Y aquí viene una parte que casi nadie está contando bien todavía, porque dentro de los audios que la fiscalía habría empezado a reproducir, según las versiones que circulan, habrían aparecido los códigos exactos que estos hombres usaban para autorizar las muertes. Esos códigos son lo que de verdad terminan de helar la sangre, porque revelarían el nivel de organización burocrática con el que estos cabecillas operaban.
Según se ha reportado, dentro de la estructura de la MS13 habrían existido dos modalidades oficiales para ejecutar a una víctima, ambas con autorización obligatoria por escrito o por audio de los altos mandos antes de proceder. La primera modalidad la habrían identificado internamente con el código H1, que significaría desaparecer a la víctima y enterrarla en un lugar oculto.
Normalmente una fosa preparada de antemano en un terreno controlado por la clic. La segunda modalidad sería el código H2, que consistiría en asesinar a la víctima y dejar el cadáver visible en plena calle en algún cruce concurrido, muchas veces con señales específicas para enviar un mensaje al barrio y después de cada ejecución, ya fuera H1 o H2, los corredores de programa estarían obligados a enviar un reporte de cumplimiento, confirmando que la orden se había ejecutado tal como se había mandado.
Cuando uno escucha estos detalles, lo primero que cuesta entender es que estos hombres no actuaban en arrebatos de violencia. No eran criminales improvisados que mataban en una pelea de bar. Eran una estructura empresarial de la muerte con organigramas, con códigos, con reportes, con archivos. Decidían a quién matar en una reunión.
Autorizaban la ejecución desde arriba, ejecutaban abajo y archivaban el resultado como quien cierra una factura del mes. Las versiones que han trascendido sobre los audios coinciden en algo que pone los pelos de punta y es que en varias de esas grabaciones se les escucharía los cabecillas hablando de las víctimas sin nombrarlas, como si fueran números, como si fueran tareas pendientes en una lista de oficina. Mira, yo te lo digo claro.
Hay momentos en este expediente en los que cuesta seguir leyendo, porque la frialdad con la que estos hombres habrían tratado vidas humanas durante una década completa es algo que cuesta procesar. Si usted llevaba años esperando ver caer a estos personajes que durante décadas hicieron lo que les dio la gana en los barrios humildes, suscríbase, porque aquí vamos a contar uno por uno cómo se les va cerrando la puerta del Secot.
Pero todo esto, los 486 acusados, los 600 audios, los códigos H1 y H2, los reportes de cumplimiento, las 230 clicas y los 34 programas, no es lo más impactante de este expediente. Lo más impactante, lo que de verdad explicaría por qué este juicio ha tomado el peso que tiene, sería el momento exacto en que estos cabecillas pasaban de las órdenes individuales a las órdenes masivas, porque según se ha reportado, dentro de la estructura habrían existido momentos específicos marcados por una sola instrucción en los que la Mara entraba en un modo de
ejecución indiscriminada que dejaba decenas de muertos en cuestión de horas. Aquí mismo, en unos minutos, te voy a contar exactamente cómo funcionaba ese mecanismo, cuántas veces se habría activado entre 2011 y 2022 y por qué cada vez que esa orden se pronunciaba. Las morgues de varios departamentos quedaban desbordadas en menos de dos días.
Y vas a escuchar también uno de los audios más fuertes que la fiscalía habría reproducido en sala, donde se le escucharía a uno de estos cabecillas amenazando directamente a las familias de sus víctimas para entender bien lo que pasaba dentro de la cabeza de estos cabecillas cuando decidían pasar de una ejecución individual a una matanza generalizada.
Hay que detenerse en una expresión que durante años circuló dentro de la estructura de la MS13 y que solamente unos pocos en el bajo mundo conocían. Una expresión que con tres palabras podía dejar varios departamentos del país convertidos en zonas de duelo en menos de 48 horas. Esa orden interna, según se ha reportado en el expediente que está siendo presentado en el tribunal habilitado dentro del SECOT, se llamaba Válvula Abierta.
Y mira, cuando uno escucha por primera vez esa expresión, parece sacada de un manual técnico. Parece que estuviera hablando de una tubería, de una instalación industrial, de cualquier cosa menos de vidas humanas. Pero ese era exactamente el efecto que estos hombres buscaban, hablar de la muerte como si fuera mantenimiento, como si fuera un trámite menor que había que ejecutar para que el sistema siguiera funcionando.
Cada vez que uno de los altos mandos pronunciaba o escribía esa orden, válvula abierta. Lo que estaba haciendo era autorizar a todas las clicas bajo su mando a ejecutar homicidios de forma indiscriminada y sin necesidad de pedir permiso caso por caso. Era, en pocas palabras, una licencia general para matar.
Las versiones que han trascendido sobre el expediente coinciden en que entre 2011 y 2022 esa orden se habría activado al menos 25 veces a lo largo del territorio nacional. 25 veces. 25 momentos en los que estos hombres, sentados cómodamente en sus celdas o en casas de seguridad decidieron que durante un periodo determinado todo el país iba a vivir un baño de sangre y cada una de esas válvulas habría dejado decenas de cadáveres en colonias enteras sin importar quién fuera la víctima, sin importar la edad, sin importar si tenía algo que ver con cualquier conflicto
interno entre clicas. Yo te voy a ser sincero, cuando uno se entera de este detalle, es difícil no sentir que la sangre se calienta, porque hablamos de momentos en los que un hombre encerrado en una cárcel daba la orden y a las pocas horas, un padre de familia que volvía del trabajo en bicicleta caía batido en plena calle sin tener nada que ver con nada, simplemente porque le tocó pasar por la esquina equivocada en el día. Equivocado.
Imagínate ser esa esposa que esperaba a su marido para cenar. y que en lugar de verlo entrar por la puerta, recibió una llamada de un vecino diciéndole que fuera a la morgue. Imagínate ser esa madre que mandó a su hijo de 14 años a comprar tortillas y nunca más volvió a verlo con vida. Y todo eso, según se ha reportado, sería consecuencia directa de una orden de tres palabras pronunciada por un hombre que en ese momento ni siquiera estaba en libertad, sino dictando muerte desde detrás de unas rejas que durante años nadie se atrevió a tocar. El sistema
interno con el que la MS13 operaba sus ejecuciones era casi tan rígido como el de una empresa privada con sus protocolos de calidad. Según se ha reportado, ningún miembro de una clica podía matar por su cuenta sin haber pedido autorización previa al corredor de programa y este a su vez tenía que elevar la solicitud hacia los altos mandos.
Una vez que la orden bajaba con la autorización correspondiente, el ejecutor sabía si tenía que aplicar el código H1, que significaba desaparecer y enterrar a la víctima en un lugar oculto, o el código H2, que significaba matar y dejar el cadáver a la vista en una zona pública. Cada modalidad enviaba un mensaje distinto al barrio.
El H1 sembraba la incertidumbre, hacía que la familia de la víctima viviera meses o años sin saber si su ser querido seguía con vida o no. El H2, en cambio, era el mensaje directo, brutal, sin matices, una advertencia visual para todo aquel que pasara por la calle y viera el cuerpo. Y después de cada ejecución, según las versiones que circulan, los corredores de programa estaban obligados a enviar un reporte de cumplimiento confirmando que la tarea se había realizado.
Ese reporte de cumplimiento es uno de los detalles que más rabia genera de todo el expediente, porque significa que estos hombres no solo ordenaban matar, sino que llevaban contabilidad de las muertes, llevaban un archivo, llevaban registros. Cada vida humana extinguida pasaba por un trámite burocrático y al final del día alguien revisaba si todas las órdenes del mes se habían ejecutado correctamente, como quien revisa un inventario de mercadería.
Y mira, yo lo digo claro, cuando uno escucha estos detalles, cuesta entender qué clase de frialdad mental se necesita para tratar la muerte ajena con esa indiferencia tan organizada. No estamos hablando de criminales improvisados que en un arranque de violencia mataban a alguien. Estamos hablando de hombres que se levantaban por la mañana, revisaban los reportes del día anterior, autorizaban nuevas ejecuciones y se iban a dormir tranquilos, sabiendo que su empresa de la muerte había cumplido con sus metas.
Pero la maquinaria no terminaba ahí porque además del control sobre las muertes, estos cabecillas habrían operado un control casi total sobre la vida cotidiana de las comunidades bajo su dominio. Hay un caso documentado en el expediente que pone los pelos de punta y es el de la comunidad San José del Pino en Santa Tecla, que durante años habría funcionado como una especie de territorio soberano de la MS13 dentro del Salvador.
Según se ha reportado, en San José del Pino, la Mara decidía cuántos vehículos podía tener cada familia, qué horarios podían usarse para entrar y salir de la colonia, qué pulpería podía vender, qué productos e incluso qué empresas externas podían entrar a hacer obras o entregas. Las conexiones de agua y electricidad estaban manipuladas por la propia clica.
Los inmuebles abandonados eran usurpados por la Mara y entregados a quien la Mara decidía. La libre movilización de los vecinos estaba restringida según el humor de los cabecillas locales. Imagínate vivir así durante una década. Imagínate que tu propia casa donde criaste a tus hijos, donde enterraste a tus padres, ya no fuera tuya en términos prácticos.
Porque cualquier decisión sobre tu vida diaria tenías que consultarla con un grupo de hombres tatuados que se habían apropiado de tu colonia. Imagínate no poder llevar a tu hijo al colegio por la ruta que tú quieras, sino por la que la Mara permite. Imagínate no poder recibir una visita familiar después de las 8 de la noche porque la clica no autoriza el ingreso de extraños a esa hora.
Imagínate pagar tu factura de luz a la propia Mara porque ellos manipularon la conexión y ahora cobran ellos, no la empresa eléctrica. Eso durante 10 años fue la realidad cotidiana de miles de salvadoreños humildes, mientras los políticos de turno miraban hacia otro lado y los medios internacionales se ocupaban de cualquier otra cosa.
Dentro de toda esta estructura sistemática, lo que más nervios pone, lo que más rabia genera es que estos hombres también dirigieron sus ataques contra las personas que se atrevieron a hacerles frente. más de 525 empleados públicos asesinados entre 2011 y 2022. Ya lo dijimos, más de 104 agentes de la Policía Nacional Civil ejecutados, muchos de ellos en sus días libres, saliendo de sus casas, llevando a sus hijos a la escuela.
Pero la cosa no se quedaba en la víctima directa, porque según se ha reportado, los cabecillas habrían dado órdenes específicas para que el mensaje le llegara también a las familias de los policías, a las esposas, a los hijos, a los padres ancianos. Y el siguiente audio que vas a escuchar, según las versiones que han circulado, sería precisamente uno de esos momentos en los que un cabecilla amenaza directamente al entorno familiar de un objetivo.
Escúchalo tú mismo, porque las palabras que se le habrían escuchado decir no necesitan que yo te las explique. A la hora y en el lugar que menos te lo imaginés, nosotros vamos a actuar. Yo no sé tú, pero a mí esa voz no se me va a borrar fácil. Vamos a reventarte el primer familiar que te veamos. Esa frase dicha con esa frialdad, dicha con esa naturalidad, no es la frase de un hombre que improvisa, es la frase de un hombre que ya ha hecho eso muchas veces antes, que sabe exactamente lo que está prometiendo, que ha visto el efecto que esa promesa produce en la cara del
que la recibe. Y cuando uno entiende que detrás de esa voz hay decenas, cientos de policías que efectivamente perdieron a un hermano, a un padre, a un hijo, a una esposa, simplemente por portar un uniforme, lo que viene a la cabeza es una pregunta muy dura. ¿Cuánta gente honrada de este país tuvo que enterrar a alguien querido por culpa de hombres como este, mientras estos hombres se reían desde sus celdas? Y aquí viene la parte que pocos esperaban, porque mientras estos cabecillas pensaban que podían seguir
operando desde dentro de las cárceles para siempre, alguien dio la orden de cortarles el oxígeno de raíz y esa orden vino directamente del despacho presidencial. Esa orden, esa decisión, ese punto de quiebre en la historia reciente del país vino de la mano de Bukele. Porque a diferencia de todos los gobiernos anteriores, que habían preferido pactar, dialogar, hacérselos desentendidos o directamente facilitar la operación de la Mara desde dentro de las cárceles, este gobierno habría tomado la decisión de cortar de raíz
toda comunicación, todo privilegio, toda capacidad operativa de los cabecillas. Y según se ha reportado, fue precisamente esa decisión la que habría permitido con el paso de los meses, que la fiscalía pudiera reunir las pruebas necesarias para construir el expediente que ahora se está presentando dentro del SECOT.
Los 600 audios no aparecieron de la nada, se obtuvieron porque alguien decidió que ya bastaba, que se acabó el cuento, que estos hombres no iban a seguir mandando ni un día más desde detrás de las rejas. Y a partir de ese momento, la maquinaria empezó a moverse en la dirección contraria, paciente, silenciosa, durante meses, hasta que llegó la madrugada en la que el operativo más grande contra la cúpula histórica de la MC13 finalmente se puso en marcha.
La madrugada en la que la cúpula histórica de la Mara Salvatrucha empezó a venirse abajo no tuvo nada de épica en su comienzo. No hubo grandes anuncios, no hubo cámaras esperando en la puerta, no hubo discursos previos. Lo que hubo, según se ha reportado, fueron decenas de equipos de la Policía Nacional Civil y de la Fuerza Armada, moviéndose en silencio por distintas zonas del país, simultáneamente con instrucciones precisas, con direcciones marcadas, con nombres y alias en sus carpetas.
La orden había bajado horas antes el más alto nivel del estado y a partir de ese momento, la maquinaria entera del aparato de seguridad salvadoreño se puso al servicio de una sola misión. desmantelar de una vez por todas a los hombres que durante una década habían convertido este país en su patio trasero.
Y mira, yo te lo digo claro, cuando uno se entera de cómo se preparó todo aquello en silencio durante meses, cuesta no admirar la paciencia con la que se construyó cada pieza del operativo, porque eso es algo que casi nadie está terminando de contar bien todavía. Este operativo no fue una redada improvisada, no fue una decisión tomada en una sola noche.
fue, según las versiones que han trascendido, el resultado de meses de inteligencia previa, de cruces de información entre la Fiscalía, la Policía Nacional Civil y los Centros Penales del país, de seguimientos pacientes a comunicaciones internas, de identificación de cada uno de los corredores de programa, de cada uno de los miembros de la ranfla histórica.
Y todo eso se habría hecho bajo una premisa muy simple. No se podía fallar. Si alguno de los cabecillas se daba cuenta de que el cerco se estaba cerrando, podía dar la orden de una válvula abierta como represalia y dejar al país sumergido en otro baño de sangre. Por eso el operativo se habría planificado al milímetro con simultaneidad absoluta para que ninguno de los acusados tuviera ni siquiera la posibilidad de tomar el teléfono y avisar al de al lado.
Y entonces esa madrugada, cuando los relojes apenas pasaban de las 2 o las 3 de la mañana en distintas partes del territorio salvadoreño, las puertas empezaron a caer. Algunos de los cabecillas estaban en sus celdas dentro de centros penales antiguos. Otros estaban en casas de seguridad. Algunos pocos, los que aún se creían intocables, dormían en residencias propias en colonias de mediano nivel, pensando que su poder era eterno.
Pero todos, sin excepción recibieron la misma visita esa madrugada. Hombres uniformados, fusiles en mano, instrucciones claras, esposas listas. Y en cuestión de pocas horas, los que durante años habían sido las voces que daban las órdenes, los que decidían quién vivía y quién moría. Los que firmaban con sus apodos los reportes de cumplimiento se vieron por primera vez en sus vidas en la posición opuesta, sin teléfono, sin contacto con sus clicas, sin posibilidad de dar una sola orden más.
Y el siguiente paso, el que iba a marcar el verdadero final de su poder, ya estaba esperándolos a pocos kilómetros de distancia en un edificio que ningún cabecilla quería ni siquiera nombrar. Antes de continuar con lo que ocurrió en ese traslado, hay un detalle más que tienes que escuchar tú mismo, porque mientras todos estos operativos se preparaban en silencio, la arrogancia de estos hombres seguía intacta.
En los audios que la fiscalía habría reproducido en sala dentro del Seot, según las versiones que han circulado, hay uno en el que se le escucharía a uno de los cabecillas dejando muy clara su postura sobre cualquier autoridad religiosa, moral o civil que pretendiera ponerle freno a sus operaciones. Una postura que durante años fue la columna vertebral del modus operandi de toda la estructura.
Escúchalo tú mismo y dime si después de oír esto sigues pensando que estos hombres tenían algún resto de humanidad funcionando por dentro. Nosotros venimos y no hacemos las cosas vivos como lo que dice el padre rey. Nosotros venimos y no hacemos las cosas como lo que dice el padre. Esa frase con esa arrogancia dicha por un hombre que durante años se sintió por encima de Dios, por encima de la ley, por encima de cualquier código moral que rige a la gente decente, es probablemente una de las declaraciones más reveladoras de toda la estructura mental de la MS13.
Para ellos, ningún sacerdote, ningún juez, ningún policía, ningún padre de familia, ningún testigo tenía autoridad alguna sobre lo que ellos decidieran hacer. eran su propia ley, su propio Dios, su propia sentencia. Durante una década entera, con ese pensamiento, vivieron, mataron y dictaron destino. Y mira, yo te confieso que cuando uno escucha esa voz, lo primero que viene a la cabeza es una pregunta muy concreta.
¿Dónde quedó esa arrogancia cuando esa misma persona horas después de su captura vio por primera vez en su vida las puertas del centro de confinamiento del terrorismo abrirse frente a él? Porque eso fue exactamente lo que pasó esa madrugada después de la captura simultánea, después de las esposas, después del traslado en vehículos blindados con escolta militar, los acusados llegaron al Secot, el edificio que durante meses se había convertido en el símbolo de un nuevo El Salvador.
El edificio donde el silencio reemplaza el ruido de las clicas, donde la cabeza rapada reemplaza los tatuajes exhibidos con orgullo, donde el uniforme blanco reemplaza al pantalón ancho y a la camiseta con los colores de la mara. Y al cruzar ese portón, según se ha reportado, todos pasaron por el mismo proceso.
Cabeza rapada al ras, uniforme blanco, sin reloj, sin cadena, sin un solo objeto personal que los conecte con la vida que tenían afuera. La fila al pasar, la mirada al suelo, las manos esposadas y al fondo del corredor una celda de concreto sin ventanas al exterior, con una cama de metal y una luz artificial encendida las 24 horas del día.
De aquí no se sale, de aquí no se manda, de aquí no se decide nada. El contraste entre el hombre que en un audio del año 2018 dictaba quién tenía que morir esa semana. Y el mismo hombre hoy sentado en silencio en una sala habilitada dentro del propio Secot, escuchando esos audios reproducidos como prueba en su contra, es uno de los pocos momentos de verdadera justicia que este país ha visto en décadas, porque ahí en esa sala esos hombres no pueden pedirle a nadie que les acerque un teléfono, no pueden mandar una orden a una clica, no pueden firmar un reporte de
cumplimiento, no pueden cobrar renta a un comerciante, no pueden dar una válvula abierta. Lo único que pueden hacer es escuchar. Escuchar sus propias voces grabadas, escuchar sus propios apodos, escuchar las amenazas que pronunciaron contra familias enteras y permanecer callados con la cabeza rapada.
Mientras un juez del tribunal sexto contra el crimen organizado, deja que cada audio se reproduzca completo sin interrupciones hasta el último segundo. G. Mientras eso ocurre dentro de las paredes del Secot, afuera, en las colonias que durante años vivieron bajo su sombra, algo está empezando a cambiar de verdad. La señora, que durante 7 años pagó renta semanal en el mercado central, ha vuelto a abrir su puesto sin mirar por encima del hombro cada vez que entra un cliente nuevo.
El padre de familia que llevaba a sus hijos al colegio dando dos rodeos para evitar la esquina donde estaba el bandera de la clica, ahora hace el camino directo en línea recta, como cualquier persona normal en cualquier país normal. La madre soltera que durante años durmió con el celular en la mano por si llegaban las amenazas. Ahora apaga la luz a las 10 de la noche y duerme hasta la mañana.
Y los niños, los niños que durante una década crecieron sin saber lo que era jugar en la calle después del atardecer vuelven a salir, vuelven a correr, vuelven a reír. Esa es la verdadera catarsis de esta historia y no la sentencia formal que aún tarde en llegar. Pero entre todas esas vidas que están empezando a respirar de nuevo, hay una que merece ser escuchada por encima de todas las demás.
Porque dentro del propio juicio que avanza en el Secot, según se ha reportado, también se han presentado testimonios directos de víctimas de madres que perdieron a sus hijos durante la década en la que estos hombres operaban. Y el último audio que vas a oír en este video no es la voz de un cabecilla, no es la voz de un asesino, no es la voz de un hombre con tatuajes hablando con frialdad de muerte.
Es la voz de una madre que durante años cargó un dolor que ningún tribunal puede medir y ninguna cámara puede capturar. Esto fue lo que dijo. Y lo que ella dice lo dice por todas las madres de este país que pasaron por lo mismo. Me quitaron mis hijos y ahora no sé qué hacer. madre, pues es lo peor que puede ver y no creo que otra gente venga a opinar algo que no lo va a vivir.
Mira, después de escuchar esa voz, no hay mucho que un narrador pueda agregar. Me quitaron mis hijos y ahora no sé qué hacer. Esa frase dicha por una mujer que ya no tiene a quién criar, que ya no tiene a quién esperar a la salida del colegio, que ya no tiene a quién buscarle ropa nueva cuando empieza el frío, es la frase que de verdad explica por qué este juicio tiene el peso que tiene.
Esos 525 empleados públicos, esos 104 policías, esos miles de civiles asesinados en la década negra de la MS13, todos tenían una madre como ella. Todos dejaron una madre como ella y durante años esas madres callaron porque hablar significaba más muerte. Hoy, por primera vez en décadas, dentro del mismo edificio donde están encerrados los hombres que les arrebataron a sus hijos, esas madres pueden hablar y los acusados están obligados a escuchar.
Esa y no otra es la justicia que durante 30 años este país estuvo esperando. Si esta historia te llegó hasta el fondo, hay algo que conviene que sepas, porque dentro del mismo expediente del Tribunal Sexto contra el crimen organizado, según las versiones que han trascendido, habría todavía 475 audios más por reproducirse y entre ellos estarían las grabaciones más fuertes de toda la causa.

audios donde se le escucharía directamente a uno de los cinco cabecillas principales, dando la orden exacta de una válvula abierta del año 2019 que dejó decenas de muertos en menos de 48 horas. Esa grabación, junto con los testimonios de otras madres que estarían programadas para declarar en las próximas audiencias podría cambiar por completo la dimensión que este juicio ha tomado hasta el momento.
Si lo que escuchaste hoy te impactó, espérate a oír lo que viene en el próximo caso, porque la siguiente entrega va directamente sobre uno de estos cinco rostros principales y sobre el audio que probablemente lo sentenciará para siempre. Dale al siguiente video porque ahí mismo te cuento exactamente cuál de los cinco está a punto de caer con todo el peso de su propia voz.