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JORGE NEGRETE: MÉXICO lo Hizo INMORTAL pero MURIÓ a los 42 Años en “EXTRAÑAS CIRCUNSTANCIAS”

mientras en privado los médicos le decían lo que los médicos les dicen a las personas, cuando el cuerpo ya ha llegado a un punto de no retorno, que el tiempo que queda depende de lo que se haga con él y que junto a todo eso, en los últimos años de su vida encontró el amor más grande que tuvo, María Félix, y que la enfermedad se lo llevó antes de que pudieran tener el tiempo que merecían.

 Esta es la historia completa, la del mito y la del hombre dentro del mito, la del charro cantor y la del Jorge Negrete real que México amó sin conocer del todo. Jorge Alberto Negrete Moreno nació el 30 de noviembre de 1911 en Guanajuato, Guanajuato. Guanajuato en 1911 era una ciudad con historia densa y con la agitación específica de los lugares que están a punto de ver pasar la revolución por sus calles.

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 Su padre, David Negrete era militar. Su madre, Emilia Moreno, llevaba la casa con la disciplina que requiere ser esposa de militar y madre de varios hijos en una época de inestabilidad política y social. La familia Negrete tenía algo que en la México de principios del siglo XX era considerado un privilegio real. Educación.

 David Negrete tenía la convicción de que sus hijos debían estudiar, de que la educación era la manera de salir adelante en un mundo que estaba reorganizándose de maneras que nadie podía predecir completamente. Jorge estudió, fue a buenas escuelas en la medida en que su familia podía costearlas y fue desde relativamente joven un estudiante que aplicaba la misma energía física que tenía para todo lo demás también a los libros.

 Pero lo que más tenía, lo que desde la infancia era visible para cualquiera que lo escuchara, era la voz. Una voz que en un niño produce esa incomodidad placentera que produce escuchar algo desproporcionado, demasiado grande, demasiado profunda, demasiado formada para el cuerpo que la produce, como si la voz que iba a tener de adulto hubiera llegado antes que el adulto.

 Su padre quería que fuera militar como él. La voz tenía otras ideas. La tensión entre el padre que quería un hijo militar y el hijo que tenía una voz que pedía otra cosa duró años y se resolvió de la manera en que se resuelven estas tensiones en las familias que se aman. Con el tiempo, cuando la evidencia del talento se vuelve imposible de ignorar, Jorge Negrete estudió canto, no en los espacios informales donde empezaban los artistas populares de su generación, en el Conservatorio Nacional de Música de México, con disciplina, con maestros que

entendían lo que tenían delante y que lo trabajaron con esa seriedad que dan las instituciones académicas. Aprendió a manejar esa voz con la precisión técnica que la formación clásica proporciona. Aprendió a respirar, aprendió a proyectar, aprendió a hacer que esa cosa natural e instintiva que tenía desde niño se convirtiera en un instrumento que respondía exactamente a lo que se le pedía.

 Y con esa formación, con la técnica encima del talento natural, la voz de Jorge Negrete se convirtió en algo que tenía pocos equivalentes en la música popular mexicana de su época. Tenía el entrenamiento de los cantantes de ópera, la presencia de los actores de teatro y algo que ningún conservatorio puede enseñar.

 La conexión con el género ranchero, que era el género que México amaba con la intensidad del reconocimiento propio, la música que el país sentía como suya, de una manera que iba más allá del gusto y llegaba a la identidad. El camino hacia la fama no fue recto ni rápido. Hubo años en que Jorge Negrete trabajó en lo que había. La radio, los teatros pequeños, los eventos donde la paga era modesta y la visibilidad era limitada.

 Había otros cantantes. Había la competencia natural de una industria que en los años 30 estaba creciendo con velocidad, pero que todavía no tenía suficiente espacio para todos los que querían estar en ella. Hay un episodio de esos años que dice mucho sobre su carácter. Intentó ir a Nueva York.

 El circuito de la música latina en Estados Unidos era, para ciertos artistas mexicanos de esa época, una posibilidad de visibilidad. que el mercado doméstico no siempre podía ofrecer. Jorge Negrete fue a Nueva York con la idea de hacer carrera en los teatros hispanos de la ciudad. No funcionó del todo. Nueva York no lo recibió con la apertura que había esperado.

 Volvió a México después de un tiempo con lo que tienen las personas cuando el primer intento falla. La decisión de intentarlo de otra manera fue el cine lo que cambió todo. Su primera película fue en 1937. juntos, pero no revueltos. Una comedia que le dio visibilidad, sin hacerlo todavía el nombre que iba a ser. Vinieron más películas, papeles que crecían en importancia a medida que los directores y productores descubrían lo que la cámara hacía con ese hombre, porque la cámara amaba a Jorge Negrete de la misma manera en que había amado a

Dolores del Río o a María Félix, con esa predilección inexplicable que ciertos rostros y ciertas presencias generan en el lente fotográfico, que los captura con una fidelidad que va más allá de la reproducción técnica de los rasgos y llega a algo interior. Jorge Negrete en la pantalla era más que Jorge Negrete en la vida, no porque la vida fuera menos, sino porque la pantalla amplificaba algo que ya era grande.

 Allá en el Rancho Grande, en 1940, fue la película que lo estableció. La historia del charro noble, del hombre de campo con dignidad y con honor y con esa voz que podía parar el mundo cuando se ponía a cantar, conectó con el público mexicano de una manera que los números confirmaban y que la industria reconoció como lo que era.

 El nacimiento de una estrella del tipo que solo llega una vez por generación. Y en las películas que vinieron después, Jorge Negrete construyó el personaje que México necesitaba ver, el charro cantor. El apodo que resume una imagen que fue al mismo tiempo genuina y fabricada. Genuina porque Jorge Negrete de verdad montaba a caballo con la facilidad del que lo ha hecho desde joven.

 Genuina porque la voz era real, no era efectos de sonido ni trampa del estudio. Genuina porque había en él algo de esa masculinidad que el personaje representaba. la dignidad, el orgullo, la capacidad de ocupar el espacio con esa naturalidad que tienen las personas que están cómodas siendo lo que son, pero también fabricada porque las películas construían alrededor de esa realidad una imagen que era más limpia y más simple que la realidad.

 El charro cantor de la pantalla no tenía las complicaciones del Jorge Negrete real. No tenía la enfermedad que lo iba a matar. No tenía los matrimonios que no funcionaron antes de encontrar a María Félix. No tenía el sindicato y las batallas con los productores y las décadas de trabajo duro antes de que la fama llegara.

 tenía el caballo, la voz, el traje de charro y la nobleza que el cine le ponía encima con la eficiencia de un sistema que sabía exactamente qué quería el público y cómo dárselo. México consumió esa imagen con la intensidad del reconocimiento. Se veía, hay hombres que México fabrica con la misma precisión con que fabrica sus mitos.

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