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FLOR guardó las CENIZAS de JAVIER SOLÍS 58 años… ANTONIO las encontró 3 días antes de morir

Se llevó la mano al pecho. Ese dolor otra vez más fuerte ahora. Desde el primer día continuó Flor todavía de rodillas, todavía recogiendo cenizas con dedos que sangraban. Desde el primer día que te casaste conmigo, sabías que él estaba aquí, en mi cabeza, en mi corazón, en cada canción que canté, en cada escenario donde subí.

Antonio intentó hablar, pero no pudo. La garganta cerrada, los ojos llenos de lágrimas que se negaba a soltar, porque los hombres como él no lloraban, no frente a nadie, mucho menos frente a la mujer que acababa de destrozarlo. Me casé contigo porque él ya no estaba, dijo Flor, porque necesitaba seguir adelante, porque México entero me decía que tenía que rehacer mi vida, pero nunca, nunca dejé de amarlo. Dos.

Entonces, ¿por qué? Antonio logró articular. ¿Por qué te quedaste? Flor se limpió las manos en el delantal, cenizas, sangre, todo mezclado. Se levantó despacio, sus rodillas crujieron. 85 años cargados en un cuerpo que ya no podía más con tanto peso. Porque tuve a tus hijos. Porque construimos un imperio. Porque el mundo nos veía como la pareja perfecta y yo no iba a ser la que destruyera esa imagen.

Se acercó a él. Vasi, pero nunca, en ningún momento de estos 63 años, dejé de pensar en él, de hablarle, de guardar sus cenizas como el tesoro más valioso que tengo. Antonio salió de la cocina, no corrió porque sus piernas ya no le respondían para eso. Caminó despacio, cada paso un esfuerzo. Subió las escaleras agarrándose del barandal con las dos manos.

Entró a su habitación, la que había compartido con Flor durante más de medio siglo. Cerró la puerta con seguro, se sentó en la cama y por primera vez en 88 años de vida, Antonio Aguilar lloró como un niño. Abajo, en la cocina, Flor seguía de rodillas. Ya no intentaba recoger las cenizas, solo miraba el desastre. El vidrio roto, las cenizas esparcidas por todo el piso, 58 años cuidando ese frasco, moviéndolo de lugar cada vez que Antonio se acercaba demasiado, inventando excusas cuando él preguntaba qué había en ciertas cajas y ahora todo

estaba destruido. Pero lo peor no era eso. Lo peor era que Antonio por fin sabía la verdad y la verdad era mucho más dolorosa que cualquier mentira que hubiera podido inventar en su cabeza durante todos esos años. Tres días después, el 19 de junio de 2007 a las 8:17 de la mañana, Antonio Aguilar murió en su habitación solo con la puerta todavía cerrada con seguro.

Flor intentó entrar cuando escuchó el silencio. Ese silencio diferente, el silencio de cuando alguien ya no está respirando del otro lado. Pepe Aguilar tuvo que romper la puerta. encontró a su padre acostado en la cama, los ojos abiertos mirando al techo. Una fotografía en la mano derecha. Pepe tomó la fotografía.

Era de 1950. Flor silvestre con un vestido blanco, joven, sonriendo de una forma que Pepe nunca la había visto sonreír en persona. Al reverso, con letra de su padre, decía el día que supe que nunca sería suficiente. Pero para entender cómo se llegó a ese momento, hay que regresar 58 años atrás, al 19 de abril de 1966, el día que cambió todo, el día que Javier Solís murió y Flor Silvestre decidió que una parte de él tenía que quedarse con ella para siempre.

Abril de 1966 fue un mes que México no olvidaría jamás. Javier Solís había entrado al hospital tres días antes, una operación de vesícula que debía ser rutinaria. Simple. Entras en la mañana y sales en la tarde, le dijeron los doctores. 34 años. Un hombre en su mejor momento. La voz más hermosa que había producido México en décadas. Pero algo salió mal.

Los doctores nunca explicaron exactamente qué complicaciones dijeron. una infección, una negligencia médica que nadie quiso admitir. Para el 19 de abril, Javier Solís estaba muerto. La noticia se esparció por todo el país en cuestión de horas. Los periódicos sacaron ediciones especiales. La radio suspendió toda su programación para poner solo sus canciones.

En las calles la gente lloraba como si hubieran perdido a un familiar. Flor Silvestre estaba filmando una película en Durango cuando le dieron la noticia. Era la 1:34 de la tarde. Estaba en su camerino preparándose para la siguiente escena. Alguien tocó la puerta. Su asistente, una mujer de 42 años llamada Magdalena Torres, que llevaba trabajando con ella desde 1959.

“Flor”, dijo Magdalena con la voz temblando. Tienes que sentarte. Flor supo de inmediato. No necesitó que le dijeran quién. No necesitó que le explicaran cómo, solo supo ese dolor en el pecho que había sentido toda la mañana. Esa sensación de que algo terrible estaba pasando en algún lugar del mundo era él.

Javier dijo, no fue una pregunta, fue una confirmación. Magdalena asintió. Hace 2 horas en el hospital. Flor Silvestre no lloró en ese momento. Se quedó sentada en la silla de su camerino mirando su reflejo en el espejo. El maquillaje perfecto, el peinado elaborado, el vestido de charra que usaría en la escena. Todo parecía tan absurdo ahora.

se levantó, se quitó el vestido, se limpió el maquillaje, le dijo al director que no podía continuar, que México acababa de perder a su mejor cantante y ella no iba a estar ahí actuando como si nada hubiera pasado. Tomó el primer vuelo de regreso a la Ciudad de México. Aerrizó a las 7:23 de la noche. Fue directo al velorio, la funeraria Galloso en Félix Cuevas.

Había miles de personas afuera, literalmente miles. La policía tuvo que cerrar tres calles. El tráfico colapsado en un radio de 2 km. Flor entró por la puerta trasera. Adentro estaba la familia de Javier, su esposa, sus hijos, su madre, que no paraba de gritar. Mi niño, mi niño. Una y otra vez. Flor se acercó al ataúd.

Ahí estaba él, Javier Solís, 34 años, vestido con un traje negro, las manos cruzadas sobre el pecho, parecía dormido. Ah, como si en cualquier momento fuera a abrir los ojos y sonreír con esa sonrisa que hacía que todo el mundo se enamorara de él. Se quedó ahí parada no sabe cuánto tiempo, 5 minutos, 10, media hora. La gente pasaba a su lado, algunos la reconocían, otros estaban tan sumergidos en su propio dolor que ni siquiera volteaban a ver quién estaba junto a ellos.

Lo que nadie sabía es que Flor Silvestre y Javier Solís habían tenido una relación secreta, intensa, destructiva. Una relación que duró 3 años y que terminó solo porque Javier decidió casarse con otra mujer y Flor decidió que no iba a hacer la otra, pero el amor no desapareció. siguieron viéndose, siguieron hablando, siguieron amándose a escondidas de todo el mundo.

Hasta ese 19 de abril de 1966, cuando todo se terminó de la forma más brutal posible, Flor salió del velorio a las 11:47 de la noche. No habló con nadie, no dio el pésame a la familia, simplemente salió. Caminó las tres calles hasta donde había dejado su coche. Se subió. Manejó sin rumbo durante horas.

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