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La TRAGEDIA de los hijos de John Lennon: Uno olvidado, el otro asfixiado.

 Sus melodías saturaban cada frecuencia radial.  Las jóvenes colapsaban en llanto al verlos y las calles se paralizaban a su paso. A sus 23 años, el líder de la banda ya rozaba la categoría de deidad moderna. No obstante, en su residencia a las afueras de  la capital británica, un pequeño guardaba su regreso.

 El niño llegó al mundo en abril de ese mismo  año coronando las listas de popularidad de su padre. En casa, su madre luchaba desesperadamente por sostener la fachada de un hogar tradicional.  Preparaba la cena, narraba fábulas nocturnas y esperaba junto a la ventana hasta que el sol amenazaba con salir. Pero el ídolo casi nunca  volvía y cuando lo hacía arrastraba consigo el huracán de la fama.

Oct. 9 in Music History: Happy birthday to John Lennon and Sean Lennon

La tranquilidad de  la casa era invadida por flashes, reporteros inescrúpulos y extraños acampando en la acera. El pequeño creció asimilando ese circo mediático,  convencido de que la infancia de todos los niños transcurriente extraños histeria y el persistente olor  a tabaco y alcohol de las madrugadas.

Hasta que en 1968 el patriarca cruzó miradas con Yoko y  el frágil castillo se derrumbó. No hubo una transición pacífica ni explicaciones  maduras. Fue un corte de guillotina. De la noche a la mañana, el músico vació sus cajones y dejó a su esposa con un simple trozo de papel. Para su hijo  ni siquiera hubo tinta.

 A sus 5 años, oculto tras los carteles de paz mundial, las protestas en la cama  y las portadas de revistas, quedó un niño marchito esperando un saludo que jamás resonó. Llevar ese apellido no era un trono, era vivir en un calabozo de cristal. Al pisar la calle, los lentes fotográficos lo cazaban como  presa. Las interrogantes eran dagas constantes en su psique infantil.

 ¿Por qué no está contigo? ¿Es cierto que te dejó? ¿Te odia? A su corta edad, el muchacho ya dominaba el arte de evadir miradas, morderse los labios y apresurar el paso. Su madre intentaba curar las heridas, prometiendo retornos que ella misma  sabía que nunca ocurrirían, pero él leía la prensa. Veía a su padre abrazando a otra familia, clamando amor universal y, finalmente, presumiendo  a su nuevo hermano nacido en el otoño del 75.

 Aquel fue el descendiente que acaparó el mundo del artista. Con su llegada, el ídolo colgó las guitarras. cerró los estudios y se enfundó en el papel de amo de casa. Jorneaba pan, cambiaba pañales y capturaba cada respiro de su nuevo heredero en miles de fotografías polaroid,  como si estuviera esculpiendo una obra maestra que redimiría sus pecados pasados.

 A kilómetros de ahí, en una casa modesta y húmeda en Gales, el primogénito crecía en la niebla de la incertidumbre y el abandono. En 1976, al apagar 13 velas, el teléfono permaneció mudo, sin obsequios, sin postales,  sin excusas, nada. Frente al pastel horneado por su madre, el adolescente asimiló la lección más cruel que un niño puede aprender.

 Su creador había hecho una elección y él simplemente había sido  descartado. El ciclo se repetía cada invierno, en cada Navidad, en cada graduación. La estrella brillaba en otro cielo, calentando a otra familia, mientras el primogénito se consumía frente al espejo, preguntándose si llevaba un defecto de fábrica.

 Si sera el primer intento había sido un error abominable que su padre decidió borrar con un nuevo y perfecto comienzo. Nadie advirtió la tormenta de sangre que se avecinaba. En aquel gélido diciembre del 80, el destino obligaría al hijo olvidado a sepultar a un hombre que solo conoció en recortes de periódico, mientras le arrancaba de tajo al hermano menor, al único héroe que había idolatrado.

 Por décadas, el silencio cómplice reinó sobre los escombros de  esa familia. El mundo, cegado por la idolatría, prefirió aplaudir al pacifista,  al genio incomprendido, al mártir de Nueva York. Pero los secretos podridos, por más que los entierres bajo millones de dólares, siempre logran agrietar la tierra para respirar.

 Si eres de los que buscan desenterrar las verdades sin maquillaje  y ver más allá de las leyendas doradas, acompáñanos. Lo que escucharás hoy estuvo amordazado por la industria durante demasiados años. Con el cadáver aún caliente y la sangre manchando el pavimento frente al Dakota. Los hitres de saco y corbata aterrizaron en la escena.

 La última voluntad del ídolo entregó las llaves del vasto imperio a su  viuda y al hijo menor. El primogénito recibió migajas, una burla financiera  disfrazada de fideicomiso que no rozaba ni la centésima parte de la fortuna. El golpe no radicaba en los billetes. Julian no quería lujos. El golpe era el mensaje oculto.

 Era la confirmación legal y póstuma  de que jamás fue considerado parte de la ecuación, de que en la mente del genio él siempre fue un forastero.  Su madre se enfrascó en una guerra judicial interminable. No buscaba tesoros. Se exigía la simple y llana validación de que su hijo compartía la  misma sangre.

 Mientras el chico lidiaba con el duelo y los fríos citatorios, el pasado comenzó a escupir verdades venenosas. descubrió manuscritos jamás enviados, cintas polvorientas donde su padre bromeaba sobre  su ausencia y declaraciones despiadadas donde lo etiquetaba públicamente como un simple  tropiezo de su juventud producto de una borrachera.

 Las consecuencias de leer esas palabras impresas destrozarían la psique del adolescente, reconfigurando su identidad para siempre y llenándolo de un asco profundo  hacia su propio reflejo. En aquel silencio asfixiante de litigios y cámaras boraces, nació la segunda etapa de sus vidas. El primogénito había llegado al mundo en la absoluta soledad de una sala de hospital en Liverpool.

 Su  progenitor estaba lejos desatando la histeria frente a multitudes. Su madre dio a luz rodeada de enfermeras que priorizaban conseguir un autógrafo del famoso esposo antes que asistir el parto. Cuando la estrella se dignó a aparecer 48 horas más tarde, sostuvo al recién nacido como si fuera un objeto extraño, presumió su parecido físico ante las cámaras  presentes y se marchó al estudio.

 Ese fue el molde de su paternidad. Fugaces destellos de presencia sepultados por cráteres inmensos de abandono. Volvía de giras internacionales cargando juguetes europeos carísimos que el niño no entendía, entregando ofrendas de culpa envueltas en celofán brillante. El primer recuerdo nítido de Julian se clavó en su memoria a sus 3 años.

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