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Facundo Cabral: Subió al AUTO EQUIVOCADO… El Secreto NARCO del Hombre que lo Condenó.

 Tercero, ¿quién era realmente Henry Fariñas y por qué su mundo de clubes élite,  dinero y poder abrió la puerta del infierno? Y cuarto, como Alejandro Jiménez, alias el palidejo terminó señalado como el cerebro de una emboscada, donde el hombre equivocado pagó la deuda correcta. Pero antes de entender por qué Facundo Cabral murió por un extraño, hay que regresar al principio cuando todavía se llamaba Rodolfo Enrique Cabral y  el infierno no estaba en Guatemala, sino dentro de su propia infancia.

 Todo comenzó lejos de los reflectores, lejos de los auditorios llenos,  lejos de esa imagen casi sagrada del hombre que caminaba con guitarra,  barba blanca y frases que parecían escritas para consolar a los que ya no podían más. Antes de ser Facundo Cabral, antes de cantar en más de 150 países, antes de que el mundo repitiera, “No soy de aquí ni soy de allá, como si fuera una oración para los desarraigados.

 Su nombre era Rodolfo Enrique Cabral. Nació el 22 de mayo de 1937  en La Plata, Argentina. En una casa donde la pobreza no era una etapa. Era el aire que se  respiraba. Su padre se fue demasiado pronto. No dejó una explicación que alcanzara para llenar el hueco. Dejó una mujer pobre, varios hijos  y una marca invisible que el niño cargaría toda la vida.

 En muchas familias el abandono se convierte en silencio. En la de Rodolfo, el silencio fue literal. Según las biografías que reconstruyen su infancia, aquel niño no habló hasta los 9 años. 9 años mirando el mundo sin poder defenderse con palabras. 9 años escuchando hambre, discusiones, pasos cansados, puertas que se cerraban y sin poder decir lo que le dolía. Piensa en eso un momento.

 El hombre  que después viviría de la palabra, el que llenaría teatros hablando de Dios, de la libertad, de la muerte y del perdón, empezó la vida atrapado dentro de  su propia garganta. Tampoco sabía leer. Hasta los 14 años las letras eran para él otra forma de encierro. Mientras otros niños aprendían a escribir su nombre en un cuaderno, él aprendía a sobrevivir en la calle.

 a mirar la mano del adulto antes que la cara, a entender cuándo había que correr, cuándo había que callar, cuándo había  que aguantar. El hambre hace eso. La pobreza no solo vacía el estómago, también endurece la mirada. Hubo un momento que parece inventado por un novelista, pero pertenece a esa zona de la vida donde la necesidad hace cosas imposibles.

Siendo todavía un niño, Rodolfo emprendió un viaje larguísimo para llegar hasta Juan Domingo Perón y Eva Perón. No fue a pedir limosna, no fue a llorar frente al poder, fue con una petición brutalmente simple.  Su familia necesitaba trabajo y aquella audacia de un niño pobre, sucio de camino, empujado por la desesperación, terminó abriendo una puerta.

Su madre consiguió un empleo en una escuela en Tandil. Por primera vez, la familia tuvo algo parecido a una salida. Pero una salida no siempre es salvación, porque Rodolfo ya venía roto por dentro. Había crecido demasiado rápido. Había conocido la calle antes que la escuela, la rabia antes que la disciplina, la soledad antes que el amor.

A los 14 años terminó en un reformatorio, después en una cárcel de menores. Y aquí empieza la parte que cambia todo, porque en esa celda donde cualquier otro se habría hundido para siempre, apareció un sacerdote jesuita llamado Simón. Simón no le dio fama, no le dio dinero,  le dio algo mucho más peligroso para un muchacho condenado por la pobreza.

 Le dio palabras, le enseñó a leer, a escribir, a pensar, le puso frente a los libros, frente a la filosofía, frente a la religión, frente a una idea que Rodolfo no conocía, que un hombre podía nacer en el barro y aún así no pertenecerle al barro. En 3 años hizo lo que otros tardaban. 12.

 Absorbió todo como si estuviera recuperando el tiempo que la vida le había robado.  Leyó con hambre, pensó con hambre, cantó con hambre y entonces escuchó a Atahualpa  Yupanki. Esa música le abrió una segunda puerta. Primero  fue el indio gasparino. Después vino el nombre que América Latina recordaría para siempre, Facundo Cabral.

En 1970. No soy de aquí ni soy de allá, lo convirtió en algo más que un cantante. Lo volvió una bandera para los que no tenían patria emocional. En 1996 fue reconocido como mensajero de paz por la UNESCO. publicó decenas de libros, compartió escenarios con leyendas,  llenó auditorios, cruzó fronteras, predicó libertad con la serenidad de quien ya había conocido todas las jaulas.

 Pero aquí  está el detalle que debes guardar para lo que viene. Facundo no rechazaba las casas porque fuera libre.  Las rechazaba porque una casa podía convertirse en una pérdida. Vivía en hoteles, viajaba ligero, sin raíces. sin propiedades, sin ataduras. Creía que así nadie podía quitarle nada. Se equivocaba porque décadas después esa vida de hoteles, promotores y caminos ajenos lo pondría en manos de desconocidos.

 Y antes de llegar a la camioneta blanca de Guatemala, todavía falta contar la tragedia que terminó de convencerlo de que amar demasiado era otra forma de quedar condenado. Facundo creyó que ya había conocido todos los infiernos, la pobreza, el abandono, el silencio de su infancia, el reformatorio, la cárcel de menores, el hambre pegada a los huesos como una segunda piel.

 Pero la vida todavía le guardaba una herida más profunda, una de esas que no se ven en el escenario, pero cambian para siempre la manera en que un hombre mira el mundo. 1976,  Argentina entra en una de sus noches más oscuras. La dictadura militar empieza a perseguir voces, ideas, canciones, cualquier cosa que oliera a libertad.

 Y Facundo Cabral, que no sabía cantar de rodillas, entiende que quedarse podía costarle demasiado. Así que se va. México se convierte en refugio, en puente, en tierra prestada. Otra vez la misma condena  de su vida. Irse antes de que lo expulsen, caminar antes de que lo alcancen, partir antes de echar raíces.

 Pero en medio de ese exilio aparece algo que él no esperaba. Una mujer Bárbara Jackson. No una multitud, no un teatro  lleno, no una ovación interminable. Una mujer capaz de darle a ese hombre errante algo que jamás había tenido de verdad. Una casa emocional. Con ella tuvo una hija, una niña pequeña, apenas una vida empezando, apenas una promesa.

Y por primera vez, el hombre que cantaba, “No soy de aquí ni soy de allá”, tuvo la tentación de pertenecer a algún lugar. Piensa en eso un momento. Un niño abandonado por su padre,  un adolescente que aprendió a leer entre barrotes, un cantor perseguido por una dictadura. Ese hombre, de pronto mirando a su hija y creyendo que tal vez el destino podía devolverle algo.

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