Posted in

La Triste Historia de Arturo Peniche | La Esposa Rompe el Silencio

Y por el otro lado estaba su mamá, doña María, una mujer que llegó desde Mérida con el sueño de cantar opereta. Imagínense esa imagen. Una mujer yucateca con ilusiones grandes dejando su tierra para buscar una oportunidad en un mundo artístico que podía ser fascinante, pero también cruel, con quien no tenía padrinos, contactos o dinero suficiente para resistir los golpes.

Así que Arturo Peniche no salió de la nada. Creció respirando ese ambiente donde el arte era sueño, pero también sacrificio, donde la fama parecía bonita desde lejos, pero por dentro exigía aguante, disciplina y una piel bastante dura. Y quizá por eso cuando más adelante le tocó abrirse paso, no llegó completamente inocente.

Ya sabía, aunque fuera por herencia familiar, que el espectáculo puede levantar a alguien muy alto, pero también puede dejarlo tirado si no aprende a moverse. Audiciones para trabajar con la señora Irma Serrano en el teatro Frufru y entro a hacer con ella naná. Hoy vamos a recorrer su historia desde sus orígenes humildes, su entrada al mundo de las telenovelas, su fama como galán, sus amores, sus crisis familiares y esos momentos donde la imagen del hombre tranquilo se le empezó a cuartear frente al público. Así que sin más preámbulo,

vámonos a lo que te truje, Chencha. Y fíjense amigos que Arturo Peniche de niño no era precisamente un angelito de estampita, ¿no? Señores, desde chiquillo ya traía lo suyo. Esa mezcla de travesura, calle y carácter que después bien canalizada terminaría sirviéndole para sobrevivir en un medio tan difícil como la actuación.

Cuando tenía casi 7 años se le hizo fácil meter mano donde no debía. En la casa de su papá había una alcancía del santo niño de Atocha y al pequeño Arturo se le ocurrió robarse 10 pesos para comprar dulces e invitar a sus amigos del barrio. Una travesura, sí, pero también una falta que en su casa no iban a dejar pasar como si nada.

Su padre, que era un hombre estricto, y de los que creían que las lecciones entraban mejor con disciplina que con sermones bonitos, lo descubrió y en lugar de solo regañarlo, le fabricó un cajón de bolero, así como lo oyen. Le puso en las manos una forma de trabajar y le dejó claro que si había tomado dinero ajeno, ahora tenía que aprender lo que costaba ganarlo.

¿Me haces un cajón para bolear zapatos? ¿Cómo se puso frente a mí? ¿De cómo me habló? Durante 4 años, Arturo tuvo que zapatos para pagar esa deuda. Y miren, podrá sonar duro, pero también fue una de esas elecciones que lo marcaron porque desde niño entendió que la vida no regala nada, que los errores se pagan y que la honradez aprende en discursos, sino cuando te toca agacharte, cargar tu cajón y ganarte unas monedas con el sudor de la frente.

Pero esa no fue la única bronca de su infancia. En quinto de primaria lo corrieron de la escuela por un episodio bastante fuerte. Según se cuenta, un día pidió permiso para ir al baño y la maestra no lo dejó. La situación se tensó. Ella lo jaló de la patilla y a Arturo, con el carácter que ya traía, se le salió una grosería de esas que en aquellos tiempos podían costarte caro y le costó.

lo castigaron mandándolo durante todo un año a un internado guadalupano. O sea, entre el cajón de bolero y el internado, la infancia de Arturo tuvo bastante más disciplina que ternura. No fue ese niño cuidado entre algodones. Le tocó crecer aprendiendo a fuerza, con castigos duros y en un entorno donde equivocarse podía tener consecuencias pesadas.

Porque me metieron un internado. Estudié en un internado guadalupano. ¿Y cuánto tiempo estuviste en el internado guadalupano? Un año. Además, hay que recordar que Arturo creció en Itapalapa, en un barrio bravo donde la calle no siempre ofrece buenos caminos. Se juntó con una banda de amigos que con el paso del tiempo terminaron muy mal.

Algunos en la cárcel, otros perdiendo la vida. Y eso no es un detalle menor, amigos, porque cuando uno crece rodeado de esas posibilidades, cualquier decisión pequeña puede cambiarte el destino completo. El propio Arturo ha dicho que trabajar y acercarse a la actuación lo salvaron de terminar como delincuente. Y ahí está la clave de esta parte de su vida.

Peniche no se hizo actor no más porque quería salir bonita en pantalla. En cierto sentido, el trabajo y el escenario fueron su tabla de salvación. Lo sacaron de una ruta donde muchos de sus amigos se fueron quedando tirados. Tan importantes los que están detrás de nosotros, detrás de cámara, como tan importantes los que estamos aquí. Así que antes del galán de telenovela, antes del hombre elegante y antes del actor querido por el público, hubo un niño travieso, castigado, criado con mano dura y formado en una zona donde la vida podía torcerse muy fácil. Y tal vez

por eso, cuando después llegó al medio artístico, ya traía algo que no se aprende en las escuelas de actuación: calle, disciplina y una buena dosis de supervivencia. Y amigos, aunque Arturo Peniche después se volvió conocido como galán de telenovelas, su entrada al medio no fue con alfombra roja ni con camerino de estrella.

Sus primeros pasos fueron desde abajo, muy abajo. Apenas tenía 6 años cuando apareció como extra en la película infantil Mi primera comunión. O sea, desde niño ya estaba metido entre cámaras, llamados, sets y ese ambiente donde uno aprende rápido que el espectáculo se ve muy bonito desde afuera, pero por dentro es trabajo, espera, cansancio y mucha competencia.

importante de la gente que me impulsó sin darse cuenta porque te admiraba, ¿no? Y hasta la fecha lo admiro. Ya en la adolescencia, Arturo siguió los pasos de su padre y empezó a trabajar como extra y doble de acción. Y aquí hay que decirlo, eso no era juego. Le tocaba hacer caídas peligrosas de caballo, volcaduras de autos y escenas de riesgo en producciones de cine, incluso en películas de Hollywood que se filmaban en México.

Antes de que lo vieran suspirar en una telenovela, el muchacho ya se estaba jugando el pellejo por ganarse unos pesos y abrirse camino. Pero hay un detallito que muchos no se imaginan y que rompe bastante con la imagen de Gadán limpio y familiar que después le construyó la televisión. A los 21 años, Arturo no tuvo reparo en desnudarse completamente en el escenario para obras como El Bacanal y Adán y Eva, juegos afrodicíacos, así como lo oyen.

Antes de ser el enamorado noble de las novelas, también pasó por teatro atrevido, de ese que en su momento levantaba cejas, comentarios y uno que otro santiguado entre el público más conservador. Con ella naná, ¿qué te encueraste? Eso es más adelante. Ah, okay. Eso es más adelante. Su gran salto llegó cuando el productor Valentín Pimstein puso los ojos en él.

Y no vamos a hacernos los inocentes. Además de talento, Arturo tenía un perfil que Televisa sabía vender muy bien en aquellos años. Era gerito, de ojos claros, con cara de muchacho noble y sufridor, perfecto para convertirlo en galán de melodrama. Primero llegó Chispita y después vinieron oportunidades más grandes en telenovelas como La Indomable y Monte Calvario.

Read More