Pensilvania, 1864. Una familia numerosa, un padre que muere demasiado pronto y deja a su viuda con varios hijos sin dinero y sin plan. La pequeña Elizabeth, la menor de las hijas, creció viendo como su madre intentaba rehacer su vida. Vio el segundo matrimonio, vio como ese matrimonio se convertía en algo oscuro y con 16 años ayudó a su madre a divorciarse de un hombre que la maltrataba.
Eso en 1880 no era poca cosa. Divorciarse en aquella época, siendo mujer, con hijos, sin dinero, en una ciudad pequeña de Pennsylvania era exponerse al juicio de todos. Pero lo hicieron. Cuando Elizabeth tenía 18 años, leyó un artículo en el Pittsburg Despatch. El columnista se llamaba Rasmus Wilson y había escrito una pieza sobre porque las mujeres debían quedarse en casa, criar hijos y dejar los asuntos serios a los hombres.

Las mujeres que trabajaban fuera del hogar, escribía Wilson, eran una amenaza para el orden natural de las cosas. Elizabeth le escribió una carta al director del periódico. Una carta tan furiosa, tan bien argumentada y tamban bien escrita que el director George Madn mandó publicar un anuncio en el periódico pidiendo que se identificara el autor.
Cuando descubrió que era una joven de 18 años en estudios formales, la contrató en el acto. Empezó cubriendo las historias que nadie quería. Las condiciones de las fábricas donde trabajaban mujeres, los barrios pobres de Pittsburg, los divorcios, artículos que incomodaban, artículos que vendían periódicos. Pero KZB se quedó pequeño muy pronto.
En 1887 se presentó en las oficinas del New York World el periódico de Joseph Poeter, con una propuesta que ningún editor habría aceptado de un hombre. Quería entrar en el manicomio de Blackwells Island, el centro psiquiátrico para mujeres más conocido de Nueva York, y escribir sobre lo que pasaba dentro. Pulitzer lo pensó.
Era arriesgado, era caro y sobre todo requería algo que muy pocos periodistas habrían estado dispuestos a hacer. Fingir estar loca para que te internaran, entrar sin saber si ibas a poder salir y confiar en que tu periódico te rescataría cuando llegara el momento. Elizabeth tenía 23 años. Aceptó sin dudarlo. Lo que vino después requirió preparación.
Durante varios días practicó frente al espejo. La mirada perdida, la sonrisa sin sentido, las respuestas inconexas. estudió los síntomas que los médicos de la época asociaban con la demencia femenina, que en 1887 era una categoría médica tan amplia que cabía en ella prácticamente cualquier comportamiento que resultara incómodo para un hombre.
se registró en una pensión de mujeres del L east Side bajo un nombre falso. Esa misma noche empezó a comportarse de forma perturbadora, hablaba sola, miraba a las otras huéspedes con expresión amenazante, se negaba a dormir. Las mujeres de la pensión llamaron a la policía. Llegaron dos agentes, la llevaron ante un juez.
El juez llamó a varios médicos. Los médicos la examinaron durante menos de 10 minutos cada uno. Algunos ni eso. Uno de ellos, según quedó documentado en el juicio posterior, dijo que era incurablemente loca después de mirarla a los ojos unos segundos. Otro señaló que su comportamiento era la prueba evidente de una mente perturbada.
Ninguno le preguntó su historia. Ninguno buscó a sus familiares. Ninguno consideró que pudiera estar fingiendo. La firmaron comodemente, peligrosa para sí misma y para los demás, y la mandaron a Blackwells Island. El traslado se hacía en barco. La isla estaba en el río este entre Manhattan y Queens, y el edificio que la esperaba era una estructura de piedra gris que quienes han estudiado su historia describen como una mezcla entre hospital y prisión, construida precisamente para que pareciera más lo primero que lo
segundo. Desde fuera, con su fachada de piedra y sus ventanas altas, podía confundirse con una escuela o un convento. Esta confusión era deliberada. Cuando ella cruzó la puerta, dejó de ser una periodista. Pasó a ser la paciente número tal. Una más en los registros. Lo primero que registró fue el frío. Era septiembre, pero dentro de ese edificio hacía un frío que calaba los huesos.
Las ventanas estaban siempre abiertas, según le explicaron, para ventilar. Las pacientes dormían con sábanas finas sobre catres de metal. Muchas tiritaban toda la noche. Cuando ella pidió una manta extra, la enfermera de turno la miró como si acabara de decir algo absurdo y siguió caminando. La comida llegaba tres veces al día en cubos.
Carne sin identificar flotando en agua turbia. pan duro que se desmoronaba al tocarlo. Te frío. Las pacientes que protestaban no recibían nada. Las que tiraban el plato al suelo, cosa que, según los relatos ocurría con cierta frecuencia entre las que llevaban más tiempo ahí, eran sacadas de la sala y no volvían hasta horas después en un estado que nadie explicaba.
Pero lo que más le impactó no fue la comida ni el frío, fue las mujeres. Según sus propios relatos publicados después bajo el título 10 días en un manicomio, calculó que al menos un tercio de las mujeres que estaban ahí no tenían ningún trastorno mental. Y no lo calculó mirando desde lejos, lo calculó hablando con ellas. La primera fue An.
Así la llamó en sus reportajes, aunque ese no era su nombre real. Había llegado al manicomio 6 meses antes. Su historia era tan sencilla que resultaba difícil de creer. Su marido quería casarse con otra mujer. Para hacerlo, necesitaba que desapareciera. El divorcio era complicado, caro y socialmente costoso.
Un certificado de demencia era más rápido. Conocía a un médico. El médico conocía al juez. An. Llevaba 6 meses en Blackwalls Allan cuando la periodista llegó. Hablaba con total coherencia. Recordaba fechas, nombres, direcciones. Describía con precisión el día que la habían llevado. Sabía perfectamente dónde estaba y por qué.
Nadie la había escuchado porque nadie tenía motivos para escucharla. era una paciente declarada de mente. Todo lo que decía quedaba automáticamente invalidado por ese diagnóstico. Luego estaba T, una mujer alemana de unos 40 años que llevaba varios meses ahí y que no había hecho absolutamente nada para merecer estar encerrada, salvo no hablar inglés.
Había llegado a Nueva York desde Hamburgo hacía menos de un año. Vivía con una familia que la empleaba como cocinera. Un día tuvo un altercado con la señora de la casa que llamó a la policía. Llegaron los agentes. Tie intentó explicarse. Nadie entendió lo que decía. La llevaron ante un juez. El juez llamó a un médico. El médico no habló alemán.
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D no habló inglés. y el silencio y la confusión fueron interpretados como síntomas. DJ pasó varios meses encerrada antes de que alguien del consulado alemán se enterara de su caso por los reportajes y gestionara su liberación. Varios meses de su vida borrados. Había más. Una mujer cubana en circunstancias casi idénticas a las de Tigi.
Una joven que había tenido lo que hoy llamaríamos una crisis de ansiedad en plena calle. lloró durante horas sin poder parar. Alguien llamó a la policía y el llanto incontrolable fue suficiente para que la declararan un peligro. Una mujer cuya familia la había internado para quedarse con su casa en Brookland. Esa última llevaba más de 2 años en la isla cuando llegó la periodista.
2 años. Su familia había vendido la casa hace tiempo. El sistema que permitía todo esto tenía una lógica interna que era muy difícil de romper desde dentro. Para internar a alguien en Blackwells Island bastaba con la firma de un médico y la aprobación de un juez. El proceso completo podía completarse en menos de una hora. No había apelación inmediata.
No había un segundo médico obligatorio, no había un plazo fijo de revisión del diagnóstico. Para salir, el proceso era radicalmente distinto. Necesitabas que alguien de fuera presentara una solicitud de liberación. Esa solicitud pasaba por el director médico del centro, que podía rechazarla si consideraba que la paciente seguía siendo un peligro.
Si la solicitud era rechazada, podía recurrirse ante un juez, pero el proceso tardaba semanas. Y si no tenías a nadie fuera que presentara esa solicitud, si tu familia no te buscaba, si no tenías abogado, si no tenías dinero, podías quedarte ahí indefinidamente. Quienes han analizado los registros del centro estiman que había mujeres en Blackwells Island que llevaban más de 5 años sin que nadie hubiera presentado ningún tipo de solicitud a su favor.
5 años. En algunos casos, la dirección del centro ni siquiera tenía una dirección de contacto familiar actualizada. El director médico del centro en esa época era un hombre llamado Dent. Quienes han revisado su historial señalan que era considerado un profesional respetable, publicaba artículos en revistas médicas, era citado como experto en congresos.
dentro del centro, según los testimonios posteriores, rara vez pisaba las salas donde vivían las pacientes. Su conocimiento de lo que ocurría ahí dentro llegaba filtrado a través de las enfermeras jefe. Las enfermeras jefe tenían sus propias reglas. Las enfermeras, eso es lo que más páginas ocupa en los relatos de aquella estancia.
Según lo que quedó documentado, el trato que recibían las pacientes dependía completamente del humor de las enfermeras de turno. La sabía que ignoraban a las pacientes con una frialdad casi profesional y la sabía que usaban su posición de otra manera. Los baños de agua helada eran el castigo estándar para las pacientes que protestaban, lloraban demasiado fuerte o intentaban hablar con visitas.
La paciente era llevada a una sala con una bañera de metal, le quitaban la ropa, la metían en el agua fría y la dejaban ahí entre 10 minutos y media hora. Después volvía a la sala tiritando, muchas veces sin que le dieran ropa seca de inmediato. Había también lo que las pacientes llamaban entre ellas el cuarto, un espacio pequeño sin ventanas donde metían a las que se consideraban agitadas, sin luz, sin cama.
Podían pasar horas o días ahí dependiendo del criterio de la enfermera. Cuando la periodista intentó comportarse con normalidad durante su estancia, cuando habló con calma y claridad y dijo que se encontraba bien y que no entendía por qué estaba ahí, las enfermeras lo anotaron en el parte como mejoría aparente seguida de conducta manipuladora.
Una paciente que de repente habla bien es una paciente que intenta engañar al personal. Ese era el razonamiento y ese razonamiento era imposible de refutar desde dentro. Pasó 10 días ahí dentro, 10 días tomando notas mentales porque no podía llevar papel ni lápiz. El décimo día, el abogado del New York World llegó con los papeles y la sacó.
Los reportajes se publicaron en dos partes en octubre de 1887. Nuada York los leyó con una mezcla de horror y fascinación que tardó exactamente 4 días en convertirse en escándalo político. El Ayuntamiento convocó una investigación inmediata. El gran jurado visitó la isla en noviembre y lo que encontraron confirmó todo lo que ella había escrito.
Aunque según algunos testimonios para cuando llegaron los inspectores las condiciones habían mejorado notablemente de forma muy repentina. Las enfermeras habían recibido instrucciones. La comida era diferente. Las pacientes que habían sido testigos de los abusos estaban en varios casos en alas distintas del edificio, lejos de donde llegaron los inspectores.
Pero el daño estaba hecho. La historia ya estaba publicada y era demasiado concreta, demasiado detallada, con nombres y fechas y descripciones específicas para ignorarla. El Ayuntamiento aumentó el presupuesto del sistema psiquiátrico en más de millón de dólares, una suma enorme para la época. Se introdujeron nuevas normas de supervisión, se revisaron los procedimientos de internamiento para exigir más de un médico y un proceso más largo antes de poder declarar a alguien de mente.
Pero aquí viene la parte que los libros de texto casi nunca cuentan. La investigación del gran jurado también reveló que varios de los médicos que habían firmado internaciones sin base médica suficiente tenían vínculos directos con familias adineradas de Manhattan y Brooklyn, vínculos económicos concretos, honorarios pagados por adelantado, participaciones en negocios, préstamos sin documentar.
Un médico había firmado seis internaciones en un periodo de 18 meses para familias que casualmente todas tenían disputas patrimoniales abiertas con la persona internada. Ese médico fue sometido a investigación. La investigación duró varios meses. Al final recibió una amonestación formal de su colegio profesional.
Siguió ejerciendo. Las familias no fueron investigadas. Las mujeres que habían sido internadas en razón médica legítima, las que salieron después de que los reportajes forzaran una revisión de los expedientes, no recibieron ninguna compensación, simplemente salieron con sus años perdidos, sus propiedades en muchos casos ya transferidas y la palabra de mente en algún registro que tardó mucho tiempo en borrarse.
Algunas nunca recuperaron lo que habían perdido. Algunas no tenían a dónde volver. T, la cocinera alemana, volvió a Hamburgo. An, según los pocos rastros que quienes han investigado su historia han podido seguir, desapareció de los registros públicos neyororquinos poco después de su liberación. Nunca se supo que fue de ella.
2 años después de Blackwells Island, en 1889, ella llegó a la redacción del New York World con otra propuesta. Julio Berne había publicado la vuelta al mundo en 80 días en 1872. Pileas Fog, el personaje, era un caballero inglés con dinero, tiempo y la infraestructura de un imperio detrás. Ella propuso hacer el recorrido de verdad en menos tiempo y sola.
La dirección del periódico dudó. Una mujer viajando sola por Europa, Asia y el Pacífico en 1889 era algo que generaba titulares por razones equivocadas. Dijeron, “Había riesgos. Había la posibilidad de que algo saliera mal.” Ella respondió que si no la mandaban a ella, lo haría para la competencia. La mandaron. Salió de Nueva York el 14 de noviembre de 1889 con una sola maleta pequeña.
Cruzó el Atlántico, recorrió Inglaterra y Francia, se detuvo en Amiens para visitar al propio Julio Berne, que le deseó suerte y le dijo que si alguien podía hacerlo era ella. Continuó por el canal de Sue, la India, Hong Kong, Japón. El New York World publicaba telegramas de su posición cada pocos días y el país entero seguía su recorrido en el mapa.
Llegó a San Francisco el 21 de enero de 1890 y cruzó el país en tren hasta Nueva York. 72 [carraspeo] días, 6 horas, 11 minutos. Había batido el récord de Felas Fog por casi 8 días. La recibieron miles de personas en la estación. era la persona más famosa de Estados Unidos en ese momento. Tenía 25 años. Lo que vino después de esa fama fue, según quienes han documentado su vida, más difícil de contar.
Se casó en 1895 con un industrial millonario 40 años mayor que ella. Dejó el periodismo. Cuando él murió en 1904, heredó una empresa en quiebra que intentó salvar durante años. Los empleados la estafaron, los acreedores la persiguieron, perdió casi todo. Volvió al periodismo en 1914 con 50 años cubriendo la Primera Guerra Mundial desde el Frente Europeo.
Fue una de las primeras mujeres en hacerlo. Murió en 1922 en un hotel de Nueva York, sola y con pocas posesiones. Los periódicos publicaron obituarios. Algunos la llamaron la periodista más valiente de su generación. Otros mencionaron la vuelta al mundo. Muy pocos volvieron sobre Blackwells Island.

Claro, Blackwells Island es donde empieza y termina esta historia, porque lo que ella documentó en esos 10 días no fue solo el maltrato en un manicomio, fue el mecanismo por el que una sociedad entera podía hacer desaparecer a una mujer sin dejar rastro visible. un médico, una firma, un traslado en barco y listo. Desaparecida del mundo.
Quienes han investigado cuántas mujeres pasaron por ese sistema entre 1870 y 1900, solo en Nueva York hablan de miles. Miles de mujeres cuyos expedientes siguen en archivos que nadie ha revisado del todo. Ella entró voluntariamente, pudo salir. La mayoría no tuvo esa opción. Yeah.
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