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José José: Lo que su hija ESCONDIÓ tras su MUERTE

Este no es un video más sobre José José, es la historia de cómo Sarita Sosa se convirtió en la figura más polémica y odiada por millones de fans. Y lo que vas a escuchar probablemente nunca te lo contaron así. La imagen es clara. Sarita Sosa, rubia, de ojos claros, siempre sonriente al lado de su padre, la hija devota, la que lo cuidaba, la que supuestamente lo rescató del alcohol y las drogas.

Pero detrás de esa imagen de hija perfecta había una maquinaria de control que fue aislando al cantante de todo y de todos. Sarita no siempre estuvo ahí. Durante años, mientras José José batallaba con sus adicciones en México, ella vivía en Estados Unidos con su madre, Sara Salazar, lejos del caos, lejos de los escándalos.

Pero cuando el cantante tocó fondo, cuando ya no podía ni pararse en un escenario, cuando su carrera estaba destrozada y su salud hecha pedazos, ahí apareció ella. Y lo que empezó como ayuda, como rehabilitación, como amor filial, se transformó en otra cosa, en una jaula dorada donde José José ya no decidía nada, ni a quién ver, ni a quién llamar, ni siquiera dónde vivir.

José Joel, su hijo mayor, no se guardó nada. En decenas de entrevistas dejó claro que Sarita decidía todo, que controlaba el teléfono de su padre, que les negaba el acceso, que los trataba como enemigos. y que su relación con José José, el hombre que los crió, se redujo a videollamadas esporádicas donde él se veía perdido, confundido, enfermo.

Antes de ser el príncipe de la canción, antes de las ovaciones en el Auditorio Nacional, antes de los Gramy y los discos de oro, José Rómulo Sosa Ortiz era solo un niño pobre del barrio de Clavería que soñaba con cantar. Nació en 1948 en una familia destrozada. Su padre, José Sosa Esquivel era alcohólico y violento.

Golpeaba a su madre, destruía la casa, desaparecía por días. Y cuando José apenas tenía 7 años, su padre lo abandonó para siempre. Ese abandono lo marcó de por vida. Lo dejó con un vacío que jamás pudo llenar, una herida que lo persiguió hasta sus últimos días. Su madre, Margarita Ortiz, se quedó sola criando a dos hijos sin un peso.

Trabajaba de lo que fuera para sostener la casa. Y José, siendo apenas un niño, aprendió rápido que en la vida o te defendés, solo o te devoran. La música fue su escape. Desde chico cantaba en coros, en la iglesia, en cualquier lugar donde lo dejaran. tenía una voz que no parecía de este mundo, un registro que hacía llorar a cualquiera.

Y con esa voz empezó a abrirse paso, primero en bares, luego en concursos, después en la radio. Pero el innocent camino no fue fácil. José tuvo que peleársela en un medio dominado por conexiones, por padrinos, por apellidos. Él no tenía nada de eso, solo su voz y un hambre de triunfar que lo carcomía por dentro.

Y ese hambre lo llevó a lugares oscuros, porque desde joven aprendió que el éxito en la música venía acompañado de alcohol, de fiestas interminables, de mujeres, de excesos. Y José, que ya cargaba con el trauma de un padre alcohólico, empezó a repetir el patrón. Tomaba para celebrar, tomaba para soportar la presión, tomaba para olvidar.

Y lo que empezó como una copa se transformó en una botella diaria y después en algo mucho peor. Pero en ese entonces nadie le ponía freno, al contrario, mientras más bebía, más famoso se volvía. Porque José José Borracho también cantaba como los dioses y la industria lo exprimió hasta la última gota. Lo llenaron de contratos, de giras, de compromisos que no podía cumplir.

Y cuando no podía más, le daban algo para que siguiera. Pastillas para despertarse, alcohol para relajarse, drogas para aguantar. Fue un círculo vicioso del que nunca pudo salir. Y en medio de todo ese caos conoció a Anel Noreña, una actriz joven, guapa, ambiciosa. Se enamoraron rápido, se casaron más rápido todavía y tuvieron dos hijos, José Joel y Marisol.

Durante años, Anel fue su ancla, la que lo sostenía cuando caía, la que lo levantaba cuando no podía más, pero también fue testigo de su descenso. Lo vio perderse en el alcohol, en las infidelidades, en la autodestrucción. Y por más que intentó salvarlo, José ya estaba demasiado hundido. El matrimonio no aguantó.

Se separaron en medio de escándalos, acusaciones, dolor. Y José se quedó solo otra vez, solo con su voz, con su fama y con sus demonios. Y fue en ese momento de caída absoluta cuando apareció Sara Salazar, una mujer más joven de otro mundo, que lo deslumbró con una promesa, un nuevo comienzo. Y de esa relación nació Sarita, la hija que años después se convertiría en su carcelera.

En el mundo de José José siempre hubo mujeres, pero solo tres marcaron su vida de forma definitiva y las tres de alguna manera, se lo disputaron hasta el final. La primera fue Anel Noreña, la madre de sus primeros hijos, la que estuvo en sus años de gloria, pero también en sus peores caídas. Anel no era solo su esposa, era su manager, su confidente, la que manejaba su dinero, sus contratos, su carrera.

Pero también fue testigo del infierno. Lo vio llegar borracho a su propia casa, olvidarse de los cumpleaños de sus hijos, perderse durante días enteros. Y cuando ya no pudo más, cuando el amor se transformó en sufrimiento, decidió alejarse, pero nunca lo soltó del todo. Anel siguió siendo la madre de José Joel y Marisol, y eso la mantuvo cerca, siempre vigilante, siempre presente.

Y cuando años después José José se enfermó y Sarita tomó el control, Anel fue una de las primeras en saltar porque sabía que algo no estaba bien. La segunda fue Sara Salazar, una cubana que conoció a José en Miami cuando él ya estaba destruido. Según las versiones, Sara lo rescató, lo cuidó, lo alejó de las drogas, pero otros dicen que simplemente lo capturó en su momento más vulnerable.

De esa relación nació Sarita en 1995, cuando José ya tenía 47 años. Y desde el principio esa niña fue tratada como una princesa. José la adoraba, la mimaba, le daba todo lo que no pudo darles a sus otros hijos. Y Sara lo sabía. Sabía que esa niña era su as bajo la manga, su conexión directa con el ídolo, su pasaporte al control total.

Porque a medida que José envejecía, enfermaba y perdía fuerza, Sara y Sarita fueron ocupando cada vez más espacio. Y la tercera, aunque menos visible, fue la propia industria. Televisa, los productores, los managers, todos esos hombres que durante décadas lo usaron como una máquina de hacer dinero. Ellos también fueron sus dueños.

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