Durante el siglo XX, los generales norteamericanos despreciaron a Villa desde el primer día. Lo presentaron ante la opinión pública como un bandolero analfabeto, un ladrón de caballos elevado por las circunstancias a la condición temporal de líder revolucionario. Aseguraron a la prensa que la captura sería cuestión de semanas. El general Frederick Fanston, comandante del departamento sur del ejército estadounidense, declaró públicamente que las tropas modernas con aeroplanos y automóviles localizarían al fugitivo con facilidad.
La superioridad material era abrumadora. La fuerza expedicionaria crecería durante los meses siguientes hasta alcanzar 10,000 soldados profesionales. Costaría a los contribuyentes estadounidenses 130 millones de dólares y desplegaría en territorio mexicano la tecnología militar más avanzada del momento. 11 meses después, en febrero de 1917, aquella fuerza expedicionaria abandonó México sin haber capturado a Villa.

El caudillo, que durante los primeros meses de la persecución había llegado a esconderse en una cueva de la Sierra Madre con apenas dos hombres, había logrado durante el periodo resurgir como factor militar, reconquistar partes considerables de Chihuahua e infligir a las tropas estadounidenses derrotas tácticas como la del Carrizal el 21 de junio de 1916.
donde 14 soldados americanos fueron muertos y 24 capturados. El propio Persing terminaría enviando a sus superiores un telegrama paradójico. Tengo el honor de informar que Villa se encuentra en todas partes y en ninguna. Esta es la historia de cómo el ejército más moderno del continente americano fue humillado durante 11 meses por un caudillo a caballo en las montañas de Chihuahua, para entender por qué el ejército más moderno del continente americano fue humillado durante 11 meses por un caudillo a caballo. Hay que
reconstruir el proceso mediante el cual Pancho Villa pasó durante el año anterior al ataque a Columbus de comandar el ejército revolucionario más poderoso de América Latina a operar como guerrillero perseguido en las montañas de Chihuahua. Aquella transformación brutal y acelerada configuró las condiciones que durante la expedición punitiva determinarían el fracaso estructural del proyecto estadounidense.
Durante la primavera y el verano de 1915, la división del norte de Pancho Villa fue sistemáticamente aniquilada por el general Álvaro Obregón en las batallas del Bajío. Delaya en abril, León en mayo y junio, Aguascalientes en julio. El ejército revolucionario más temido del continente que durante dos años había producido las victorias más espectaculares de toda la campaña antiguertista, dejó de existir como institución militar en cuestión de 4 meses.
Los dorados veteranos, la caballería de élite, cuya reputación había sostenido la leyenda de invencibilidad, fueron exterminados en las zonas de muerte de las ametralladoras hochis que Obregón había desplegado siguiendo las lecciones de la guerra europea simultánea. Durante el otoño de 1915 ya no era el comandante de un ejército regular, era un caudillo en proceso de reorganización forzosa hacia formas guerrilleras de combate.
El golpe diplomático que precipitó la transformación final llegó el 19 de octubre de 1915. Aquel día el presidente Woodro Wilson reconoció formalmente al gobierno de Venustiano Carranza como la autoridad legítima de México. El reconocimiento implicaba simultáneamente el cierre de los canales mediante los cuales Villa había comprado armamento y suministros a través de la frontera durante los años anteriores.
División del norte, ya devastada militarmente, perdía ahora también las fuentes externas de aprovisionamiento que durante su periodo de esplendor habían sostenido sus operaciones. Para un comandante acostumbrado a mantener relaciones cordiales con los Estados Unidos durante los años de la campaña contra Huerta, aquel reconocimiento del régimen rival fue percibido como una traición.
personal, cuya magnitud determinaría las decisiones posteriores. La amargura villista se profundizó durante las semanas siguientes con la batalla de Agua Prieta de noviembre de 1915. En aquella ciudad fronteriza sonorense, las fuerzas constitucionalistas del general Plutarco, Elías Calles, habían construido fortificaciones defensivas extraordinariamente sofisticadas.
Pero el factor que durante las décadas posteriores Villa nunca perdonaría fue logístico. El gobierno estadounidense había autorizado el paso de tropas constitucionalistas a través de territorio americano, en trenes que las transportaron desde Laredo, Texas hasta las inmediaciones del puerto fronterizo, reforzando la guarnición de agua prieta precisamente durante las jornadas críticas de la batalla.
Villa atacó el 1 de noviembre con aproximadamente 6000 hombres. fue catastróficamente derrotado, perdiendo otros 15 hombres de las fuerzas ya considerablemente disminuidas. Para los primeros meses de 1916, Villa había llegado a una conclusión personal, cuya racionalidad estratégica los analistas posteriores discutirían, pero cuya lógica psicológica era transparente.
Los Estados Unidos lo habían traicionado al reconocer a Carranza. habían facilitado la victoria carrancista en Aguaprieta mediante el paso de tropas por su territorio y habían cerrado los canales de aprovisionamiento que sostenían el villismo. La respuesta tendría que ser proporcionada a la magnitud de la afrenta percibida. El ataque a Columbus, planeado durante las semanas finales de febrero y los primeros días de marzo de 1916 combinaba varios objetivos convergentes.
Necesidad logística de obtener suministros militares mediante el saqueo de almacenes estadounidenses. cálculo político de provocar una reacción americana que desestabilizara al régimen carrancista y un componente personal específico, la presencia en Columbus del comerciante Sam Rabel, a quien Villa acusaba de haberle estafado en una operación de armamento durante los meses anteriores.
La operación se ejecutó durante las horas previas al amanecer del 9 de marzo de 1916 con aproximadamente 500 jinetes que cruzaron la frontera en la oscuridad. El ataque produjo varias horas de combate, la destrucción parcial de la ciudad, el saqueo de almacenes y el incendio de varios edificios. Villa logró algunos suministros antes de regresar al territorio mexicano y desencadenó simultáneamente la operación militar estadounidense más extensa en territorio extranjero hasta aquel momento.
La reacción del presidente Gudro Wilson al ataque sobre Columbus fue inmediata y de una desproporción que solo se explica si se considera el componente simbólico del acontecimiento. Por primera vez la guerra de 1812 contra Gran Bretaña, una fuerza armada extranjera había invadido territorio continental de los Estados Unidos y combatido contra las tropas regulares del ejército americano en suelo nacional.
La afrenta política excedía completamente las dimensiones militares reales del ataque, que había producido apenas 18 muertos estadounidenses entre soldados y civiles. Wilson, presionado por la opinión pública y por la prensa que reclamaba represalia inmediata, autorizó dentro de los días siguientes la operación militar más extensa en territorio extranjero que los Estados Unidos hubieran ejecutado hasta aquel momento.
El comando de la operación recayó en el general John Joseph Persing, oficial de 55 años, que durante las décadas anteriores había acumulado experiencia colonial en Filipinas, combatiendo contra la insurgencia local y posteriormente comandando operaciones de pacificación contra los moros del sur del archipiélago.
ing era considerado uno de los oficiales más capaces del ejército estadounidense del momento y su designación reflejaba la determinación de Wilson de encomendar la operación al mejor comandante disponible. La elección sería históricamente significativa por una razón adicional. Apenas 18 meses después del fracaso mexicano, Persing sería designado comandante en jefe de la fuerza expedicionaria estadounidense en Francia durante la Primera Guerra Mundial, posición que lo convertiría en el oficial militar más prominente de los
Estados Unidos durante el siglo XX. La composición de la fuerza expedicionaria reflejaba la convicción estadounidense de que la captura de villa sería relativamente rápida si se aplicaba contra el caudillo la combinación adecuada de fuerza y tecnología moderna. Las tropas iniciales sumaban aproximadamente 5,000 soldados profesionales organizados en una división provisional de tres brigadas que incluían cuatro regimientos de caballería, dos de infantería y unidades de apoyo.
Durante los meses siguientes, la fuerza aumentaría hasta alcanzar aproximadamente 10,000 hombres, además de los aproximadamente 150,000 soldados de la Guardia Nacional que serían movilizados a lo largo de la frontera para prevenir incursiones villistas adicionales. la cifra total de personal militar estadounidense involucrado en la operación, considerando tanto la fuerza expedicionaria como las guarniciones fronterizas, alcanzaba dimensiones que ninguna operación militar previa en territorio extranjero había requerido.
Pero el componente más significativo de la fuerza expedicionaria, desde el punto de vista propagandístico y simbólico, no era el número de soldados, sino la tecnología moderna que la acompañaba. El primer escuadrón de aviación del ejército estadounidense equipado con ocho aeroplanos biplanos Curtis JN3 fue desplegado por primera vez en operaciones de combate en territorio extranjero durante la campaña mexicana.
Aquellos aviones primitivos respecto a los estándares europeos contemporáneos, pero revolucionarios respecto a cualquier conflicto americano anterior, eran presentados ante la opinión pública como el factor decisivo que haría imposible la evasión del fugitivo. Los camiones de transporte de motor, recientemente incorporados al ejército estadounidense garantizarían la velocidad operativa que la caballería tradicional no podía igualar.
El equipamiento telegráfico moderno permitiría coordinar las operaciones sobre el vasto territorio chihuahuense con una precisión que las comunicaciones tradicionales no alcanzaban. Aquella desproporción tecnológica entre los dos bandos produjo la confianza estadounidense excesiva, que durante los meses siguientes se traduciría en humillación pública.
Generales norteamericanos formados en la doctrina militar convencional que privilegiaba la superioridad material como factor decisivo, no comprendieron que las condiciones específicas del teatro mexicano neutralizaban progresivamente las ventajas tecnológicas. Los aeroplanos Curtis, mal diseñados para operar en las altitudes de la Sierra Madre Occidental, resultarían progresivamente inútiles.
Los camiones se atascarían sistemáticamente en los caminos rurales chihuahuenses durante la temporada de lluvias. El equipamiento moderno se revelaría inadaptado a las características reales del entorno. La entrada formal de la expedición punitiva en territorio mexicano se produjo el 15 de marzo de 1916 por Palomas en el norte de Chihuahua, apenas 6 días después del ataque a Columbus.
Las primeras columnas avanzaron hacia el sur con la confianza absoluta que la superioridad material había producido. Y comenzó así una de las cacerías militares más extensas y más humillantes de toda la historia estadounidense. Las primeras semanas de la expedición punitiva revelaron casi inmediatamente que la confianza estadounidense en la superioridad tecnológica había subestimado dramáticamente las características específicas del teatro mexicano.
Los aeroplanos del primer escuadrón de aviación, presentados ante la opinión pública como el factor decisivo que garantizaría la captura del fugitivo, comenzaron a fallar durante los primeros vuelos de reconocimiento. Los biplanos Curtis JN3, diseñados para condiciones atmosféricas relativamente estables, no podían operar eficazmente en las altitudes de la Sierra Madre Occidental, donde las corrientes ascendentes, los vientos cruzados de montaña y la rarefacción del aire reducían progresivamente la capacidad de vuelo. De los ocho aviones
desplegados inicialmente, varios sufrieron accidentes durante las primeras semanas y los restantes fueron retirados de operaciones de combate en cuestión de meses por inutilidad operativa. Los camiones de transporte de motor enfrentaron problemas estructuralmente análogos. Diseñados para caminos pavimentados o al menos para superficies relativamente estables, se atascaban sistemáticamente en los caminos rurales chihuahüenses.
Durante la temporada de lluvias de aquella primavera y verano, los caminos se transformaban en barrizales que ningún vehículo motorizado podía atravesar sin asistencia. Las fotografías de la época, posteriormente conservadas en archivos militares estadounidenses, documentan repetidamente camiones tanque de gasolina hundidos en zanjas y rodeados por soldados que intentaban extraerlos mediante cuerdas y bestias de tiro.
imágenes que durante las décadas posteriores se convertirían en uno de los símbolos más reproducidos del fracaso operativo de la expedición. Persing estableció su cuartel general en colonia Dublán, antigua colonia Mormona en el norte de Chihuahua, y comenzó a desplegar sus brigadas hacia el sur en operaciones de búsqueda sistemática. La estrategia era ortodoxa, barrer metódicamente el territorio mediante columnas paralelas, controlar las rutas principales, mantener guarniciones en localidades estratégicas e ir cerrando progresivamente el cerco sobre el
fugitivo mediante la combinación de fuerza, tecnología e inteligencia. Aquella estrategia ejecutada según los manuales militares estadounidenses fracasó estructuralmente porque ignoraba un factor fundamental. La población chihuahuense, lejos de colaborar con los invasores, se identificaba progresivamente con el caudillo perseguido.
Mientras las brigadas de Persing barrían el territorio, Villa, aprovechando la herida de bala recibida en una pierna durante un combate previo con tropas carrancistas en marzo, se ocultó en una cueva conocida como la cueva del cosate. las profundidades de la sierra madre occidental, acompañado por apenas dos hombres de su confianza, el caudillo permaneció oculto durante semanas mientras se recuperaba de la herida y mientras los 5000 soldados estadounidenses lo buscaban en la inmensidad del territorio chihuahuense. La paradoja era
extrema y constituiría posteriormente uno de los elementos centrales de la leyenda villista. El ejército más moderno del continente, equipado con aeroplanos, camiones y telegrafía moderna, era incapaz de localizar a un solo hombre herido, acompañado por dos compañeros en una cueva de montaña. El factor que hacía posible aquella invisibilidad era el conocimiento del terreno y el apoyo de los pobladores.
Los campesinos chihuahuenses que durante los años anteriores habían combatido en las filas de la división del norte o que habían visto a sus familias incorporadas al movimiento villista, mantenían sistemáticamente el silencio frente a los invasores. Cuando los soldados estadounidenses preguntaban por Villa, las respuestas eran invariablemente las mismas.
Villa había pasado por la zona la semana anterior. Villa estaba muy lejos. Villa estaba en otra parte. Los exploradores que las brigadas americanas enviaban hacia las montañas regresaban con información contradictoria que Persing no podía verificar. Durante aquellas semanas, el caudillo herido y oculto, con apenas dos hombres y una cueva como cuartel general, mantenía paradójicamente la iniciativa estratégica sobre una fuerza expedicionaria de 5,000 soldados profesionales.
El ejército estadounidense había entrado en México convencido de capturar al fugitivo en cuestión de semanas. Tres meses después del cruce de la frontera, no sabía con certeza ni siquiera dónde se encontraba. El 12 de abril de 1916, apenas 4 semanas después del inicio de la expedición punitiva, un destacamento del ejército estadounidense al mando del capitán Frank Tomkins, se aproximó a la ciudad de Hidalgo del Parral, en el sur de Chihuahua, buscando víveres y forraje para sus tropas.
El incidente que se desarrolló durante las horas siguientes constituiría uno de los episodios más reveladores de toda la campaña y demostraría que el problema estructural de la operación no era únicamente militar, sino fundamentalmente político. Persino, suponiendo que su misión era exclusivamente la captura de Villa. le reveló que estaba enfrentando algo considerablemente más amplio, el rechazo popular masivo a la presencia militar extranjera en territorio mexicano.
Tomkins había sido instruido por sus superiores a no entrar en la ciudad sin autorización previa de las autoridades locales, pero ignoró aquellas instrucciones confiando en que su superioridad militar bastaría para imponer su presencia. La columna estadounidense, integrada por aproximadamente 100 soldados entró en Parral durante la mañana y se dirigió hacia el centro de la ciudad.
La reacción de la población fue inmediata y completamente inesperada para los oficiales americanos. Los habitantes comenzaron a salir a las calles gritando contra los invasores, lanzando insultos y, progresivamente, piedras y objetos diversos contra los soldados que avanzaban. El episodio que durante las décadas posteriores se convertiría en uno de los más recordados de toda la expedición punitiva, fue protagonizado por una joven maestra parralense llamada Elisa Griensen.
Cuando los soldados estadounidenses se aproximaban al centro de la ciudad, Griensen reunió a los niños de la escuela donde enseñaba, los armó con piedras y los condujo personalmente contra el destacamento invasor, gritando, “¡Vivas a México y mueras a los gringos”. Los niños, siguiendo el ejemplo de la maestra, arrojaron piedras contra los soldados con una determinación que las crónicas posteriores documentarían como uno de los episodios más significativos de resistencia popular durante toda la operación. La imagen de los niños
parralenses, enfrentándose con piedras al ejército mejor equipado del continente americano, se convertiría rápidamente en un símbolo del rechazo nacional a la invasión. La situación se agravó durante las horas siguientes cuando guarniciones del ejército constitucionalista carrancista, que oficialmente debían colaborar con la operación estadounidense, pero que en la práctica resentían profundamente la presencia extranjera, comenzaron a tomar posiciones que sugerían disposición a combatir contra los invasores si la situación se
prolongaba. Tomkins, comprendiendo finalmente la magnitud del incidente que había desencadenado, ordenó la retirada de su columna fuera de la ciudad. Durante el repliegue, intercambios de fuego con la población y con elementos militares mexicanos produjeron bajas en ambos lados. Dos soldados estadounidenses murieron y seis fueron heridos.
Las bajas mexicanas, según diferentes fuentes, oscilaron entre 40 civiles muertos, según algunos cálculos, y cifras menores, según otras versiones. Las consecuencias políticas inmediatas del incidente fueron considerables. El gobierno estadounidense regañó públicamente a Tomkins por la imprudencia del oficial. Persin, presionado por Washington, ordenó el 16 de abril el repliede general de sus tropas hacia posiciones más al norte, abandonando las posiciones avanzadas que durante las semanas anteriores había logrado establecer.
Aquel repliegue ejecutado apenas un mes después del cruce de la frontera ilustraba que la operación no estaba avanzando hacia el objetivo declarado, sino retrocediendo bajo la presión combinada del rechazo popular y de las tensiones diplomáticas con el régimen carrancista. Parral marcaba el inicio del fracaso público de la expedición punitiva.
Sevilla había logrado mantenerse invisible durante el primer mes. Parral demostraba ahora que el problema de Persing era considerablemente más amplio. estaba operando en un territorio donde la población lo rechazaba activamente, donde las autoridades locales saboteaban su misión y donde incluso los niños armados con piedras estaban dispuestos a enfrentarlo.
La superioridad material había encontrado el límite estructural que ninguna tecnología podía superar. El 21 de junio de 1916, en las inmediaciones de la pequeña localidad de Carrizal, en el norte de Chihuahua, a aproximadamente 128 km al sur de Ciudad Juárez, se desarrolló el incidente militar más grave de toda la expedición punitiva y el que estuvo más cerca de provocar una guerra abierta entre México y los Estados Unidos.
El combate librado entre un destacamento estadounidense y fuerzas constitucionalistas carrancistas demostró que el problema estructural de la operación había excedido completamente su objetivo declarado. Las tropas americanas ya no perseguían únicamente a Villa, sino que entraban progresivamente en confrontación directa con el ejército regular del régimen mexicano, que oficialmente debía haber colaborado con la misión.
El capitán Charles Boyd, oficial al mando de dos tropas del décimo regimiento de caballería estadounidense, integrado por soldados afroamericanos conocidos como buúfalo Soldiers, había recibido instrucciones de Persing de realizar un reconocimiento hacia el este de las posiciones expedicionarias. Sus órdenes específicas, sin embargo, contenían una ambigüedad que durante las décadas posteriores los analistas debatirían.
Voy debía evitar el combate con fuerzas constitucionalistas, pero también debía proceder con firmeza si encontraba obstáculos a su avance. Aquella ambigüedad combinada con el temperamento personal del capitán, que ambicionaba distinguirse durante la campaña, conduciría al desastre. Las fuerzas constitucionalistas en la zona estaban comandadas por el general Félix Gómez, oficial carrancista, que había recibido instrucciones claras de impedir el avance estadounidense hacia el sur.
Cuando Boid llegó a las inmediaciones de Carrizal con aproximadamente 80 soldados, Gómez le notificó formalmente que no podía permitir el paso de las tropas americanas hacia el este. Bo en lugar de retirarse como las instrucciones generales de Persing prescribían en casos de oposición carrancista, optó por intentar abrirse paso por la fuerza.
Aquella decisión fue catastrófica. Las fuerzas constitucionalistas, numéricamente superiores y ocupando posiciones defensivas preparadas abrieron fuego sobre la columna estadounidense con una eficacia que los soldados americanos no habían anticipado. El combate que se prolongó durante varias horas terminó con el desastre de la columna americana.
El capitán Boy murió durante el enfrentamiento. Otro oficial, el teniente Henry Ader, también cayó muerto. En total, 14 soldados estadounidenses fueron muertos durante el combate. Varios resultaron heridos y 24 fueron capturados como prisioneros por las fuerzas mexicanas. Las bajas mexicanas, aunque también significativas, incluyeron al propio general Gómez, que murió durante el enfrentamiento.
La noticia del desastre de Carrizal llegó a Washington durante las horas siguientes y produjo, en la opinión pública estadounidense una reacción de indignación que durante varios días pareció hacer inminente una guerra abierta contra México. Los periódicos americanos publicaron titulares reclamando represalia inmediata.
Sectores significativos del Congreso exigieron a Wilson la declaración formal de guerra. El presidente convocó reuniones de emergencia con su gabinete y consideró seriamente las opciones disponibles. Carranza, por su parte, movilizó al ejército mexicano hacia la frontera y preparó al país para la posibilidad de un conflicto armado generalizado.
Pero ninguno de los dos gobiernos quería realmente la guerra. Wilson comprendía que un conflicto con México distraería al país en un momento en que la situación europea hacía cada vez más probable la intervención estadounidense en la Primera Guerra Mundial. Carranza comprendía que México no tenía recursos militares para sostener una guerra contra los Estados Unidos.
Durante las semanas siguientes, mediante intensas negociaciones diplomáticas mediadas en parte por los países latinoamericanos, ambos gobiernos lograron desactivar la crisis. Carranza liberó a los prisioneros estadounidenses como gesto de buena voluntad. Wilson decidió no declarar la guerra pese a las presiones internas.
Carrisal había demostrado, sin embargo, que la expedición punitiva había llegado a un punto donde sus operaciones generaban más problemas que los que pretendía resolver. Y Villa, mientras Washington y Ciudad de México negociaban frenéticamente para evitar la guerra, continuaba operando libremente en las montañas de Chihuahua.
Mientras Washington y Ciudad de México negociaban frenéticamente para evitar la guerra, durante el verano de 1916, Pancho Villa, recuperado de la herida que lo había mantenido oculto en la cueva del Coscomate durante los meses anteriores, comenzaba la reconstrucción de sus fuerzas en las regiones más inaccesibles de la Sierra Madre Occidental.
Aquella reconstrucción ejecutada en condiciones de extrema dificultad material y bajo la persecución continua de tropas estadounidenses y carrancistas, demostró la capacidad de regeneración política del villismo que la aniquilación del vajío no había logrado eliminar. Para los primeros meses del otoño, Villa disponía nuevamente de un núcleo de combatientes leales, capaz de ejecutar operaciones significativas.
El acontecimiento que marcó el renacimiento espectacular del villismo se produjo el 15 de septiembre de 1916, exactamente 6 meses después del cruce de la frontera por la expedición punitiva. decidió atacar Ciudad Chihuahua, la capital del estado, con la intención específica de liberar a los prisioneros que el régimen carrancista había arrestado durante los meses anteriores.
La operación parecía militarmente imposible. La ciudad estaba defendida por más de 9000 soldados constitucionalistas atrincherados en posiciones fortificadas. Villa disponía de apenas 2000 hombres, fuerza considerablemente reducida que carecía del armamento y de la artillería que habían caracterizado a la antigua división del norte.
Cualquier cálculo militar convencional habría declarado la operación suicida. Villa la ejecutó de todas formas y la ejecutó con una audacia táctica que durante las décadas posteriores los historiadores reconocerían como una de las operaciones más brillantes de toda su trayectoria, aprovechando el conocimiento detallado de la ciudad que él y sus comandantes mantenían desde los años anteriores, las fuerzas villistas penetraron en Chihuahua durante las horas previas al amanecer.
mediante una combinación de sigilo y velocidad que las defensas constitucionalistas no anticiparon. Localizaron la prisión, liberaron a los prisioneros que se incorporaron inmediatamente al movimiento y se retiraron de la ciudad antes de que las fuerzas carrancistas pudieran organizar una respuesta coordinada.
La operación se completó sin que Villa sufriera bajas significativas. Era exactamente el tipo de golpe que la prensa internacional necesitaba para confirmar que el caudillo, declarado prácticamente derrotado por las narrativas oficiales estadounidenses y carrancistas, había resurgido como factor militar. Durante los cuatro meses siguientes, Villa encadenó una serie de victorias espectaculares que durante el otoño de 1916 y el invierno de 1916 a 1917 transformaron radicalmente las condiciones del villismo.
Atacó y capturó temporalmente Torreón, una de las ciudades más importantes del norte. Volvió a tomar Chihuahua en noviembre. Derrotó a guarniciones constitucionalistas en numerosas operaciones de mediana escala. Para finales de 1916, tanto Persin como Carranza reconocían formalmente, mediante reportes oficiales y declaraciones públicas, que Villa había reconquistado efectivamente el control sobre amplias regiones de Chihuahua.
El caudillo, que había llegado a esconderse en una cueva con dos hombres, operaban nuevamente con miles de combatientes en buena parte del estado donde su movimiento había nacido. La paradoja era extrema y constituía la humillación más profunda de toda la expedición punitiva. La fuerza estadounidense, que había entrado en México con el objetivo declarado de neutralizar a Villa, había producido el resultado opuesto.
No solamente no lo había capturado, sino que su presencia había contribuido a fortalecer políticamente al caudillo. El componente antiyanke que el pueblo chihuahuense desarrollaba progresivamente, alimentado por incidentes como el de Parral, beneficiaba directamente al villismo y debilitaba al carrancismo, que oficialmente colaboraba con los invasores.
Persing comprendía perfectamente la situación. Sus reportes a Washington durante los últimos meses de la operación adoptaron progresivamente un tono que reconocía implícitamente el fracaso estructural de la misión. Su frase más célebre transmitida en uno de aquellos reportes sintetizaba con una claridad paradójica todo el problema.
Tengo el honor de informar que Villa se encuentra en todas partes y en ninguna. Para el otoño de 1916, varios factores convergentes hicieron políticamente imposible la continuación de la expedición punitiva, independientemente del fracaso operativo que sus comandantes ya reconocían tacitamente. El primero y probablemente el más decisivo era la inminencia de la entrada de los Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial.
La guerra submarina alemana, particularmente la decisión de Berlín de reanudar los ataques sin restricciones contra buques mercantes a partir de enero de 1917 hacía cada vez más probable la intervención americana en el conflicto europeo. Washington no podía permitirse mantener 10,000 soldados profesionales atascados en las montañas de Chihuahua, cuando la posibilidad real era que aquellas tropas fueran necesarias en Francia durante los meses siguientes.
El segundo factor era el deterioro continuo de las relaciones con el régimen carrancista. La presencia prolongada de tropas estadounidenses en territorio mexicano, combinada con incidentes como el de Carrizal y con la creciente hostilidad popular documentada en Parral, había producido un nivel de tensión bilateral que ninguno de los dos gobiernos podía sostener indefinidamente.
Carranza articuló durante aquellos meses lo que posteriormente se conocería. como la doctrina Carranza, principio diplomático que reafirmaba la soberanía económica y territorial mexicana frente a cualquier amenaza estadounidense y que durante las décadas siguientes constituiría uno de los fundamentos de la política exterior nacional.
La continuación de la expedición punitiva era percibida cada vez más como una agresión directa contra aquel principio. El tercer factor era el costo material acumulado de la operación. Para finales de 1916, la expedición punitiva había consumido aproximadamente 130 millones de dólares del tesoro estadounidense, cantidad considerable para los estándares de la época.
Aquellos recursos habían producido resultados estructuralmente nulos. Villa no había sido capturado. El régimen carrancista no había sido modificado en sus posiciones políticas y la posibilidad de establecer alguna forma de tutela estadounidense sobre los asuntos mexicanos era cada vez más remota. La opinión pública americana, inicialmente favorable a la operación tras el ataque de Columbus, había desarrollado durante los meses anteriores un creciente escepticismo respecto a una aventura que costaba mucho y producía poco. Las negociaciones
diplomáticas finales se desarrollaron durante el otoño de 1916 entre representantes carrancistas y la Casa Blanca. En octubre, el gobierno estadounidense aceptó formalmente negociar el retiro de las tropas. En noviembre se logró la firma de un convenio mediante el cual Estados Unidos se comprometía a la retirada completa, aunque las negociaciones específicas sobre el calendario se prolongaron durante varias semanas adicionales.
El factor que finalmente precipitó la decisión fue la convicción creciente de que la guerra europea exigiría todos los recursos disponibles del ejército estadounidense durante los meses siguientes. El inicio formal del repliegue se ejecutó el 5 de febrero de 1917, exactamente el mismo día en que en Querétaro se aprobaba la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.
Coincidencia simbólica que durante las décadas posteriores la historiografía mexicana destacaría como una de las paradojas más reveladoras de toda la operación. Mientras los soldados estadounidenses comenzaban el repliegue hacia la frontera, México promulgaba la Constitución que durante el siglo siguiente definiría su orden político e institucional.
Los últimos elementos de la retaguardia abandonaron territorio chihuahuense durante los días siguientes y cruzaron la frontera hacia Estados Unidos sin haber alcanzado el objetivo principal de la operación. El balance del fracaso era devastador para el prestigio militar estadounidense. 11 meses de operaciones, 10,000 soldados desplegados, aeroplanos modernos, camiones, telegrafía, todo el aparato bélico más avanzado del continente habían sido derrotados estructuralmente por un caudillo a caballo que durante los primeros meses se había escondido en
una cueva con dos hombres y que para el final de la operación reconquistaba a Chihuahua. Persing regresó a los Estados Unidos para ser ascendido y enviado posteriormente a Francia. Villa permanecería en las montañas de Chihuahua durante varios años más, hasta su retirada negociada a la hacienda de Canutillo en 1920.
La expedición punitiva contiene varias subtramas estructurales que durante las décadas posteriores la historiografía reconstruiría como ilustraciones particularmente reveladoras de transformaciones que excedían el conflicto específico para conectarse con procesos más amplios de la historia militar y diplomática del siglo XX.
Aquellas subtramas que las narraciones convencionales tienden a subestimar al concentrarse en el fracaso operativo central revelan dimensiones del fenómeno que solo aparecen cuando se sitúa la operación dentro del contexto comparativo de los acontecimientos simultáneos. La primera subtrama es la dimensión técnica precisa del fracaso.
Los aeroplanos Cortis JN3 del primer escuadrón de aviación presentados como el factor decisivo que garantizaría la captura de Villa, demostraron durante las primeras semanas de operaciones una serie de deficiencias estructurales que hicieron imposible su utilización efectiva. La rarefacción del aire en las altitudes de la Sierra Madreía la potencia de los motores.
Las corrientes ascendentes de las montañas producían turbulencias que los pilotos no estaban entrenados para manejar. Los componentes mecánicos se deterioraban rápidamente bajo las condiciones extremas del clima chihuahuense. Para finales de abril de 1916, apenas seis semanas después del inicio de la operación, los aeroplanos habían sido prácticamente retirados de operaciones de combate.
Aquella experiencia, lejos de ser únicamente una nota anecdótica, tuvo consecuencias significativas para el desarrollo posterior de la aviación militar estadounidense. Las lecciones aprendidas durante el fracaso mexicano contribuyeron a las decisiones técnicas que durante la Primera Guerra Mundial determinarían la incorporación de aeronaves más capaces al arsenal americano.
Los camiones de transporte motorizado enfrentaron problemas estructuralmente análogos. Las White Company y Dodge que el ejército había desplegado, modernas respecto a los estándares estadounidenses, pero inadecuadas para los caminos rurales mexicanos, se atascaban sistemáticamente en zanjas, barrizales y arroyos.
La paradoja era considerable. Las tropas americanas, equipadas con la tecnología más avanzada del momento, dependían frecuentemente de bestias de tiro mexicanas para extraer propios vehículos de las dificultades del terreno. La segunda subtrama es la dimensión racial de la fuerza expedicionaria, una parte considerable de las tropas desplegadas, particularmente el décimo regimiento de caballería, que protagonizaría el desastre de Carrizal, estaba integrada por soldados afroamericanos conocidos como búfalo Soliers.
Aquellos hombres, descendientes en muchos casos de antiguos esclavos del sur estadounidense, combatían en una operación cuyo carácter neocolonial reproducía estructuralmente las relaciones de dominación racial de las que ellos mismos eran víctimas en su propio país. La paradoja política, ampliamente comentada por intelectuales mexicanos contemporáneos como John Reed, ilustraba las contradicciones internas del expansionismo estadounidense del periodo.
La tercera subtrama y quizás la más significativa en términos de la política internacional fue la dimensión alemana del conflicto. Durante los meses críticos de la expedición punitiva, el imperio alemán seguía con atención particular el desgaste militar estadounidense en México, calculando que cualquier prolongación del conflicto debilitaría la capacidad americana de intervenir eventualmente en Europa.
El telegrama Cimerman enviado por el ministro de exteriores alemán Arthur Cimmerman al embajador alemán en México en enero de 1917 proponía formalmente al gobierno mexicano una alianza contra los Estados Unidos a cambio del compromiso alemán de apoyar la recuperación de los territorios perdidos en 1848. Texas, Nuevo México y Arizona.
Aquella propuesta interceptada por la inteligencia británica y revelada al gobierno estadounidense contribuiría decisivamente a la decisión de Wilson de declarar la guerra a Alemania en abril de 1917. La conexión causal entre la expedición punitiva y la entrada estadounidense en la Primera Guerra Mundial era así, considerablemente más directa de lo que las narraciones convencionales suelen reconocer.
La cuarta subtrama es la transformación de la doctrina militar estadounidense. las lecciones aprendidas durante el fracaso mexicano, particularmente respecto a las limitaciones de las tecnologías modernas en terrenos no convencionales y respecto a la importancia política del apoyo popular en las operaciones de contrainsurgencia fueron asimiladas por oficiales como Persing y aplicadas durante las décadas siguientes en los teatros donde el ejército estadounidense operaría.
La derrota mexicana fue, en cierto sentido una escuela costosa pero formativa. los destinos personales de los protagonistas de la expedición punitiva durante los años posteriores a la retirada estadounidense de febrero de 1917 ilustran las dimensiones complejas que aquel fracaso operativo produjo sobre las carreras individuales y revelan paradojas que durante las décadas siguientes la historiografía reconstruiría con considerable atención al observar como una operación universalmente reconocida como fallida benefició paradójicamente
a varios de los oficiales que habían participado en ella. Pancho Villa permaneció activo como guerrillero en las sierras de Chihuahua durante los años posteriores a la salida de Persing, manteniendo operaciones que el régimen carrancista no logró neutralizar definitivamente. El asesinato de Carranza en mayo de 1920 durante la rebelión de Agua Prieta encabezada por Obregón y Plutarco Elías Calles, modificó las condiciones políticas que durante los años anteriores habían sostenido la marginalidad armada del caudillo.
El nuevo régimen oregonista ofreció a villa términos de rendición considerablemente más generosos. la Hacienda de Canutillo en el estado de Durango, una pensión gubernamental y permisos para que sus hombres más cercanos se establecieran como agricultores bajo su supervisión. Villa firmó los convenios de Sabinas el 28 de julio de 1920 y se retiró formalmente a Canutillo.
Los tres años siguientes fueron sorprendentemente productivos en términos administrativos. El caudillo construyó escuelas, introdujo equipos agrícolas modernos, estableció talleres mecánicos. La trayectoria que parecía sugerir una transición pacífica fue interrumpida violentamente el 20 de julio de 1923, cuando un grupo de pistoleros emboscó su automóvil Dodge en las calles de Parral.
Villa murió instantáneamente. La identidad de los autores intelectuales del asesinato fue debatida durante las décadas posteriores y combinó enemigos personales acumulados con sectores políticos del régimen oregonista que consideraban inaceptable la persistencia del caudillo como factor político potencial. John Joseph Persing paradójicamente salió fortalecido del fracaso mexicano.
Apenas semanas después de regresar de la expedición punitiva, fue designado comandante en jefe de la fuerza expedicionaria estadounidense que durante 1917 y 1918 sería desplegada en Francia para participar en la Primera Guerra Mundial. Aquel nombramiento que lo convertía en el oficial militar más prominente de los Estados Unidos del momento ilustraba que las autoridades civiles consideraban las lecciones aprendidas en México valiosas, independientemente del fracaso operativo específico.
ing dirigió las operaciones americanas en Francia con considerable habilidad, alcanzando el rango de general de los ejércitos. Distinción extraordinariamente excepcional en la historia militar estadounidense. Murió en 1948, ya retirado, habiendo logrado el reconocimiento institucional que la operación mexicana no había producido inmediatamente.
Entre los oficiales jóvenes que participaron en la expedición punitiva y que durante las décadas siguientes alcanzarían notoriedad histórica, destaca particularmente George Patton, entonces teniente, que durante la operación se distinguió en una pequeña acción al matar personalmente al capitán villista Julio Cárdenas, uno de los lugarenientes más leales de Villa.
Aquel episodio ampliamente publicitado en la prensa estadounidense del momento, fue uno de los pocos éxitos individuales que la operación pudo presentar a la opinión pública. Paton se convertiría posteriormente en uno de los comandantes blindados más célebres de la Segunda Guerra Mundial. Dwight de Eisenhauer, aunque a veces mencionado en relación con la expedición, no participó directamente en operaciones de combate en México, aunque sí sirvió en la zona fronteriza durante el periodo como joven oficial.
Eisenhauer llegaría posteriormente a ser comandante supremo aliado en Europa durante la Segunda Guerra Mundial y presidente de los Estados Unidos entre 1953 y 1961. Las consecuencias estructurales para la política exterior estadounidense fueron significativas. La expedición punitiva fue uno de los últimos episodios del expansionismo militar continental directo de los Estados Unidos hacia América Latina.
Las décadas siguientes verían un cambio progresivo hacia formas más indirectas de influencia regional, particularmente durante la era de la política del buen vecino articulada por Franklin Roosevelt en los años 30. México, por su parte, articuló la doctrina Carranza como principio diplomático permanente y durante el siglo XX mantendría una política exterior caracterizada por la defensa firme de la soberanía nacional contra cualquier injerencia externa.
El simbolismo de Pancho Villa, como el caudillo que humilló al imperio estadounidense durante 11 meses, se convirtió durante las décadas posteriores a la expedición punitiva en uno de los componentes más perdurables de la identidad nacional mexicana y en una de las pocas narrativas históricas latinoamericanas capaces de articular una victoria simbólica frente a la potencia hegemónica del continente.
Aquella construcción simbólica ejecutada mediante mecanismos culturales diversos durante todo el siglo XX, transformó al hombre concreto que había sido aniquilado militarmente en el Bajío durante 1915 en el símbolo permanente de la resistencia popular frente al intervencionismo extranjero. Los corridos villistas fueron el primer instrumento de aquella construcción simbólica.
Durante los años inmediatamente posteriores a la operación, compositores populares del norte mexicano produjeron decenas de canciones que celebraban la incapacidad estadounidense para capturar al caudillo. Aquellos corridos transmitidos oralmente y posteriormente fijados en grabaciones que durante el siglo XX se difundirían comercialmente, articulaban la versión popular de la operación en términos que las narrativas oficiales tendían a evitar.
La burla hacia los gringos que con todo su poderío no habían podido capturar a un solo hombre era un tema recurrente. La celebración de la astucia campesina frente a la tecnología imperial constituía otro motivo central. Aquellos corridos durante las generaciones siguientes fueron uno de los principales vehículos, mediante los cuales la memoria popular preservó la dimensión humillante de la operación para los Estados Unidos.
El cine mexicano del siglo XX amplificó considerablemente aquella construcción simbólica desde las primeras producciones de los años 20 y 30 hasta las películas más recientes del siglo XXI. La figura de Villa ha sido representada repetidamente en términos que enfatizan particularmente su capacidad de evasión frente a la persecución estadounidense.
películas como Vámonos con Pancho Villa, dirigida por Fernando de Fuentes en 1936, ofrecieron retratos complejos del caudillo que combinaban la admiración popular con el reconocimiento de las dimensiones violentas y problemáticas del personaje. Hollywood produjo sus propias versiones de la historia, frecuentemente sesgadas, pero invariablemente reconocedoras, de la imposibilidad de capturar al fugitivo.
La filmografía sobre Villa durante el siglo XX cuenta entre las más extensas dedicadas a cualquier figura histórica mexicana. El componente literario del legado también fue considerable. El periodista estadounidense John Reed, que había acompañado a las fuerzas villistas durante 1913 y 1914, antes de cubrir posteriormente la revolución rusa, escribió crónicas que durante las décadas siguientes contribuirían a consolidar la imagen internacional del caudillo.
La literatura mexicana del siglo XX produjo numerosas novelas y testimonios que reconstruyeron la operación desde perspectivas diversas, desde los de abajo de Mariano Azuela hasta las obras posteriores de Paco Ignacio Taibo Segundo, que durante las últimas décadas han ofrecido las reconstrucciones más detalladas del villismo.
La posición del villismo en la identidad nacional mexicana es paradójica y compleja. Por una parte, Villa fue incorporado al panteón oficial del régimen postrevolucionario, particularmente tras la repatriación de sus restos al monumento a la revolución en Ciudad de México en 1976. proceso que durante las décadas posteriores algunos analistas críticos interpretaron como una domesticación institucional de una figura que en vida había sido implacablemente antagónica al carrancismo del que descendían los regímenes posteriores.
Por otra parte, la memoria popular preservó al caudillo como referente vivo de las luchas contra el intervencionismo extranjero, dimensión que durante el siglo XX y XXI seguiría siendo invocada en momentos de tensión bilateral con los Estados Unidos. La actualidad permanente del antiintervencionismo articulado durante la expedición punitiva merece mención específica a doctrina Carranza, formulada como respuesta política a la presencia estadounidense en territorio mexicano, constituyó durante el siglo XX uno de
los fundamentos de la política exterior nacional. La convicción de que México no podía permitir injerencias extranjeras en sus asuntos internos, articulada por primera vez durante aquellos meses críticos de 1916, se ha mantenido como uno de los principios fundamentales de la diplomacia mexicana frente a las presiones de la potencia hegemónica del continente.
La expedición punitiva y su fracaso ocupan un lugar específico dentro de la historia de los grandes fracasos militares, de las potencias hegemónicas frente a movimientos guerrilleros durante el siglo XX, lugar que durante las décadas posteriores los analistas militares reconocerían como precursor de patrones estructurales que se repetirían en numerosos teatros con costos humanos considerablemente mayores.
Aquella reconstrucción permite comprender la operación mexicana no como un episodio aislado de la historia bilateral, sino como una manifestación temprana de un fenómeno estructural que durante el siglo XX transformaría las relaciones entre los imperios modernos y los movimientos populares de resistencia. El primer patrón estructural que la expedición punitiva ilustró tempranamente es la incapacidad de la superioridad tecnológica para neutralizar movimientos guerrilleros arraigados en la población local.
Persing disponía de aeroplanos, camiones, telegrafía moderna, soldados profesionales, recursos financieros prácticamente ilimitados para los estándares del momento. Villa disponía de caballos, conocimiento del terreno y el apoyo silencioso pero efectivo de las comunidades chihuahüenses. La balanza material favorecía abrumadoramente al ejército estadounidense.
La balanza política favorecía estructuralmente al caudillo. Aquella asimetría inversa que la operación reveló con dramatismo se repetiría durante el siglo siguiente en numerosos contextos donde potencias modernas fracasarían contra movimientos guerrilleros aparentemente inferiores. Los paralelos con Vietnam constituyen el ejemplo más significativo.
El fracaso estadounidense en Indochina durante las décadas de 1960 y 1970 replicó estructuralmente patrones que la expedición punitiva había anunciado medio siglo antes. La superioridad material absoluta del ejército americano se reveló insuficiente frente a un movimiento guerrillero que disponía del apoyo de la población local y del conocimiento del terreno.
Los aeroplanos modernos, los helicópteros, los tanques, toda la maquinaria bélica más avanzada del momento fracasaron contra combatientes que operaban con armas relativamente primitivas. pero que disfrutaban de las ventajas políticas que ningún equipamiento podía contrarrestar. Las lecciones que Persing había articulado tácitamente en sus reportes durante 1916 fueron olvidadas y tuvieron que ser reaprendidas a un costo humano millones de veces superior.
Los paralelos con Afganistán durante el siglo XXI completan el patrón estructural. La intervención soviética entre 1979 y 1989, ejecutada con superioridad material abrumadora contra guerrillas muidines apoyadas por las poblaciones rurales, replicó estructuralmente la dinámica que la expedición punitiva había anunciado.
La intervención estadounidense iniciada en 2001 produjo durante las dos décadas siguientes otro fracaso costoso, cuya estructura subyacente compartía elementos fundamentales con el precedente mexicano. La retirada caótica de Afganistán en agosto de 2021 fue presentada por algunos analistas como el final de una era de intervenciones occidentales cuyo patrón estructural había sido establecido en cierto sentido durante los 11 meses de Persing en Chihuahua.
Los reconocimientos historiográficos que la operación ha recibido durante las décadas posteriores han evolucionado significativamente. La historiografía estadounidense del periodo inmediatamente posterior tendió a minimizar el carácter de fracaso de la operación, presentándola como una experiencia formativa para el ejército americano que durante la Primera Guerra Mundial demostraría su capacidad real.
Las décadas más recientes han reexaminado críticamente aquella narrativa, reconociendo el fracaso operativo concreto y las dimensiones políticas que lo hicieron inevitable. La historiografía mexicana, particularmente las obras de Friedrich Catz y Paco Ignacio Taibo Segund durante las últimas décadas ha proporcionado las reconstrucciones más detalladas del villismo del periodo y de las dinámicas específicas que produjeron la humillación estadounidense.
La actualidad permanente de las lecciones de la expedición punitiva merece consideración final. En un periodo histórico donde las potencias hegemónicas continúan enfrentándose a movimientos populares en distintos teatros, las dinámicas estructurales que hicieron fracasar a Persing en Chihuahua siguen siendo reveladoras.
La superioridad material no garantiza la victoria política. El apoyo popular determina frecuentemente los resultados que el armamento no puede modificar. Las operaciones militares ejecutadas sin comprensión adecuada de las dimensiones políticas tienden a producir consecuencias opuestas a las buscadas. Aquellas lecciones articuladas hace más de un siglo en las montañas de Chihuahua, conservan una pertinencia que el siglo XXI no ha logrado todavía superar. Volvamos al momento preciso.
Es la madrugada del 15 de septiembre de 1916. Exactamente 6 meses después de que el general John Joseph Pershing cruzara la frontera mexicana al frente de 5000 soldados profesionales con la misión declarada de capturar a Francisco Villa. Aquella madrugada coincide con uno de los aniversarios más simbólicos del calendario nacional mexicano.
La celebración de la independencia nacional iniciada en 1810 y la simultaneidad de las fechas no es casual, Villa ha elegido deliberadamente aquel día para ejecutar la operación que demostrará al mundo y particularmente al gobierno estadounidense que durante 6 meses ha intentado capturarlo, que el villismo ha resucitado políticamente.
El caudillo dispone de aproximadamente 2000 hombres reunidos durante los meses anteriores en las montañas de la Sierra Madre. Es una fracción mínima comparada con los aproximadamente 50,000 que la división del norte había llegado a integrar durante su periodo de esplendor en 1914. Pero es una fuerza considerablemente mayor que los apenas dos hombres con los que Villa se había escondido en la cueva del Costcomate durante los primeros meses de la persecución estadounidense.
Aquella resurrección ejecutada bajo la persecución continua de tropas americanas y carrancistas ilustra la capacidad de regeneración política del vilismo que ninguna de las dos potencias ha logrado neutralizar. El objetivo de la operación es Ciudad Chihuahua, capital del estado, defendida en aquel momento por más de 9000 soldados constitucionalistas atrincherados en posiciones fortificadas.
La asimetría numérica es extrema. Villa atacará con 2000 hombres, una ciudad defendida por más del cuádruple de soldados. Cualquier cálculo militar convencional declararía la operación suicida. El caudillo la ejecuta de todas formas, confiando en el conocimiento detallado de la ciudad que él y sus comandantes mantienen desde los años anteriores y en el factor sorpresa que una operación aparentemente imposible garantiza estructuralmente.
Las primeras columnas villistas penetran en Chihuahua. durante las horas previas al amanecer, mediante una combinación de sigilo y velocidad. Los hombres conocen calle por calle el trazado urbano, las posiciones que las defensas constitucionalistas mantienen, las rutas que permitirán alcanzar el objetivo principal sin enfrentamientos prolongados.
Aquel objetivo es la prisión donde el régimen carrancista mantiene retenidos a decenas de simpatizantes villistas arrestados durante los meses anteriores. La operación se ejecuta con una precisión que las fuerzas defensoras no anticipan. Las columnas alcanzan la prisión, neutralizan la guardia, liberan a los prisioneros que se incorporan inmediatamente al movimiento y comienzan la retirada antes de que el grueso de la guarnición pueda organizar una respuesta coordinada.
Cuando las primeras unidades constitucionalistas reaccionan, los villistas ya están abandonando la ciudad por rutas paralelas que el conocimiento del terreno hace imposibles de bloquear. La operación se completa sin que villa sufra bajas significativas. Los prisioneros liberados, agradecidos al caudillo que ha arriesgado todo para rescatarlos, se convierten durante las semanas siguientes en uno de los núcleos más fieles del villismo reorganizado.
Y la noticia de la operación transmitida durante los días siguientes por la prensa internacional demuestra al mundo lo que durante 6 meses Persinca ha intentado ocultar mediante reportes optimistas. El caudillo que la expedición punitiva debía haber capturado, opera con mayor libertad que antes del cruce de la frontera estadounidense en el cuartel general de Persing en colonia Dublán.
Los reportes de la operación llegan durante las horas siguientes. El general comprende con la claridad profesional de un oficial experimentado lo que la situación significa. La operación bajo su mando no solamente no ha capturado a Villa, ha contribuido estructuralmente a fortalecerlo políticamente. El antiyanquismo creciente de la población chihuahuense, alimentado por incidentes como parral y carrizal, beneficia directamente al caudillo.
Los reportes que durante los meses siguientes Persin transmitirá a Washington adoptarán progresivamente un tono que reconoce implícitamente el fracaso estructural de la misión. Su frase más célebre articulada en uno de aquellos reportes sintetiza con una claridad paradójica todo el problema y constituye uno de los reconocimientos más reveladores que un comandante militar moderno ha hecho públicamente de la limitación de su propio poder.
Tengo el honor de informar que Villa se encuentra en todas partes y en ninguna. Lo que la humillación de Persing durante 11 meses en las montañas de Chihuahua nos enseña sobre las limitaciones del poder militar moderno. Una de las lecciones más profundas que cualquier estudio serio de la historia del siglo XX puede ofrecernos y conviene articularla con cuidado al cerrar este episodio porque conecta los acontecimientos específicos de 1916 y 1917, con patrones estructurales que durante el resto del siglo siguiente se
manifestarían repetidamente mente en contextos cuyas dinámicas comparten con la expedición punitiva más elementos comunes de los que las narraciones convencionales suelen reconocer. La primera lección es sobre la insuficiencia estructural de la superioridad tecnológica frente a movimientos políticos arraigados.
Persing entró en México con el ejército más moderno del continente americano. Disponía de aeroplanos, camiones, telegrafía, soldados profesionales entrenados según los estándares más exigentes del momento y recursos financieros prácticamente ilimitados para los estándares de la época. Villa disponía de caballos, conocimiento del terreno y el apoyo silencioso, pero efectivo de las comunidades chihuahuenses.
La asimetría material era extrema y favorecía abrumadoramente al ejército estadounidense. La asimetría política era inversa y favorecía estructuralmente al caudillo. Aquella combinación paradójica para los analistas formados en doctrinas militares convencionales, explica por qué los aeroplanos no encontraron a villa, por qué los camiones se atascaron en los caminos chihuahuenses, por qué los 10,000 soldados profesionales fracasaron frente a un caudillo a caballo.
La superioridad tecnológica no es decisiva cuando la población local rechaza al ejército que la despliega. La segunda lección es sobre las consecuencias políticas no anticipadas de las operaciones militares contra movimientos populares. Wilson lanzó la expedición punitiva esperando que la operación produciría dos resultados convergentes: capturar a Villa y demostrar la capacidad estadounidense de imponer su voluntad sobre los acontecimientos mexicanos.
Los resultados reales fueron exactamente los opuestos. Villa no fue capturado y la operación contribuyó decisivamente a fortalecerlo políticamente al alimentar el antiyanquismo de la población chihuahuense. La presencia prolongada de tropas extranjeras transformó al caudillo que había sido derrotado militarmente en el vajío durante 1915.
en el símbolo de la resistencia nacional contra el intervencionismo. La operación militar, ejecutada sin comprensión adecuada de sus dimensiones políticas, produjo el fortalecimiento del adversario que pretendía neutralizar. Aquella lección estructural que el siglo XX repetiría en numerosos contextos fue ilustrada tempranamente en Chihuahua.
La tercera lección es sobre la conexión entre la expedición punitiva y los grandes fracasos militares posteriores de las potencias hegemónicas. Vietnam, durante las décadas de 1960 y 1970. Afganistán durante las intervenciones soviética y estadounidense entre 1979 y 2021, Irak. Durante las dos décadas posteriores a 2003.
Cada uno de aquellos episodios replicó estructuralmente patrones que Persing había encontrado en Chihuahua, la incapacidad de la fuerza militar moderna para neutralizar movimientos políticos arraigados. La importancia decisiva del apoyo popular en las operaciones de contrainsurgencia, la generación de consecuencias políticas opuestas a las buscadas.
Las lecciones que el general estadounidense articuló implícitamente en sus reportes de 1916 fueron olvidadas sistemáticamente y tuvieron que ser reaprendidas en cada nuevo conflicto a costos humanos considerablemente mayores. Los protagonistas siguieron, como hemos reconstruido durante los bloques anteriores, trayectorias divergentes que el resultado de la operación determinó.
Persing fue ascendido y enviado a Francia, alcanzando posteriormente el rango de general de los ejércitos. Paton y Eisenhauer comenzaron en aquel teatro las carreras que durante la Segunda Guerra Mundial los convertirían en figuras centrales de la historia militar estadounidense. Wilson llevó a los Estados Unidos a la Primera Guerra Mundial pocos meses después de la retirada mexicana.
Villa permaneció en las montañas de Chihuahua hasta su retiro negociado a Canutillo en 1920 y fue asesinado en Parral en 1923, completando la trayectoria del caudillo que había humillado al imperio durante 11 meses. La expedición punitiva, vista desde la perspectiva del siglo XXI, fue mucho más que un fracaso operativo específico de la política exterior estadounidense.
Fue la primera gran demostración del siglo XX de que las potencias hegemónicas, por superiores que sean en términos materiales, pueden ser estructuralmente derrotadas por movimientos populares arraigados en sus territorios. Fue la lección que Persin comprendió implícitamente y que las generaciones posteriores de comandantes estadounidenses olvidarían repetidamente.
Y fue el momento en que un caudillo a caballo, escondido durante semanas en una cueva con apenas dos hombres demostró al ejército más moderno del continente que la fuerza militar no garantiza la victoria política. Aquella lección articulada hace más de un siglo en las montañas de Chihuahua, conserva una pertinencia que el mundo contemporáneo no ha logrado todavía superar.

Si te ha gustado esta historia y quieres descubrir más episodios donde figuras decisivas humillaron a los imperios aparentemente invencibles, suscríbete al canal y activa la campanita para no perderte los próximos videos. En el siguiente episodio reconstruiremos la historia completa del asesinato de Pancho Villa en Parral en 1923. La emboscada cuidadosamente planeada que terminó con la vida del caudillo 4 años después del fracaso estadounidense y las teorías sobre los autores intelectuales que la historiografía nunca ha logrado aclarar completamente.