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La Barby Juárez SILENCIA a todo un ESTADIO y hace LLORAR a Corea –

Miles de fanáticos coreanos habían llegado temprano agitando banderas rojas y azules coreando el nombre de su heroína nacional Injang Lee. No era solo una boxeadora, era un símbolo viviente, una mujer que había escapado del alcoholismo, que manejaba camiones transportando repollos antes de descubrir que sus puños podían cambiar su destino.

 A sus 33 años, Lee había publicado su autobiografía Soy una boxeadora, donde confesaba haber sido alcohólica durante 10 años. Su historia de redención había inspirado a miles de mujeres coreanas a romper el tabú social que impedía que practicaran boxeo. Y esa noche, después de 11 meses fuera del ring por problemas con su promotor y la pérdida de su título mosca por inactividad, Injang Lee tenía su oportunidad de regresar a la gloria, pero enfrente cruzando las cuerdas con una sonrisa tímida y guantes rojos, estaba una mexicana desconocida para el

público coreano que venía a arruinar la fiesta Mariana Juárez. Llegó a Corea del Sur con un récord de 12 victorias, tres derrotas y tres empates. No era invicta, no era favorita. De hecho, pocos le daban oportunidad. La prensa coreana apenas mencionó su nombre en los días previos a la pelea.

 Toda la atención estaba en Lee, en su regreso triunfal, en la coronación que todos daban por hecho. Pero Mariana llevaba algo más que técnica en su maleta de viaje. Llevaba el peso de todas las peleas que se le habían caído en los meses anteriores. Primero intentó pelear contra Delia López, la campeona mexicana de peso minimosca, pero López declinó el combate.

 Luego buscó a la coreana Kang Kim, pero tampoco se concretó. Los promotores mexicanos ya no sabían qué hacer con ella. Entonces llegó la llamada de la IFBA, la Asociación Internacional de Boxeo Femenino, sancionando una pelea por el título vacante de peso super mosca contra Injang Lee en Corea. Su entrenador, Ben Lira le dijo la verdad sin anestesia.

Vamos a pelear en su casa con sus jueces, con su público. Nadie nos va a regalar nada. Tienes que noquearla o ganar tan claro que no haya dudas. Mariana, que había crecido en Coyoacán con cinco hermanos y había debutado profesionalmente a los 18 años, ganando apenas $3, asintió. Ella sabía lo que era pelear contra todo.

 El gimnasio estaba abarrotado, el aire olía a sudor, expectativa y nacionalismo puro. Cuando Ininjang Lee subió al ring, el lugar explotó. Los flashes de las cámaras la bañaron en luz blanca mientras saludaba a sus fanáticos con una reverencia. Llevaba pantalones cortos negros con la bandera de Corea del Sur bordada en oro. Su mirada era seria, determinada, hambrienta.

 11 meses sin pelear podían oxidar a cualquiera. Pero Lee había estado entrenando como una posesa. Corría 5 km al amanecer. Trabajaba en el restaurante de su hermana por las mañanas. Volvía al gimnasio a la 1 de la tarde para sesiones maratónicas de sparring, sombra, peras y sacos. Luego levantaba pesas y cerraba con otros 7 km de trote nocturno antes de ver videos de boxeo hasta quedarse dormida.

 Su entrenador, el ex mosca coreano Yu Bong Kim, había declarado a la prensa, “In está lista para recuperar lo que es suyo. Esta mexicana no sabe dónde se metió.” El público rugió su aprobación. Mariana entró segunda caminando despacio con los ojos fijos en lee. No había fanáticos mexicanos en el gimnasio. Su esquina solo tenía a Ben Lira y un asistente.

 Llevaba shorts blancos y top negro. Parecía pequeña, vulnerable, completamente sola en territorio enemigo. Pero quienes la conocían sabían que esa tranquilidad era peligrosa. Mariana había aprendido a boxear bajo la tutela de Marco Antonio Barrera, uno de los mejores pújiles mexicanos de todos los tiempos. quien le había enseñado que el boxeo no se trata solo de pegar fuerte, sino de pegar donde duele, cuando duele y cuántas veces sea necesario.

 Lira le había dicho, “Le es una peleadora de adentro, le gusta la guerra, usar su fuerza perfecto, eso es lo que nos gusta, pero tú tienes que boxear los primeros rounds. Usa el jab, muévete, hazla perseguirte. Cuando se canse de buscar, ahí la castigas.” Mariana sabía que el plan era perfecto en teoría. El problema era ejecutarlo bajo la presión de miles de gargantas coreanas gritando contra ella.

 La campana del primer asalto sonó como un disparo. Injang Lee salió disparada buscando imponer su agresividad desde el segundo uno. Venía con todo. Quería demostrar que los 11 meses de ausencia no habían mermado su hambre. Lanzó un gancho de izquierda al cuerpo que rozó las costillas de Mariana, quien retrocedió dos pasos y respondió con un jub seco que impactó limpio en la nariz de Lee. La coreana parpadeó.

Sorprendida. Ese Jab había sido rápido, preciso, doloroso. Mariana lo repitió. Jab. Jab, doble jab. Lee intentó entrar con su gancho característico, pero la mexicana ya no estaba ahí. Se movía lateralmente usando todo el ring, haciendo que Lee persiguiera sombras. El público comenzó a inquietarse.

 Esperaban una guerra y lo que veían era una clase de boxeo. Mariana estaba dictando el ritmo, controlando la distancia, haciendo que Lee se frustrara. Cuando quedaban 30 segundos del round, Lee se lanzó con todo, conectando una ráfaga de golpes al cuerpo que obligó a Mariana a cubrirse contra las cuerdas.

 El gimnasio estalló, pero la campana sonó y Mariana regresó tranquila a su esquina. Primer round para la mexicana en dos de las tres tarjetas, Ben Lira le gritaba instrucciones mientras le echaba agua en la nuca. Exactamente así. Sigue con el jab. Ella va a desesperarse. No te metas a intercambiar todavía. Mariana respiraba profundo tratando de bloquear el ruido ensordecedor del público coreano que silvaba y abucheaba cada vez que la cámara la enfocaba.

 En la esquina opuesta, el entrenador de Lee le gritaba en coreano, gesticulando con violencia. Le asentía con los ojos inyectados de determinación. Necesitaba cambiar la pelea, necesitaba meter miedo. El segundo asalto fue una réplica del primero, pero más violento. Lee salió decidida a romper la estrategia de Mariana.

 Se lanzó al ataque sin medir consecuencias, buscando el cuerpo con ganchos salvajes que hacían retumbar el gimnasio cada vez que conectaban en los brazos de guardia de la mexicana. Pero Mariana seguía respondiendo con ese maldito Jab que estaba comenzando a inflamar el ojo izquierdo de Lee Jab. Movimiento jab, lateral. Era una danza frustrante para la coreana, quien no estaba acostumbrada a que sus rivales se movieran tanto.

 En sus peleas anteriores contra Yvon Caples y Carla Wilcox, Lee había impuesto su guerra de desgaste, su presión constante, su gancho demoledor. Pero Mariana era diferente. Tenía 12 peleas de experiencia contra oponentes de todo tipo. Había peleado en México, en Estados Unidos. Había empatado con Elena Reed and en Phoenix en una pelea que muchos pensaron que ganó, pero le robaron por ser visitante.

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