su reinado, Irán nadaba en petróleo y en dinero. Las ciudades se modernizaban a una velocidad vertiginosa. Se construían universidades, hospitales, carreteras.

Las mujeres iraníes, al menos en las clases altas y medias de las ciudades, estudiaban, trabajaban, votaban, manejaban sus propios carros, vestían a la moda europea. Era un Irán que miraba hacia occidente, sofisticado, cosmopolita, deslumbrante, muy lejos de la imagen que el mundo tendría del país pocos años después.

 Y la madre de Leila encarnaba ese sueño a la perfección. Fara Diva era una mujer culta, elegante, hermosa, que había estudiado arquitectura en París antes de conocer al Sha y convertirse en emperatriz. La llamaban en Occidente la Grace Kelly, de Oriente Medio, por su porte regio y su belleza serena. Pero Fara no era una emperatriz meramente decorativa.

Promovía las artes, la cultura, la educación, los derechos de las mujeres. Reunió para Irán una de las colecciones de arte moderno más valiosas del mundo. Era, en muchos sentidos, el rostro amable, moderno, y luminoso de la monarquía Palav, la prueba viviente de que Irán podía ser un país a la vez oriental y plenamente moderno.

 En ese mundo de esplendor sin límites nació Leila. Su infancia transcurrió en un palacio al norte de Teerán que parecía sacado de un cuento de las 1 y una noches. Decenas de habitaciones, ejércitos de sirvientes para atender cada necesidad, vajillas de oro macizo en las que comía la familia imperial, obras de arte que valían fortunas colgando de las paredes, cofres llenos de diamantes y joyas que habían pertenecido a la corona persa durante generaciones.

 Y para deleite de los niños, un zoológico privado dentro de los terrenos del palacio con animales exóticos que la pequeña Leila podía visitar cuando se le antojara. Imaginen ser una niña en ese mundo, despertar cada mañana en un palacio imperial, tener un zoológico entero para una sola, estar rodeada de la riqueza más absoluta que un ser humano pueda concebir.

 Para la pequeña Leila, ese era simplemente el mundo normal, el único que conocía. No sabía que ese esplendor era una burbuja a punto de estallar. No sabía que afuera en las calles de Irán se estaba gestando una tormenta que lo barrería todo. No sabía que esa infancia dorada tenía literalmente los días contados.

 La fortuna de la familia, según diversas estimaciones, se contaba en miles de millones de dólares, pero ningún dinero del mundo podría comprar lo que estaba a punto de perder. Hay testimonios que describen aquellos años en el palacio como una mezcla extraña de cuento de hadas y de jaula dorada. Los niños imperiales crecían rodeados de tutores, de guardaespaldas, de protocolos rígidos.

 Cada movimiento estaba vigilado, cada aparición pública cuidadosamente coreografiada. Pero entre toda esa formalidad había también momentos de ternura genuina. Fara se esforzaba por darles a sus hijos algo parecido a una infancia normal dentro de lo que las circunstancias permitían. Quería que conocieran el valor de las cosas, que no se volvieran arrogantes, que entendieran la responsabilidad enorme que significaba el apellido que llevaban.

 Leila, la menor, era especialmente querida, especialmente protegida, la pequeña a la que todos cuidaban. Pero incluso en ese paraíso aparente había sombras que una niña sensible, como Leila quizás percibía, sin entender la tensión silenciosa en el rostro de su padre, las conversaciones que se interrumpían cuando ella entraba en una habitación, la sensación de que algo en alguna parte no andaba bien.

 Los niños tienen una intuición especial para captar la angustia de los adultos, aunque no comprendan sus causas. Y en los últimos años de la monarquía, esa angustia flotaba cada vez más densa en el aire del palacio, como el aroma de una tormenta que se acerca antes de que caiga la primera gota. Porque mientras Leila jugaba inocente en los jardines del palacio y visitaba a los animales de su zoológico, el reinado de su padre se acercaba peligrosamente a su fin.

 El shara amado por unos y odiado por otros. Para muchos iraníes, su modernización forzada chocaba violentamente con las tradiciones religiosas del país. Su cercanía con Estados Unidos y Occidente lo hacía parecer, a ojos de sus enemigos, un títere extranjero. La represión de la oposición a través de su temida policía secreta, la Sabac, sembraba miedo y resentimiento.

 y la enorme escandalosa desigualdad entre la opulencia de la familia imperial y la pobreza de millones de iraníes comunes era una herida que se infectaba día tras día. En las sombras, un líder religioso exiliado llamado Ruhola Jomini encendía la mecha de una revolución desde el extranjero.

 Sus mensajes grabados en cassetes circulaban clandestinamente por todo Irán, llamando al derrocamiento del Sha y al fin de la monarquía. El descontento alimentado durante años comenzaba a desbordarse, pero en el palacio, entre vajillas de oro y jardines perfumados, la pequeña Leila no podía sospechar que ese nombre lejano, Yomini, sería el responsable de destruir su mundo entero antes de que ella cumpliera los 10 años durante los primeros años de vida de Leila.

 Sin embargo, nada de esto parecía amenazar realmente a la familia imperial. El Sha estaba aparentemente en la cima absoluta de su poder. En 1971, cuando Leila tenía apenas un año, su padre organizó una de las celebraciones más fastuosas y extravagantes de toda la historia moderna. La conmemoración de los 2500 años de la fundación del Imperio Persa en las ruinas milenarias de Persépolis fue un espectáculo de un lujo casi obseno que el mundo entero contempló con asombro.

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