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Juan Gabriel: El Asqueroso Secreto que Rocío Dúrcal Descubrió y Jamás le Perdonó

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La versión oficial de la ruptura entre Juan Gabriel y Rocío Durcal es tan inofensiva que resulta sospechosa. Según esa versión, simplemente dejaron de trabajar juntos porque tenían diferencias creativas. Él quería ir en una dirección musical y ella en otra. Se distanciaron, dejaron de llamarse.

La vida los separó como separa a tantas personas que alguna vez fueron cercanas. Fin de la historia. Siguiente pregunta. Pero las personas que estuvieron dentro de ese círculo íntimo cuentan algo completamente diferente. Y lo que cuentan convierte la historia de una amistad rota en algo mucho más oscuro, mucho más doloroso y mucho más complejo de lo que la industria musical mexicana quiso que el público supiera.

Para entender lo que pasó, hay que retroceder al principio. Hay que entender quiénes eran estos dos gigantes de la música antes de que sus caminos se cruzaran y antes de que esa intersección los destruyera a ambos de maneras diferentes. Alberto Aguilera Baladés nació el 7 de enero de 1950 en Parácuaro, Michoacán, en una familia sumida en la pobreza más absoluta.

Era el menor de 10 hermanos. Su padre, Gabriel Aguilera Rodríguez era un acendado venido, a menos que acabó trabajando como jornalero. Su madre, Victoria Baladez Rojas, era una mujer que cargaba con el peso de alimentar a 10 bocas en un pueblo donde no había ni para alimentar a cinco. Cuando Alberto tenía apenas meses de edad, su padre fue internado en un hospital psiquiátrico en Guadalajara, donde murió años después.

La madre, incapaz de mantener a todos sus hijos, tomó la decisión más dolorosa que puede tomar una madre, entregar a su hijo menor. Alberto fue llevado a la escuela para huérfanos del estado en Ciudad Juárez, Chihuahua. Tenía 5 años. La vida en ese internado marcó a Alberto de una manera que definiría todo lo que vino después.

Años más tarde, ya convertido en Juan Gabriel, hablaría de esa época con una mezcla de gratitud y de dolor que nunca logró resolver completamente. El internado le dio educación, disciplina y un techo, pero también le quitó a su madre, le quitó su infancia y le quitó la posibilidad de crecer en un hogar donde alguien lo llamara por su nombre con cariño.

Lo que el internado no pudo quitarle fue la música. Desde niño Alberto cantaba. Cantaba en los pasillos, cantaba en el comedor, cantaba cuando los otros niños dormían y él no podía conciliar el sueño, porque la soledad de un huérfano se siente más fuerte en la oscuridad. A los 13 años empezó a cantar en bares y centros nocturnos de Ciudad Juárez.

A los 16 compuso su primera canción. A los 17 llegó a la Ciudad de México con un boleto de autobús y un sueño que cualquier persona razonable habría considerado imposible convertirse en el cantautor más grande de México. Y lo logró, pero el camino fue brutal. Durmió en la calle, tocó puertas que se cerraban en su cara, fue rechazado por productores que no entendían su estilo y por disqueras que no sabían dónde ubicarlo.

La industria musical mexicana de los años 60 no tenía un espacio para un hombre como él, un hombre que cantaba con una emotividad que rompía las convenciones de la masculinidad mexicana. Un hombre cuya sexualidad era un secreto a voces que la industria y el público decidieron manejar con una hipocresía calculada. Todos sabían, nadie decía nada.

Y mientras las canciones siguieran sonando y los discos siguieran vendiéndose, el pacto de silencio se mantenía intacto. En 1971, Juan Gabriel grabó su primer disco. Para mediados de los 70 ya era una estrella en ascenso. Para los 80 era un fenómeno sin precedentes. Componía canciones que atravesaban géneros y generaciones.

Escribía baladas que hacían llorar a las abuelas y rancheras que hacían gritar a los borrachos en las cantinas. Su capacidad para capturar el dolor humano en 3 minutos de música era sobrenatural. Amor eterno, querida, así fue. No tengo dinero. Se me olvidó otra vez. Cada canción era un universo emocional completo y lo más extraordinario era que las escribía todas.

No tenía un equipo de compositores detrás. No copiaba fórmulas. Cada letra salía directamente de un pozo de emociones que parecía no tener fondo. Su estilo en el escenario era único. Se movía con una libertad que desafiaba todas las convenciones de la masculinidad mexicana. Sus trajes eran extravagantes, sus movimientos eran fluidos, casi femeninos para los estándares de la época.

Su manera de cantar era puro sentimiento desbordado, sin filtros ni contención. Y sin embargo, el público más conservador de México lo adoraba. Los mismos hombres que en cualquier otro contexto habrían rechazado a alguien como Juan Gabriel le aplaudían de pie en los conciertos. Las mismas señoras que iban a misa los domingos y que repetían lo que el cura decía sobre la homosexualidad, cantaban sus canciones como himnos sagrados.

Esa contradicción era el milagro de Juan Gabriel. Su talento era tan descomunal que obligaba a la sociedad a suspender sus prejuicios mientras durara la canción. Cuando la música paraba, los prejuicios volvían, pero mientras sonaba la música, Juan Gabriel era intocable. Rocío Durcal, por su parte, venía de un mundo completamente diferente.

María de los Ángeles de las Heras Ortiz nació el 4 de octubre de 1944 en Madrid, España, en plena posguerra franquista. Su infancia estuvo marcada por la austeridad de una España destrozada por la guerra civil y por la dictadura que vino después. A los 16 años, el director de cine, Luis César Amadori, la descubrió y la convirtió en estrella de la noche a la mañana con la película Canción de juventud en 1962.

España se enamoró de ella instantáneamente. Era joven, guapa, talentosa y tenía una voz que combinaba la dulzura con una potencia que desafiaba su apariencia frágil. Durante los años 60, Rocío Durcal fue la estrella más grande del cine y la música española. Protagonizó más de una decena de películas, vendió millones de discos, era un ídolo nacional.

En 1970, Rocío se casó con Antonio Morales, conocido artísticamente como Junior, un cantante y actor filipino español que había alcanzado la fama como integrante del grupo Los Brincos, uno de los grupos más importantes del pop español de los 60. La pareja se convirtió en una de las más mediáticas de España. Tuvieron tres hijos, Antonio, Carmen y Shila.

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