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J.LUIS CHILAVERT: CONFESÓ QUIÉN LE DESTROZÓ LA VIDA

Catalino Chilabert, el padre. Nicolasa González, la madre. Una casa donde el agua a veces no llegaba, una casa donde el plato del almuerzo a veces tampoco. Una casa donde el padre cuando estaba estaba enojado y cuando no estaba era peor. Catalino trabajaba, Catalino salía. Catalino volvía tarde. Nicolás esperaba. Nicolasa rezaba.

Nicolasa criaba sola a dos hijos varones mientras el padre iba y venía como un  fantasma que dejaba ropa sucia y silencio. El pequeño José Luis tenía  algo distinto desde chico. Los vecinos lo recordaban con una mirada que no  parecía de un niño de 6 años. No bajaba los ojos, no retrocedía.

Cuando otro chamaco le pegaba en la calle, no lloraba. Lo miraba fijo y esperaba que el otro se cansara. Después, sin decir una palabra, se le iba encima. Catalino, las pocas veces que lo vio pelearse, no lo regañó. Le dijo una sola frase, una frase que el niño guardó para toda la vida y que va a explicar después por qué ese hombre se peleó con medio planeta sin pestañar.

Vamos a  volver a esa frase. Guardala en tu mente porque regresa. La pobreza en nuque no era  una idea. Era física. Era olor a humo de leña adentro de la casa. Era zapatos comprados dos tallas más grandes para que duraran  3 años. Era el día de cumpleaños sin torta. Era el cuaderno de la escuela escrito hasta en  los márgenes porque comprar otro era un lujo.

Y en esa casa de chapas había una pelota de trapo, una sola. vieja, cocida y descocida tantas  veces que ya no se sabía de qué color había sido al principio. Con esa pelota contra una pared de tierra, ese niño paraguayo aprendió lo único que nadie le iba a poder quitar. Nunca aprendió a atajar. Le faltaban guantes, le faltaba un arco de verdad, le faltaba un entrenador, le faltaba todo.

Un día, cansado de tirarse al suelo y rasparse los codos contra la tierra, le pidió a Nicolás a unas rodilleras. Nicolasa no tenía dinero para rodilleras. Agarró dos trapos de cocina, los cortó, los cosió, los rellenó con algodón viejo y se los amarró al hijo con tiras de tela a la luz de una vela. Esas fueron las primeras rodilleras de José Luis Chilabert, hechas por su madre en una cocina donde el techo goteaba.

Y aquí ya empieza a aparecer un patrón. La madre estuvo. La madre cosió. La madre rezó. Catalino se enteró tres días  después cuando volvió a la casa y vio al niño con los trapos puestos. Lo miró, no dijo nada, se metió a dormir. Aquí es donde todo cambia. A los 9 años ya era el arquero del equipo del barrio.

A los 12 era el arquero de la Liga infantil  de Luke. A los 14 los entrenadores empezaban a decirse algo en voz baja. Este  chico tiene algo que no se enseña. A los 15 debutó como profesional en Esportivo Luqueño. 15 años, una edad en  la que otros chicos todavía pedían permiso para llegar tarde a casa y él ya cobraba un sueldo por atajar.

El primer dinero que ganó José Luis Chilaverte en su vida lo metió en un sobre. Cerró el sobre, caminó hasta su casa, lo puso en la mesa de la cocina delante de Nicolasa y le dijo cinco palabras que la madre nunca olvidó. “Mamá, ya no vas a lavar más ropa ajena.” Nicolasa lloró. Catalino esa noche no estaba, pero hay algo que nadie sabe de esos primeros meses como profesional, algo que cambia toda la historia.

Imagina por un momento que un niño de 15  años que apenas tiene edad de afeitarse llega a su casa con un sobrelleno de dinero y descubre una semana después que el sobre ya no estaba donde lo había dejado. Imagina que pregunta qué vuelve a  preguntar. Que su madre baja la cabeza y le pide que no insista. Imagina  que entiende sin que nadie se lo diga que el padre se llevó la primera plata que él había ganado en su vida.

Sin pedir permiso, sin avisar, sin devolver. Eso  pasó en Luke en 1980 y esa fue la primera vez que José Luis sintió en el estómago lo que iba a sentir muchas veces más. Una rabia muda, una traición que no se podía denunciar, una herida  que tenía la cara de su propio padre.

A los 19 años fichó por Guaraní de Asunción. A los 20 lo vino a buscar San Lorenzo de Almagro en Argentina. Cruzó  la frontera con una maleta de cartón y dos camisetas. En Buenos Aires nadie sabía pronunciar su apellido, le decían el paraguayo. Y al paraguayo le bastaron cuatro partidos para que la gente del bajo Flores empezara a corear su nombre en la tribuna.

Pero algo había cambiado en él, algo se había endurecido. Ese niño que aprendió a no llorar en Nuke ahora  era un hombre que aprendió a no perdonar. Catalino seguía apareciendo. Catalino seguía pidiendo. Catalino seguía llevándose. Y José Luis cada vez que volvía a Paraguay encontraba la misma escena.

Una madre que envejecía  rápido, un padre que no envejecía nunca porque vivía como si la vida fuera fiesta y un hermano mayor, Rolando, que también jugaba al fútbol, pero que nunca iba a llegar a donde iba a llegar José Luis. Aquí es donde todo cambia. En 1988 llegó el salto a Europa. Real Zaragoza, España, la Liga, dinero de verdad por primera vez, una casa propia, un coche, trajes, relojes.

Y en medio de toda esa explosión de vida, una llamada que recibió un sábado por la mañana. Catalino del otro lado. Catalino llorando. Catalino diciéndole que Nicolasa estaba enferma, que necesitaban dinero urgente,  que mandara lo que pudiera. José Luis mandó. Mandó mucho. Mandó más de lo que cualquier hijo en su sano juicio hubiera mandado.

Y dos meses  después, cuando volvió a Paraguay a ver a su madre, descubrió que Nicolasa nunca había estado enferma. La operación que supuestamente le iban a hacer no existía. Los medicamentos que  supuestamente había comprado Catalino no se habían comprado. El dinero sencillamente no estaba.

Y aquí es donde aparece el primer caramelo de esta historia, porque José Luis no le gritó esa tarde a su padre, no lo enfrentó, no le exigió explicaciones, hizo algo  más raro, algo que solo entendió él. sacó una pequeña libreta del bolsillo trasero del pantalón, una libreta negra de tapa dura.

Anotó algo adentro, una fecha, una cifra, una palabra. Cerró la libreta, la  guardó y esa libreta lo iba a acompañar durante los próximos 20 años de su vida. ¿Que decía esa libreta? Vamos a  volver a eso. Te aseguro que vas a recordar este momento. El regreso a Sudamérica fue en 1991. V Sar Sfield, Buenos Aires. Y aquí empieza la parte que los mayores de 50 años recuerdan con la piel erizada.

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